Lo que las mujeres escribieron y quedó invisibilizado.

La italiana Tiziana Plebani indaga en la historia de las escrituras femeninas.

Aunque la producción literaria femenina quedó históricamente opacada por razones de género, la investigadora muestra que existió una gran relación de las mujeres con las escrituras, sobre todo en el ámbito de la cotidianeidad.

A pesar de lo que se cree o lo que el canon literario se ha empeñado en señalar, las mujeres escribieron y mucho a lo largo de la historia. “Hice una historia de ganas y no de carencias”, dice Tiziana Plebani, autora del libro El canon ignorado. La escritura de las mujeres en Europa (s. XIII-XX) en el que confecciona un mapa de las prácticas cotidianas de escritura y de las ambiciones literarias de las mujeres en esos siglos. Una historia que se propone “alternativa” para reconocer las voces que sufrieron años de indiferencia y desprecio no solo por sus contemporáneos sino por aquellos ocupados en reconstruir la historia de la escritura. 

Este libro de casi quinientas páginas, publicado por Ampersand, habla de una historia de las escrituras, en plural, ya que trasciende la literatura para hurgar en el papel de la palabra escrita aun entre aquellas que apenas sabían usar una pluma, en un contexto en las que escribir era un privilegio. Plebani es italiana, doctora en Historia Social Europea y profesora de Historia Moderna. Se especializa en la historia del libro, de los géneros y de las relaciones sociales, y ha escrito numerosas publicaciones al respecto. Desde Italia respondió algunas preguntas por escrito, la mejor forma encontrada para sortear las diferencias idiomáticas. 

–¿Por qué hacer una historia de la escritura femenina? Es sabido que históricamente las mujeres hemos publicado menos que los hombres ¿qué suma esta investigación?

En primer lugar, el territorio de la escritura es mucho más amplio que los géneros literarios editoriales y manuscritos; comprende el uso de la escritura para la memoria personal y familiar, para la administración de bienes (registros contables), recetas de cocina y salud, documentos notariales, contratos que puedan acreditar la agencia de la mujer en el mundo de la economía y sobre todo los testamentos en los que las mujeres no solo escribieron sus deseos sino que muchas veces expresaron sentimientos y juicios. Además, las mujeres escribieron muchas cartas, testimonio de su vida, de sus necesidades y afectos. No es tan cierto que las mujeres no se hayan enfrentado a los géneros literarios: sobre todo porque la circulación de los textos no estaba dominada por el latín y era posible expresarse con la lengua materna, la aprendida precisamente de la madre; aun sin una educación superior las mujeres también comenzaron a escribir literariamente y a querer tener un público.

–¿Con qué hipótesis de trabajo empezó la investigación y con qué se encontró? ¿Hubo sorpresas? 

–Mi libro reúne por primera vez escritos literarios y cotidianos de mujeres. Este era mi objetivo, precisamente, para desmentir el hecho de que las mujeres hacían poco uso de la escritura. Si uno va a buscar los escritos cotidianos, conservados más en archivos que en bibliotecas, descubre un mar de papeles escritos por mujeres. Luego quise reconstruir las dinámicas que condujeron a una mayor alfabetización, las lenguas vulgares, el nacimiento de la imprenta, el Renacimiento, las batallas religiosas, los nuevos géneros literarios, las polémicas del protofeminismo y otros estímulos. La escritura de mujeres no está fuera de la historia, sino que es historia, la atraviesa, dialoga con los distintos momentos históricos y las características culturales de los distintos países. Me llevé muchas sorpresas porque mientras escarbaba, surgían escritoras olvidadas y áreas poco exploradas como el papel de la mujer en las traducciones y por ende en la transferencia cultural.

–¿Por qué fue importante la escritura para las mujeres?

–Es necesario considerar la escritura como una “práctica social”, como lo indica Armando Petrucci. Si dejamos de limitar nuestra mirada a los escritos literarios y dirigimos nuestra atención a los comunes y sus funciones, aparecerá un universo de mujeres escritoras en diversos contextos. Al fin y al cabo, la escritura casi nunca nace por casualidad y responde a requerimientos y necesidades: se utilizaba para administrar los bienes familiares o conventuales, para registrar actividades dentro del lugar de trabajo, para anotar eventos, para cultivar afectos a distancia a través de la correspondencia, para recordar recetas, medicinas y oraciones. Por lo tanto, es apropiado optar por articular el enfoque de esta investigación en plural y tratar con las escrituras y no con la escritura. Además, no hay duda de que la escritura implica algunas habilidades, pero estas habilidades también se pueden presentar de forma elemental, mediática, experta, profesional. En otras palabras, hay un continuo que se encuentra entre dos extremos: desde la simple capacidad de sostener la pluma en la mano, lo justo para que sea posible dibujar un signo o unas pocas palabras en una hoja de papel, y por otro lado la capacidad de organizar un texto que encaje en el ámbito literario. Pero es necesario contemplar cada segmento de este todo. Porque ese gesto –el de tener la pluma en la mano– es el mismo y participa de la intención comunicativa que da lugar a la escritura. Y para las mujeres era un campo de expresión de su propia subjetividad.

–La escritura de cartas fue uno de los primeros géneros elegidos por las mujeres en el siglo XVI ¿por qué?

–En realidad, incluso antes encontramos muchas cartas de mujeres pero es sobre todo con el siglo XVI debido a la mayor alfabetización que muchas mujeres comienzan a escribir cartas, también porque la prensa editó muchos folletos útiles para el autoaprendizaje o como asistencia para la enseñanza básica de la escritura y la lectura y muchos manuales de modelos de correspondencia también dirigidos a las mujeres: ejemplos para escribir cartas a un hijo, a un marido lejano, a un pariente, a las autoridades. Fueron publicados con gran éxito, hubo reediciones y difusión por toda Europa.

–Además del género epistolar, el diario íntimo y las novelas son los géneros más abordados por las mujeres ¿en qué contextos?

–Hay muchas cartas de mujeres en todos los contextos históricos, muchas por ejemplo para la comunicación entre los dos mundos, tras el descubrimiento de América y la emigración de muchos pueblos. El diario íntimo o más bien las autobiografías se desarrollaron al principio en el ámbito religioso, debido al empuje de la Reforma y la Contrarreforma, muchas veces también solicitadas por los confesores. Mientras que el diario íntimo real está más ligado a la fase juvenil de la mujer a partir del siglo XIX. La novela de autoras femeninas aparece ya en la segunda mitad del siglo XVII en francés e inglés, y luego se convierte en un género especialmente frecuentado por mujeres en el siglo XVIII con auténticos best-sellers e incluso posteriores. Pero las mujeres también escribieron sobre historia, incluso con el deseo de reescribirla, sobre teatro, especialmente del siglo XVII, pero también sobre ciencia. No hay género que las mujeres no hayan probado.

–Muchas escritoras eran conocidas en su época y publicaban, sin embargo, pasaron al olvido porque no fueron reseñadas, incluidas en repertorios o antologías, traducidas. ¿Por qué no son recordadas o no fueron parte del canon de la literatura?

–Había una voluntad de expulsar a las mujeres del campo de la escritura literaria, especialmente después del siglo XVI, antes de que fueran recordadas y bien integradas en los círculos culturales. Se reiteró el llamado al silencio, a la invisibilidad en el espacio público. «Autor» es un término que recuerda la autoridad, por lo tanto autoridad y subjetividad y pública. Además, la escritura femenina siempre ha estado asociada con el develamiento del cuerpo y, en consecuencia, con la respetabilidad y el código de honor. Las vidas de las escritoras fueron tamizadas, analizadas, lo que no sucedió con los escritores. Con la escritura parecían exponerse, carecer de virtud.

–En los siglos XV y XVI estaban mejor reconocidas, e incluidas en circuitos literarios, que más tarde cuando «las reglas literarias fueron cambiando y los códigos sociales más restrictivos fraguaron el silencio», dice. ¿Puede explicar por qué pasó esto?

–En el Renacimiento y en parte incluso antes, la cultura puso al amor en el centro, incluso en la versión platónica, como herramienta de elevación humana y la mujer tuvo un papel central; la poesía amorosa fue el género que más se correspondía con este ideal y muchas poetisas fueron acogidas en academias y círculos culturales. Desde finales del siglo XVII, el empuje filosófico y científico que proclamaba la igualdad de hombres y mujeres mejoró la situación y la Ilustración y la cultura de la conversación crearon espacios promiscuos de confrontación entre hombres y mujeres. El disciplinamiento de las mujeres se incrementó después del Renacimiento, especialmente en los países católicos; el endurecimiento del control sobre la vida y las expresiones de las mujeres era relevante. Así las escritoras comenzaron a publicar de forma anónima o con seudónimos. El canon literario también se volvió más restrictivo y por lo tanto las escritoras no fueron incluidas en las antologías, citadas en las historias literarias y así se perdió el rastro de sus vidas. 

–Dice que la Primera Guerra Mundial ha sido el gran hito histórico que influyó en la masificación escritura ¿por qué? 

–La Primera Guerra Mundial fue un evento tan dramático que impulsó tanto a las mujeres que se quedaron en casa como a los hombres en el frente a tomar la pluma, a comunicarse. La cantidad de cartas y postales que viajaban de un país a otro era impresionante y hay instituciones que nacieron para documentar este impacto en la vida de las personas que ponen el lápiz (en lugar de la pluma) en manos de personas que no sabían escribir ayudadas por otras en las mismas condiciones o que sabían dibujar. De hecho, había más postales que cartas. Dos o tres palabras bastan para expresar toda aquella terrible condición que se vivía.

–El libro tiene una mirada positiva, no se centra en las dificultades de las mujeres para escribir sino más bien busca difundir lo que ellas han hecho y no se ha contado ¿por qué eligió esta mirada?

–No oculté las dificultades y obstáculos que son bien conocidos, pero quise escribir una historia que subrayara la voluntad de las mujeres de apropiarse de la cultura, la educación y la escritura, de atravesar territorios que no les están permitidos, de implementar estrategias para salir adelante, poder expresar su subjetividad. Hice una historia de ganas y no de carencias.

–Por eso rescata la genealogía de las mujeres ¿puede explicar este concepto y cómo facilitó la escritura femenina?

–En algún momento de la historia, las mujeres comenzaron a mirar hacia atrás en busca de escrituras de mujeres, vidas a las que anclarse, ejemplos de coraje y autodeterminación. Comenzaron a mencionar a mujeres del pasado y del presente, creando una genealogía que les dio autoridad y construyó modelos viables. Fue un punto de inflexión importante, un nacimiento consciente de la historia.

–A lo largo del libro está en permanente diálogo con Virginia Woolf y su visión de la escritura de las mujeres, ¿podría sintetizar qué rescata de sus aportes y en qué no está de acuerdo con ella?

–Sí, hablé sobre todo con ella, así como con muchos otros autores, su pensamiento me pareció muy lúcido, atento, lleno de matices. Pero obviamente no estaba interesada en la escritura cotidiana y, como escritora refinada, juzgaba a los demás con una vara de medir a veces muy severa, al igual que Simone de Beauvoir. Mi opinión, en cambio, mira más al valor histórico de la escritura, a las motivaciones, a los impulsos de acceso a la cultura ya la expresividad y menos a los criterios estilísticos.

–Todavía hoy las autoras no ocupan espacios en las historias literarias. ¿Qué hace falta para lograrlo? 

–En Europa, a mediados del siglo XIX, había disposiciones y leyes para la escolarización masiva en todas partes y, por primera vez, las niñas pudieron asistir a la escuela. Fue un punto de inflexión decisivo, aunque en todas partes se prefirió separar a hombres de mujeres y los programas de educación superior se diversificaron por género. Las escuelas secundarias y los colegios se abrieron a las mujeres incluso más tarde, pero a fines del siglo XIX varias mujeres tenían acceso a la universidad. Necesitamos partir de la escuela, de los libros de texto escolares y universitarios, cambiar la forma de contar esta historia, hablar de contextos y no solo de personajes ilustres. Ahora el mundo de los estudios de género ha creado una enorme riqueza, pero ha permanecido cerrado en el mundo académico y especializado y no divulgado. Por este motivo he intentado escribir un libro que también puedan leer los no especialistas.

–El hecho de que hoy las mujeres sean más leídas ¿es suficiente para pensar que el canon está cambiando?

–Los lectores fuertes son mujeres, ahora hay muchas escritoras, quizás más que hombres. Eso es importante para el mercado, ya no hay las trabas que había antes, las mujeres publican y son reconocidas. Sin embargo, también debe cambiar la narración de la historia de la literatura, la forma en que se cuestiona, la escritura es también una historia de género y como tal debe ser analizada. Antes mencionaba la relación de la escritura con la subjetividad. 

–Ya casi no se escribe en papel, escribimos en dispositivos tecnológicos y cada vez textos más cortos, ¿cómo cree que este cambio tecnológico puede estar influyendo en nuestra forma de conocernos y conocer el mundo?

–La escritura tiene una fuerte relación con la subjetividad y el tiempo del pensamiento. Hoy todo está cambiando en la forma de comunicar, el espacio de la reflexión, de la duda –basta pensar en la búsqueda de la palabra justa, aquella que logra captar el matiz del sentir y meditar– está achatado. Hay un aplanamiento del pensamiento, en cambio hay un acceso más fácil al conocimiento, hay de todo y demasiado. Muchas personas se pierden en este flujo de noticias e información y no logran procesarlas. Porque si no se asienta, no se procesa, todo queda como un montón de datos inservibles y solo voluminosos. Pensar, reflexionar, escribir son actos fatigosos, si evitas el esfuerzo nada queda.

Imagen de portada: Tiziana Plebani

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Sonia Santoro. 25 de julio de 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Mujeres e historia/Cultura y género.

 

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