El realismo especulativo y los ‘hiper objetos’: filosofía para explicar el fin del mundo.

DE BRASSIER A HERMAN

Las claves de una corriente filosófica muy actual para adquirir una nueva perspectiva sobre cómo entender las catástrofes.

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Cada cierto tiempo emergen noticias del ruido mediático sobre el aumento de los residuos plásticos en nuestros océanos. Obviamente, estos no solo están suspendidos en el agua, sino que también se introducen en los cuerpos de los peces que pescamos y, con ello, pasan a nuestro organismo en proporciones microscópicas. Se trata de un proceso de degradación ecológica que ya estamos acostumbrados a escuchar. No es nada nuevo. Sin embargo, sucede todos los días de manera progresiva. 

Y lo peor de todo es que nos sobrevivirá a todos y cada uno de nosotros, así como a nuestros hijos. Como decíamos, es un mal que nos afecta y empeora nuestra salud día tras día. Somos parte de una cadena biológica y el plástico que en su día nos hizo avanzar como especie, cuya materia prima es el petróleo sin el que muchos de los productos que nos facilitan la vida no existirían, de pronto está por todas partes, como sustancia viscosa de la que es imposible desprenderse. 

Por ello, fácilmente nos desesperamos, lo que hace que dirijamos la vista hacia otros problemas más palpables o de fácil solución. De hecho, solo pensar en ello nos sume en la pereza: a no ser que inventásemos algún aparato que fuera efectivo contra este mal, no podríamos bajo ninguna circunstancia eliminar toda esa gran capa de poliestireno microscópica, pues ya se ha fundido con el agua marina y en los órganos de nuestros cuerpos a tamaños microscópicos. Los realistas especulativos creen que existe una realidad formada por objetos no antropocéntrica que actúa en el mundo de manera independiente Este plástico es un ‘hiper objeto’. Es viscoso (hagamos lo que hagamos, ya está impregnado en nuestro organismo y en el medio natural), no es local (sino que se distribuye de forma global, a lo largo de kilómetros y kilómetros cuadrados de agua y masa terrestre) y tampoco es algo que tenga fin, sino que está inscrito dentro de un proceso que como decíamos nos sobrevivirá a cada uno de nosotros debido a su lenta y progresiva biodegradación. 

Estas son, precisamente, las características de un ‘hiper objeto’, un término acuñado por el filósofo británico Timothy Morton en su libro Hyperobjects: filosofía y ecología después del fin del mundo’, el cual nos puede ayudar a pensar de una manera alternativa y crítica sobre los grandes retos ecológicos que asolan al ser humano hoy en día y que precisamente amenazan su existencia a corto y largo plazo.

Morton pertenece a una corriente filosófica actual llamada realismo especulativo fundada a partir de una conferencia en la Universidad de Goldsmiths (Londres) en la que participaron sus máximos exponentes: Ray Brassier, Iain Hamilton Grant, Graham Herman y Quentin Meillasoux, quienes entienden que existe una realidad independiente del ser humano conformada por objetos y cuya comprensión no es antropocéntrica, es decir, es indiferente a los humanos. 

Estas son las que precisamente nos han conducido a la llamada era del Antropoceno, en la que el hombre ha modificado tanto el medio ambiente a partir de la industria y la tecnología, es decir, con la creación de nuevos objetos artificiales, hasta el punto de afectar, influir y alterar los procesos naturales del resto de objetos.

La vuelta a los objetos

En primer lugar, habría que definir bien qué entienden los realistas especulativos por objeto. Según Graham Herman, este concepto corresponde a todo lo que existe y que no es sujeto, es decir, desde lo más material (una casa, un árbol, una montaña) hasta lo más abstracto (la energía, el espacio-tiempo o las redes sociales). Ninguno es más importante que otro, aunque tienen diferencias, es decir, están al mismo nivel ontológico. Algunos los hemos creado los humanos para entender al resto de objetos y fenómenos, como por ejemplo los números y las matemáticas. Y lo más relevante: todos ellos existen de manera independiente e indiferente a la acción humana. En otras palabras, si no fueran pensados o usados por un sujeto daría lo mismo.

El realismo especulativo explica el mundo a través de la ontología orientada a los objetos (OOO), ya que niega la visión antropocéntrica que ha presidido los grandes debates y pensamientos en torno a la ciencia y la tecnología desde el impacto de la Ilustración. 

En este sentido, es una vuelta a considerar la importancia del objeto en sí mismo, y no del sujeto. Uno de los filósofos que sirvieron de inspiración para esta nueva manera de comprender el mundo fue Bruno Latour, antropólogo y pionero de la psicología constructivista, el cual acuñó el término de ‘actantes para definir esa interacción entre objetos, como si fuera una red que actúa de manera independiente al sujeto. 

Un actante, por ejemplo, sería un parásito antes de ser descubierto por el ser humano y por el que se hubieran desencadenado graves enfermedades en cadena en el pasado. Luego, llegó el sujeto y le puso un cerco, una definición y una serie de probabilidades de transmisión. Lo mismo sucedió, por ejemplo, con un objeto tan abstracto como viene a ser el tiempo, representado en el mundo físico a través del reloj. Cuando antes venía marcado por las fases del Sol en el cielo durante el día, durante la revolución industrial se empezó a popularizar el reloj como forma de controlar el tiempo, generalmente bajo el propósito de ordenar y organizar las jornadas laborales de los obreros, de lo que ya hablamos en otra ocasión.

Latour define por «actor» (en el ejemplo anterior sería el reloj) a aquel objeto que interviene en los actantes u otros objetos (en este caso el tiempo), provocando que otros objetos, a su vez, realicen una acción (los seres humanos y su funcionamiento alrededor de un horario fijado). 

Podemos trasladarlo también al mundo de la ficción. Un «actor» que realiza una película interpreta un papel de otra persona distinta a la suya. Una vez terminemos de ver la película seremos afectados por esta interpretación, ya sea porque nos haya aburrido o, en un sentido positivo, porque nos descubra algo que no sabíamos o simplemente nos conmueva e inspire para llevar a cabo una serie de acciones en nuestra vida cotidiana que en última instancia podrían ser trasladadas a otra obra artística. Así, se establece una relación entre este objeto ficticio que depende de un soporte material para existir y el sujeto que la visiona.

Entonces, ¿qué es un hiper objeto?

La aportación de Morton resulta clave para apreciar problemas tan acuciantes como el cambio climático desde un nuevo prisma. A diferencia de los objetos anteriormente explicados, los cuales definidos por Graham son sólidos y finitos, los hiper objetos no tienen una base realmente empírica, solo pueden comprenderse a través de la estadística. 

En otras palabras, ¿eres capaz de apreciar cada una de las partículas de plástico a las que hacíamos antes alusión que estaban en el interior del pescado que te acabas de comer y que ahora formarán parte de tu cuerpo? ¿Eres capaz de afirmar empíricamente que existen? Y más aún: ¿puedes recogerlas para después retirarlas y que así ya no afecten negativamente a tus órganos? «No puedo ver ni tocar al calentamiento global. Lo que puedo ver y tocar son esas gotas de lluvia, esta mancha quemada por el sol en la nuca» 

Los hiper objetos solo pueden ser comprendidos a partir de otros objetos, sobre todo de aquellos que nos resultan más útiles: las matemáticas y la estadística. El concepto de Morton sirve de manera excelente para entender posiciones negacionistas sobre asuntos y problemas que son trascendentales a la hora de afectar a otros objetos y que recientemente han aflorado muchísimo entre la sociedad, precisamente sobre temas como el coronavirus.

¿No es normal dudar de que algo exista si no lo puedes ver o interactuar concreta y directamente con ello? ¿Si no hay una demostración empírica de aquello que supuestamente está sucediendo y que sabemos que ocurre a partir de los datos y los análisis estadísticos y científicos? «La ciencia no puede señalar directamente causas y efectos, de eso se ocupa la metafísica, solo puede ver correlaciones en los datos» «No puedo ver ni tocar al calentamiento global», expresaba el propio Morton en un texto publicado en la revista ‘High Country News’. 

«Lo que puedo ver y tocar son esas gotas de lluvia, esta nieve, esta mancha quemada por el sol en la nuca. Entonces, alguien puede declarar: ‘¡Mira! Nevó en Boise, Idaho, esta semana. ¡Eso significa que no hay calentamiento global!». No lo podemos ver de manera directa, porque es algo muy generalizado y duradero (de unos 100.000 años), por lo que es una entidad increíblemente compleja que tienes que mapear en un espacio que traza todos los estados de un sistema». 

Y aquí es donde entra la ciencia. Pero como advierte el filósofo, «la ciencia no puede señalar directamente causas y efectos, de eso se ocupa la metafísica, solo puede ver correlaciones en los datos». En este sentido, esto reitera la teoría kantiana de que «existe una brecha entre lo que una cosa y cómo aparece (sus ‘fenómenos’)». Esta distancia racional y ontológica no se puede reducir en un concepto o algo concreto, ya que es una brecha «trascendental». De tal forma que hay una especie de «afuera», una «exterioridad» como la llamaría el filósofo francés Alain Badiou, al que el pensamiento de ninguna forma puede acceder y al que las matemáticas, por el contrario, sí.

Una filosofía para el fin del mundo

Ahora que hemos explicado ambos conceptos, habría que reparar en el subtítulo de Morton, el cual no es nada baladí: «Filosofía y ecología después del fin del mundo». Como tantos otros pensadores actuales, su obra está empañada de la intuición de saberse al borde del precipicio. 

Hiperobjetos como el cambio climático o la degradación medioambiental, todos ellos de origen natural pero con causas asociadas al ser humano, provocan una reacción por parte de ciudadanos de todo el mundo e instituciones, a la par que un acusado sentimiento de culpabilidad. Así es como las máximas ecologistas se han convertido en las últimas décadas en un ‘must’ en todo programa político que aspire a gestionar la realidad del presente. 

«Los hiper objetos nos demuestran que no hay centro y no lo habitamos» El filósofo británico va más allá. Tres años después de ‘Hiper Objetos’ publica Dark Ecology: For a Logic of Future Coexistence’ (algo así como «Ecología Oscura: Para una lógica de la coexistencia futura») en el que trata de forma más pormenorizada la cuestión del cambio climático y la irreversibilidad de sus efectos. 

A este respecto, parte de la premisa de que nos equivocamos a la hora de situar el fin del mundo en el aumento del nivel de las aguas, el deshielo de los polos o los fenómenos naturales adversos. Básicamente, porque como hiper objeto, a eso que llamamos «naturaleza» le damos igual los humanos. Y nuestras pretensiones de intentar revertir sus efectos además de paternalistas y antropocéntricas resultan erróneas. 

Morton acierta a ver el fin del mundo en esa concepción antropocéntrica que representa el pensamiento ecologista más convencional. «Esto es humillante para los humanos, pero algo bueno a fin de cuentas», reconoce al principio del libro. 

«Los hiper objetos nos demuestran que no hay centro y no lo habitamos. Y por otro lado, añaden un giro más: ¡No tienen límite! No podemos saltar fuera del universo». Entonces, ¿cuál debería ser el papel del ser humano ahora que hemos sido desprendidos de ese centro en la creación que antes nos permitió avanzar y ahora ha supuesto nuestra lenta y progresiva perdición?

Amor y cuidado de los objetos

«Nuestra tarea es aprender a sintonizarnos con los objetos, a dejar caer los conceptos de ‘naturaleza’ y de ‘mundo’, dejar de identificarnos con ellos, jurar lealtad a la coexistencia con estos no humanos que ya no tienen mundo, sin creer en un Arca de Noé nihilista», afirma, en un fragmento recogido por Cara Daggett en la revista ‘Society and Space’. 

«Esto implicaría desarrollar una ética y política basadas en la armonía con las instrucciones ajustadas y emanadas de esas entidades que son objeto por derecho propio, que en caso de tomarse en serio deberían alentarnos a actuar con precaución». 

«Toda la materia está viva y en proceso: una red de materiales compleja y entretejida, que se afecta entre sí, compite, forma alianzas» La propuesta de Morton, a pesar de ser muy atractiva e interesante, peca de inconcreta. 

Otra de las autoras de la corriente realista especulativa es Jane Bennet, que en ‘Vibrant Matter. A political ecology of things (2010) («Materia vibrante: una ecología política de los objetos») propone reconocer fuerzas no humanas en el seno de los objetos que determinan, junto con las humanas, el devenir de la historia de ambos. «¿Cuáles son las implicaciones políticas de reconocer que todo, incluidas las rocas, los basureros, está vivo?», se pregunta. 

«Las cosas no están vivas solo de forma mecanicista, es decir, compuestas de electrones y átomos en movimiento», analizan desde el blog ‘Cultivating Alternatives’ a propósito de las teorías de la autora. «La mayor parte pensamos en los objetos como cosas pasivas y estables, siendo nosotros los humanos los sujetos activos en el mundo. Benett quiere disolver esta relación binaria entre sujeto y objeto, mostrando cómo los gusanos, una rata muerta o una cantidad de residuos pueden ser ‘actantes’, teniendo ‘la capacidad de animar, actuar y producir efectos dramáticos y sutiles’. 

Toda la materia está viva y en proceso: una red de materiales compleja y entretejida, que se afecta entre sí, compite, forma alianzas, inicia nuevos procesos y disipan otros. Los seres humanos estamos inextricablemente enredados en estas redes que Bennett llama ensamblajes».

Sin duda, estas tesis recuerdan a la corriente del panpsiquismo, de la que hablamos recientemente, y cuyo punto de partida es completamente distinto al del realismo especulativo, ya que este último tiene un punto de partida materialista mientras que el otro es puramente idealista. 

Ambas apuntan a una nueva forma de conocimiento y sensibilidad que sirva de respuesta a la grave crisis que atravesamos y que no solo es climática. Aunque sea fácil perderse en la complejidad de estas ideas, que en ocasiones parecen demasiado elevadas y pretenciosas, a la par que fantasiosas o irreales, merece la pena repensar sobre estos textos y autores, que sin duda tienen el coraje de arrojar preguntas y maneras de acercarnos a la complejidad que envuelve este mundo en pleno siglo XXI, casi siempre al borde del precipicio.

Imagen de portada: Gentileza de Istock

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. Por Enrique Zamorano. Febrero 2022.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Hijos/Petroleo/Reino Unido.

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