Sobre ‘Poeta en Nueva York’, de Bonnín de Góngora.

Escrito entre 1929 y 1930, y publicado por primera vez en 1940, Poeta en Nueva York es una de las obras clave de la producción poética de Federico García Lorca y una de las más importantes de la lírica del siglo XX. Esta edición ofrece un acercamiento hasta ahora inédito a la misma, ya que recoge la labor de reflexión y creación que ha llevado a Josué Bonnín de Góngora a poner música a sus poemas. 

Zenda publica una introducción al libro del propio Bonnín de Góngora.

Las razones o motivos —en ocasiones sinónimas— que como compositor me han llevado a escribir toda la música del inmortal Poeta en Nueva York de Federico García Lorca han sido de muy diferente índole. Diríase que este poemario es, desde el punto de vista del compositor, el más complejo y completo de su autor

La cantidad de imágenes que contiene constituyen en sí un universo entero que debía ser explorado, y así habité este poemario durante tres largos años, buscando, meditando y trasladándolo posteriormente a Música (no se trata de un mero acompañamiento sino es en sí un poema sinfónico para piano), redescubriendo lo poliédrico que sus versos hieren, señalan y matizan: sus poemas abrazan todo el espectro del sentir humano, tanto desde el punto de vista del amor, como del desengaño, el crucial aspecto social y la relación existencial del hombre que se pierde a sí mismo para encontrarse mediante el camino Iniciático del verso.

Dejando a un lado la construcción —o deconstrucción— de una sociedad según parámetros ideológicos que ya no existen y que obedecían a directrices de una dinámica social que no resistía el diminuto banquete de la araña, no obstante, la relación más profunda del hombre con el hombre y la introspección lorquiana convierten lo más mundano en universal merced al ámbito del sentimiento más puro de amor por la Humanidad, más allá de valores éticos y estéticos en el que el propio poeta se ofrece al sacrificio —en sentido latréutico— para la redención del ser humano mediante el amor.

Así, su inicio, cual Virgilio en la selva oscura, comienza con una falta de identidad, de un no reconocimiento de su propio yo lírico y espiritual, que el espejo de la sociedad no refleja por estar en la sombra donde las palomas chapotean las aguas podridas… alba no. Fábula inerte. Así, su final ya florido en el espíritu de lo más humano, dejando —no sin admiración— la lejanía del perfil de Nueva York en su horizonte.

La obra en su conjunto está concebida como un ciclo de Lieder que empieza en un Re menor que duda de sí mismo y acaba en un Re mayor absolutamente festivo y sin mácula de cualquier modo menor. 

No obstante, a lo largo de la misma coexisten un crisol de tonalidades —e incluso disolución de la misma— que conforman el paisaje lírico inspirado por cada poema, sin perder nunca de vista la globalidad expresiva del poemario.

PEQUEÑO VALS VIENÉS

En Viena hay diez muchachas,

un hombro donde solloza la muerte

y un bosque de palomas disecadas.

Hay un fragmento de la mañana

en el museo de la escarcha.

Hay un salón con mil ventanas.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals,

de sí, de muerte y de coñac

que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,

con la butaca y el libro muerto,

por el melancólico pasillo,

en el oscuro desván del lirio,

en nuestra cama de la luna

y en la danza que sueña la tortuga.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos

donde juegan tu boca y los ecos.

Hay una muerte para piano

que pinta de azul a los muchachos.

Hay mendigos por los tejados.

Hay frescas guirnaldas de llanto.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,

en el desván donde juegan los niños,

soñando viejas luces de Hungría

por los rumores de la tarde tibia,

viendo ovejas y lirios de nieve

por el silencio oscuro de tu frente.

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals del «Te quiero siempre».

En Viena bailaré contigo

con un disfraz que tenga

cabeza de río.

¡Mira qué orillas tengo de jacintos!

Dejaré mi boca entre tus piernas,

mi alma en fotografías y azucenas,

y en las ondas oscuras de tu andar

quiero, amor mío, amor mío, dejar,

violín y sepulcro, las cintas del vals.

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Autores: Federico García Lorca y Josué Bonnín de Góngora. Ilustrador: José Manuel Ciria. Título: Poeta en Nueva York. Editorial: Akal. 

Imagen de portada: Gentileza de Zenda. Autores,libros y compañía.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores, libros y compañía. Arturo Perez Reverte. Febrero 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poemario

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