El aeropuerto de Gibraltar, una historia truculenta.

CUESTIONES PENINSULARES

¿Cómo se lo montaron para parecer que no estaban haciendo nada cuando lo cierto es que estaban tramando la mayor? Pues muy sencillo.

«Si un inglés te invita a un vaso de leche es que ya te ha robado la vaca» Anónimo. 

Los ingleses son peores que una neuralgia del trigémino, que ya es decir. Les das la mano y, en un periquete, te han levantado la cartera. Eso fue más o menos lo que ocurrió con la llamada Zona Neutral, habilitada tras los acuerdos de paz del Tratado de Utrecht en el año 1713. Años más tarde, y a la chita callando, se habían hecho íntegramente con dicha zona de separación entre La Línea y el propio peñón.

¿Cómo se lo montaron estos magos/mangantes para parecer que no estaban haciendo nada cuando lo cierto es que estaban tramando la mayor? Pues muy sencillo:

Era el año de 1804 y una voraz fiebre amarilla causaba estragos de una magnitud desconocida en el istmo de los monos. La población anterior a la epidemia ascendía a unos 10.000 habitantes. A la guadaña que siempre acecha camaleónica y ojo avizor le pareció que había que aligerar un poco al personal ocupante del flagelo de lo cotidiano y, sin mucho esmero y cierta desgana, pero con eficacia probada, se cepilló a la mitad de la población. 

La epidemia tuvo dos rebrotes en 1811 y 1813, a cada cual más cruel. Entonces, el gobierno de Madrid, compasivo, cedió la Zona Neutral, convenida en Utrecht, para crear un gran hospital de campaña que albergara a los apestados. Pésima decisión con los antecedentes que operaban en detrimento de los anglos.

¿Resultado? Que habiendo olvidado su compromiso de devolución de esas cerca de 20 hectáreas, un buen día apareció en el decorado la bandera de la Unión Jack recién adoptada como enseña nacional en 1801.

La incredulidad dejaría pasmado al personal, mas para los británicos solo era otro gol por la escuadra. Pero los agravios no se detuvieron ahí.

En los prolegómenos de la I Guerra Mundial, los Bretxilianos (por favor, no establecer comparaciones fáciles), con la idea de reforzar el estrecho y su tráfico, apelaron a la colaboración de sus compinches del cole allende el Atlántico (en la II Guerra Mundial sucedió lo mismo), montando una base de hidroaviones de aquí te espero. En España todavía escocía la derrota del 98 y, a los primos de Zumosol, les venía de perlas agrandar sus miras imperiales; no podíamos hacer mucho para evitar esa ‘join venture’.

Es interesante destacar los subrepticios y taimados avances hechos por los británicos en la zona neutral de Gibraltar en muchas de las excelentes infografías que circulan en internet.

«En la parte norte, la más cercana a La Línea, se habían montado, así, como quien no quiere la cosa, un hipódromo»

Hacia 1920 se entablaron conversaciones entre ambos gobernadores, el de Gibraltar, por un lado, y el de Algeciras, por otro. Nuevamente, los británicos intentaban colarse por la puerta de atrás.

El gobernador español se tentó la ropa por si acaso le arreaban una nueva cornada y derivó a Madrid una decisión de ese calado. Se habló de un plan para establecer un campo de aviación mixto de jurisdicción compartida en la citada zona neutral, que seguía estando bajo la tutela española, pero no hubo quorum entre Madrid y Londres. Al fin y a la postre a estas calaveras les daba igual, eran de piñón fijo.

En la parte norte, la más cercana a La Línea, se habían montado, así, como quien no quiere la cosa, un hipódromo. Aprovechando que las cosas estaban revueltas (para variar) entre los siempre alborotados peninsulares, y haciéndose cada vez más perentorio el control del estrecho con las nuevas tecnologías armamentísticas, tales como la aviación y el arma submarina, decidieron allanar la zona aledaña a la actual Verja, con ánimo de sembrar coles.

Al menos esa es la voz que corría. ‘Gibraltar Airways Ltd.’ era una novedosa línea de corto recorrido cuyo eslogan era de traca: «A Marruecos en 20 minutos». Todos los «Posh”, escritores de pro, ‘gentleman’ y señoras bien empolvadas, se apuntaban a las exóticas excursiones en modo ‘weekend’ para dejarse ver en las ciudades de Tánger, Asilah, Larache, Tetuán.

En tres meses transportaron cerca de 2.000 pasajeros en más de 200 vuelos. Pero poco duró aquella exitosa apuesta comercial: las desoídas reclamaciones españolas fueron atendidas por un factor casual, que acudió inesperadamente en su socorro.

Cuando los De Havilland, que hacían la ruta, se encontraron que, sin hangares, se les oxidaba el material, y que el mantenimiento a nivel de mar tenía un coste inaceptable por la erosión del salitre, desistieron provisionalmente de su delictuosa conducta.

Para las calaveras que habitan al otro lado del Canal de La Mancha, inasequibles al desaliento, solo era cuestión de esperar un ratito para consumar su nueva fechoría.

Aeropuerto de Gibraltar (Fuente: iStock)

Hacia septiembre del año de 1934 ya estaban de vuelta, dando la lata una vez más. Unos sospechosos trabajos de nivelación daban a entender que la pista de aterrizaje “solo para autoridades” iba cobrando vida. Lo curioso del caso es que se trabajaba más de noche que de día, y que unos extraños montículos no permitían la visión de conjunto desde la parte española.

No cabía duda de que nos la estaban jugando de nuevo. Al final de esta pequeña historia, el campo de aviación que se estaba construyendo de puntillas tras las veladuras y engañifas que servían de camuflaje para la artera maniobra, vio la luz, y un aeródromo militar ‘comme il faut’ surgió en seis meses de la nada. 

Pero estos elementos no tardarían en aprovechar otra fisura en nuestra endeble estructura.

La terrible Guerra Civil española nos había dejado exhaustos y aislados en el plano internacional. Aprovechando que el pequeño dictador español y sus compinches estaban metidos en faena con la represión, y con un país en bancarrota, los británicos se hicieron con unos metros más (muchos más para ser más precisos) y, como quien no quiere la cosa, se montaron un aeródromo que, con el tiempo, devendría en un aeropuerto de casi 2.000 metros de pista.

Obra de ingeniería, una vez más, carente de respeto a un tratado y a la palabra dada (estamos viendo como en la actualidad se debate revertir lo acordado en el Brexit) y ofensa a un pueblo que ya ha tenido que aguantar mucho a estos ‘hooligans’.

En esas estábamos cuando, en 1949, se inauguró la pista civil, antaño solo de uso militar.

Hasta ese momento, y antes de la conclusión de II Guerra Mundial, la enorme preocupación de la pérdida de Malta y su heroica resistencia habían sido la válvula de alimentación que había hecho pivotar la responsabilidad estratégica en la base aeronaval de Gibraltar.

Mientras tanto, altos mandos de los servicios de inteligencia, la Royal Navy, la RAF, y toda una cohorte de elementos con bombín vestidos como pinceles de Saville Road, circulaban por ese lamentable vestigio colonialista como un carrusel de figurines.

El trágico año de 1939 finalizaba con las aspiraciones de futuro del enorme país que fuimos y, tres meses después de concluida nuestra contienda doméstica, comenzaba la guerra más cruel de las conocidas por este género llamado humano, arrojado otra vez al vacío.

Alguien dijo una vez que un inglés era capaz de quemar su cama entera con tal de acabar con un piojo… Mal pronóstico tienen estos maulas.

Imagen de portada: Peñón de Gibraltar, grabado en madera, publicado en 1897 (Fuente: iStock)

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón, Vida. España. Por Á. Van del Brule A. 18 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Historia/España/Reino Unido/Gibraltar

 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s