El cantor de la Argentina.

La primera tarea que debe asumir un historiador frente a una figura como la de Gardel es desbrozar la selva de mitos que han crecido en torno a su figura. Investigando su extraordinaria vida, me fui encontrando con versiones absurdas pero mantenidas como verdades reveladas. Muchas lanzadas con la audacia y la impunidad de quienes lo hacían con la “tranquilidad” de que se trataba de alguien perteneciente a los sectores populares, por lo que esas calumnias no tendrían mayores consecuencias. Distinto hubiera sido blasfemar contra un hijo del poder.

Lo otro que me sorprendió fue que gran parte del interés demostrado frente a una figura tan gigantesca era la obsesión con el lugar de nacimiento y las circunstancias de su muerte, quedando en un segundo plano lo más relevante: su carrera, su valor artístico, el ser humano.

Frente a la contundente y seria documentación existente, cada vez menos gente se anima a discutir que nació en Toulouse el 11 de diciembre de 1890 con el nombre de Charles Romuald Gardes. Su madre era una humilde planchadora, Marie-Berthe, que fue abandonada por su pareja, Paul Jean Laserre, apenas quedó embarazada.

No era sencillo ser madre soltera en una ciudad de provincia. El señalamiento y el hostigamiento eran moneda corriente. Con todo lo que tenía en la vida, su pequeño Charles, decidió partir lo más lejos posible, hacia la gran capital del sur.

Llegó a Buenos Aires el 11 de marzo de 1893 y el vista de aduana nunca podría haber sospechado que le estaba dando entrada a quien se convertiría en el símbolo máximo de la París del Plata. La madre y el niño se instalaron en un conventillo de la calle Uruguay. Berthe comenzó a ejercer su oficio, muy requerido por entonces, y Carlitos transcurría sus días entre casas de vecinos y la calle, que lo atraía desde muy pequeño. 

A los seis años ya ayudaba a su madre a repartir las camisas planchadas en los teatros de Corrientes y en las redacciones de revistas que engalanaban la angosta calle cultural por excelencia. 

Pero a Carlitos también le encantaba correr hasta el Mercado de Abasto para hacer algunas changas, ganarse la amistad de los puesteros y escuchar las variadas melodías europeas que entonaban y que se mezclaban con las de las provincias que traían los carreros junto al azúcar tucumano, el vino mendocino o la yerba de Misiones. 

Ya se iba haciendo conocido como el francesito cantor dueño de una voz única y una gracia muy particular. Berthe más de una vez lo tuvo que ir a buscar a la comisaría detenido por vagancia. Cuentan que en una de esas ocasiones un comisario le dijo: “¿Y? ¿Ahora qué me vas a decir, pibe?”. “Decirle nada, pero si quiere le canto.” Y se largó con alguna milonga y toda la comisaría estalló en un aplauso, desde los presos hasta el comisario quedaron encantados con aquel morochito “atrevido”.

Así fue creciendo, dándole disgustos y alegrías a la vieja a la que amaba con todo su corazón; eran dos contra el mundo, un mundo que no los miraba bien y que, sin quererlo, los hacía fuertes. Carlitos hizo de todo para ayudar a su madre a parar la olla: fue mandadero, empleado gráfico, aprendiz de orfebre, pero lo de él era cantar. Se había destacado en el coro del colegio junto a su compañero Ceferino Namuncurá.

SE PRODUJO LA MAGIA

De adolescente, le encantaba recorrer boliches y escuchar a los payadores, que ya eran urbanos e iban anticipando la temática del tango. Y, si lo dejaban, cantaba. Para algunos era el Zorzalito; para otros, el Morocho del Abasto, pero la fama crecía.

Fue una noche mágica de 1911 cuando conoció al Oriental, José Razzano. La química fue instantánea y el Pepe le propuso conformar un dúo. Carlitos respondió con una de sus humoradas: “Y si la gente no se da cuenta y no nos llevan presos… dale”. Y así comenzó una larga amistad cruzada por giras, discos y miles de historias.

El repertorio del dúo era exclusivamente folklórico: cifras, milongas, cielitos, zambas y estilos. El tango no estaba muy bien visto ni había demasiados letristas destacados que conformaran la exigencia de Gardel. Pero algo cambió en 1917. Hacía un año que la gente votaba libremente, en Rusia una revolución ponía a temblar a los poderosos y el pueblo necesitó hablar, decir, hacerse oír. Y el tango también. Llegó a manos de Gardel un hermoso tango de Castriota y Contursi, “Percanta que me amuraste”. Gardel prefirió llamarlo “Mi noche triste”, y lo estrenó, como decía él, paradójicamente la noche más feliz de su vida. Desde entonces el tango y Gardel fueron hermanos y crecieron juntos. También en aquel año, con sus 120 kilos a cuestas, fue convocado por el director Defilippis Novoa para hacer una película, Flor de durazno, que lógicamente era muda, y Carlitos no se sentía cómodo porque no era actor y no podía cantar.

Con Razzano grabó discos y realizó innumerables giras. En una de ellas, pasando por Mercedes, decidió cambiar su apellido Gardes por Gardel, que le sonaba más musical.

En 1923 viajaron a España como integrantes de una compañía teatral para realizar el número musical final que se conocía como “fin de fiesta”. A la obra no le fue tan bien, pero sí a los “cantaores argentinos”, como decía la prensa madrileña. Fueron contratados aparte con gran éxito.

En 1925, debido a problemas de garganta de Razzano y algunas desinteligencias económicas que decepcionaron mucho a Gardel, el dúo se disuelve y Carlitos se convierte en uno de los solistas más requeridos en todos los escenarios.

En 1928 debutó en París con toda “la crème de la crème” en la platea. El suceso fue total. Llegó a actuar a beneficio en la Ópera de París y todos querían conocerlo. Volvió a su querido Toulouse, del que casi no tenía recuerdos, pero aprovechó para conocer a sus familiares y darle el gusto a la “viejita”, que volvía ahora victoriosa y con legítimo orgullo.

En 1929 había visto asombrado el éxito de El cantor de jazz, de Al Jolson, la primera película con banda de sonido incluida. Carlitos quiso llevar el invento a Buenos Aires, y allí, en 1930, grabó los primeros videoclips de la historia bajo la dirección de Eduardo Morera y con la participación de grandes figuras, como Enrique Santos Discépolo y Francisco Canaro, entre otros.

LA DÉCADA INFAME Y OTRA VEZ LA MAGIA.

Pocos días después del golpe, Gardel se presentó a cantar y un grupo de jóvenes pertenecientes al llamado Klan radical lo silbaron y lo trataron de golpista y conservador. La bronca pudo más que sus convicciones políticas y grabó un olvidable “Viva la patria” en honor al golpe de Estado de 1930. Gardel no era un hombre comprometido políticamente, tenía amigos socialistas y hay quien habla de un carnet de afiliación al partido de Juan B. Justo. Los veía en el Café de los Angelitos, cercano a la Casa del Pueblo. También tenía amigos radicales y vínculos con caudillos conservadores, como Alberto Barceló, el “dueño” de Avellaneda. Pero sí tenía un profundo compromiso social, siempre cercano a los más necesitados, a los que dedicaba un lugar especial en su repertorio con canciones como “Pan”, del Negro Celedonio Flores, del que decía que era su tango preferido, “Acquaforte”, “Al pie de la Santa Cruz” o “Pordioseros”. Siempre cuando terminaba una función, en el lugar del mundo en donde estuviese, les dedicaba a la salida un mini recital a aquellos que no habían podido pagar la entrada.

En 1931 volvió a París para filmar para la Paramount Luces de Buenos Aires, Espérame, Melodía de arrabal y La casa es seria, esta última duramente censurada en varios países. Otro encuentro mágico se produciría en París. Esta vez con el enorme poeta Alfredo Le Pera. Nacía una gran amistad y una dupla imbatible para la historia del tango.

Regresó al país y disfrutó el éxito de sus películas, que llegaban a todos los rincones de la Argentina, España y Latinoamérica. En 1933, su último año en su Buenos Aires querido, grabó muchos discos y conoció al gran Federico García Lorca, a quien le propuso ponerle música al maravilloso Romancero gitano. El destino trágico no los dejó concretar el proyecto.

Se fue para siempre de la Reina del Plata el 7 de noviembre en el Conte Biancamano rumbo a España. Volvió a Francia con gran éxito. En Niza conoció a Charles Chaplin, que quedó fascinado con la voz y la personalidad de Gardel. Partió desde allí hacia Nueva York, donde lo esperaban un suculento contrato con la cadena radial NBC y nuevos compromisos con la Paramount para filmar sus películas Cuesta abajo, El tango en Broadway, Cazadores de estrellas, El día que me quieras y Tango Bar, todas con guion de Alfredo Le Pera y con las actuaciones de Mona Maris, Rosita Moreno, Manuel Peluffo, Enrique de Rosas, Tito Lusiardo, Jaime Devesa, Vicente Padula, Suzanne Dulier y la rubia de Nueva York, Sydelle Slewette, entre otras figuras. Para estas películas compuso junto a Le Pera maravillas como “Volver”, “El día que me quieras”, “Por una cabeza” o “Soledad”, seguramente una de sus creaciones más bellas y complejas.

Estando en Nueva York se vinculó con la colonia argentina. Allí estaba una familia marplatense que tenía fama de muy buena anfitriona, los Piazzolla. En una cena conoció al pequeño Astor, que ya trataba bien al bandoneón, aunque Carlitos decía que lo hacía “como un gallego”. La amistad entre el pequeño y Carlitos fue creciendo y Gardel le propuso acompañarlo con su bandoneón en la gira que estaba por iniciar por América latina. El sindicato y la familia se opusieron, y Astor pudo decir muchos años más tarde en una sentida carta de homenaje a su querido Charlie: “Menos mal que no te acompañé, porque ahora, en vez de estar tocando el bandoneón, estaría tocando el arpa”.

EL FINAL TRÁGICO Y EL RECONOCIMIENTO POPULAR

Pudo volver a París en 1934, y a Toulouse, para ver a su querida viejita. De regreso a Nueva York, completó sus emisiones radiales para la NBC y organizó su viaje latinoamericano, que comenzó a fines de marzo de 1935 por San Juan, capital de Puerto Rico, donde lo recibieron en el muelle más de cinco mil personas. Continuó por Aruba, Curazao y Venezuela, siempre con teatros repletos y multitudes que lo aguardaban. Lo de Colombia fue apoteótico desde un principio, cuando el avión que lo traía casi no puede aterrizar en Bogotá porque la pista estaba invadida por la gente.

El 24 de junio amaneció nublado. Ni Gardel ni sus guitarristas querían volar. El viaje entre Bogotá y la primera escala rumbo a Cali, Medellín, fue muy accidentado. Le Pera no pudo más y dijo: “Ahora lo único que falta es que nos hagamos mierda todos”. El ambiente no era el mejor en la mesa del bar del aeródromo de Medellín: Barbieri extrañaba a su mujer, Gardel había perdido su mágica sonrisa y Aguilar tampoco estaba muy contento de subirse al avión, que había cambiado de piloto. Tendrían el honor de ser llevados por el dueño de la compañía SACO, Sámper Mendoza, una gloria de la aviación colombiana, pero que no tenía mucha experiencia en pilotear aviones grandes como el que acababa de comprar en Estados Unidos. 

La carga del avión era un tanto excesiva y estaba muy mal distribuida. La pista no estaba en buen estado y tuvo que tomar por un camino lateral que no le daba buena visibilidad. Cuando se encontró con el avión alemán de frente, ya era demasiado tarde: impactó de lleno contra el aparato que, como el suyo, tenía los tanques de combustible llenos. El desastre fue total. Gardel y Le Pera, que ocupaban los primeros asientos, murieron instantáneamente. Solo se salvaron el comisario de a bordo, el guitarrista Aguilar y el profesor de inglés, el catalán Plaja. Ellos contaron que no hubo ninguna conspiración, ni tiroteo, ni atentado, solo una tragedia producto de una serie de sucesos desafortunados, a los que se sumó un inesperado viento de cola que complicó todo.

La muerte de Gardel fue tapa de todos los diarios del mundo. Y el gobierno liberal-conservador del general Agustín P. Justo trató de aprovecharla para sacar de las primeras planas el asesinato en plena sesión del Senado del legislador Enzo Bordabehere, compañero de bancada de Lisandro de la Torre, valiente denunciante de los negociados del gobierno con los frigoríficos ingleses y estadounidenses. La campaña la llevó adelante Natalio Botana desde las páginas de su diario Crítica.

Tras muchas dilaciones, un velatorio en el Barrio Latino de Nueva York, un homenaje en Río de Janeiro y otro velorio en Montevideo, el cuerpo de Gardel llegó finalmente a su Buenos Aires querido el 6 de febrero de 1936. Fue velado en el Luna Park, por el que pasaron miles de personas. La frase que más se escuchaba era “Gracias, Carlitos”, los más humildes no olvidaban las alegrías que aquel morochito del Abasto les había brindado.

No todos recibían con un corazón limpio, como el pueblo porteño acongojado y solo consolado por el regreso de su mejor cantor, la llegada de los restos de Gardel. Entre quienes incluso se llegaron a mofar de las muestras de cariño no podían faltar algunos representantes de la recalcitrantemente retrógrada derecha católica de entonces.

El periódico “nacionalista” Bandera Argentina sostuvo en su edición del 5 de febrero de 1936 que el velorio de Carlitos había sido una sucesión de “frases cursis, elogios desmesurados, discursos histéricos, innoble música de prostíbulo mezclada con diálogos de una desesperante chabacanería (…) Los litros de lágrimas que durante el día de ayer vertieron los admiradores y las admiradoras de Carlos Gardel, el Zorzal de Toulouse (Francia), convirtieron lo que debió ser un simple entierro en un candombe”. El pasquín terminaba diciendo que el pueblo que había asistido al sepelio y acompañó los restos de su ídolo a la Chacarita “no es la población sana, decente y argentina”.

Otra publicación del mismo pelaje, Crisol, compartía el desagrado por ver a las masas en la calle llorando a un “tanguero” y proclamaba: “El tango no es nuestro, porque lo criollo es viril y es gentil como un malambo, una zamba, un gato” (8 de febrero de 1936).

Y en la edición del día siguiente, Crisol explicitaba aún más su posición racista y anti popular: “Nada se pareció tanto al entierro de Gardel como el entierro del señor Irigoyen (sic): la misma hez social presa de idéntica epilepsia vociferante y arrebatada; la misma sensibilidad inferior y antiestética, la misma propensión a lo soez y abyecto, la misma mentalidad grosera y primitiva”.

Dentro de la derecha clasista, quien más se destacó en su derrame de bilis fue el portavoz de la jerarquía católica, monseñor Gustavo Franceschi, un personaje que en su larga trayectoria se destacó por su oposición a todo lo que fuese popular. A modo de necrológica de Gardel, escribió en su revista Criterio: “Como cantante, divulgó con preferencia las peores canciones, las de letra más humillante, las que menos ennoblecen; y, no satisfecho con la obra que realizó entre nosotros en ese perjudicial sentido, las difundió en el extranjero como el mejor producto de arte argentino. ¡Y luego sus películas, a alguna de las cuales ya nos hemos referido anteriormente! A través de las cintas de Gardel, la idiosincrasia nacional se concreta en delincuentes, orilleros y mujerzuelas”.

Dos años después, el cuerpo de Gardel fue depositado en su panteón en la Chacarita donde, desde el 7 de julio de 1943, lo acompaña su querida viejita, doña Berta. De Franceschi ya nadie se acuerda. Para todos nosotros, Carlitos sigue por aquí y, qué duda cabe, cada día canta mejor.

Imagen de portada: Gentileza de Caras y Caretas

FUENTE RESPONSABLE: Caras y Caretas. Argentina. Por Felipe Pigna; Historiador. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Argentina/Tango/Historia/Carlos Gardel

 

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