5 poemas de Eunice Odio

Fue una importante poeta y también una destacada periodista que ejerció su profesión en distintos países americanos. A continuación puedes leer 5 poemas de Eunice Odio.

Poema primero (Posesión en el sueño)

Ven

Amado

Te probaré con alegría.

Te soñaré conmigo esta noche.

Tu cuerpo acabará

donde comience para mí

la hora de tu fertilidad y tu agonía;

y porque somos llenos de congoja

mi amor por ti ha nacido con tu pecho,

es que te amo en principio por tu boca.

Ven

Comeremos en el sitio de mi alma.

Antes que yo se te abrirá mi cuerpo

como mar despeñado y lleno

hasta el crepúsculo de peces.

Porque tú eres bello,

hermano mío,

eterno mío dulcísimo.

Tu cintura en que el día parpadea

llenando con su olor todas las cosas,

tu decisión de amar,

de súbito,

desembocando inesperado a mi alma,

Tu sexo matinal

en que descansa el borde del mundo

y se dilata.

Ven

Te probaré con alegría.

Manojo de lámparas será a mis pies tu voz.

Hablaremos de tu cuerpo

con alegría purísima,

como niños desvelados a cuyo salto

fue descubierto apenas, otro niño,

y desnudado su incipiente arribo,

y conocido en su futura edad, total , sin diámetro,

en su corriente genital más próxima,

sin cauce, en apretada soledad.

Ven

te probaré con alegría.

Tú soñarás conmigo esta noche,

y anudarás aromas caídos nuestras bocas.

Te poblaré de alondras y semanas

eternamente oscuras y desnudas.

De «Los elementos terrestres»

Poema segundo (Ausencia de amor)

Amado

en cuyo cuerpo yo reposo,

cómo será tu sueño

cuando yo te he buscado sin hallarte.

Oh,

Amado mío, dulcísimo

como alusión de nardo

entre aromas morenos y distantes,

Cómo será tu pecho cuando te amo.

Cómo será encontrarte cuando es amor tu cuerpo

y tu voz,

un manojo de lámparas.

Amado,

hoy te he buscado

por entre mi ciudad

y tu ciudad extraña,

donde los edificios

no se alegran al sol,

como frutales conchas

y celestes cabañas.

Y andaba yo

con un crepúsculo enredado entre la lengua,

Con aire de laguna

y ropa de peligro.

Me vió desde su torre

un auriga de jaspe,

yo te andaba buscando

por entre el verde olor de sus caballos,

Por entre las matronas

con pañales y pájaros;

Y pensando en tu boca

reposaban mis ojos,

como palomas diurnas

entre hierbas amargas.

Y te buscaba entonces

por las inmediaciones de mi cuerpo.

Tú me podías llegar

desde el suceso cálido.

II

Amado,

hoy te he buscado sin hallarte

por entre mi ciudad

y tu ciudad extraña,

Junto a alquerías errantes

guardadas por el campo

y de agitado pasto vencidas y entornadas.

Y de pronto llegaste,

huésped de mi alegría,

y me poblé de islas

con tu brillante dádiva.

Desde la brisa fresca llegaste

como un niño con un pañuelo blanco

y la noche voló de sueño entre las ramas,

junto al gozo del agua y el rastro de la abeja.

Amado,

en cuyo cuerpo yo reposo

y en cuyos brazos desemboca mi alma,

Cómo será no hallarte en la distancia,

y llegar a tu cuerpo como los alimentos

reanudados al calor de la gracia

necesaria y perdida.

Estar donde no estoy más que de paso,

no estar donde tu aliento me contiene

y me desgarra

como una piedra el alma.

Cómo será tener,

de golpe, el cuerpo dividido

y el corazón entre las manos

congregado y solo.

Amado,

hoy te he buscado sin hallarte

por entre mi ciudad y tu ciudad extraña,

y no te he hallado.

Cómo será buscarte en la distancia.

Poema tercero (Consumación)

Tus brazos

como blancos animales nocturnos

afluyen donde mi alma suavemente golpea.

A mi lado,

como un piano de plata profunda

parpadea tu voz,

sencilla como el mar cuando está solo

y organiza naufragios de peces y de vino

para la próxima estación del agua.

Luego,

mi amor bajo tu voz resbala,

Mi sexo como el mundo

diluvia y tiene pájaros,

Y me estallan al pecho palomas y desnudos.

Y ya dentro de ti

yo no puedo encontrarme,

cayendo en el camino de mi cuerpo,

Con sumergida y tierna

vocación de espesura,

Con derrumbado aliento

y forma última.

Tú me conduces a mi cuerpo,

y llego,

extiendo el vientre

y su humedad vastísima,

donde crecen benignos pesebres y azucenas

y un animal pequeño,

doliente y transitivo.

II

Ah,

si yo siquiera te encontrara un día

plácidamente al borde de mi muerte,

soliviantando con tu amor mi oído

y no retoñe…

Si yo siquiera te encontrara un día

al borde de esta falda

tan cerca de morir, y tan celeste

que me queda de pronto con la tarde.

Ah,

Camarada,

Cómo te amo a veces

por tu nombre de hombre

Y por mi cuello en que reposa tu alma.

Poema cuarto (Canción del Esposo a su Amada)

Asomada a mi pecho

tatuada en él como la edad

y el daño.

Como una suave grey de colinas

cuyo rumbo retorna con el alba,

Habla mi amada

con su amor que tiene

apenas pecho diurno y voz descalza.

A mi sombra

se bordearon de pulpa su caderas.

Por mí arrea con sus pechos

el ganado del alba,

Y la tarde a su paso se quebranta,

como de junco herido

y laurel entornado.

Párpados transitados

de nieve y mediodía,

Pozo donde mi boca

desmedida resbala

como torrente de paloma

y sal humedecida.

Sobre los muslos te pusieron

racimos de ira y vocación de besos.

Yo haré que de tus muslos

bajen manojos de agua,

y entrecortada espuma,

y rebaños secretos.

Ven,

Amada.

Los árboles

todos tienen tu cándida estatura,

y tu párpado caído,

y tu gesto mojado,

Edificio de alondras

habitado de climas

donde legisla el sol

sobre viñedos de oro.

A tu sombra

me encontrarán los pájaros salvajes.

Tu voz de aire caído

entre cuatro azucenas,

desfilará en mi oído

como acude la tarde.

Ven,

te probaré con alegría,

tú soñaras conmigo

esta noche.

Poema quinto (Esterilidad)

El hombre

nacido de mujer,

corto de días y harto de sinsabores;

que sale como una flor, y es cortado,

y huye como la sombra, y no permanece.

Job 14, 1 y 2.

Tal como flor que sale

y es cortada,

Con la piel por donde huye

la risa de los niños,

Y llena hasta los muslos

de tristeza;

así es nuestra hermana

en cuyo umbral

naufraga el cuerpo de uso eterno.

Golpe de viento nuevo

inexperto en aromas,

y sin rubor azul ya despreciada sombra,

escombro de oro en sueños por las ramas.

Carne en que tropezara de costado

la gracia del alumbramiento,

Fácil como los signos en reposo

por donde llega de la mano el niño;

Asomada al arrimo,

con media flor y apenas

medio rostro,

Y con el vientre en que tembló

una piedra.

Con un desfiladero en cada pecho,

sola,

venas arriba por los ojos,

Sola

como el primer hombre cuando descubrió

la primera sonrisa

y se volvió,

de pronto,

con todo el cuerpo

a flor de fabuloso labio estremecido,

más solo que antes,

cuando no tenía sonrisa cotidiana

que dividir en dos pedazos triunfales;

cuando no pensaba en el otro

y descendía junto a su piel profunda,

roto entre los sonidos venideros

como pájaro en proyecto por los árboles:

júbilo de vacío jubiloso.

Como huella que cae

clara y sin cuerpo

y no levanta hoja

que al volver por el suelo,

alta de días,

instale al humus su unidad primera,

Así es nuestra hermana.

Secreto cauce

quieto,

agua sin ruido.

Nacida de mujer,

corta de días, y harta de sinsabores;

que sale como una flor, y es cortada,

y huye como la sombra, y no permanece.

 

Imagen de portada: Eunice Odio

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 28 de agosto 2018

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía.

 

 

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