Entrevista a Marina Tapia: “La poesía no solo nace de la inventiva de la escritora o del escritor, sino que se nutre de sus lecturas, de todo lo aprendido y asimilado en el camino”.

Autora del poemario “Un kilim de palabras” (El sastre de Apollinaire, 2022).

Marina Tapia (Valparaíso, Chile. 1975). Poeta, artista plástica y divulgadora cultural. Desde el año 2000 reside en España y desde 2013 en Granada. Ha publicado los libros 50 Mujeres desnudas (Amargord), El relámpago en la habitación (Nazarí), Marjales de interior (Aguaclara), Jardín imposible (Ayto. Baena), El deleite (Ayto. Vélez-Málaga), Bosque y silencio (Ayto. Aguilar de Campoo), Corteza (El Envés Editoras) y Un kilim de palabras (El sastre de Apollinaire). Ha coordinado El pájaro azul. Homenaje a Rubén Darío (Artificios). Ha sido traducida al griego y al portugués.

Poemas suyos han sido incluidos en una treintena de antologías. Entre sus numerosos premios destacan Juegos Poéticos de la Sociedad de Escritores de Valparaíso, The Cove Rincon Internacional of Miami, Arte Joven La Latina, Voces Nuevas Torremozas, Barbate Lee, Concurso Inmigración, Interculturalidad y Convivencia, Paco Mollá, Alfonso Monteagudo, Ciudad de Baena, III Certamen de Poesía Social Mujer Voz y Lucha, o Premio Joaquín Lobato. Pertenece a la Ronda Andaluza del Libro, al Institutum Pataphysicum Granatensis y a la Asociación de mujeres poetas Genialogías.

¿Qué ha querido plasmar en este libro?

Pienso que este libro gira en torno a dos palabras: mujer y lenguaje. He querido evidenciar que la poesía no solo nace de la inventiva de la escritora o del escritor, sino que se nutre de sus lecturas, de todo lo aprendido y asimilado en el camino. Quería recalcar que todo acto creativo está en deuda con el pasado, con lo colectivo: nos alimentamos de los esfuerzos y hallazgos de generaciones anteriores y, en especial, de un lenguaje simbólico y subterráneo que va más allá de las palabras pero está entroncado con la lengua y asimilamos sin saberlo. Este poemario también es un tributo a las poetas que me han marcado, a esas mujeres a las que admiro por ejercer trabajos duros y menospreciados por la sociedad, y además quería dotar a la poesía de cuerpo, de materia para poder dialogar con ella en un tono amoroso, admirativo y de gratitud.

En este conjunto hay poemas que emocionan mucho como “Ruego de una cuidadora” o “Anónima canción de la que limpia” ¿Qué le motivó a escribirlos?

Podríamos decir que, como en las películas, están basados en hechos reales, en experiencias que he vivido. Creo que cuando la poesía se sustenta en algo empapado de verdad, en una vivencia determinada y no sólo nace desde un pensamiento abstracto o hipotético, puede transmitir mucho más, conectar mejor con el lector porque recogerá detalles y sensaciones a las que únicamente se pueden llegar con esa bofetada de la realidad. Yo he ejercido de limpiadora y de cuidadora en varias ocasiones (entre los múltiples trabajos que he realizado desde muy joven) y he conocido a muchas mujeres que también los hacían, personas maravillosas, llenas de sabiduría, de las que aprendí mucho. Es a ellas a las que están dedicados estos poemas, a las que dignifican y elevan cualquier ocupación a través de la entrega que ponen en su tarea diaria.

En este libro veo un equilibrio entre la poesía social y otra más simbólica y experimental. ¿Cómo ha armonizado estas corrientes?

Para mí es muy importante que la poesía transmita, comunique y, a la vez, guarde ese aura de misterio, de algo que sólo se puede entender con cierta intuición. Busco que en mis textos brille la claridad y lo velado a partes iguales, que los lectores sientan que hay un fondo de tradición pero con un lenguaje más atrevido, que no duda en correr riesgos. En mi trabajo poético imagino que se aprecia este afán de armonizar opuestos, sin renunciar a imprimir un sello propio. Quizás en mi caso, hay una necesidad de que el texto esté vinculado a la pintura y a la música, es muy importante que las palabras envuelvan con su ritmo y puedan pintar o retratar un instante. Aunque insisto en que mi manera de afrontar la escritura se la debo a las múltiples maestras y maestros (conocidos en persona o gracias a los libros) que he tenido y que tengo. Como dijo Azorín, “la patria entera es el idioma, el territorio y la historia, es lo que han hecho nuestros antecesores por nosotros”. Y siguiendo su ética idiomática, los escritores debemos luchar contra las perezas y resistencias del idioma, huir de la utilización de un vocabulario mínimo o de construcciones que se reiteran, en resumen, debemos ser buscadores de todas las posibilidades expresivas.

¿Qué referentes en concreto están presentes en este “kilim”?

Algunas exponentes de la poesía desarraigada como mi admirada Ángela Figuera Aymerich, también la voz de Juana Castro que ha inspirado la última parte del libro donde dialogo con la poesía encarnada en un cuerpo de mujer. Me sitúo (como lo hizo Juana en su poemario “Narcisia”) frente a la idea de la diosa, en este caso la Lírica. Y hay, cómo no, poemas dedicados a Emily Dickinson, a Concha Méndez, a Elena Martín Vivaldi, a Alejandra Pizarnik y a Anna Ajmátova. Pero, aunque no las nombro, existen muchísimas autoras que han conformado este tejido de palabras que me da abrigo, este kilim cálido sobre el que puedo transitar; por nombrar sólo algunas: Gabriela Mistral, Francisca Aguirre, María Victoria Atencia, Wislawa Szymborska, Clara Janés, y Ana Rossetti son algunos de estos faros que me llevan a leer la vida bajo su prisma, a entender la realidad desde otros ángulos.

Cuéntenos por qué ha llamado así a su libro que, por cierto, resulta un título muy novedoso.

Siempre es bastante difícil titular tanto un poema como un conjunto, pero tengo la suerte de que mi pareja, el escritor Ángel Olgoso, es un verdadero recopilador y creador de títulos; tiene un cartapacio con largos listados de posibles soluciones a este problema tan frecuente entre los escritores: anunciar de lo que se hablará sin que este anuncio sea necesariamente una repetición o un resumen, sino una invitación que deje abierta la puerta a otras interpretaciones. Ángel, “gran proveedor de títulos”, me sugirió la imagen de un kilim, un tejido artesanal realizado por muchas manos en el que participan, de alguna manera, el conocimiento y la pericia de las generaciones anteriores. Yo deseaba hablar de la voz de la mujeres, esa palabra que entrelazamos unas con otras, de esa genealogía de la lengua materna. Así que vi perfecta la idea de un tejido como un símbolo de ello. Y estoy también muy agradecida por la imagen de la portada elegida por Agustín Sánchez Antequera, el editor de El sastre de Apollinaire, y por todo el trabajo y cuidado que ha puesto en la edición. Pienso que ha quedado un libro muy hermoso, de excelente material, suave al tacto, con una tipografía clara y páginas que da gusto tocar.

Veo que en este trabajo, que tiene un evidente carácter de homenaje, cita a autores de corrientes muy distintas.

Es verdad, siempre intento que mis lecturas sean variadas, no centrarme en una tendencia por más cómoda que esté con su manera de decir el mundo. Trato de buscar las diferentes maneras de cantar un instante que se han ido sucediendo a través de los tiempos. Siento que es más importante leer a diario que escribir diariamente. Y busco leer poemarios escritos por grandes autoras, lamentablemente desconocidas, que los temarios escolares nunca incluyeron. Hay que completar nuestra mirada. Más allá de un grupo o generación determinada, creo que hay que fijarse en escritoras que han desarrollado una voz propia, que han buscado no acomodarse en un lugar de privilegio, que han sido valientes en cuanto a fondo o forma, aquellas que nos han abierto caminos nuevos de expresión. Por eso en este poemario apreciaremoa tributos a poetas tan distintas como Alejandra Pizarnik y Elena Martín Vivaldi, diferentes pero con ese eje común que las une: el amor incondicional a las palabras y la honestidad con ellas mismas, con su búsqueda personal. Expreso mi gratitud a Pizarnik con versos como “Mirad cómo se tuerce y se desdobla/ en voces sucesivas,/ atenta y tan devota/ de aquella creación que le requiere”. Y a Vivaldi: “Un árbol de amarillo incandescente,/ un árbol me florece/ si pronuncia tu voz/ una palabra viva/ que presto ha modelado tu deseo”.

¿Cuál será el próximo libro que tiene en mente o que está por salir?

Próximamente saldrá “Islario” que publicará la editorial madrileña Amargord. Estoy ilusionada con este trabajo que hace un recorrido por diferentes enclaves geográficos. Es como una especie de diario de viaje poético, en el que trato de encontrar las esencias de cada lugar por el que he transitado. Me detengo sobre todo en España, teniendo siempre como telón de fondo al puerto de mi Valparaíso natal y al mar como ese elemento potente de una infancia imborrable. Podríamos decir que en este islario hay un océano emocional subterráneo que todo lo inunda, pero de una forma muy sutil. “Islario” es el volumen más largo que he escrito, hay poemas a lugares más exóticos y alejados como Lishue, Rapa Nui o Vancouver Island, pero también a otros cercanos y a los que he estado muy vinculada (Fuente Vaqueros, Granada, Palencia). Soy además una lectora asidua de libros relacionados con las rutas y los enclaves, como los de Cees Nooteboom, W.G. Sebald, Javier Reverte, Patrick Leigh Fermor, Annie Dillard o Cristina Morató con su “Viajeras intrépidas y aventureras”, y yo deseaba realizar en poesía una apuesta propia vinculada a este género. Ojalá sea bien recibido por los lectores, ojalá puedan acompañarme de la mano por esos paisajes y por los caminos de la vida que en él se recogen.

Imagen de portada:Marina Tapia (Foto: Ángel Olgoso)

FUENTE RESPONSABLE: Todo Literatura. España. Por Briseida Cidoncha. 28 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Entrevista

 

 

 

 

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