5 poemas de Vicente Aleixandre

El Premio Nobel de literatura le consagró como uno de los grandes poetas del Siglo XX. A continuación puedes leer 5 poemas de Vicente Aleixandre.

Al cielo

El puro azul ennoblece

mi corazón. Sólo tú, ámbito altísimo

inaccesible a mis labios, das paz y calma plenas

al agitado corazón con que estos años vivo.

Reciente la historia de mi juventud, alegre todavía

y dolorosa ya, mi sangre se agita, recorre su cárcel

y, roja de oscura hermosura, asalta el muro

débil del pecho, pidiendo tu vista,

cielo feliz que en la mañana rutilas,

que asciendes entero y majestuoso presides

mi frente clara, donde mis ojos te besan.

Luego declinas, ¡oh sereno, oh puro don de la altura!,

cielo intocable que siempre me pides, sin cansancio, mis besos,

como de cada mortal, virginal, solicitas.

Sólo por ti mi frente pervive al sucio embate de la sangre.

Interiormente combatido de la presencia dolorida y feroz,

recuerdo impío de tanto amor y de tanta belleza,

una larga espada tendida como sangre recorre

mis venas, y sólo tú, cielo agreste, intocado,

das calma a este acero sin tregua que me yergue en el mundo.

Baja, baja dulce para mí y da paz a mi vida.

Hazte blando a mi frente como una mano tangible

y oiga yo como un trueno que sea dulce una voz

que, azul, sin celajes, clame largamente en mi cabellera.

Hundido en ti, besado del azul poderoso y materno,

mis labios sumidos en tu celeste luz apurada

sientan tu roce meridiano, y mis ojos

ebrios de tu estelar pensamiento te amen,

mientras así peinado suavemente por el soplo de los astros,

mis oídos escuchan al único amor que no muere.

Después del amor

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,

como el silencio que queda después del amor,

yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo

hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.

Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir

retraído.

Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace

un instante, en desorden, como lumbre cantaba.

El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su

forma continua,

para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de

la llama,

convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites

se rehace.

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,

delicadamente desnudos,

se sabe que la amada persiste en su vida.

Momentánea destrucción el amor, combustión que

amenaza

al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,

sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas

la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la

vida,

la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad

nos llamaba.

He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,

opulento de su sangre serena, dorado reluce.

He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado

pie,

y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,

la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa

nacido,

y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro

amor, que allí lúcido vela.

En medio, sellando el rostro nítido que la tarde amarilla

caldea sin celo,

está la boca fina, rasgada, pura en las luces.

Oh temerosa llave del recinto del fuego.

Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y saben,

mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.

Mano entregada

Pero otro día toco tu mano. Mano tibia…

Tu delicada mano silente. A veces cierro

mis ojos y toco leve tu mano, leve toque

que comprueba su forma, que tienta

su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso

insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca

el amor. Oh carne dulce, que sí empapa del amor hermoso.

Es por la piel secreta, secretamente abierta,

invisiblemente entreabierta,

por donde el calor tibio propaga su voz, su afán dulce;

por donde mi voz penetra hasta tus venas tibias,

para rodar por ellas en tu escondida sangre,

como otra sangre que sonara oscura,

que dulcemente oscura te besara

por dentro, recorriendo despacio como sonido puro

ese cuerpo que resuena mío, mío poblado de mis

voces profundas

¡oh resonado cuerpo de mi amor!, ¡oh poseído cuerpo!,

¡oh cuerpo sólo sonido de mi voz poseyéndole!

Por eso, cuando acaricio tu mano, sé que sólo el hueso rehúsa

mi amor -el nunca incandescente hueso del hombre-.

Y que una zona triste de tu ser se rehúsa,

mientras tu carne entera llega un instante lúcido

en que total flamea, por virtud de ese lento contacto

de tu mano,

de tu porosa mano suavísima que gime,

tu delicada mano silente, por donde entro

despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,

hasta tus venas hondas totales donde bogo,

donde te pueblo y canto completo entre tu carne.

Se querían

Se querían.

Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,

labios saliendo de la noche dura,

labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?

Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,

a esa amorosa gema del amarillo nuevo,

cuando los rostros giran melancólicamente,

giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos

laten bajo la tierra y los valles se estiran

como lomos arcaicos que se sienten repasados:

caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,

entre las duras piedras cerradas de la noche,

duras como los cuerpos helados por las horas,

duras como los besos de diente a diente sólo.

Se querían de día, playa que va creciendo,

ondas que por los pies acarician los muslos,

cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…

se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,

mar altísimo y joven, intimidad extensa,

soledad de lo vivo, horizontes remotos

ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,

como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,

dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,

donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,

ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,

mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,

metal, música, labio, silencio, vegetal,

mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

Triunfo del amor

Brilla la luna entre el viento de otoño,

en el cielo luciendo como un dolor largamente sufrido.

Pero no será, no, el poeta quien diga

los móviles ocultos, indescifrable signo

de un cielo líquido de ardiente fuego que anegara

las almas,

si las almas supieran su destino en la tierra.

La luna como una mano,

reparte con la injusticia que la belleza usa,

sus dones sobre el mundo.

Miro unos rostros pálidos.

Miro rostros amados.

No seré yo quien bese ese dolor que en cada rostro asoma.

Sólo la luna puede cerrar, besando,

unos párpados dulces fatigados de vida.

Unos labios lucientes, labios de luna pálida,

labios hermanos para los tristes hombres,

son un signo de amor en la vida vacía,

son el cóncavo espacio donde el hombre respira

mientras vuela en la tierra ciegamente girando.

El signo del amor, a veces en los rostros queridos

es sólo la blancura brillante,

la rasgada blancura de unos dientes riendo.

Entonces sí que arriba palidece la luna,

los luceros se extinguen

y hay un eco lejano, resplandor en oriente,

vago clamor de soles por irrumpir pugnando.

¡Qué dicha alegre entonces cuando la risa fulge!

Cuando un cuerpo adorado;

erguido en su desnudo, brilla como la piedra,

como la dura piedra que los besos encienden.

Mirad la boca. Arriba relámpagos diurnos

cruzan un rostro bello, un cielo en que los ojos

no son sombra, pestañas, rumorosos engaños,

sino brisa de un aire que recorre mi cuerpo

como un eco de juncos espigados cantando

contra las aguas vivas, azuladas de besos.

El puro corazón adorado, la verdad de la vida,

la certeza presente de un amor irradiante,

su luz sobre los ríos, su desnudo mojado,

todo vive, pervive, sobrevive y asciende

como un ascua luciente de deseo en los cielos.

Es sólo ya el desnudo. Es la risa en los dientes.

Es la luz o su gema fulgurante: los labios.

Es el agua que besa unos pies adorados,

como un misterio oculto a la noche vencida.

¡Ah maravilla lúcida de estrechar en los brazos

un desnudo fragante, ceñido de los bosques!

¡Ah soledad del mundo bajo los pies girando,

ciegamente buscando su destino de besos!

Yo sé quien ama y vive, quien muere y gira y vuela.

Sé que lunas se extinguen, renacen, viven, lloran.

Sé que dos cuerpos aman, dos almas se confunden.

Imagen de portada: Vicente Aleixandre

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 5 de diciembre 2017.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Vicente Aleixandre

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