‘TRINCHERA CULTURAL’.Tener un amigo hoy es el peor trabajo del mundo.

La amistad se está convirtiendo en otro elemento más de nuestra vida hiperproductora: si alguien no «aporta», nos libramos de él. Pero en el amor y la amistad uno nunca da y recibe la misma cantidad.

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No hay refrán más tonto que «quien tiene un amigo tiene un tesoro». No porque es falso, sino porque es verdad, y quién necesita que le digan lo que ya sabe. Basta ver cómo explica su significado el Instituto Cervantes: «Ensalza el valor de la amistad auténtica». Claro. 

Lo que no esperaba es que nadie fuese a aplicarlo en toda su literalidad, pero, en esta época en la que todo es susceptible de ser monetizado y convertido en mercancía, tenía que pasar. He infravalorado una vez más el siglo XXI. 

El otro día me sorprendía un hilo de Jacinto Fleta en el que contaba cómo había optimizado la gestión de sus amigos. Por resumir, había creado una lista con 100 contactos («contactos» porque no creo que nadie pueda tener de verdad 100 amigos) y durante los siguientes 100 días habló a cada uno de ellos. Lo que ocurrió, cuenta, es que empezó a «estar más presente para todas esas personas», lo que le deparó «más planes y oportunidades profesionales». Por seguir con la misma retórica, un ‘win win’.

Es imposible no sentirse fascinado por la racionalidad instrumental del proceso, estación intermedia hacia la banalidad del mal. Podamos nuestras relaciones personales porque no nos da la vida hasta quedarnos con unas pocas, reducidas a bonsáis que no molesten mucho en la repisa. La diferencia, en este caso, es que la optimización del proceso no tiene como objetivo poder ver a todos tus amigos, sino poder sacar ventaja de ello. Que se acuerden de ti, que piensen en tu nombre cuando surja una oportunidad laboral, como pensamos en Nike cuando nos hablan de ropa deportiva. La hipervisibilidad de las redes sociales, también en tus relaciones personales.

Hoy, la amistad se ha convertido en otra de esas cosas con las que rellenamos los últimos ‘slots’ que quedan libres en nuestros apretados horarios, los restos después de dormir, trabajar, cumplir con el resto de obligaciones y disfrutar de cantidades ingentes de ocio que nos dejan aún más insatisfechos. 

Una de esas cosas que tenemos porque hay que tenerlas, como un ‘smartphone’, una pareja, una familia o una suscripción a Netflix. Una obligación más que nos estresa, agobia y agota. El programador que había automatizado a sus amigos había hecho bien. Por lo menos, si van a ser otro trabajo más, que te sirvan de algo.

Foto: Reuters/Kim Hong-Ji.

El problema que tiene la verdadera amistad es que es poco rentable, porque, por lo general, nos va a salir siempre a deber. A diferencia de lo que cantaba McCartney, no siempre el amor que das es igual al amor que recibes; siempre es un poco más o un poco menos. Como la filosofía, el amor platónico o el aburrimiento, la amistad comete el pecado de ser poco productiva en la era más ultra productiva de la historia. 

Tener un amigo a menudo no te permite ni siquiera hacer ‘networking, ese picoteo de relaciones con unos y con otros, cuanto más variados y superficiales, mejor, que te facilita «más planes y oportunidades profesionales». 

Porque la amistad es todo lo contrario. Generalmente, hacer lo mismo con las mismas personas una y otra vez. Cómo aguantar, entonces, las anécdotas repetidas hasta que pierden la gracia, la incomodidad de la confesión inaceptable o el eufemismo cobarde, las conversaciones recurrentes que dan vueltas sobre la misma y estúpida obsesión, los silencios incómodos al ser conscientes de haber llegado a una costa peligrosa en la que más allá hay dragones, esas quejas inacabables que te dan igual porque lo tuyo es peor, mucho peor, siempre es peor; en definitiva, tener que aguantar una subjetividad ajena. 

La amistad tiene la desgracia de ser redundante: llega un momento en el que se sabe ya todo del otro, o mejor dicho, se sabe que habrá límites que nunca se traspasarán. Si una amistad no te «aporta» nada, eres libre de romperla Si la amistad fuese un trabajo, sería el peor del mundo, el más aburrido, pues está plagado de roces que nos perturban demasiado en nuestro higiénico modo de vida moderno, en el que intentamos por todos los medios eliminar cualquier incomodidad. 

Te obliga a gastar tu preciado tiempo en nada en concreto, incluso en aguantar el sufrimiento de otra persona; en el mejor de los casos, lo empleas en algo que te apetece hacer y que haces al lado de tu amigo por no hacerlo solo. La amistad ni siquiera sirve para comprarse una casa ni para tener alguien que te cuide cuando te hagas viejo ni te paga la pensión. La amistad es una carga en términos de rentabilidad, es un fondo de renta fija que solo da pérdidas. Pero la vida es darse cuenta de que, tarde o temprano, todos somos una carga para los demás, que nos tuvieron que cuidar al nacer y que nos tendrán que aguantar al envejecer, que ser humanos es ser ineficientes, agujeros negros de energía, comida, atención y problemas.

Foto: Reuters/Nacho Doce.

Hoy en día, la gente mantiene amistades o amores si «aportan«. Cuando otra persona te deja de «aportar», eres libre de deshacerte de ella: ese es el criterio. Hay una canción que se llama ‘Si no aportas, estorbas’. 

Pero debería ser al revés. Es precisamente cuando alguien deja de aportar cuando debería ser con más fuerza nuestro amigo, nuestro amor. Es la rebelión suprema ante ese utilitarismo de documento de Excel en el que solo interesa lo que produce.

Conquista de lo inútil

Como, a pesar de vivir en un mundo ultraproductivo, la gente sigue teniendo amigos de forma desinteresada, sabiendo perfectamente que nunca recibirá todo el amor que da, podríamos decir que la persistencia de la amistad es la mayor prueba contra la teoría del ‘Homo aeconomicus’. 

Y las amistades de Excel, su argumento a favor. Solo un egoísta puede poner fin a una amistad por sentir que da más que el otro Esa inutilidad, todo ese derroche de energía, tiempo y espíritu malgastado compone lo más importante de la amistad. Es una de las pocas relaciones personales que nos obligan a calcular mal por necesidad. 

Solo un egoísta puede poner fin a una amistad por sentir que da más que el otro. En realidad, la clave de la amistad (como la del amor) es la asimetría. 

Si se llega a un equilibrio perfecto, a una correspondencia perfecta entre lo dado y lo recibido, ya no es amistad, es negocio. Mi madre siempre me recordaba que había que esforzarse para conservar las amistades, lo que siempre me ha recordado esa parte de trabajo que tienen. 

A pesar de lo dicho, soy un firme creyente en que, igual que la amistad simétrica no existe, sí lo hace la selección natural de las relaciones personales, esa que nos lleva a dejar morir lo que ya está agonizando y a no intentar acumular amigos en el futuro solo porque lo fueron en el pasado. 

Soy partidario de no estar con la gente con la que no quieres estar. Porque al final puede que acabes cayendo en el mismo problema del ultraproductivo: conservar amigos solo por si acaso, por si te abren la puerta a «más planes y oportunidades profesionales».

El ultraproductivo, que cada vez lo somos un poco más todos, termina dándose cuenta tarde o temprano de que todas esas cosas tan útiles, tan rentables y tan prácticas, esos medios para fines que nunca nos preguntamos cuáles eran, en realidad no le llevaron a ningún destino; que el sentido de las cosas se encuentra en lo inútil. La amistad como trabajo es el peor del mundo; como placer, uno de los mejores.

Imagen de portada: Reuters/Jon Nazca.

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Héctor García Barnés. 20 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Trabajo/Relaciones de pareja/Trinchera Cultural

 

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