5 poemas de Oscar Wilde

Conocido por su faceta como dramaturgo, también por ser todo un icono social de su época, hoy recupero su vena más lírica con esta selección de 5 poemas de Oscar Wilde. 

La tumba de Keats

Libre de la injusticia del mundo y su dolor,

descansa al fin bajo el velo azul de Dios:

arrebatado a la vida cuando vida y amor eran nuevos,

el mártir más joven yace aquí,

justo cual Sebastián y tan temprano muerto.

Ningún ciprés ensombrece su tumba, ni tejo funeral,

sino amables violetas con el rocío llorando

sobre sus huesos tejen cadena de perenne floración.

¡Oh, altivo corazón que destruyó el dolor!

¡Oh, los labios más dulces desde los de Mitilene!

¡Oh, pintor-poeta de nuestra tierra inglesa!

Tu nombre inscribióse en el agua; y habrá de perdurar:

lágrimas como las mías conservarán tu memoria verde,

como el pote de albahaca Isabella.

Soneto al acercarme a Italia

Llegué a los Alpes: mi alma ardía

al oír tu nombre: Italia, Italia mía.

Y al salir del corazón de la montaña

la tierra avizoré por la que mi alma tanto suspirara,

y reí, como quien gran premio conquistara,

y meditando en lo maravilloso de tu fama

el día contemplé hasta que lo marcaran heridas de llama

y el cielo turquesa fuera oro bruñido.

Los pinos ondeaban como cabellos de mujer

y en los huertos cada rama sarmentosa

se abría en copos de floreciente espuma.

Pero al saber que allá lejos en Roma

en cadenas injustas otro Pedro yacía

lloré de ver tierra tan bella.

Mi voz

Dentro de este inquieto, apresurado y moderno mundo,

Arrancamos todo el placer de nuestros corazones, tú y yo.

Ahora, las blancas velas de nuestra nave ondean firmes,

Pero ha pasado el momento del embarque.

Mis mejillas se han marchitado antes de tiempo,

Tanto fue el llanto que la alegría ha huido de mi,

El Dolor ha pintado de blanco mis labios,

Y la Ruina baila en las cortinas de mi lecho.

Pero toda esta tumultuosa vida ha sido para ti

No más que una lira, un luto,

Un sutil hechizo musical,

O tal vez la melodía de un océano que duerme,

La repetición de un eco.

Portia

Poco me maravilla la osadía de Basanio

de arriesgar todo lo que tenía al plomo,

o que el orgulloso Aragón bajara la cabeza,

o que Marroquí de corazón en llamas se enfriara:

pues en ese atavío de oro batido

que es más dorado que el dorado sol,

ninguna mujer que Veronese mirara

era tan bella como tú a quien contemplo.

Aún más bella cuando con la sabiduría por escudo

al vestir la toga severa del jurista

y no permitieras que las leyes de Venecia cedieran

el corazón de Antonio a ese judío maldito.

¡Oh Portia!, toma mi corazón: es tu debido pago;

no he de objetar a ese aval.

Flores de amor

Amor, no te culpo; la culpa fue mía,

no hubiera yo sido de arcilla común

habría escalado alturas más altas aún no alcanzadas,

visto aire más lleno, y día más pleno.

Desde mi locura de pasión gastada

habría tañido más clara canción,

encendido luz más luminosa, libertad más libre,

luchado con malas cabezas de hidra.

Hubieran mis labios sido doblegados hasta hacerse música

por besos que sólo hicieran sangrar,

habrías caminado con Bice y los ángeles

en el prado verde y esmaltado.

Si hubiera seguido el camino en que Dante viera

los siete círculos brillantes,

¡Ay!, tal vez observara los cielos abrirse, como

se abrieran para el florentino.

Y las poderosas naciones me habrían coronado,

a mí que no tengo nombre ni corona;

y un alba oriental me hallaría postrado

al umbral de la Casa de la Fama.

Me habría sentado en el círculo de mármol donde

el más viejo bardo es como el más joven,

y la flauta siempre produce su miel, y cuerdas

de lira están siempre prestas.

Hubiera Keats sacado sus rizos himeneos

del vino con adormidera,

habría besado mi frente con boca de ambrosía,

tomado la mano del noble amor en la mía.

Y en primavera, cuando flor de manzano

acaricia un pecho bruñido de paloma,

dos jóvenes amantes yaciendo en la huerta

habrían leído nuestra historia de amor.

Habrían leído la leyenda de mi pasión, conocido

el amargo secreto de mi corazón,

habrían besado igual que nosotros, sin estar

destinados por siempre a separarse.

Pues la roja flor de nuestra vida es roída

por el gusano de la verdad

y ninguna mano puede recoger los restos caídos:

pétalos de rosa juventud.

Sin embargo, no lamento haberte amado -¡ah, qué más

podía hacer un muchacho,

cuando el diente del tiempo devora y los silenciosos

años persiguen!

Sin timón, vamos a la deriva en la tempestad

y cuando la tormenta de juventud ha pasado,

sin lira, sin laúd ni coro, la Muerte,

el piloto silencioso, arriba al fin.

Y en la tumba no hay placer, pues el ciego

gusano se ceba en la raíz,

y el Deseo tiembla hasta tornarse ceniza,

y el árbol de la pasión ya no tiene fruto.

¡Ah!, qué más debía hacer sino amarte; aún

la madre de Dios me era menos querida,

y menos querida la elevación citerea desde el mar

como un lirio argénteo.

He elegido, he vivido mis poemas y, aunque

la juventud se fuera en días perdidos,

hallé mejor la corona de mirto del amante

que la de laurel del poeta.

Imagen de portada: Oscar Wilde

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 3 de julio 2020.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

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