5 poemas de Manuel Acuña

Poeta mexicano del siglo XIX. Su vida fue tan breve que de él dijo José Martí: «¡Lo hubiera querido tanto, si hubiese él vivido!». Os ofrecemos 5 poemas de Manuel Acuña.

A una flor

Cuando tu broche apenas se entreabría

para aspirar la dicha y el contento

¿te doblas ya y cansada y sin aliento,

te entregas al dolor y a la agonía?

¿No ves, acaso, que esa sombra impía

que ennegrece el azul del firmamento

nube es tan sólo que al soplar el viento,

te dejará de nuevo ver el día?…

¡Resucita y levántate!… Aún no llega

la hora de que en el fondo de tu broche

des cabida al pesar que te doblega.

Injusto para el sol es tu reproche,

que esa sombra que pasa y que te ciega,

es una sombra, pero aún no es la noche.

Adiós a México

Pues que del destino en pos

débil contra su cadena,

frente al deber que lo ordena

tengo que decirte adiós;

Antes que mi boca se abra

para dar paso a este acento,

la voz de mi sentimiento

quiere hablarte una palabra.

Que muy bien pudiera ser

que cuando de aquí me aleje,

al decirte adiós, te deje

para no volverte a ver.

Y así entre el mal con que lucho

y que en el dolor me abisma,

quiero decirte yo misma,

sepas que te quiero mucho.

Que enamorada de ti

desde antes de conocerte,

yo vine sólo por verte,

y al verte te puse aquí.

Que mi alma reconocida

te adora con loco empeño,

porque tu amor era el sueño

más hermoso de mi vida.

Que del libro de mi historia

te dejo la hoja más bella,

porque en esa hoja destella

tu gloria más que mi gloria.

Que soñaba en no dejarte

sino hasta el postrer momento,

partiendo mi pensamiento

entre tu amor y el del arte.

Y que hoy ante esa ilusión

que se borra y se deshace,

siento ¡ay de mí! que se hace

pedazos mi corazón…

Tal vez ya nunca en mi anhelo

podré endulzar mi tristeza

con ver sobre mi cabeza

el esplendor de tu cielo.

Tal vez ya nunca a mi oído

resonará en la mañana,

la voz del ave temprana

que canta desde su nido.

Y tal vez en los amores

con que te adoro y admiro

estas flores que hoy aspiro

serán las últimas flores…

Pero si afectos tan tiernos

quiere el destino que deje,

y que me aparte y me aleje

para no volver a vernos;

Bajo la luz de este día

de encanto inefable y puro

al darte mi adiós te juro,

¡oh dulce México mío!

Que si él con sus fuerzas trunca

todos los humanos lazos,

te arrancará de mis brazos

¡pero de mi pecho, nunca!

Hojas secas

I

Mañana que ya no puedan

encontrarse nuestros ojos,

y que vivamos ausentes,

muy lejos uno del otro,

que te hable de mí este libro

como de ti me habla todo.

II

Cada hoja es un recuerdo

tan triste como tierno

de que hubo sobre ese árbol

un cielo y un amor;

reunidas forman todas

el canto del invierno,

la estrofa de las nieves

y el himno del dolor.

III

Mañana a la misma hora

en que el sol te besó por vez primera,

sobre tu frente pura y hechicera

caerá otra vez el beso de la aurora;

pero ese beso que en aquel oriente

cayó sobre tu frente solo y frío,

mañana bajará dulce y ardiente,

porque el beso del sol sobre tu frente

bajará acompañado con el mío.

IV

En Dios le exiges a mi fe que crea,

y que le alce un altar dentro de mí.

¡Ah! ¡Si basta no más con que te vea

para que yo ame a Dios, creyendo en ti!

V

Si hay algún césped blando

cubierto de rocío

en donde siempre se alce

dormida alguna flor,

y en donde siempre puedas

hallar, dulce bien mío,

violetas y jazmines

muriéndose de amor;

yo quiero ser el césped

florido y matizado

donde se asienten, niña,

las huellas de tus pies;

yo quiero ser la brisa

tranquila de ese prado

para besar tus labios

y agonizar después.

Si hay algún pecho amante

que de ternura lleno

se agite y se estremezca

no más para el amor,

yo quiero ser, mi vida,

yo quiero ser el seno

donde tu frente inclines

para dormir mejor.

Yo quiero oír latiendo

tu pecho junto al mío,

yo quiero oír qué dicen

los dos en su latir,

y luego darte un beso

de ardiente desvarío,

y luego… arrodillarme

mirándote dormir.

VI

Las doce… ¡adiós…! Es fuerza que me vaya

y que te diga adiós…

Tu lámpara está ya por extinguirse,

y es necesario.

-Aún no-.

Las sombras son traidoras, y no quiero

que al asomar el sol,

se detengan sus rayos a la entrada

de nuestro corazón…

-Y, ¿qué importan las sombras cuando entre ellas

queda velando Dios?

-¿Dios? ¿Y qué puede Dios entre las sombras

al lado del amor?

-Cuando te duermas ¿me enviarás un beso?

-¡Y mi alma!

-¡Adiós…!

-¡Adiós…!

VII

Lo que siente el árbol seco

por el pájaro que cruza

cuando plegando las alas

baja hasta sus ramas mustias,

y con sus cantos alegra

las horas de su amargura;

lo que siente pro el día

la desolación nocturna

que en medio de sus angustias,

ve asomar con la mañana

de sus esperanzas una;

lo que sienten los sepulcros

por la mano buena y pura

que solamente obligada

por la piedad que la impulsa,

riega de flores y de hojas

la blanca lápida muda,

eso es al amarte mi alma

lo que siente por la tuya,

que has bajado hasta mi invierno,

que has surgido entre mi angustia

y que has regado de flores

la soledad de mi tumba.

Mi hojarasca son mis creencias,

mis tinieblas son la duda,

mi esperanza es el cadáver,

y el mundo mi sepultura…

Y como de entre esas hojas

jamás retoña ninguna;

como la duda es el cielo

de una noche siempre oscura,

y como la fe es un muerto

que no resucita nunca,

yo no puedo darte un nido

donde recojas tus plumas,

ni puedo darte un espacio

donde enciendas tu luz pura,

ni hacer que mi alma de muerto

palpite unida a la tuya;

pero si gozar contigo

no ha de ser posible nunca,

cuando estés triste, y en el alma

sientas alguna amargura,

yo te ayudaré a que llores,

yo te ayudaré a que sufras,

y te prestaré mis lágrimas

cuando se acaben las tuyas.

VIII

1

Aún más que con los labios

hablamos con los ojos;

con los labios hablamos de la tierra,

con los ojos del cielo y de nosotros.

2

Cuando volví a mi casa

de tanta dicha loco,

fue cuando comprendí muy lejos de ella

que no hay cosa más triste que estar solo.

3

Radiante de ventura,

frenético de gozo,

cogí una pluma, le escribí a mi madre,

y al escribirle se lo dije todo.

4

Después, a la fatiga

cediendo poco a poco,

me dormí y al dormirme sentí en sueños

que ella me daba un beso y mi madre otro.

5

¡Oh sueño, el de mi vida

más santo y más hermoso!

¡Qué dulce has de haber sido cuando aun muerto

gozo con tu recuerdo de este modo!

IX

Cuando yo comprendí que te quería

con toda la lealtad de mi corazón,

fue aquella noche en que al abrirme tu alma

miré hasta su interior.

Rotas estaban tus virgíneas alas

que ocultaba en sus pliegues un crespón

y un ángel enlutado cerca de ellas

lloraba como yo.

Otro tal vez, te hubiera aborrecido

delante de aquel cuadro aterrador;

pero yo no miré en aquel instante

más que mi corazón;

y te quise tal vez por tus tinieblas,

y te adoré, tal vez, por tu dolor,

¡que es muy bello poder decir que el alma

ha servido de sol…!

X

Las lágrimas del niño

la madre enjuga,

las lágrimas del hombre

las seca la mujer…

¡Qué tristes las que brotan

y bajan por la arruga,

del hombre que está solo,

del hijo que está ausente,

del ser abandonado

que llora y que no siente

ni el beso de la cuna,

ni el beso del placer!

XI

¡Cómo quieres que tan pronto

olvide el mal que me has hecho,

si cuando me toco el pecho

la herida me duele más!

Entre el perdón y el olvido

hay una distancia inmensa;

yo perdonaré la ofensa;

pero olvidarla… ¡jamás!

XII

¡Ah, gloria! ¡De qué me sirve

tu laurel mágico y santo,

cuando ella no enjuga el llanto

que estoy vertiendo sobre él!

¡De qué me sirve el reflejo

de tu soñada corona!

¡cuando ella no me perdona

ni en nombre de ese laurel!

XIII

La que a la luz de sus ojos

despertó mi pensamiento,

la que al amor de su acento

encendió en mí la pasión;

muerta para el mundo entero

y aun para ella misma muerta,

solamente está despierta

dentro de mi corazón.

XIV

El cielo muy negro, y como un velo

lo envuelve en su crespón la oscuridad;

con una sombra más sobre ese cielo

el rayo puede desatar su vuelo

y la nube cambiarse en tempestad.

XV

Oye, ven a ver las naves,

están vestidas de luto,

y en vez de las golondrinas

están graznando los búhos. . .

El órgano está callado,

el templo solo y oscuro,

sobre el altar… ¿y la virgen

por qué tiene el rostro oculto?

¿Ves?… en aquellas paredes

están cavando un sepulcro,

y parece como que alguien

solloza allí, junto al muro.

¿Por qué me miras y tiemblas?

¿Por qué tienes tanto susto?

¿Tú sabes quién es el muerto?

¿Tú sabes quién fue el verdugo?

La brisa

Aliento de la mañana

que vas robando en tu vuelo

la esencia pura y temprana

que la violeta lozana

despide en vapor al cielo.

Dime, soplo de la aurora,

brisa inconstante y ligera,

¿vas por ventura a esta hora

al valle que te enamora

y que gimiendo te espera?

¿O vas acaso a los nidos

de los jilgueros cantores

que en la espesura escondidos

te aguardan medio adormidos

sobre sus lechos de flores?

¿O vas anunciando acaso,

sopla del alba naciente,

al murmurar de tu paso,

que el muerto sol del ocaso

se alza un niño en Oriente?

Recoge tus leves alas,

brisa pura del Estío,

que los perfumes que exhalas

vas robando entre las galas

de las violetas del río.

Detén tu fugaz carrera

sobre las risueñas flores

de la loma y la pradera,

y ve a despertar ligera

al ángel de mis amores.

Y dile, brisa aromada,

con tu murmullo sonoro,

que ella es mi ilusión dorada,

y que en mi pecho grabada

como a mi vida la adoro.

La felicidad

Un cielo azul de estrellas

brillando en la inmensidad;

un pájaro enamorado

cantando en el florestal;

por ambiente los aromas

del jardín y el azahar;

junto a nosotros el agua

brotando del manantial

nuestros corazones cerca,

nuestros labios mucho más,

tú levantándote al cielo

y yo siguiéndote allá,

ese es el amor mi vida,

¡Esa es la felicidad!…

Cruza con las mismas alas

los mundos de lo ideal;

apurar todos los goces,

y todo el bien apurar;

de lo sueños y la dicha

volver a la realidad,

despertando entre las flores

de un césped primaveral;

los dos mirándonos mucho,

los dos besándonos más,

ese es el amor, mi vida,

¡Esa es la felicidad…!

Imagen de portada: Gentileza de Zenda

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores,libros y compañía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Peréz-Reverte

Sociedad y Cultura/México/Literatura/Poesía

 

 

 

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