Robots humanoides con piel artificial y los cinco sentidos.

Un grupo de científicos desarrolla una piel con sensores para dotar un brazo robótico de sentido del tacto. Las máquinas ya son capaces de ver, oír, oler y poco a poco toman un mayor número de decisiones ellas solas. ¿Nos acercamos al momento de la Singularidad cuando los robots serán conscientes?

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En el mundo imaginario que presenta el escritor Ian McEwan en su novela «Máquinas como yo», el científico Alan Turing no se ha suicidado y ha seguido trabajando en inteligencia artificial. Así en Londres en los años 80 ya es posible comprar los primeros humanos sintéticos, unos Adanes y Evas creados para ayudar en casa. En el texto se plantea cómo será la interacción entre humanos y robots o la posibilidad de que las máquinas desarrollen sentimientos, además de capacidades superiores a las personas.

Hace unos días, se publicaba una noticia que recuerda un poco la tesis del inicial del libro de McEwan. Un grupo de científicos del Instituto Tecnológico de California han desarrollado una piel artificial para robots humanoides. 

Está fabricada con hidrogel y cuenta con unos sensores que otorgan a los robots una especie de sentido del tacto. De esta forma pueden detectar la temperatura o rugosidad de los objetos. La colocación de otro sensor en el cuerpo humano permite a cualquier persona controlar al robot a través del movimiento. 

«En la robótica actual se buscan dos cosas: que los robots interaccionen con el entorno y con otros seres humanos. Otorgar a las máquinas de sentido del tacto posibilita nuevas aplicaciones. Por ejemplo, en medicina puede servir para que un catéter tenga sensibilidad en el extremo final. Así el médico que ópera a través de ese robot puede entender cómo es al tacto lo que está tocando la máquina. En cierta forma, los robots tendrían consciencia del entorno», explica María Guix Noguera, investigadora del Instituto de Bioingeniería de Cataluña (IBEC).

La literatura está llena de futuribles sobre las máquinas, desde Asimov al Frankenstein de Shelley se plantea el dilema moral de la vida artificial y sus implicaciones sociales. Pero, ¿en qué punto se encuentra el desarrollo de los robots y de la inteligencia artificial? «Uno de los grandes ejes de investigación en robótica es la interacción del robot con el exterior… lo que en los humanos se produce a través de los sentidos. 

Otra gran línea de investigación es la inteligencia artificial, es decir de desarrollar sistemas que procesan múltiple información y pueden aprender a tomar decisiones. Una tercera gran línea de I+D sería la llamada bio robótica que está centrada en desarrollar robots basados en elementos biológicos. En este sentido, estamos lejos de que haya humanoides, pero ya hay robots que son capaces de nadar o de moverse. Son mitad mecánicos, mitad biológicos», explica Josep Samitier, catedrático del departamento de Ingeniería Electrónica y Biomédica de la Universidad de Barcelona y director del IBEC.

La integración de los cinco sentidos abre la puerta a múltiples usos de los robots. Si se les incorpora cámaras infrarrojas pueden ayudar en labores de salvamento. Si cuentan con sentido del olfato artificial pueden detectar explosivos o contaminantes y si tienen sentido del tacto podrían usarse para labores asistenciales… 

Sabrían, por ejemplo, cuánta fuerza necesitan para dar un vaso de agua a un paciente con movilidad reducida. Una vez conseguidos los sentidos, y de forma paralela, se está dotando a las máquinas de capacidad para decidir. Es lo que se denomina inteligencia artificial. «Cuando se dota al sistema de capacidad de evolucionar, de aprender. No le dices exactamente lo que tiene que hacer» dice Samitier.

«El camino de la automatización a nivel industrial empezó por sustituir la mano del hombre en labores que son repetitivas o pesadas, por ejemplo, recoger limones. Luego han ido demandando aplicaciones de visión artificial.

En el caso de los limones, no solamente se trata de cogerlos, sino también de seleccionar los que son válidos para la venta. Ahora se está introduciendo la capacidad de decisión. Es lo que se conoce como Deep Learning; a base de entrenamiento, la máquina aprende. 

Si además utilizas los datos en un sistema de Big Data estamos dotando a los robots de capacidad para dar avisos y hacer predicciones con un porcentaje muy alto de acierto. En el campo medioambiental estas capacidades tienen muchas aplicaciones. Por ejemplo, en un cultivo de cítricos puedes tener un robot que selecciona las naranjas; detecta las que tienen defectos y las descarta. 

Si todos estos datos (cuántas naranjas defectuosas se encuentran; por qué están así; si hay algún tipo de plaga; dónde se ha recogido la fruta) se introducen en un sistema de Big Data puedes hacer predicciones para el año siguiente y maximizar la producción, sabiendo detalles como las plagas a las que debes estar atento», explica Alberto Pradas, ingeniero de Ventas de Automatización en la empresa especializada en robótica industrial EDS Robotics.

Singularidad

Nuestra vida ya se desarrolla a medio camino de la integración con las máquinas. De hecho, si miramos alguna de las pantallas que tenemos delante nos daremos cuenta de que parte de nuestra memoria y conocimiento ya está volcado en algún dispositivo digital. 

Desde coches autónomos a sistemas de reconocimiento visual OCR que registran la matrícula de cualquier coche cuando entra o sale de un parking a navegadores que sugieren noticias; autómatas que ya trabajan en restaurantes como camareros; que terminan grandes sinfonías inacabadas (la de Schubert sin ir más lejos); programas que escriben crónicas de partidos de fútbol o que nos ayudan con la traducción de otros idiomas, y avatares que dan grandes conciertos (como Hatsune Miku) o con los que es posible contraer matrimonio. 

Es el caso de Gatebox, una empresa japonesa que ofrece esposas holograma para una población en la que uno de cada cuatro varones llega soltero a los 50 años de edad. Y aquí una sorprendente noticia. Un japonés de 36 años se convirtió hace un par de años en el primer viudo digital y es que su holograma mujer desapareció un día debido a una actualización de software. Incluso ya hay personas que cuentan con implantes que funcionan con wifi o con exoesqueletos que amplían sus capacidades físicas.

Sin embargo, los entusiastas de la inteligencia artificial sueñan con el momento en el que los robots serán superiores y más listos que las personas.

Un momento que no está tan lejos, dicen, teniendo en cuenta el crecimiento exponencial de la capacidad computacional. Si esta ha sido más o menos estable desde los 80 hasta 2005, desde entonces se ha disparado. Y en las próximas décadas al crecimiento de la computación se unirá la realidad virtual, los sensores, la realidad aumentada y la IA. 

Para 2025, se espera que el 66% de las población mundial tendrá acceso a internet, esto son 5.000 millones de personas. Y para 2100 habrá unos 8.000 millones de cerebros conectados a la red. Además, ya en 2030 se espera que unos 500.000 millones de aparatos y sensores, no sólo externos sino también implantados en el cuerpo, se conecten a la nube.

Si se entiende inteligencia como la resolución de problemas a partir de información, la artificial podría ser conceptualmente igual a la humana en un futuro. Sin embargo, no hay que olvidar que el cerebro humano cuenta con 80.000 millones de neuronas; cada una con miles de conexiones. De momento, los ordenadores no tienen tanta capacidad de computación, usan menos unidades de información (memoria) porque se centran en resolver problemas concretos. 

Sin embargo, los neurocientíficos creen que si la tecnología avanza y se consigue que un ordenador cuente con 80.000 millones de unidades que reproduzcan la actividad sináptica, podría conseguirse algo parecido a un cerebro humano. Gurús de la singularidad como Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google, pronostican que esto sucederá sobre 2045. Entonces la IA habrá superado en capacidades al hombre y podrá tomar sus propias decisiones.

En ese momento podría aparecer la «consciencia» en las máquinas. Los neurocientíficos, a día de hoy, no saben qué es lo que hizo aparecer la consciencia en el ser humano, pero creen que puede tener que ver con que una gran cantidad de neuronas se activaron en un momento determinado, produciendo una sensación subjetiva en algún sitio. Más o menos, el 90% de los científicos que estudian el funcionamiento del cerebro consideran que la consciencia va a remolque de la actividad neuronal. Si esta se reproduce de forma artificial, los ordenadores podrían llegar a tener consciencia de sí mismos.

¿Y entonces qué pasará? Científicos como Stephen Hawking alertan de que cuando esto suceda si los objetivos de humanos y robots son diferentes, tendremos un problema como especie…

Seres inmortales gracias a los avatares

El sueño de la inmortalidad acompaña al hombre desde que está sobre la faz de la tierra. Y una de las opciones que propone la ciencia moderna es no morir gracias a los avatares. 

Es lo que ofrecen empresas como Eterni.me, que propone crear una copia avatar de quien fallece para que sus seres queridos puedan seguir hablando con la persona una vez desaparecida. De hecho, cuenta la crónica social que el rapero Kanye West le regaló a su mujer, la modelo Kim Kardashian, un holograma de su padre muerto en el que pronunciaba unas palabras de despedida que la realidad nunca se produjeron.

Imagen de portada: Sophia es la robot humanoide más famosa del mundo. Puede contestar preguntas al tiempo que aprende y tiene registradas diferentes expresiones faciales FOTO: DREAMSTIME

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Eva Martínez Rull. 24 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Robots humanoides/Inteligencia Artificial/Ética

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