La última disidencia de Adam Zagajewski

Hace cinco años —en octubre del 2017 para ser más precisos—, y con motivo de la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras, un relevante periódico asturiano me encargó con urgencia una reseña sobre la obra poética de Adam Zagajewski.

—«¿Lo conoces?», me dijo el periodista. «Al parecer es un poeta polaco que suena para Premio Nobel».

En realidad, y gracias a la editorial Acantilado, que venía publicando con regularidad su obra desde 1994, Adam Zagajewski no era para mí, como tampoco para la mayoría de los poetas españoles, un autor desconocido

Además de los títulos publicados por la editorial Acantilado, que apostaron decididamente por el repatriado polaco —Tierra de fuego (1994), En defensa del fervor (2002), Deseo (2005), Retorno (2003), Antenas (2007), Mano invisible (2012), Releer a Rilke (2017), Asimetría (2017) y Una leve exageración (2019)—, también contábamos con las ediciones de Pretextos, En la belleza ajena (1998) y, la más reciente ante el éxito del autor polaco, Poemas escogidos (2017).

El jurado de los Premios Princesa de Asturias atinó aquel año en la nota con la que justificó su decisión: «La poesía de Zagajewski —así como sus reflexiones sobre la creación y su intenso trabajo memorialístico— confirma el sentido ético de la literatura y hace que la tradición occidental se sienta una y diversa en su acento nativo polaco, a la vez que refleja los quebrantos del exilio. El cuidado por la imagen lírica, la vivencia íntima del tiempo y el convencimiento de que tras una obra artística alienta el fulgor inspiran una de las experiencias poéticas más emocionantes de la Europa heredera de Rilke, Miłosz y Antonio Machado».

Zagajewski es un poeta reflexivo, que promueve la contemplación para recorrer las dimensiones ocultas de los trasuntos cotidianos, siempre colindantes, aunque de manera asimétrica, con la belleza. El poeta polaco despliega en sus poemas un pentagrama con el que transcribe su percepción de la realidad, siempre en tono menor, y desde una serie invariable de signos clave: palabra, música, amor, belleza.

Recuerdo a Zagajewski, contenido, educado y un tanto perplejo, hablando sobre Europa y sus sentimientos encontrados, sobre su idea de la poesía y del arte en general, así como de sus numerosas dudas creativas y de sus búsquedas incesantes. 

En su visita al Museo del Prado quedó vivamente impresionado por las pinturas negras de Goya, lo que le llevó a buscar infructuosamente una palabra que aprehendiese las profundas sensaciones que le habían desencadenado su contemplación: «Cuando solemos decir que algo es bello es una palabra que transmite un sentimiento y una sensación positiva. Sin embargo, no tenemos un término para referirnos a esta categoría sobre algo negro, cruel, fatal».

Generacionalmente, si fuese un poeta español, Adam Zagajewski pertenecería a los Novísimos, aunque quizá su poesía, tal vez por su peripecia vital, se corresponda más con la desarrollada por los poetas del 50, cuya evolución y supuestos poéticos anteceden precursora mente los pasos seguidos por el poeta polaco. 

La última disidencia de un escritor disidente —nos dice el autor de Asimetrías— se encuentra en su compromiso creativo, conclusión a la que también llega el poeta polaco cuando afirma que «cada poema tiene que hablar de la totalidad del mundo». Puede que debido a estos planteamientos su poesía nos resulte tan cercana y familiar, al recordarnos su poética la preconizada por Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y Ángel González. Zagajewski, como ellos, también se mueve entre la pretensión instrumental y comunicativa de la palabra poética y su dimensión como forma de conocimiento y de interpretación de la realidad. 

No es por lo tanto un poeta simbolista que busque trazar con su poesía nebulosas interrogaciones, sino que en todo momento pretende acercarse con humildad a las diáfanas respuestas. Sus procedimientos son narrativos, por lo que muchos de sus poemas —como autor que profesa el realismo poético— tienen la estructura y el desarrollo de un cuento.

Adam Zagajewski busca en la poesía las respuestas que le plantea la vida, como él mismo precisa en otro de sus poemas: «Valoramos el arte porque quisiéramos saber qué es nuestra vida». Esa es, para el autor polaco, la última función de la poesía, la de esclarecer los significados de la propia existencia. 

Significados que —como señalaron Antonio Machado y Ángel González— son a la vez esenciales y temporales, por lo que pueden transcender los límites del tiempo. Zagajewski vuelve a reformular este planteamiento en otro de sus poemas: «Sabemos qué puede ser la gran poesía, un poema escrito hace tres mil años o ayer mismo», diacronía con la que reafirma la trascendente capacidad de la palabra poética no solo en su ámbito esencial sino en su vinculación temporal con la realidad, porque el arte es un reflejo de esta, en el que también hay «odios, disputas fanáticas, condenas dignas de las épocas religiosas.

El arte no es solo forma, sino también contenido. Por ello los poemas de Zagajewski están llenos de aforismos, de sintagmas sapienciales que contribuyen a expandir sus emociones y a reforzar la verosimilitud de sus fabulaciones. 

El poeta —dice en otra de sus sentencias— tiene que ser «un filósofo, es decir una persona invisible, alguien que escucha atentamente» en contraposición a los «seres» que viven «sin memoria».

Todo un proceso de depuración, no solo de su lenguaje, sino de su compromiso creativo, desde el que ha descrito la contradictoria etopeya de nuestro tiempo. 

Radical evolución que ha llevado a Zagajewski a cuestionar tanto su planteamiento vital como su compromiso poético: «Fuiste un revolucionario precavido: ¿puede un oxímoron salvar el mundo?». La gran pregunta que este honesto poeta polaco nos traslada a todos. 

Un mundo que todavía estamos a tiempo de transformar desde nuestras más profundas contradicciones, porque en «cada día cabe toda la vida». Según Adam Zagajewski nos legó en sus poemas: siempre estamos a tiempo.

Era cierto, tenía razón el periodista que me encargó precipitadamente la reseña sobre Adam Zagajewski, el poeta polaco hacía tiempo que sonaba para Premio Nobel, como Borges, como Proust, como Joyce, como tantos otros escritores verdaderos, y no es Una leve exageración. Lo que no sabíamos entonces era que le quedase tan poco tiempo en su eternidad.

Imagen de portada: Adam Zagajewski

FUENTE RESPONSABLE: ZENDA. Apuntes, Libros y Cía.Por Ricardo Labra. Editor: Arturo Pérez Reverte. 10 de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/La escritura encubierta/Adam Zagajewski.

 

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