5 poemas de Sylvia Plath

Demostró su talento literario de forma precoz. Su vida estuvo marcada por la enfermedad y fue tras su suicidio cuando recibió todo el reconocimiento que merecía. Aquí puedes leer 5 poemas de Sylvia Plath.  

El jardín solariego

Las fuentes resecas, las rosas terminan.

Incienso de muerte. Tu día se acerca.

Las peras engordan como Budas mínimos.

Una azul neblina, rémora del lago.

Y tú vas cruzando la hora de los peces,

los siglos altivos del cerdo:

dedo, testuz, pata

surgen de la sombra. La historia alimenta

esas derrotadas acanaladuras,

aquellas coronas de acanto,

y el cuervo apacigua su ropa.

Brezo hirsuto heredas, élitros de abeja,

dos suicidios, lobos penates,

horas negras. Estrellas duras

que amarilleando van ya cielo arriba.

La araña sobre su maroma

el lago cruza. Los gusanos

dejan sus sólitas estancias.

Las pequeñas aves convergen, convergen

con sus dones hacia difíciles lindes.

Traducción de Jesús Pardo

Lorelei

No es noche ésta de ahogarse:

luna llena, reacio

río bajo luz suave,

acuosas nieblas bajan

tupidas como redes

cuyos dueños reposan,

traduciéndose en vidrio

lúcido mientras flotan

las torres del castillo

hacia mí hiriendo el rostro

del silencio. Ascienden

sus miembros poderosos

y álgidos, pelo grave

más que mármol, y cantan

de un mundo más amable

que ninguno. Estos cantos,

hermanas, sobrepasan

al oído gastado

que aquí, en el campo, escucha

bajo el orden impuesto.

La armonía caduca

el orden que vosotras

sitiáis con vuestras voces.

Vivís entre las rocas

de oníricas promesas

de refugio. De día

bajáis de la pereza,

de altas ventanas. Peor

que vuestro enloquecido

canto o mudez. La voz

de vuestro fondo llama:

embriaguez del abismo.

Oh río, veo tu larga

y honda línea argentina,

esas diosas de paz.

Piedra, piedra, me abismas.

Traducción de Jesús Pardo

Carta de amor

No es fácil expresar lo que has cambiado.

Si ahora estoy viva entonces muerta he estado,

aunque, como una piedra, sin saberlo,

quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.

No me moviste un ápice, tampoco

me dejaste hacia el cielo alzar los ojos

en paz, sin esperanza, por supuesto,

de asir los astros o el azul con ellos.

No fue eso. Dormí: una serpiente

como una roca entre las rocas hiende

el intervalo del invierno blanco,

cual mis vecinos, nunca disfrutando

del millón de mejillas cinceladas

que a cada instante para fundir se alzan

las mías de basalto. Como ángeles

que lloran por la gente tonta hacen

lágrimas que se congelan. Los muertos

tenían yelmos helados. No les creo.

Me dormí como un dedo curvo yace.

Lo primero que vi fue puro aire

y gotas que se alzaban de un rocío

límpidas como espíritus. y miro

densas y mudas piedras en tomo a mí,

sin comprender. Reluzco y me deshojo

como mica que a sí misma se escancie,

igual que un líquido entre patas de ave,

entre tallos de planta. Mas no pienses

que me engañaste, eras transparente.

Árbol y piedra nítidos, sin sombras.

Mi dedo, cual cristal de luz sonora.

Yo florecía como rama en marzo:

una pierna y un brazo y otro brazo.

De piedra a nube iba yo ascendiendo.

A una especie de dios ya me asemejo,

hiende el aire la veste de mi alma

cual pura hoja de hielo. Es una dádiva.

Traducción de Jesús Pardo

Espejo

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.

Y cuanto veo trago sin tardanza

tal y como es, intacto de amor u odio.

No soy cruel, solamente veraz:

ojo cuadrangular de un diosecillo.

En la pared opuesta paso el tiempo

meditando: rosa, moteada. Tanto ha que la miro

que es parte de mi corazón. Pero se mueve.

Rostros y oscuridad nos separan

sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese

sobre mí una mujer, busca mi alcance.

Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas

de la luna. Su espalda veo, fielmente

la reflejo. Ella me paga con lágrimas

y ademanes. Le importa. Ella va y viene.

Su rostro con la noche sustituye

las mañanas. Me ahogó niña y vieja

Traducción de Jesús Pardo

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila

esta rareza oviforme, clara como una lágrima.

He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,

azucena, como flora distinta

de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará

como campana china al mínimo temblor del aire

aunque nadie lo note o se anime a contestar.

Los indígenas, como el corcho graves,

todos ocupadisimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,

no reventando nunca de irritación, se inclinan:

en el aire se atascan,

frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.

Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia

de rostros habituales, a un coleccionista,

por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.

Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo

platillo de hospital en torno, parece

la luna o una cuartilla de papel intacto.

Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.

Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa

anticuada, el mar, plano como una postal,

que una dimensión de más le impide penetrar.

Dolor y cólera neutralizadas,

ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla

con voz felina de adioses, partida.

Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,

y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa

saliendo a la orilla.

Traducción de Jesús Pardo

Imagen de portada: Sylvia Plath

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 12 de enero 2018.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

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