LA VEJEZ EN LA ANTIGUA ROMA. Parte 2/2

 

LA MEDICINA Y LA VEJEZ EN ROMA

CELSO médico en la época de Augusto dice que los viejos son propensos a las enfermedades crónicas, a reúmas, a problemas urinarios y respiratorios, a las sinusitis, a los dolores de riñones y de articulaciones, a los insomnios y parálisis, al dolor de oídos, de ojos y de intestinos, a la disentería y a los cólicos. Añade que los viejos no soportan el hambre, que sus heridas se curan con dificultas y ofrece como receta que los ancianos deberían bañarse con agua caliente y beber vino no rebajado; cuando su vista se debilita hay que frotarles los ojos con miel o aceite de oliva.

GALENO ofrece la primera teoría completa y consistente del proceso de envejecimiento y fue el único que estudió la naturaleza física de la vejez en ocho siglos de historia romana. 

LA MUJER ANCIANA EN ROMA (VETULA)

Lo primero que hay que tener en cuenta es que en Roma la voz de la vejez, ya de por sí una minoría dentro de las fuentes escritas de la época, es una voz de hombre. Las fuentes literarias que nos hablan sobre la senectud y el envejecimiento son mayoritariamente masculinas y transmiten la visión de un mundo masculino y privilegiado, haciendo que sea prácticamente imposible para nosotros saber cómo se sentían las mujeres romanas al respecto de la última etapa de sus vidas.

La primera cuestión que debemos abordar es quiénes son las betulae, como eran denominadas las ancianas en Roma. Considerando que el rol asignado a la mujer en Roma era el reproductivo, la historiografía ha usado el fin de ese cumplimiento como acontecimiento que data el paso a la vejez en las romanas. Así la menopausia, que en la Antigüedad se daba en torno a los 50 años, era el momento considerado como paso a la vejez.

Dentro del sistema de pensamiento patriarcal, las mujeres envejecidas pierden sus dos papeles principales en la sociedad, engendrar nuevos ciudadanos y saciar la sexualidad masculina, por lo que se convierten en seres socialmente inútiles.

Al llegar a la vejez, y salvo las posibles excepciones, una romana habría sido madre en varias ocasiones, y probablemente ya sería abuela. Puede que estuviese casada, habiendo tenido un único matrimonio largo y feliz, que se hubiera casado y divorciado en varias ocasiones, o que estuviese viuda. Seguramente su cuerpo mostrase ya algunos de los síntomas externos que la sociedad romana consideraba definitorios de la vejez, como un pelo canoso, un rostro con arrugas, o un vientre flácido. Se trata de rasgos que alejaban a la romana del prototipo de belleza poética de la puella (mujer joven como objeto de interés sexual), por lo que intentaba esconderlos arrancando o tiñendo las canas y aplicándose remedios anti-arrugas como el estiércol de cocodrilo, la grasa de cisne o harina de habas. 

También resulta frecuente asociar a la vetula con la magia y la nocturnidad, situándola así al margen de la sociedad romana.

No obstante, junto a estas mujeres rechazadas por la sociedad, nos encontramos con otras betulae que poseían poder económico y social. Conocemos así a romanas que influyeron en las vidas de sus hijos y nietos adultos, como Cornelia (hija de Escipión el Africano), ideal de esposa, madre y viuda, o Veturia, y que pasaron a formar parte de la memoria colectiva del pueblo romano como personificación de la sabiduría, el prestigio y el conocimiento del pasado que los romanos atribuían a las ancianas. Algunas betulae destacaron también por su importante patrimonio y patrocinio público; tal es el caso de Ummidia Quadratilla, fallecida con casi 80 años y que, además de ser dueña de una compañía de pantomimas, destinaba parte de su fortuna al evergetismo (hacer buenas obras con su dinero). Una vetula cuya riqueza ha dado lugar a diversos trabajos historiográficos es Pudentilla, viuda africana que deseaba contraer matrimonio con el escritor Apuleyo y cuyos familiares iniciaron un proceso judicial en el que se hacen continuas referencias a su edad y a su gran fortuna. Se trata de matronas respetables, pertenecientes a la élite romana, que asumen matronazgos cívicos y se convierten en mujeres influyentes en su comunidad. Sus actos las dotan de una dignitas que puede apreciarse en aquellas estatuas femeninas donde los rasgos de la vejez no adquieren un carácter grotesco, sino laudatorio. Alejadas de la idea de pobreza, dependencia y repulsión con la que los escritores tratan a las magas o a las prostitutas envejecidas, estas mujeres ocupan papeles preeminentes tanto a nivel privado/familiar como a nivel público.

La mater familia, no goza de más derechos que sus hijas; sin embargo, su influencia no es desdeñable, hasta el punto que se ha podido decir que la República obedecía a los senadores y que los senadores obedecían a sus mujeres. Por el contrario, la anciana sola es abandonada y despreciada, y la crueldad en lo relativo a su fealdad física es muy grande.

En la sociedad romana, el papel más relevante que podía ocupar la mujer, con la institución del matrimonio de por medio, era el de gestante y criadora de las futuras generaciones de ciudadanos. Pero, ¿qué se esperaba de una matrona al finalizar sus años reproductivos? ¿Y a qué edad ocurría ese hecho?

Las fuentes literarias nos hablan así de las ancianas en Roma:   

HORACIO  El epicúreo Horacio experimenta una gran repulsión hacia la vejez, pero sobre todo le indigna particularmente la fealdad de las ancianas; el cuerpo femenino, símbolo de belleza durante la juventud, se convierte en el emblema de la fealdad absoluta en la vejez, sobre todo cuando la mujer se obstina en querer inspirar amor. Horacio nos lo dice así en su obra:

«¿Cómo puedes, vieja carroña centenaria, pedirme que desperdice mi vigor, si tiene los dientes negros, tu vieja cara está surcada de arrugas y entre tus nalgas bosteza una horrible abertura como la de una vaca que ha hecho mal la digestión?¿Crees tal vez que puedes excitarme con tu pecho, tus senos colgantes como las mamas de una yegua, con tu vientre fofo, tus muslos canijos rematados por una pierna hinchada?»

Ridiculización que también vemos en obras de otros autores como Plauto, Marcial o Juvenal. Estas representaciones, por otro lado, contrastan con visiones literarias más positivas, como las proporcionadas por Plinio, Tácito, u Ovidio.

Partiendo de que toda mujer romana debía ser moderada en su sexualidad para poder ser considerada como púdica, veremos cómo ello es especialmente importante en el caso de las mujeres mayores, quienes al no poder cumplir con su papel de reproductoras de ciudadanos debían deshacerse de todo comportamiento sexual. Quienes transgredieron la norma fueron ridiculizadas, animalizadas, rechazadas por la sociedad. Surge así un estereotipo de mujer vieja libidinosa, en ocasiones rica, a la que se caracteriza como un monstruo. Por otro lado, y como indican Marcial y Propercio, sólo las mujeres jóvenes eran, desde el punto de vista del varón romano, dignas del amor: “¿Por qué, Ligeya, mesas tu decrépito coño? ¿Por qué atizas los rescoldos de tus propios despojos? Tales primores están bien en las jóvenes; pero tú ya ni vieja puedes parecer. Eso, créeme, Ligeya, no resulta bonito que lo haga la madre de Héctor, sino su esposa. Te equivocas si te parece éste un coño: la polla ha dejado de interesar por él. Por tanto, Ligeya, si tienes vergüenza, no pretendas mesarle la barba a un león muerto” (Mart. 10.90).

Las fuentes de naturaleza jurídica y administrativa nos hablan así de las ancianas en Roma:

Se engloban aquí leyes concernientes a la edad máxima en la que un matrimonio tenía por objetivo concebir, disposiciones acerca de censos y certificados de nacimiento, resoluciones de conflictos legales concretos, o normativas sobre la venta de esclavas ancianas y las obligaciones de las libertas para con sus patronos.

Las esculturas también nos hablan de las betulas en Roma:

A los bustos que representan a betulae revestidas de dignitas se contraponen piezas de mujeres en quienes se resaltan las arrugas, la delgadez y la flacidez del cuerpo, y la vejez adquiere connotaciones repulsivas. Representaciones, como las de la anus ebria, que también aparecen en el registro material en forma de botellas cuya funcionalidad todavía no está clara.

Es en las fuentes epigráficas donde quizás podamos acceder más directamente a la voz de las betulae y a su papel en la sociedad romana al margen de los estereotipos y las normas legales, y donde las vemos llevando a cabo acciones de evergetismo y matronazgo y ejerciendo diversos trabajos. En los documentos epigráficos también se aprecian las relaciones de afecto que existían entre estas mujeres y diversos miembros de su familia, de forma que podemos acercarnos a la cotidianeidad de las betuleas y a su posición en el ámbito privado. En las fuentes epigráficas nos encontramos también con betuláceas que indican los oficios que realizaron en vida, como es el caso de la pedagoga Cornelia Fortunata, quien pudo haber ejercido hasta el momento de su muerte. 

La antropología física nos da indicios sobre la vida de las mujeres en Roma:

Los restos óseos extraídos del registro arqueológico nos aportan información sobre las condiciones del sujeto a lo largo de su vida y en el momento de su muerte, así como acerca de patologías relacionadas con la vejez.

Imagen de portada: Gentileza de Esperanza Varo

FUENTE RESPONSABLE: Gladiatrix en la Arena.Blog personal sobre la vida y la cultura del Imperio Romano. De Maribel Bofill. 24 de junio de 2022. Colaboración de Esperanza Varo (autor invitado) Bibliografía: Historia de la vejez  María del Carmen Carbajo Vélez. Sobre la vejez Marco Tulio Cicerón. La vejez femenina en la antigua Roma …Sara Casamayor Mancisidor. Arte poética de Horacio o Epístola a los Pisones Sobre Esperanza Varo: Entusiasta de la historia, la música y la pintura responsable de blog: ESPERANZAVAROBLOG y escritora. Pertenece a Divulgadores de la historia y miembro colaborador de la revista digital DHistórica . Ha publicado las novelas Enyra: una historia de amor y coraje, Ab Urbe condita 

Antigua Roma/Vejez/Historia/Sociedad y Cultura

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