Virginia Feito: «Todos estamos locos a nuestra manera»

Sí, lo reconozco: la señora March es antipática, interesada y fría, pero me he enamorado de ella. Aunque no soy el único: Elisabeth Moss —que interpretó a otro de mis amores platónicos, la Peggy Olson de Mad Men— también ha caído rendida a sus encantos; tanto que ha comprado los derechos de la novela de Virginia Feito para interpretarla en la gran pantalla.

La señora March se enfada al principio del libro cuando le dicen que se parece a la protagonista de la última novela de su marido, George —un famoso y venerado escritor— y se escandaliza cuando la panadera le sugiere que el personaje central de libro puede estar basado en ella. Qué diferente es la imagen que tenemos de nosotros y la que atesoran los demás. Ocurre lo mismo cuando oímos una grabación de nuestra voz y nos damos cuenta de que es muy distinta de la que escuchamos en nuestra cabeza. Cuando se estrenó la serie Tiempo de ganar, sobre el equipo de baloncesto de Los Ángeles Lakers, Jerry West —jugador y entrenador de la franquicia— decidió demandar a HBO por la imagen que mostraban de él en la ficción. Mucha gente salió a defenderle diciendo que era imposible que Jerry West rompiese un palo de golf en un ataque de ira como vemos en uno de los capítulos. Sin embargo, él mismo reconoce en su autobiografía que rompió muchos todos los días. El creador de la serie, según su versión, dice que West rompe un palo, los amigos de West afirman que ninguno y el antiguo técnico angelino reconoce que destrozó muchos. ¿Qué es verdad y qué es mentira de ese personaje que creamos durante toda nuestra vida?

Virginia Feito ha debutado con matrícula de honor fabricando un personaje memorable, que nos repugna, pero que también nos seduce de forma irremediable. Un magnífico thriller gótico que tiene en su interior un grito ahogado que no sale al exterior hasta la última línea. Su primera novela es uno de los debuts más redondos de los últimos años, un libro que evoca una época que no pierde vigencia, ese Nueva York atemporal que hemos recorrido en los libros de Richad Yates —no solo en Revolutionary Road, también en su fabulosa novela Las hermanas Grimes— y películas como La semilla del diablo y El graduado.

Hablamos con Virginia Feito de Bette Davis y Joan Crawford, de Don Draper, de videollamadas con un final inesperado y de juegos de sobremesa sobre la personalidad.

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—En La maldición de Mill House, de Shirley Jackson, leemos: «Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo». La señora March camina por el sendero de la locura a pasos agigantados.

—Totalmente. Qué  gran cita, qué gran primer párrafo, que puede ser el mejor de la literatura, con muchas comas, pero sin puntos. Todos estamos locos a nuestra manera. Es parte de la vida, de estar vivo. A todo el mundo le afecta mucho una cosa que no a todo el mundo le afecta mucho. Eso es algo que me fascina. Cómo nos obsesionan cosas totalmente distintas. A mí me puede parecer el fin del mundo algo que a ti te puede parecer una estupidez, y luego tú puedes estar fascinado, obsesionado, con otra cosa que yo no entiendo. Eso me encanta: cómo se rompen las psiquis. Ahí está el principio de Anna Karenina: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Pues esto es lo mismo: la cordura siempre es igual y la locura es diferente.

—La señora March entra en shock cuando la gente empieza a decirle que se parece a la protagonista de la novela de su marido, que es una prostituta con la que nadie quiere acostarse. ¿Tan distorsionada puede ser la imagen que tenemos de nosotros mismos cuando la enfrentamos a la que tienen los demás de nosotros?

—Depende de cada persona. Hay gente que hace más autocrítica que otra, pero es verdad que el caso de la señora March —que se entrega tanto a la negación absoluta, que se niega totalmente a admirarse, a explorarse o hacer algún tipo de autocrítica— es un shock. Cualquier cosa que le digan le provoca un shock. Porque lo único que aceptaría es que le dijeran que es increíblemente estilosa, terriblemente bella, perfecta, elegante; todo eso sí que lo admite porque se desvive por aparentar. Su única misión en su vida es aparentar ser cierto tipo de persona que no casa con esta otra imagen con la que la asocian al leer la novela de su marido. Y, sobre todo, la señora March no tiene ningún sentido del humor. Que eso es algo que a mí me duele mucho, que siempre estoy haciendo chistes (ríe). Y eso es lo que le hace mucho daño. Cuando vives con ese muro, a la defensiva constantemente, echándole la culpa a los demás de todo, acabas exhausta. Hay un juego que me gusta hacer mucho en la sobremesa —con una copilla o dos— con mis amigos, que consiste preguntarle a cada uno qué personaje cree que es, por ejemplo, de Juego de tronos. De repente, alguien dice: “Yo soy una mezcla entre Jon Snow y Arya Stark”. Y tú piensas: «¿Pero adónde vas?«.

—Tú eres Meñique.

—(Risas) Claro. Es muy interesante descubrir la percepción que tiene cada uno de sí mismo.

—Hay un concepto importante en ese terror a ser confundida con una mujer con la que nadie quiere tener sexo. Damos por hecho y aceptamos que un hombre rechace a una mujer por su aspecto físico o su edad, y nos parece de lo más normal que cualquier hombre, joven o mayor, independientemente de su circunstancias personales y físicas, pueda estar con una mujer joven y obligatoriamente atractiva.

—Ya la hemos conocido al principio del libro como la señora March, en el papel que estaba haciendo de la mujer de George March, cómo se mete en sus círculos de amistades y copia sus gustos. Cuando volvemos al pasado tampoco tiene nombre. Ella es la señora March todo el rato, aunque fuese una hija, una hermana. Vemos cómo cuando le empieza a salir un poco más de personalidad la castigan de una manera terrible en la playa en Cádiz, y eso provoca que nunca más va a permitir que su personalidad salga sin ataduras. Me gustaba mucho el retintín de la repetición de la señora March todo el rato en la narración.

—¿Qué fue lo primero que pensó cuando le dijeron que Elisabeth Moss, actriz protagonista de El cuento de la criada, quería adaptar su novela?

—Exploto, lloro, posición fetal, mucho alcohol… Estábamos en pandemia, haciendo una videollamada mi pareja y yo con nuestras amigas —lo típico del principio de confinamiento, que llorábamos y bebíamos por Skype— y me entró el email, era la una de la mañana en España y serían las siete de la tarde en Estados Unidos, en el cual mi agente literario me decía: «Adivina quién está muy interesada en la novela y le gustaría protagonizarla«. Y me contaba en ese correo que Elisabeth Moss quería ser la señora March y me preguntaba si quería hacer una llamada con ella. Y a partir de ahí fue todo una locura, porque es una actriz que me gusta muchísimo, creo que es de la mejores que tenemos; me encanta

—Elisabeth Moss dijo de la protagonista de su novela que es compleja y profundamente humana. ¿Está de acuerdo?

—Sí, supongo que sí, si definimos «profundamente humano» como alguien con muchas taras, que no es perfecto. Elizabeth la defiende siempre a ultranza, lo cual me parece muy interesante. Supongo que todos los actores en cierto modo defienden a su personaje, están de su lado para poder interpretarlo. La señora March a mí no me cae tan bien. Pero sí es profundamente humana porque tiene muchas caras, aunque también depende del humano, porque es un poco mala pécora (risas). Aunque tampoco llega a ser demoniaca. El suyo es un buen gris, un buen gris oscuro. La señora March no es una villana al uso. Y tampoco es una antiheroína. No sé. ¿Tú qué crees?

—Yo estoy enamorado de ella. (Reímos) Moss fue Peggy Olson en la serie Mad Men, ambientada en el Nueva York de mediados del siglo XX. A ratos parece que Don Draper puede aparecer por su novela.

—Sí, es verdad. Bueno, eso es un truco que usé a ver qué tal me salía. Iba soltando pistas temporales en orden cronológico. La acción empieza como en los años 50, pero luego hay de repente algunas pistas: un microondas y un cubo de Rubik, que es de principio de los 80. Esto era una forma de insinuar que lo que pasa en el libro es más actual de lo que creemos, y también quería crear una burbuja nostálgica. Mi idea era escribir un libro de los que quizá ya no se escriben tanto, evocando esa época con un trasfondo de oscuridad y sin un marco histórico concreto. Esto es algo que a muchos lectores les pone muy nerviosos, y a mí me gusta mucho porque parece que necesitamos saber las fechas exactas para poder juzgar la novela. Hay gente a la que esto les ha fastidiado, y luego hay muchos que asumen que yo la quería ambientar en los años 50 y que me he equivocado por esos detalles que comentábamos del microondas y el cubo de Rubik.

—Su novela es muy cinematográfica. Recuerda mucho a las películas de Hitchcock. Hay escenas en que nos falta el aire.

—Hitchcock es un cineasta que llevo viendo con mis padres en casa desde que era muy pequeña con siete y ocho años. Me ha impactado siempre mucho su uso de color, del verde que usa en Vértigo. Y también me marcó ese inicio de Rebeca, que es otro libro que ha sido una gran inspiración, del cual él hizo la adaptación. Y también dirigió Extraños en un tren, basada en la novela de Patricia Highsmith. Todas esas referencias beben unas de otras, y era un mundo en que quería meterme y rascar, utilizar ese lenguaje, esos diálogos secos. 

—Tippi Hedren (Los pájaros, Marnie la ladrona) habría sido una estupenda señora March.

—Sí. Por supuesto. Grace Kelly no. No me la imagino. También se me ocurre Kim Novak, viendo el cuadro en el museo.

—Me imagino también a Bette Davis y Joan Crawford luchando en los camerinos por el papel.

—¡Qué ilusión me hubiese hecho eso! (ríe). ¿Qué fue de Baby Jane? es de mis películas favoritas. Bette Davis me parece probablemente la mejor actriz de la historia del cine. De hecho, cuando conocí a Elisabeth Moss le dije que ella es la nueva Bette Davis. A los dos les gusta sacar fuera la fealdad interior, les gusta sacar toda la mierda y llorar a cámara, que se les corra el rímel, se les caigan los mocos; y eso eso es algo que me encanta. Y eso es algo que, en mi humilde opinión, Joan Crawford nunca llegó a conseguir, porque estaba demasiado preocupada por si le salía papada. 

—Hemos hablado mucho de la señora March y poco de su marido, George. En su paso por el mundo de la publicidad, el universitario y ahora por el literario, ¿ha visto a muchos escritores y docentes como el señor March?

—Tengo que aclarar que a mí George no me cae mal. Elisabeth Moss no piensa lo mismo y le echa la culpa de todo a él. El señor March es un hombre muy seguro de sí mismo, se le puede considerar arrogante y también un poco condescendiente. Es cierto que se gusta un poco a sí mismo, pero ha tenido éxito y tiene bastante talento. A este personaje lo quise mantener distante a propósito. No quería desvelar quién es en realidad. Nunca llegamos a conocerle y por eso las opiniones sobre él son tan dispares. No sé si es arrogante, si es machista… Ahora que lo recuerdo, mi pareja estaba muy indignado con George porque no se enteraba de lo que estaba sucediendo con su mujer. Pero es que ella se ha esforzado mucho en no mostrarle quién es en realidad. Él puede tener parte de culpa, pero también ella por manipularlo. Yo creo que aquí no se salva nadie. No es una novela en la que el hombre es el malo y la mujer es la buena; creo que son todos malos.

—Terminamos. ¿Le condiciona para su siguiente novela el éxito de la señora March y su adaptación cinematográfica? 

—Sí, está siendo horrible. Está siendo un parto. No sé lo que va a salir. Estoy escribiendo y reescribiendo todo el rato. Ahora tengo que tener en cuenta a mis lectores, cosa que antes no me pasaba. A mí estas cosas me confunden. Yo no sé… Fatal, estoy fatal. Inevitablemente va a ser peor. Y no pasa nada. He tocado las teclas correctas sin saber qué estaba haciendo y es imposible calcar eso. Tampoco voy a escribir el mismo libro, pero algo tiene que tener en común. Sé que todo va a ir a cuesta abajo, pero no pasa nada: ya subiré otra vez en el futuro. 

Imagen de portada: Virginia Feito

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cia. Entrevista. Por Miguel Ángel Santamarina. Editor: Arturo Pérez Reverte. 5 de agosto 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Entrevista.

 

 

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