5 poemas de Carlos Barral

Poeta de la generación de los 50. Su vida fue parte de su obra. Conocido por su labor editorial y también por su carrera política. A continuación podéis leer 5 poemas de Carlos Barral.

Ternura de tigre

La lengua sobre todo, afectuosa,

áspera y cortesana en el saludo.

Las zarpas de abrazar, con qué cuidado,

o de impetrar afecto, o daño, a quien lo doma.

La caricia con uñas, el pecho boca arriba

para mostrar el corazón cautivo.

La piel toda entregada, la voz ronca

retozando en su jaula de colmillos,

y los ojos enormes, de algas, sonriendo

a la muerte inmediata

a que fue sentenciado.

La cour carrée

Oh rápida, te amo.

Oh zorra apresurada al borde del vestido

y límite afilado de la bota injuriante,

rodilla de Artemisa fugaz entre la piedra,

os amo,

sombra huidiza en la escalera noble,

espalda entre trompetas por el puente.

Oh vagas, os envidio,

imágenes parejas en los grises

vahos de las cristaleras entornadas,

impacientes

-que llegan a las citas con retraso-

nervios de los que habitan (el descuido

seguro y arrogante de la puerta entreabierta

y el gesto ordenador de las cosas que miran).

Lo quiero casi todo:

la puerta del palacio con armas y figuras,

el nombre de los reyes y el latón de República.

Quiero tus ojos de extranjera ingenua

y la facilidad sin alma del copista.

Quiero esta luz de ahora. Es mi deseo

estar abierto, atento, hasta que parta.

Y quisiera que alguien me dijera

adiós,

contenida, riendo entre lágrimas.

Extranjero en las puertas, no estás solo,

mi apurada tristeza te acompaña.

Luna de agosto

Insistió en no acercarse demasiado,

temerosa de la intimidad caliente del esfuerzo,

pero los que pasaban

cerca con los varales y las pértigas

nos sonreían,

y sentía con orgullo su presencia

y que fuese mi prima (aún recuerdo

sus ojos en la linde

del círculo de luz, brillando

como unos ojos de animal nocturno).

Yo quería que viese

aquel vivo episodio de argonautas

que era mi propiedad, de mi experiencia:

Primero las antorchas,

la llama desigual de gasolina,

luego, súbitamente,

la luz del petromax, violenta,

haciendo restallar los colores, el brillo

de la escama pegada a las amuras,

y los hombres,

veinte tal vez, que intentan,

azuzándose a gritos,

mover el casco hacia la mar

que latía detrás como un espejo.

-Mira, ya arranca-.

Una espina de palos

que caen en el momento

preciso, y gime la madera y cantan

los garfios en cubierta.

Verde

esmeralda el agua

como menta al trasluz, y ellos

tensos como en un friso

segado por sus hojas, o trepando

desnudos mientras boga

suave olas adentro…

Luego, mientras la lancha se alejaba

se vieron cruzar cuerpos bajo el fanal,

músculos dilatados, armonía

física, y sentimos

que la brisa, como un objeto amable,

se apoderaba del lugar en que dejaron

una estela de huellas y carriles.

Miré a la altura de su voz. -¿Nos vamos?-

dijo, y la sombra azulada del cabello

la recortaba en una mueca triste.

Dulce.

Me conmovió que fuera

cosa de la naturaleza, como parte

de su incierto castillo de hermosura.

Pero ahora que la hermosura me parece

cosa de la naturaleza sin misterio,

pienso si no sería por contraste,

si estaría pensando en las medidas

de su gloria cercana, en los silencioa

de un atento aspirante al notariado

con zapatos lustrosos y un destino

decente…

Caminaba

despacio hacia la calle alborotada.

Las luces del festejo

brincaban en su blusa

como una gruesa sarta de abalorios.

Pájaros para Yvonne

Tu cuerpo en qué alegría de revuelo,

que inmediación de trinos, ¡oh agitada

pasión de ti, de tórtola inspirada,

de azul y pluma en claro azul! (Uccello)

Pájaro. Sal. Escribe por el suelo

el gozo de tu jaula enamorada.

Sea risueña alcándara la espada

de gavilán blandida para el duelo.

Yo, tu fronda apartada. Permanente

árbol donde resuena tu destino,

leeré tu trayectoria. Se adivina

tan bien lo que se espera… Del camino

oblicuo, qué te importa, ¡oh diferente

mirlo de luz si vienes a la encina!

Y tú amor mío

Y tú amor mío, ¿agradeces conmigo

las generosas ocasiones que la mar

nos deparaba de estar juntos? ¿Tú te acuerdas,

casi en el tacto, como yo,

de la caricia intranquila entre dos maniobras,

del temblor de tus pechos

en la camisa abierta cara al viento?

Y de las tardes sosegadas,

cuando la vela débil como un moribundo

nos devolvía a casa muy despacio…

Éramos como huéspedes de la libertad,

tal vez demasiado hermosa.

El azul de la tarde,

las húmedas violetas que oscurecían el aire

se abrían

y volvían a cerrarse tras nosotros

como la puerta de una habitación

por la que no nos hubiéramos

atrevido a preguntar.

Y casi

nos bastaba un ligero contacto,

un distraído cogerte por los hombros

y sentir tu cabeza abandonada,

mientras alrededor se hacía triste

y allá en tierra, en la penumbra

parpadeaban las primeras luces.

 

Imagen de portada: Carlos Barral

FUENTE RESPONSABLE: ZENDALIBROS.COM 29 de diciembre 2017.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Carlos Barral

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