5 poemas de Shelley

Rebelde y con fuerte temperamento, chocó contra los convencionalismos de su época. Asociado a Lord Byron, logró la inmortalidad con sus versos. Os ofrecemos 5 poemas de Shelley. 

Ozymandias

A un viajero vi, de tierras remotas.

Me dijo: hay dos piernas en el desierto,

De piedra y sin tronco. A su lado cierto

Rostro en la arena yace: la faz rota,

Sus labios, su frío gesto tirano,

Nos dicen que el escultor ha podido

Salvar la pasión, que ha sobrevivido

Al que pudo tallarlo con su mano.

Algo ha sido escrito en el pedestal:

«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad

Mi obra, poderosos! ¡Desesperad!:

La ruina es de un naufragio colosal.

A su lado, infinita y legendaria

Sólo queda la arena solitaria».

Prometeo liberado

Tú bajaste, entre todas las ráfagas del cielo:

al modo de un espíritu o de un pensar, que agolpa

inesperadas lágrimas en ojos insensibles,

o como los latidos de un corazón amargo

que debiera tener ya la paz, descendiste

en cuna de borrascas; así tú despertabas,

Primavera, ¡oh, nacida de mil vientos! Tan súbita

te llegas, como alguna memoria de un ensueño

que se ha tornado triste, pues fue dulce algún día,

y como el genio o como el júbilo que eleva

de la tierra, vistiendo con las doradas nubes

el yermo de la vida.

La estación llegó ya, y el día: esta es la hora;

has de venirte cuando sale el sol, dulce hermana:

¡llega, al fin, deseada tanto tiempo, y remisa!

¡Qué lentos, cual gusanos de muerte los instantes!

El punto e una estrella blanca aun tiembla, en lo hondo

de esa luz amarilla del día que se agranda

tras montañas de púrpura: a través de una sima

de la niebla que el viento divide, el lago oscuro

la refleja; se apaga; ya vuelve a rutilar

al desvaírse el agua, mientras hebras ardientes

de las tejidas nubes arranca el aire pálido:

¡se pierde! Y en los picos de nieve, como nubes,

la luz del sol, rosada, ya tiembla. ¿No se oye

la eólica música de sus plumas, de un verde

marino, abanicando al alba carmesí?

Soy como un espíritu que mora

Soy como un espíritu que mora

en lo más hondo del corazón.

Siento sus sentimientos,

pienso sus pensamientos

y escucho las conversaciones más íntimas del alma,

la voz que sólo se oye en el rumor de la sangre,

cuando el vaivén de los latidos

se asemeja al sosegado oleaje del océano estival.

He desatado la melodía dorada

de su alma profunda y me he zambullido en ella

y, como el águila en medio de la bruma y la tormenta,

he dejado que mis alas se adornasen

con el fulgor de los rayos.

Temo tus besos

Temo tus besos, dulce dama.

Tú no necesitas temer los míos;

Mi espíritu va tan hondamente abrumado,

Que no puede agobiar el tuyo.

Temo tu porte, tus modos, tu movimiento.

Tú no necesitas temer los míos;

Es inocente la devoción del corazón

con la que yo te adoro.

Vino de hadas

Me embriagué de aquel vino de miel

del capullo lunar de zarzarrosa,

que recogen las hadas en copas de jacinto:

los lirones, murciélagos y topos

duermen entre los muros o en la hierba,

en el patio desierto y triste del castillo;

cuando el vino derraman en la tierra de estío

o en medio del rocío se elevan sus vapores,

de alegría se colman sus venturosos sueños

y, dormidos, murmuran su alborozo; pues pocas

son las hadas que llevan tan nuevos esos cálices.

Imagen de portada: Shelley

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso.Editor: Arturo Pérez-Reverte. 28 de diciembre 2017

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

 

 

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