José Hierro: una selección de versos asombrosos.

Versos eternos de José Hierro

Hoy sé que los quebrados son olivos

cercados en el área de la escuela.

Hoy sé que llevan remo y blanca vela

los amados balandros adjetivos.

Hoy sé que aquellos tiempos están vivos,

que cada asignatura es centinela

que vigila un recuerdo y lo revela

con gesto y con presencia redivivos.

Me encontré solitario, inerte, ciego,

sin risueño pasado, sin el juego

alegre entre los vientos del verano,

y yo busqué en los álamos mi vida

y al no encontrarla la creí perdida,

y estaba aquí, al alcance de la mano.

(De Prehistoria literaria, 1939)

Llegué por el dolor a la alegría

Llegué por el dolor a la alegría.

Supe por el dolor que el alma existe.

Por el dolor, allá en mi reino triste,

un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría

y el viento loco y cálido que embiste.

(Alma que verdes primaveras viste

maravillosamente se rompía. )

Así la siento más. Al cielo apunto

y me responde cuando le pregunto

con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza

ruego por el que he sido en la tristeza

a las divinidades de la vida.

(De Alegría, 1947)

Cumbre

Firme, bajo mi pie, cierta y segura,

de piedra y música te tengo;

no como entonces, cuando a cada instante

te levantabas de mi sueño.

Ahora puedo tocar tus lomas tiernas,

el verde fresco de tus aguas.

Ahora estamos, de nuevo, frente a frente

como dos viejos camaradas.

Nueva canción con nuevos instrumentos.

Cantas, me duermes y me acunas.

Haces eternidad de mi pasado.

Y luego el tiempo se desnuda.

¡Cantarte, abrir la cárcel donde espera

tanta pasión acumulada!

Y ver perderse nuestra antigua imagen

arrebatada por el agua.

Firme, bajo mi pie, cierta y segura,

de piedra y música te tengo.

Señor, Señor, Señor: todo lo mismo.

Pero, ¿qué has hecho de mi tiempo?

(De Tierra sin nosotros, 1947)

Armonía

Quise tocar el gozo primitivo,

batir mis alas, trasponer la linde

y volver, al origen, desde el fin de

mi juventud, para sentirme vivo.

Quise reverdecer el viejo olivo

de la paz, pero el alma se me rinde.

¿Quién es sin su dolor? ¿Quién que no brinde,

sin pena, su ayer libre a su hoy cautivo?

Y ¿quién se adueñará de la armonía

universal, si rompe, nota a nota,

grano a grano, el racimo y los acordes?

¿Quién se olvida que es cuna y tumba, día

y noche, honda raíz y flor que brota,

luz, sombra, vida y muerte hasta los bordes?

(De Quinta del 42, 1952)

El enemigo

Nos mira. Nos está acechando. Dentro

de ti, dentro de mí, nos mira. Clama

sin voz, a pleno corazón. Su llama

se ha encarnizado en nuestro oscuro centro.

Vive en nosotros. Quiere herirnos. Entro

dentro de ti. Aúlla, ruge, brama.

Huyo, y su negra sombra se derrama,

noche total que sale a nuestro encuentro.

Y crece sin parar. Nos arrebata

como a escamas de octubre el viento. Mata

más que el olvido. Abrasa con carbones

inextinguibles. Deja devastados

días de sueños. Malaventurados

los que le abrimos nuestros corazones.

(De Cuanto sé de mí, 1957)

Marina impasible

Por primera vez, o por última,

soy libre…

Arbustos con espuelas

de marfil. Rocas oxidadas.

El otoño pliega sus tonos

frente al crujido de las olas.

Por primera vez, o por última.

Las gaviotas tocan sus oboes

de tormenta. Unos dedos verdes

hunden la luna en luz marina,

la tienden al pie del silencio.

Se ha desnudado una mujer

y muestra sus luces mellizas;

al huir, dispersa su paso

luminosa arena de estrellas.

Por primera vez, o por última.

Tijeras de oro en el poniente.

Se enciende un violín ruiseñor

en el esqueleto del mar.

Garras de nubes estrangulan

el azul, y lo hacen gemir.

Ojos fijos en su tesoro,

presente inmóvil -sin recuerdos,

sin propósitos-, soy ahora.

todo está sometido a un orden

que yo no entiendo. Pero embarco

en la nave, y el marinero

me dirá su cantar, más tarde,

desde el éxtasis…

Por primera,

o por única vez, soy libre.

(De Libro de las alucinaciones, 1964)

Alma dormida

Me tendí sobre la hierba entre los troncos

que hoja a hoja desnudaban su belleza.

Dejé el alma que soñase:

volvería a despertar en primavera.

Nuevamente nace el mundo, nuevamente

naces, alma (estabas muerta).

Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:

tú dormías, esperando ser eterna.

Y por mucho que te cante la alta música

de las nubes, y por mucho que te quieran

explicar las criaturas por qué evocan

aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas

hacer tuya tanta vida derramada

(era vida, y tú dormías), ya no llegas

a alcanzar la plenitud de su alegría:

tú dormías cuando todo estaba en vela.

Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro…

(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!)

(De Agenda, 1991)

Vida

A Paula Romero

Después de todo, todo ha sido nada,

a pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»

Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»

Ahora sé que la nada lo era todo.

y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.

(Era ilusión lo que creía todo

y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada

si más nada será, después de todo,

después de tanto todo para nada.

(De Cuaderno de Nueva York, 1998)

Imagen de portada: Gentileza de El Español. Cultura.

Recomendamos la lectura de esta antología de poemas, desde ‘Prehistoria literaria’ a ‘Cuaderno de Nueva York’. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/José Hierro/Homenaje.

 

 

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