La redención americana de Lorca: así escribió ‘Poeta en Nueva York’ entre la depresión y el desamor.

Agosto de 1929 encontró al poeta de vacaciones en Vermont. Antes de partir, el poeta se encontraba en un momento sentimental y literario crítico.

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Era su primer viaje a América, pero al partir el 19 de junio hacia Estados Unidos a bordo del transatlántico Olympic desde el puerto de Southampton, el desánimo abrumaba a Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, 1898 – Víznar, 1936). Por una parte, no lograba superar su ruptura sentimental con el escultor Emilio Aladrén, amigo de Salvador Dalí y de Maruja Mallo, que lo describía como «un lindo chico, muy guapo, muy guapo, como un efebo griego. Era un festejante mío (como dicen en Argentina) y Federico me lo quitó […]». Tras dos años de relación (1927-1928), Aladrén había abandonado al poeta por la inglesa Eleanor Dove.

Por si esto fuese poco, tras el éxito del Romancero gitano sufrió las burlas insidiosas (y tal vez tiznadas de envidia) de sus mejores amigos, Dalí y Luis Buñuel, que tildaron su poesía de «comerciable» y vulgar. Y, finalmente, él mismo temió estar convirtiéndose en una suerte de autor folclórico dedicado a la gitanería.

Su depresión era tal (según Ian Gibson le rondó incluso la idea del suicidio) que Fernando de los Ríos, su antiguo profesor y amigo de la familia, le pidió que le acompañara a Nueva York. Y Lorca aceptó, a pesar de escribir al embajador de Chile, su íntimo Carlos Morla Lynch, que «New York me parece horrible pero por eso mismo me voy allí». Ya en el barco, poco antes de desembarcar, insistía: «Me siento deprimido y lleno de añoranzas. Tengo hambre de mi tierra. […] No sé para qué he partido; me lo pregunto cien veces al día. […] no me reconozco. Parezco otro Federico».

Y, sin embargo, cuando desde el buque tuvo su primera visión de Nueva York, el 26 de junio, le deslumbraron los rascacielos iluminados «que tocaban las estrellas», «las miles de luces, los ríos de autos» de aquella «Babilonia trepidante y enloquecedora». Tanto que apenas dos días después de desembarcar, escribió a su familia que «París me produjo gran impresión, Londres mucho más, y ahora New York me ha dado como un mazazo en la cabeza», y para subrayar lo increíble de la ciudad, les aseguraba que en solo tres de sus grandes edificios «cabe Granada entera. Son casillas donde caben 30.000 personas».

«Aprendiendo» inglés

Al final, pasaría nueve meses en Nueva York y otros tres meses en Cuba. Como si de un estudiante actual en viaje agosteño de estudios se tratara, el fin oficial de la aventura americana de Federico era aprender inglés. Lorca empezó a seguir cursos para extranjeros de la Universidad de Columbia en junio y julio, pero con tan poca dedicación como se temían quienes le conocían bien.

De hecho, antes de partir en La Gaceta Literaria se pudo leer: «¿A qué va Lorca a New York? ¿A aprender el inglés? […] Aprenderá el inglés en dos meses, con gramófono».

Lejos de las aulas, Lorca comenzó a frecuentar a León Felipe, Ángel Flores, Francisco Ágea, y se encontró con españoles de paso en la ciudad, como Julio Camba, Concha Espina, Antonia Mercé, Encarnación López (La Argentinita) o Ignacio Sánchez Mejías…

Cuando llegó agosto, el poeta, que no se había presentado al examen de inglés de la Universidad, escribió «El rey de Harlem», donde leemos «El sol que se desliza por los bosques / seguro de no encontrar una ninfa, / el sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño, / el tatuado sol que baja por el río / y muge seguido de caimanes») y «1910 (Intermedio)», dos de los primeros poemas de lo que sería Poeta en Nueva York. También la revista Alhambra, que dirigía en Nueva York su nuevo amigo Ángel Flores, publicó dos romances traducidos al inglés y varias fotografías del poeta

Cielo abierto

Yo no podré quejarme

si no encontré lo que buscaba.

Cerca de las piedras sin jugo y los

insectos vacíos

no veré el duelo del sol con las

criaturas en carne viva.

Pero me iré al primer paisaje

de choques, líquidos y rumores.

que trasmina a niño recién nacido

y donde toda superficie es evitada,

para entender que lo que busco

tendrá su blanco de alegría

cuando yo vuele mezclado con el amor

y las arenas.

[…]

Yo no podré quejarme

si no encontré lo que buscaba;

pero me iré al primer paisaje de

humedades y latidos

para entender que lo que busco

tendrá su blanco de alegría

cuando yo vuele mezclado con el amor

y las arenas.

Vuelo fresco de siempre sobre lechos

vacíos,

sobre grupos de brisas y barcos

encallados.

Tropiezo vacilante por la dura

eternidad fija

y amor al fin sin alba. Amor.

Al tiempo, se multiplicaban las invitaciones para que pasase una temporada lejos de Nueva York, huyendo de las altísimas temperaturas de la ciudad. Finalmente, aceptará la de Philip Cummings e irá con su amigo a Eden Mills, en el estado de Vermont, un pintoresco pueblo fronterizo con Canadá.

Vacaciones en Vermont

Dicen los especialistas que la estancia en Vermont resultó clave para Lorca, pues el «paisaje prodigioso» le ayudo a soportar «una melancolía infinita» y resultó además muy fructífera en lo que a la creación poética se refiere. Escribió mucho y probablemente allí, en un estado de desesperación, nacieron los poemas «Cielo vivo», «Poema doble del Lago Edén» –con versos tan estremecedores como «Quiero llorar porque me da la gana / como lloran los niños del último banco, / porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, / pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado»–, «Vaca» y «Tierra y luna» de su futuro libro neoyorquino.

Y sin embargo, a pesar de la amabilidad de la familia Cummings, Lorca sentía que se ahogaba en aquella vida demasiado tranquila que no solo contrastaba con las seis bulliciosas semanas vividas en Nueva York sino que, al parecer, le despertaban unos recuerdos tristes que le quemaban, según le confesó a Ángel del Río en una carta de finales de agosto.

En los poemas escritos durante esas semanas, sin embargo, son escasas y difusas las alusiones a lo extremado del clima, pues lo cierto es que Lorca seguía profundamente impactado por el trato dispensado a la minoría negra. De ahí que los poemas agosteños de Poeta en Nueva York mencionados fuesen para el poeta y dramaturgo un verdadero grito de horror, de denuncia contra la injusticia y la discriminación, contra la deshumanización de la sociedad moderna y la alienación del ser humano.

El resto de las vacaciones lo pasó en Bushnell Ville y en Newburgh, disfrutando la hospitalidad, primero, de Ángel del Río y, luego, de Federico de Onís. Probablemente de esos días datan «Vuelta de paseo», «Nocturno del hueco», «Paisaje con dos tumbas y un perro asirio», «Ruina» y «Muerte». En total, García Lorca pudo pasar unas cinco semanas fuera de la ciudad en las que no dejó de escribir su futuro libro, que, sin embargo, no pudo publicarse hasta 1940, cuatro años después de su muerte.

Sin embargo, su transformación poética y personal había sido tan completa esos meses, tan abrumadora, que cuando años más tarde (entre 1931 y 1935) pronunciaba en distintas ciudades su conferencia-recital «Un poeta en Nueva York», solía dirigirse al público precisando: «He dicho un poeta en Nueva York y he debido decir Nueva York en un poeta».

Imagen de portada: Federico García Lorca en la Universidad de Columbia en 1929.

FUENTE RESPONSABLE: El Español. El Cultural. Por Nuria Azancot. 3 de agosto 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/New York/En memoria/ Federico García Lorca

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