Crónicas marcianas, humanismo entre fantasía y ciencia ficción.

«Uno de los aspectos más desgraciados de nuestra era es el no tener buhardillas ni sótanos en los que guardar el pasado». De esta manera, el profesor Jesús Isaías Gómez López abre la magnífica y extensa introducción de la nueva edición de «Crónicas marcianas» de Ray Bradbury recientemente publicada por Cátedra.

Es evidente que entre las características connaturales de la humanidad encontramos la tendencia a mejorar, avanzar, inspeccionar o explorar. Es lo que conlleva el avance de nuestros pasos, el progreso de nuestras vidas como individuos o dentro del grupo al que, desde un punto de vista social, pertenecemos.

Sin embargo, no todo es color de rosas ni ese locus amoenus que, en diversas conexiones literarias a lo largo de los siglos, ha servido como idílica y paradisíaca representación del «Jardín de las delicias» de la parte izquierda del tríptico –imagen de portada del libro reseñado, por cierto– de El Bosco.

La atracción humana a la exploración, al más allá, a la colonización o expansión territorial siempre puede toparse con insospechados e inesperados obstáculos en los senderos de gloria a los que aspira la gente de vanguardia o los que se sienten cómodos desde la atalaya de su disidencia.

El destino del planeta Marte reflejado en el libro, aunque suene lejano, conlleva una remota posibilidad de alcanzar la meta, el final de un tránsito, el objetivo de aquel que quiere descubrir vías de escape o ubicaciones que satisfagan fortalezas e intenciones mientras esconden defectos y debilidades de la raza humana.

Por otro lado, siempre hay múltiples piedras en ese camino y junto con la dificultad que ofrecen pueden llevarnos a un sonoro y estrepitoso fracaso cuando actuamos bajo el estandarte de principios, réditos e intereses que determinan comportamientos habituales de nuestros iguales.

Si recordamos viajes expedicionarios, expansiones coloniales o extensiones territoriales del pasado, podríamos establecer una comparativa con el propósito inicial de la obra de un Bradbury disfrazado de humanista entre recovecos de un laberinto marciano no exento de fantasía y ciencia ficción. De hecho, el punto de partida puede establecerse en la ruta del desarrollo americano hacia su occidente, el Far West, con posteriores réplicas de tripulaciones o equipos de la NASA en la carrera por ser el primero en la conquista espacial.

Y en esa tesitura, el hombre es portador de errores, de limitaciones, de incomprensión e intolerancia cuando la imposición por el innato deseo de triunfar se convierte en herramienta indispensable de su vida, obra y acciones. Su equipaje no es ajeno a la complejidad de todas esas taras. De esta manera, sus carencias obtienen tal importancia que resulta difícil escapar del efecto bumerán de cualquier huida hacia lo exterior. Y es de esta guisa como se refleja el intento de clonar aquello de lo que huimos porque representa una tragedia, la de nuestras propias vidas.

Como muestran los diversos episodios de «Crónicas marcianas», somos capaces de llegar a Marte, aunque paradójicamente incapaces de adaptarnos a sus entornos, respetar otras creencias u opiniones opuestas, afrontar nuestros problemas con éxito, sobreponernos a la adversidad o establecer ambientes en los que reinen la cordura, la comprensión, la paz, la estabilidad o el sentido común, independientemente del hecho de que huyamos de conflictos y situaciones que nos inviten al escapismo de Tolkien en una situación dantesca e histórica como la Gran Guerra o a la fuga fantástica de la imaginación bradburyana.

El efecto visual de los cuentos reproduce escenarios cautivadores con imágenes de paisajes repletos de humanidad, belleza o quimeras dentro de la nostalgia por un futuro anclado en un inexistente pasado que, en nuestro mundo, no hallamos por la cada vez más arbitraria trascendencia de sesgos, ideologías o complejos culturales tan en boga en nuestra más rabiosa actualidad repleta de ejercicios prácticos como, por ejemplo, el sucedáneo de la damnatio memoriae y la desafección o desapego para con determinados momentos de nuestra Historia e identidad.

El rescate actual de estas crónicas cobra, si cabe, mayor protagonismo en ausencia de protagonistas individuales en cada una de las tramas relatadas. En un planeta, el nuestro, constantemente asolado por amenazas y tristes verdades en el que conviven pandemias, enfermedad y muerte; guerras mediáticas, nucleares, convencionales o híbridas; desastres naturales o provocados, podemos lograr el enérgico deseo de esquivarlos con cualquier resquicio de escapatoria que nos permita evitar los errores terrenales al extrapolarlos a decenas de millones de kilómetros. Pero, sin duda, es difícil. 

Los humanos se convierten en alienígenas en el planeta rojo. Es el triunfo conjunto de la incomprensión y la ininteligibilidad.

La tecnología también sabe de fronteras y de, con su buena aplicación, aliarse con la ciencia en lo que se refiere al soporte en la investigación de atracciones y milagros incomprensibles para nuestro entendimiento que, en ocasiones, es nulo cuando se trata de buscar soluciones a  problemas sociales, económicos, raciales, religiosos o políticos que pululan por la cotidianidad y de los que somos testigos a través de ventanas que, al asomarnos, nos permiten ver imágenes, oír mensajes y presenciar acontecimientos de nuestra inquebrantable y duradera realidad.

Y esa realidad que vivimos, ¿no es un recopilatorio de relatos? ¿No tenemos nuestras propias intrahistorias y nos convertimos en sus principales protagonistas? Si nos imaginamos la oposición entre humanos y marcianos, ¿cuál es la civilización antagónica? ¿O somos los humanos los miembros antagonistas de nuestra propia cultura?

Imagen de portada: Gentileza de El Confidencial Digital.

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial Digital. Por Emilio Domínguez Díaz. 20 de julio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Catedra/Mars/Crónicas marcianas

 

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