Leer, escribir, vivir.

Guebel combina muy bien la exposición del sustrato abstracto que anima las novelas con el relato de sus circunstancias personales, como el estado de su economía o sus relaciones.

De todas las explicaciones que han dado los escritores sobre su obra, quizá la más famosa, aunque sea porque las titula todas, es Cómo escribí algunos de mis libros, de Raymond Roussel. 

A este género se acaba de incorporar Un resplandor inicial, del argentino Daniel Guebel, publicado por Ampersand Ediciones, si bien este es un libro muy diferente del francés (que por otro lado es diferente a todos). 

El carácter excepcional de este tipo de textos, que se dedican a mirar desde fuera a los otros libros escritos por sus autores, no impide que en ellos se pueda reconocer a sus autores, de modo que leerlos provoca un placer de la misma clase que si se tratase de una de sus obras narrativas. 

Roussel es impenetrable y disparatadamente cerebral; en el libro de Guebel hay una calidez, un análisis y una capacidad asociativa que adivino también en sus obras de ficción, a partir de lo que cuenta de ellas.

Guebel se ha propuesto aquí hacer un repaso a su carrera literaria. A lo largo de una treintena de capítulos nos explica las circunstancias en que fueron concebidos, cómo se fue armando la estructura de cada uno, qué esperaba al comenzarlos y con qué se encontró al final. 

Es natural que comience con los recuerdos de sus primeras lecturas, en un episodio que me ha recordado, en parte por la delicadeza al transmitir la emoción deslumbrante de las primeras lecturas y también por el quizá aparente azar que atrae a unos autores y rechaza a otros, al breve artículo de Houellebecq “Toda una vida leyendo”, publicado en la compilación Intervenciones (Anagrama, 2011). 

Es imposible disociar esas primeras lecturas de las primeras impresiones infantiles. Guebel atrapa perfectamente el escurridizo momento en que se pone en marcha un mecanismo misterioso en nuestro interior, el instante irrevocable en que pasamos de ser analfabetos a no poder no entender lo que dicen las letras: “…yo, al abrigo de mi cama, los esperaba mirando la sucesión de estampas de mis revistitas […] cuando de pronto, las consonantes y vocales comenzaron a agruparse en palabras en cada globo de diálogo, cada escena comenzó a tener un sentido fijo y la sucesión de escenas tomó una lógica narrativa única y propia, anterior a la mía, y un invariable resultado final. Fue una iluminación reveladora y decepcionante, un éxtasis y una amputación”. 

A medida que el niño salta de las revistitas a otras lecturas, como Verne o Salgari y más tarde Ray Bradbury y la colección de clásicos universales de la biblioteca Jackson, va apartándose de sus amigos del colegio y retirándose a un mundo en el que encontrará la manera de instalarse, pues se da cuenta de que lo único que le interesa es ser escritor. 

El relato enlaza la lectura reveladora de Sinuhé, el egipcio con un análisis de El Quijote, con el que encuentra concomitancias, que se va diseminando a lo largo de los siguientes capítulos. Sobre “la superior pericia de Cervantes” dice que “en la literatura también se verifica […] el ideal del progreso. Solo hay que saber retroceder lo suficiente”. Esto no quiere decir que no admire Sinuhé (“un clavo en la biblioteca”), cuyo arranque es su preferido junto al de Moby Dick. 

Los siguientes capítulos los dedica a la composición de sus libros. La escritura de Guebel transmite una libertad y una perspicacia que solo parecen poder conseguirse con la práctica de lo que el budismo zen conoce como mente de principiante, y de hecho la alusión a conceptos zen o koans es frecuente a lo largo del libro. 

La práctica consiste, claro, en acercarse a las cosas como si fuesen nuevas cada vez, y de hecho asombra el cuidado que pone Guebel en la descripción de situaciones o de aprensiones psicológicas que podría despachar con un par de lugares comunes. Pero claro, eso es lo que hace un escritor. 

Cada capítulo tiene la duración que necesita para explicar la gestación del libro. A veces lo resuelve en dos páginas, otras veces necesita diez. A veces el libro nace por un encargo, y otras veces sale de otro libro que está escribiendo y se hace independiente. 

A veces surge de una imagen, de otro libro que ni siquiera ha leído sino cuyo título ha leído de paso, pero cada vez cuenta cómo hay un momento en que se embarca en la escritura como arrastrado por el nuevo libro. Es característica su determinación por probar nuevas maneras de escribir, por no asentar un estilo que teme podría acabar ahogándole. 

Las tramas parecen estrambóticas y en ellas se trasluce un resto de las frenéticas aventuras de Sandokán o Miguel Strogoff leídas en la infancia, y al pensar en ellas en retrospectiva distingue cómo están entreveradas con cosas que le pasaron en la vida civil, de lo que en ocasiones se dio cuenta en el momento, pero en otras no, hasta que se ha sentado a recordarlo.

Es muy interesante una recurrente crítica al peronismo que aborda desde el análisis de la perversión del lenguaje, un poco a la manera de Viktor Klemperer. 

Combina muy bien la exposición del sustrato abstracto que anima las novelas con el relato de sus circunstancias personales, como el estado de su economía o sus relaciones. 

Hay un momento muy especial en que ve el próximo libro que va a escribir (El absoluto) mientras lleva en brazos a su pequeña hija Ana temeroso de resbalar en un barrizal, una imagen que es a la vez, felizmente, metáfora y carne: “La vida como una intención y una ofrenda que mucho debe al calor de la cabeza de Ana, su calor y confianza irradiando hacia mi corazón”. 

Ese momento me parece paradigmático del libro, que va avanzando de un tono más cerebral a la expansión o el desparrame vital inevitable y deseable aunque que el autor vaya confesando cada vez con mayor familiaridad sus aprensiones neuróticas y los fracasos que considera han lastrado su vida, de modo que este paseo por una bibliografía aún en marcha nos hace asistir de paso al proceso de una vida humana haciéndose enjundiosa, por mucho que esté condenada a la disolución y el fracaso, que son otros de los temas recurrentes de este libro tremendamente vital. 

Imagen de portada: Gentileza de Letras Libres

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Por Bárbara Mingo Costales. Es escritora. En 2021 publicó ‘Vilnis’ (Caballo de Troya).

Sociedad y Cultura/Literatura/Daniel Guebel/Roussel

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