Los mejores poemas de Rubén Darío

Su importancia en nuestra literatura es tan destacada que resulta complicado elegir cuáles son los mejores poemas de Rubén Darío. Puedes mencionar en los comentarios cuál debería estar también en esta selección.

1.- Amo, amas

Amar, amar, amar, amar siempre, con todo

el ser y con la tierra y con el cielo,

con lo claro del sol y lo oscuro del lodo;

amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.

Y cuando la montaña de la vida

nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,

amar la inmensidad que es de amor encendida

¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!

2.- Los Cisnes

A Juan R. Jiménez

I

¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello

al paso de los tristes y errantes soñadores?

¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,

tiránico a las aguas e impasible a las flores?

Yo te saludo ahora como en versos latinos

te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.

Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos,

y en diferentes lenguas la misma canción.

A vosotros mi lengua no debe ser extraña.

A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez…

Soy un hijo de América, soy un nieto de España…

Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez…

Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas

den a las frentes pálidas sus caricias más puras

y alejen vuestras blancas figuras pintorescas

de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.

Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,

se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas,

casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,

y somos mendigos de nuestras pobres almas.

Nos predican la guerra con águilas feroces,

gerifaltes de antaño revienen a los puños,

mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,

ni hay Rodrigos, ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.

Faltos de los alientos que dan las grandes cosas,

¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?

A falta de laureles son muy dulces las rosas,

y a falta de victorias busquemos los halagos.

La América española como la España entera

fija está en el Oriente de su fatal destino;

yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera

con la interrogación de tu cuello divino.

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?

¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?

¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?

¿Callaremos ahora para llorar después?

He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros

que habéis sido los fieles en la desilusión,

mientras siento una fuga de americanos potros

y el estertor postrero de un caduco león…

…Y un Cisne negro dijo: «La noche anuncia el día».

Y uno blanco: «¡La aurora es inmortal, la aurora

Es inmortal!» ¡Oh, tierras de sol y armonía,

aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!

II

En la muerte de Rafel Núñez

El pensador llegó a la barca negra;

y le vieron hundirse

en las brumas del lago del Misterio,

los ojos de los Cisnes.

Su manto de poeta

reconocieron los ilustres lises

y el laurel y la espina entremezclados

sobre la frente triste.

A lo lejos alzábanse los muros

de la ciudad teológica, en que vive

la sempiterna Paz. La negra barca

llegó a la ansiada costa, y el sublime

espíritu gozó la suma gracia;

y ¡oh Montaigne! Núñez vio la cruz erguirse,

y halló al pie de la sacra Vencedora

El cadáver helado de la Esfinge.

III

Por un momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis anhelos

a los de tus dos alas que abrazaron a Leda,

y a mi maduro ensueño, aún vestido de seda,

dirás, por los Dioscuros, la gloria de los cielos.

Es el otoño. Ruedan de la flauta consuelos.

Por un instante, ¡oh Cisne!, en la oscura alameda

sorberé entre dos labios lo que el Pudor me veda,

y dejaré mordidos Escrúpulos y Celos.

Cisne, tendré tus alas blancas por un instante,

y el corazón de rosa que hay en tu dulce pecho

palpitará en el mío con su sangre constante.

Amor será dichoso, pues estará vibrante

el júbilo que pone al gran Pan en acecho

mientras su ritmo esconde la fuente de diamante.

IV

Antes de todo, ¡gloria a ti, Leda!

tu dulce vientre cubrió de seda

el Dios. ¡Miel y oro sobre la brisa!

Sonaban alternativamente

flauta y cristales, Pan y la fuente.

¡Tierra era canto, Cielo sonrisa!

Ante el celeste, supremo acto,

dioses y bestias hicieron pacto.

Se dio a la alondra la luz del día,

se dio a los búhos sabiduría

y melodía al ruiseñor.

A los leones fue la victoria,

para las águilas toda la gloria

y a las palomas todo el amor.

Pero vosotros sois los divinos

príncipes. Vagos como las naves,

inmaculados como los linos,

maravillosos como las aves.

En vuestros picos tenéis las prendas

que manifiestan corales puros.

Con vuestros pechos abrís las sendas

que arriba indican los Dioscuros.

Las dignidades de vuestros actos,

eternizadas en lo infinito,

hacen que sean ritmos exactos,

voces de ensueño, luces de mito.

De orgullo olímpico sois el resumen,

¡oh, blancas urnas de la armonía!

Ebúrneas joyas que anima un numen

con su celeste melancolía.

¡Melancolía de haber amado,

junto a la fuente de la arboleda,

el luminoso cuello estirado

entre los blancos muslos de Leda!

3.- Sonatina

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave de oro;

y en un vaso olvidado se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.

Parlanchina, la dueña dice cosas banales,

y, vestido de rojo, piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe del Golconsa o de China,

o en el que ha detenido su carroza argentina

para ver de sus ojos la dulzura de luz?

¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,

o en el que es soberano de los claros diamantes,

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar,

ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

saludar a los lirios con los versos de mayo,

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,

ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

Y están tristes las flores por la flor de la corte;

los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte,

de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real,

el palacio soberbio que vigilan los guardas,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

La princesa está triste. La princesa está pálida…

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!

¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe

La princesa está pálida. La princesa está triste…

más brillante que el alba, más hermoso que abril!

¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina,

en caballo con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte ,

a encenderte los labios con su beso de amor!

4.- Venus

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.

En busca de quietud, bajé al fresco y callado jardín.

En el oscuro cielo, Venus bella temblando lucía,

como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,

que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,

o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,

triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

«¡Oh reina rubia! -dije-, mi alma quiere dejar su crisálida

y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;

y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.»

El aire de la noche, refrescaba la atmósfera cálida.

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

5.- ¡Aleluya!

A Manuel Machado

Rosas rosadas y blancas, ramas verdes,

corolas frescas y frescos

ramos, ¡Alegría!

Nidos en los tibios árboles,

huevos en los tibios nidos,

dulzura. ¡Alegría!

El beso de esa muchacha

rubia, y el de esa morena

y el de esa negra, ¡Alegría!

Y el vientre de esa pequeña

de quince años, y sus brazos

armoniosos, ¡Alegría!

Y el aliento de la selva virgen

y el de las vírgenes hembras,

y las dulces rimas de la Aurora,

¡Alegría, Alegría, Alegría!

Imagen de portada: Rubén Dario

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 18 de abril 2018.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

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