5 poemas de Gonzalo Rojas

Durante su dilatada carrera recibió todo el reconocimiento y los premios más importantes, como el Reina Sofía de poesía y el Cervantes. A continuación, puedes leer 5 poemas de Gonzalo Rojas.

Baudeleriana

Astucias que le son y astucias que no le son

dijera Ovidio: los tacones

le son, ojalá altos, lo bestial

visible, los pezones, no importa

lo exiguo del formato, el beso

bien pintado, parisino

el aroma, azulosos

sin exceso los párpados, sigiloso

el zarpazo drogo y longilíneo

de su altivez, visionario

el fulgor, especialmente eso, visionario el fulgor.

Y claro, áureos los centímetros

ciento setenta del encanto

del tobillo a las hebras

torrenciales del pelo. -«Piénsese

irrumpe entonces a esa altura Borges con asfixia, ¿quién

sino el Aleph pudiera entera esquiza y

bestia así olfatear, besarla en el hocico,

durarla, perdurarla en su enigma, airearla,

mancharla por lo hondo hasta serla, al galope

tendido del tedio? ¿Quién,

especialmente eso, la hartara?»

Especialmente nada, muchachos, ¡videntes

de otra edad! ¡Borges,

Publio Ovidio!, nada: lo cierto

es que no hay nada, salvo

cada 28, sangre

de parir y ese es el juego. De ahí vinimos viniendo los

poetas malheridos aullando

mujer, gimiendo

hermosura, Eternidad

que no se ve: especialmente eso, muchachos,

que no se ve.

Perdí mi juventud en los burdeles

Perdí mi juventud en los burdeles

pero no te he perdido

ni un instante, mi bestia,

máquina del placer, mi pobre novia

reventada en el baile.

Me acostaba contigo,

mordía tus pezones furibundo,

me ahogaba en tu perfume cada noche,

y al alba te miraba

dormida en la marea de la alcoba,

dura como una roca en la tormenta.

Pasábamos por ti como las olas

todos los que te amábamos. Dormíamos

con tu cuerpo sagrado.

Salíamos de ti paridos nuevamente

por el placer, al mundo.

Perdí mi juventud en los burdeles,

pero daría mi alma

por besarte a la luz de los espejos

de aquel salón, sepulcro de la carne,

el cigarro y el vino.

Allí, bella entre todas,

reinabas para mí sobre las nubes

de la miseria.

A torrentes tus ojos despedían

rayos verdes y azules. A torrentes

tu corazón salía hasta tus labios,

latía largamente por tu cuerpo,

por tus piernas hermosas

y goteaba en el pozo de tu boca profunda.

Después de la taberna,

a tientas por la escala,

maldiciendo la luz del nuevo día,

demonio a los veinte años,

entré al salón esa mañana negra.

Y se me heló la sangre al verte muda,

rodeada por las otras,

mudos los instrumentos y las sillas,

y la alfombra de felpa, y los espejos

copiaban en vano tu hermosura.

Un coro de rameras te velaba

de rodillas, oh hermosa

llama de mi placer, y hasta diez velas

honraban con su llanto el sacrificio,

y allí donde bailaste

desnuda para mí, todo era olor

a muerte.

No he podido saciarme nunca en nadie,

porque yo iba subiendo, devorado

por el deseo oscuro de tu cuerpo

cuando te hallé acostada boca arriba,

y me dejaste frío en lo caliente,

y te perdí, y no pude

nacer de ti otra vez, y ya no pude

sino bajar terriblemente solo

a buscar mi cabeza por el mundo.

Al silencio

Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,

todo el hueco del mar no bastaría,

todo el hueco del cielo,

toda la cavidad de la hermosura

no bastaría para contenerte,

y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera

oh majestad, tú nunca,

tú nunca cesarías de estar en todas partes,

porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,

porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,

y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.

¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida

o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué

es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,

o este sol colorado que es mi sangre furiosa

cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer

ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,

repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces

de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra

de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar

trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,

a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

Retrato de mujer

Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,

sola en tu espejo, libre de marido, desnuda

con la exacta y terrible realidad del gran vértigo

que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,

y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte; por eso estoy llamándote en el aire

para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,

sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo

que nunca me oyes, eso que nunca me entiendes nunca,

aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,

y quémame en el último cigarrillo del miedo

al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste

con la herida visible de tu belleza. Lástima

de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago

tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,

una nariz de arcángel y una boca de animal, y una sonrisa

que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente,

mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,

y te quedas como inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo

de la noche, y me besas lo mismo que una ola.

Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás

conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura.

Imagen de portada: Gonzalo Rojas

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 21 de mayo 2018.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

 

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