‘Nietzsche en Basilea’: la reforma del espíritu occidental.

Hugo Ball, promotor del movimiento dadaísta, se propuso comprender a Nietzsche como «el primer inmoralista».

Años antes de componer el manifiesto inaugural de la primera velada dadá, Hugo Ball (1886-1927) quiso doctorarse en la Universidad de Múnich con una tesis sobre Friedrich Nietzsche. 

De aquel empeño truncado se conservó un manuscrito mecanografiado de cincuenta y una páginas titulado Nietzsche en Basilea. Un escrito polémico. La editorial El paseo publica esta disertación en castellano, acompañada de la conferencia sobre Kandinsky que Hugo Ball ofreció en 1917, poco antes de despedirse de su fugaz experiencia dadaísta.

Después del colapso nervioso que lo condujo a un estado de enajenación mental irrecuperable, la fama de Friedrich Nietzsche (1844-1900) se extendió rápidamente. 

Su influencia entre literatos –Gide, Hofmannsthal, Broch, Musil, Hesse o Strindberg– y artistas de las más diversas corrientes –modernismo, expresionismo, primeras vanguardias– fue enorme. 

La fascinación por el antiguo profesor de filología devenido en profeta de la nueva humanidad pronto llegó al gran público: en la Guerra del 14 eran muchos los soldados alemanes que llevaban en su macuto un ejemplar de Así habló Zaratustra.

A Nietzsche se le reconoce el mérito de haber sido el primero en divisar el colapso de la conciencia europea finisecular. De la crisis de valores provocada por los procesos de secularización de la razón moderna resultó el cuestionamiento del sentido de la existencia y la pérdida de la fe en lo Absoluto. El nihilismo, así como la constatación del trasfondo trágico de la vida, fueron muy bien acogidos por el expresionismo, movimiento artístico eminentemente germánico en el que Hugo Ball se formó estéticamente durante sus años muniqueses.

Aquel mundo sin Dios dejaba vía libre a los artistas, convencidos de que arte contemporáneo ocuparía el lugar de la religión. 

Durante muchos años, Hugo Ball mantuvo la convicción de que el teatro sería el catalizador del espíritu de renovación de la época y que Nietzsche era, por encima de todas las cosas, un «reformador cultural». 

Sin embargo, tal y como apunta en su magnífica introducción el editor y traductor del volumen, Manuel Barrios Casares, «Ball nunca llegó a encajar del todo con la componente de corrosión nihilista tan acentuada en Dadá. Su ambición más íntima, tanto como la de derribar a los falsos ídolos de la cultura, era la de invocar a la divinidad perdida.» Este anhelo de trascendencia fue una de las razones por las que el fundador del Cabaret Voltaire se distanció de las ideas del filósofo. La ruptura definitiva ocurrirá en julio de 1920, cuando Ball se convierta al catolicismo.

Sin embargo, en su juventud, el magnetismo del pensamiento nietzscheano lo subyugó por completo. Ball, que anhelaba una transfiguración mística y poética de la vida, creyó ver en la propuesta estética de Nietzsche la manera de llevarla a cabo. Al Ball doctorando le interesó especialmente El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música, la primera obra del filósofo. Escrita cuando aún era catedrático en la Universidad de Basilea, en la obra se adivina, bajo la seria apariencia de la filología, la arrolladora –o como diría Sweig, «demoníaca»– vitalidad del autor, quien, remitiéndose a los primitivos cultos mistéricos asociados a Dionisos, defendía que el arte, para nacer, exigía sentimientos de vitalidad desbordante.

La genuina tarea de Nietzsche en Basilea fue articular una cultura alternativa a la decadente civilización occidental, en la que los poderes dionisiacos recobraran su pujanza, el intelectualismo de raigambre socrática se depusiera y la afirmación festiva de la vida se promoviera. En este contexto, «la interpretación del artista se eleva a único principio orientador posible para un mundo cuya existencia de había vuelvo indescifrable.»

En su momento, las conclusiones a las que llegó Hugo Ball sobre Nietzsche resultaron novedosas y arriesgadas, ya que desafiaba las interpretaciones dominantes: ni fue un seguidor fiel de Schopenhauer –por mucho que le impactara la obra del pensador de Danzig, siempre se opuso a su pesimismo moral-metafísico– ni fue un filólogo convencido – si abrazó la filología fue para combatir su diletantismo por las ramas más heterogéneas de las artes y las ciencias. Su investigación resulta una valiosa contribución a la exégesis del filósofo, al apuntar a su entusiasmo temprano por Demócrito y Empédocles, señalar a Richard Wagner y Jacob Burckhardt como sus verdaderos mentores o recalcar la influencia que ejerció sobre él el materialismo de F. Albert Lange.

La inserción en el volumen de una traducción de la conferencia de Hugo Ball sobre Wassily Kandinsky es más que pertinente. Con la misma ponderación y sistematicidad que adopta en su tesis sobre Nietzsche, Ball no sólo remite a la obra pictórica del autor, sino que rastrea su concepto de «la obra de arte monumental del futuro». Colaboradores y amigos, Ball y Kandinsky iniciaron una revolución del espíritu alejada del descreimiento nietzscheano.

Imagen: Portada de «Nietzsche en Basilea» de Hugo Ball. El paseo editorial

FUENTE RESPONSABLE: El debate. España. Por Mireia G. Sanz. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Filosofía/Libro de ensayo

 

 

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