5 poemas de Théophile Gautier

Novelista, periodista y poeta. Fue uno de los impulsores del romanticismo en Francia. A continuación os ofrecemos 5 poemas de Théophile Gautier. 

El traje rosa

Adoro la túnica rosa

en que va tu hermosura envuelta;

es el tibor de tu garganta;

es de tu cuerpo ánfora esbelta.

Frágil como una rosa thé,

leve como un ala de abeja,

toda te ciñe y te circunda

con rauda caricia bermeja.

A la seda tu piel trasmite

sus estremecimientos cálidos:

a tu piel la seda devuelve

reflejo de carmines pálidos.

-¿ Quién urdió la mágica tela

con hilos de tu carne misma,

en un misterio donde suman

luz, seda y piel un móvil prisma?

-¿Son los iris de la alborada;

o los nácares de Afrodita;

o los rubíes de tu seno

lo que en tu clámide se agita?

-¿Quizá las hebras se tiñeron

en tus corales de pudor,

cuando desnuda contemplabas

de tus líneas el esplendor?

Tú, despojada de esos velos

-soñada encarnación del arte-

ser podrías ante Canova

cual otra Venus Bonaparte.

No sé si eres urna de ónice

donde ávidos goces van presos,

o si lo que tu cuerpo ciñe

es una túnica de besos.

Traducción de Carlos López Narváez

El arte

Sí, es más bella la obra trabajada

con formas más rebeldes, como el verso,

o el ónice o el mármol o el esmalte.

¡Huyamos de postizas sujeciones!

Pero acuérdate, oh Musa, de calzar,

un estrecho coturno que te apriete.

Rehúye siempre cualquier ritmo cómodo

como un zapato demasiado grande

en el que todo pie puede meterse.

Y tú, escultor, rechaza la blandura

del barro al que el pulgar puede dar forma,

mientras la inspiración flota lejana;

es mejor que te midas con carrara

o con el paros duro y exigente,

que custodian los más puros contornos;

o pídele quizá a Siracusa

su bronce en que resalta firmemente

el rasgo más altivo y delicioso;

con la delicadeza de tu mano

descubre dibujando en una veta

de ágata el perfil del dios Apolo.

Huye, pintor, de la acuarela y fija

el color demasiado desvaído

en el horno de los esmaltadores.

Haz que sean azules las sirenas

y retuerzan de cien modos distintos

los heráldicos monstruos sus figuras;

en el lóbulo triple de su nimbo,

la Virgen con el Niño, en cuya mano

hay la esfera con una cruz encima.

Todo pasa. Tan sólo el arte fuerte

posee la eternidad. Únicamente

el busto sobrevive a la ciudad.

Y la moneda rústica y austera

que un labriego ha encontrado bajo tierra,

recuerda que existió un emperador.

Hasta los mismos dioses al fin mueren.

Mas los versos perfectos permanecen

y duran más que imágenes de bronce.

Artista, esculpe, lima o bien cincela;

que se selle tu sueño fluctuante

en el bloque que opone resistencia.

El hipopótamo

El hipopótamo de vientre enorme

suele vivir en selvas como Java,

y allí en el fondo de las cuevas hay

monstruos que no se pueden ni soñar.

La boa que se agita entre silbidos,

el tigre que tan bien sabe rugir,

el búfalo enfadado que resopla;

él sólo duerme o pace siempre en calma.

El kris y la azagaya no le asustan,

contempla al hombre sin darse a la huida,

se ríe del cipayo y de sus balas

que no hieren su piel y que rebotan.

Por eso yo soy como el hipopótamo;

me protege mi fuerte convicción,

armadura que me hace invulnerable,

y así por el desierto ando sin miedo.

Las palomas

En el collado aquel de los sepulcros

una palmera y su penacho verde

se yerguen donde acuden las palomas

a anidar por la noche y guarecerse.

Con el alba desertan de las ramas:

como un collar que se desgrana, vemos

-blancas, dispersas, en el aire azul-

que algún tejado buscan aún más lejos.

Todas las noches es un árbol mi alma

donde se posan con las alas trémulas

enjambres blancos de visiones locas

para echar a volar cuando clarea.

Traducción de Carlos Pujol

Pastel

No me canso de veros en los marcos ovales,

amarillos retratos de beldades de antaño

en la mano unas rosas quizá ya un poco pálidas,

como es propio de flores de cien años atrás.

El invierno al rozar vuestras frescas mejillas

marchitó lo que en ellas era lirio y clavel,

ahora sólo lucís algún lunar de barro,

y aquí estáis en los muelles, ensuciados, manchados.

Aquel dulce reinado de las bellas pasó;

tanto la Parabère como la Pompadour *

sólo indóciles súbditos hoy tendrían tan sólo,

y en sus mismos sepulcros también yace el amor.

Pero, oh viejos retratos olvidados, aún

os conmueve aspirar vuestra flor sin perfume,

y podéis sonreír, melancólicamente

recordando a galanes hace un siglo difuntos.

Traducción de Carlos Pujol

Imagen de portada: Théophile Gautier

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 5 de febrero 2018.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Théophile Gautier

 

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