Fernando Savater, humanismo impenitente (1): el sentimiento irónico de la vida. 

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En 2020 se cumplían cincuenta años de la primera obra de Fernando Savater, Nihilismo y acción. El año anterior, el autor había dado por concluida una más que fecunda trayectoria de publicaciones con el libro La peor parte. Memorias de amor, el emocionado recuerdo a Sara Torres, su compañera sentimental durante más de tres décadas, que había fallecido cuatro años antes. 

La del filósofo donostiarra ha sido una carrera que por su amplitud, calidad y cantidad cuenta con poquísimos parangones en la historia de la prosa de ideas en lengua española. Alguien a quien no parece resultarle indiferente nada de lo que sucede a su alrededor, y de ahí la gran variedad de temas de los que se ha ocupado en sus libros y artículos. 

Si bien su ritmo de publicación ha sido siempre frenético, son los años decisivos del último franquismo y la tumultuosa etapa de la transición el momento en que Fernando Savater plantó las semillas y orígenes de las tramas filosóficas que desarrollaría con posterioridad y de las preocupaciones que encontramos en su haber reflexivo. 

De la misma manera, del cambiante panorama de la transición surge el compromiso cívico de Savater con la cultura democrática, cuya plena realización solo puede ser factible a través de una educación centrada en la ética y que persiga el desarrollo de una moral autónoma antidogmática.

Entre 1970, fecha de publicación de su primer libro, hasta 1981, cuando publica La tarea del héroe, uno de los trabajos filosóficos más importantes de la España democrática, Savater se erigió en uno de los principales renovadores del ensayismo hispánico. La aventura filosófica de Fernando Savater (tan bien resumida en la yuxtaposición del título de su primer libro) había comenzado por la búsqueda de una acción que asumiera las lúcidas lecciones del nihilismo pero sin arrojarse al abismo desesperanzado de la inacción, y encontraba en la figura trágica del héroe un símbolo ético que representa la voluntad como origen de los valores morales. 

Aunque su pensamiento no ha sido ajeno a las variaciones y cambios que trae consigo el paso del tiempo, lo sustancial de ese pensamiento no ha variado en lo esencial (sí ha ido puliendo, en cambio, las aristas más desafiantes de su escritura).

A la vista del balance que puede hacerse de su producción ensayística, no es una exageración comparar a Fernando Savater con ilustres del pasado como Ortega, Unamuno, María Zambrano, o Ferrater Mora

De entre sus contemporáneos, solo el ya fallecido Eugenio Trías puede consentir la comparación. Pero si el filósofo catalán desarrolló una obra cada vez más cercada por el hermetismo y la referencia solipsista a sí misma, dialogar en el ágora pública ha sido, por el contrario, prioridad del pensador vasco: autor de una obra cuya vocación es la de acercarse a un público amplio, no necesariamente especialista en cuestiones filosóficas. 

Frente a la rigidez academicista, Savater ha desdeñado la sacralización de la jerga de los entendidos en filosofía. Vale la pena recordar, asimismo, la divertida declaración que realizó al respecto en su libro Libre mente: «Gracias a Montaigne, a Pascal y a Schopenhauer, desconfío de los neologismos y los términos compuestos a fuerza de guiones. Por eso nunca he sabido hablar en heidegger o en lacaniano». 

«Profesor de filosofía» antes que «filósofo», en sus propias palabras, Savater ha sido también un personaje mediático en la España de los últimos cuarenta años y por eso los envites de la actualidad no le han resultado ajenos. En la década de 1990 y los primeros años 2000 fue muy conocido por su activismo en contra del nacionalismo terrorista vasco. 

Labor que quedó plasmada en su libro Perdonen las molestias. Crónica de una batalla sin armas contra las armas. Su lucha contra las ideologías nacionalistas, expresada en libros como Contra las patrias, El mito nacionalista o Contra el separatismo, lo ha convertido a veces también en una figura polémica, que suscita tantas simpatías como animadversiones. 

Pero esa postura tiene su raíz en el rechazo de la ideología nacional-católica y su educación represiva, que hubo de conocer en su infancia y juventud y contra las que también peleó con la pluma en sus primeros tiempos como escritor. En todo caso, el ruido de los medios de comunicación (y la frecuente crispación que permea la vida política en España) no ha sido óbice para ocultar la valía de una obra como pocas.  

Sin menospreciar sus aportaciones y capacidades como filósofo, un talento y una voluntad de escritor son, sin embargo, los que inequívocamente animan todos los ensayos y escritos sobre filosofía de Savater. 

Ya desde el inicio de su trayectoria, el ensayo representa en Fernando Savater el esfuerzo por engarzar el pensamiento en las posibilidades estéticas que formalmente ofrece ese género literario. 

En Despierta y lee, de 1998, se lee una frase que bien pudiera servir como idea, o lema, que recorre subterráneamente toda su obra: «Me interesa la ética porque hace la vida humanamente aceptable y la estética porque la hace humanamente deseable». Una de sus frases más citadas es aquella con la que arrancaba el prólogo de Apología del sofista, el tercero de sus libros, publicado en 1973: «Considero que la filosofía es un género literario». Más adelante precisaba: «La filosofía es, ante todo, una forma de escritura. Ignorar o minimizar esta característica descalifica a cualquier pensador. Supone, pues, una toma de postura a favor de la palabra». 

Un escritor que antes de ser escritor fue un lector compulsivo y omnívoro, y que en el gozo de la lectura ha cifrado la verdadera razón de ser de la literatura: «todo lo que he escrito en mi vida no es más que una invitación a seguir leyendo», escribió en su Diccionario filosófico. O como lo expresó en la jocosa confesión que se lee en su autobiografía: «como solo por leer no pagan, me tuve que resignar a escribir».

Lector de Schopenhauer, Nietzsche y Spinoza, la escritura de Fernando Savater se alimenta de numerosas fuentes, como múltiples han sido también los intereses que lo han ocupado. 

Los nombres de filósofos figuran en la constelación de referencias savaterianas tanto como los de poetas-ensayistas como Borges, Unamuno, Octavio Paz, o Paul Valéry; lo mismo que pensadores excéntricos y de difícil clasificación: así el filólogo y filósofo Agustín García Calvo (que fue uno de sus primeros maestros), el pensador nihilista Emil M. Cioran, o el inclasificable ensayista Rafael Sánchez Ferlosio

El pensamiento y la obra filosófica de Fernando Savater son lugares donde converge la tradición intelectual española (Ortega, Unamuno, María Zambrano, José Bergamín) con las líneas maestras del pensamiento europeo moderno. Haciendo suya, en resumidas cuentas, la definición de la filosofía como género eminentemente literario que había puesto en circulación el poeta Paul Valéry, es evidente que la filosofía es para Savater una disciplina de creación expresiva, como lo son la narración, la poesía, la literatura, antes que rigurosamente científica. 

Esa concepción que acerca la filosofía al ámbito de las artes y las letras, antes que al estrictamente científico, es una noción brújula de la que nunca se ha desprendido, y así en 1994 podía escribir: «Respecto a la materia filosófica, digamos que en realidad no es una disciplina científica en absoluto, sino un tipo de urgencia creadora-expresiva que se disciplina muy difícilmente».

Escritor polifacético como pocos, Fernando Savater ha practicado también la novela, el teatro, el relato corto, los monólogos (el memorable ejercicio de ventriloquía literaria que es Criaturas del aire, donde daba voz a algunos de sus personajes de ficción favoritos, una panoplia heterogénea que abarca desde el conde Drácula a Sancho Panza). 

Asimismo, sobre todo a partir de los años noventa, fue autor de libros didáctico-divulgativos como Las preguntas de la vida, Historia de la filosofía sin temor ni temblor, o el best seller Ética para Amador, que sirvió durante muchos años como manual de ética en las escuelas españolas. 

O, en fin, su ameno, didáctico, y sencillamente excelente, Diccionario de filosofía. Pero el ensayo ha sido, con todo, el género literario que más y mejor ha cultivado, donde ha podido dar cauce a su íntimo y temprano deseo de vincular filosofía y literatura, enlazar la forma estética del estilo con el fondo del pensamiento, lo atractivo de la escritura con la preocupación por las cuestiones de orden moral. 

Para ello, Savater parte de la conocida definición de Adorno del «ensayo como forma», que caracteriza el ensayo desde lo azaroso, lo lúdico, lo escéptico, lo inacabado, en definitiva, la duda, y que a su vez remite a la práctica originaria de Montaigne, el padre fundador del género.

A comienzos de los setenta, Savater había visto precisamente en la «castración» del estilo la razón de la falta de originalidad del pensamiento filosófico en España, del que se seguía su precario enclaustramiento en la erudición académica. 

Por el contrario, para él, la búsqueda formal del estilo es lo que permite al filósofo realizar una lectura «irónica», es decir, crítica de la realidad y los discursos establecidos. Pero esa dimensión estética que tiene toda escritura literaria no debe confundirse, sin embargo, con una exaltación de la forma o una idolatría del estilo. 

En el libro Despierta y lee, Savater escribirá: «quienes se esfuerzan por tener un estilo, quienes padecen esa voluntad de estilo que me pareció tan esencial, escriben pendientes no de lo que quieren decir —muy bien pueden no querer decir nada—, sino solo de los efectos idiosincráticos que producirá en el lector su forma de decirlo». 

La intención de sus primeros libros puede verse así como un logrado esfuerzo por dejar atrás los rastros de la cultura nacional-católica de la dictadura, y al mismo tiempo la de la oposición al régimen, dominada por el marxismo, cuyo crédito había comenzado ya a entrar en bancarrota por la época en que Savater comenzaba a escribir, pero que se mantenía aún como la principal referencia teórica del antifranquismo. 

En buena parte de la escritura temprana de Fernando Savater se perciben rasgos que han sido constantes en toda su obra, como la defensa del humor y el juego frente a la solemnidad y el utilitarismo, o la reivindicación del placer frente a la obligación. 

Mucho de ello hubo en el lanzamiento del libro colectivo En favor de Nietzsche, en 1973 (surgido de un seminario celebrado el año anterior en la Universidad Autónoma de Madrid), donde se juntaron jóvenes filósofos y eruditos de la filosofía, como Eugenio Trías, Andrés Sánchez Pascual o Javier Echeverría, descontentos ante el clima de la filosofía académica española de entonces. 

De ahí la importancia de la figura de Nietzsche como referente higiénico y creador de nuevos valores. Savater se referiría irónicamente a aquel libro diciendo que fue su «pregón de feria». Pero es importante recordar también que fue un libro concebido con la intención de ser la señal de un cambio de rumbo en el ámbito del pensamiento en España y abrir nuevos caminos para la reflexión filosófica: un gesto, en suma, con el que se pretendía combatir la filosofía escolástica que era la filosofía oficial en la enseñanza del régimen, y del otro, el marxismo ortodoxo que había sido predominante en la cultura de la oposición a la dictadura. 

No debería perderse de vista que ese gesto de provocación polémica e iconoclasta tiene su correlato en los ámbitos de la narrativa con la renovación de la novela de finales de los sesenta y los setenta, y la irrupción de los poetas «novísimos», siendo así que puede hablarse de un Zeitgeist generacional que hermana en sus inicios a los jóvenes literatos españoles, que pretendían, en el despliegue de sus carreras, transmitir una enfática imagen de ruptura con respecto a la cultura, los modos y la actitud de las generaciones anteriores. 

Y, en efecto, los tiempos estaban cambiando, porque Fernando Savater daba sus primeros pasos en el panorama literario español en un contexto de relanzamiento del ensayo por parte de las editoriales hispánicas, tanto en su dimensión filosófica como en la propiamente literaria. 

Javier Pradera se había hecho cargo de la filial española de Fondo de Cultura Económica; Taurus, con Jesús Aguirre al frente, no solo contrató los primeros libros de Fernando Savater, sino que llevó a cabo una importante labor de difusión en España del pensamiento alemán contemporáneo, con nuevas o primeras traducciones de Adorno o Walter Benjamin; o la existencia de una importante serie de divulgación universitaria a través de Edicusa, la editorial de ensayo vinculada a Cuadernos para el Diálogo.

También a finales de los sesenta, comenzaba su andadura una editorial Anagrama centrada en el ensayo y con un perfil entonces muy politizado y «contracultural». Sin olvidar las contribuciones de Lumen, Tusquets, o Kairós, o la efímera pero valiosa La Gaya Ciencia, que tuvo una importante serie de divulgación. Eso por citar solo unos cuantos ejemplos destacados. A través de esas nuevas lecturas y lectores se forjaba buen parte de lo que sería la cultura de la España democrática. 

(Continuará)

Imagen de portada: Gentileza de Gonzalo Merat

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Antonio Vila Sánchez. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Artes y Letras/Fernando Savater

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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