Reseña de “Cuentas pendientes”, de Vivian Gornick: releer es volver a vivir.

En su último libro, la escritora estadounidense combina la relectura de libros que la marcaron con el ejercicio de mirarse a sí misma.

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Vivian Gornick (Nueva York, 1953) se entrega en Cuentas pendientes a la experiencia de releer obras que cayeron en sus manos cuando era joven y que al cabo del tiempo, en sucesivos abordajes, se van transformando en criaturas diferentes o incluso desconocidas. ¿Qué ha pasado entre medio? Ni más ni menos que la vida.

Cuentas pendientes sería un libro más de crítica literaria o (apenas) una excelente pieza ensayística si la escritora estadounidense no hiciera además el ejercicio maravilloso de leerse a sí misma, mezclando una arqueología de sus lecturas con una lección de anatomía de sus emociones y sus pensamientos, de su derrotero vital.

Libros y personajes aceptados con devoción en una primera lectura se transforman con el correr de los años en pozos de desolación o dan lugar a juicios repugnantes. Momentos que resultaron iluminadores se revelan como pamplinas decepcionantes. Algo intrascendente leído a los 20 provoca, en la madurez, un deslumbramiento. De momentos así está hecho este libro apabullante por su honestidad.

¿Es lo mismo leer un libro de adolescente que leerlo décadas después, al cabo de un aborto ilegal recién realizado? ¿Qué es lo que queda en pie, pasados los 60, de una obra abordada siendo una joven que buscaba emanciparse de la comunidad de judíos inmigrantes de clase trabajadora del Bronx y que vivió en carne y mente propias los sacudones del feminismo? 

Releer es volver a vivir, dice la autora de Apegos feroces y Mirarse de frente.

“Allá donde miraba veía sexismo: crudo y brutal, ordinario e íntimo, antiguo y omnipresente. Lo veía en la calle y en el cine, en el banco y en la frutería. Lo veía al leer los titulares, cuando cogía el metro, cuando me sujetaban la puerta para pasar. Y, lo más impactante de todo, lo veía en la literatura”, escribe Gornick. Y recuerda que al repasar muchos de los libros con los que se había criado vio que los personajes femeninos “no eran más que monigotes carentes de sustancia y alma, que solo estaban allí para impedir o propiciar las peripecias del protagonista”, que era casi siempre un hombre.

El catálogo revisitado incluye obras de D.H. Lawrence, Marguerite Duras (El amante), Doris Lessing (Gatos ilustres), Colette, Natalia Ginzburg (“Al leerla, como he hecho en repetidas ocasiones desde hace muchos años, experimento la euforia que provoca que te recuerden desde el intelecto que eres un ser sensible”), Elizabeth Bowen, Delmore Schwartz, Abraham B. Yehoshúa o la sufragista y abolicionista Elizabeth Stanton.

Con los libros, piensa Gornick, pasa lo mismo que sucede entre amantes o personas cuyo vínculo no puede ser y se dicen: “Ay, si nos hubiéramos conocido en otro momento”. La relectura es ese momento.

Los libros son fábricas de emociones, escuelas sentimentales, catapultas de pensamiento. Cuentas pendientes, al que se le podría encontrar un aire de familia con ¿Hay alguien ahí?, de Peter Orner, es un libro sobre lo que la literatura le hace a la vida y sobre lo que la vida le hace a los libros. A ese vaivén, Gornick lo sueña interminable, un viaje que dure hasta la próxima vez.

«Cuentas pendientes» de Vivian Gornick

Imagen de portada: Gentileza de La Voz

FUENTE RESPONSABLE: La Voz. Por Demian Orosz. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Vivian Gornick

 

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