Richard Pryor, contra sí mismo

Nido de víboras (Anatole Litvak, 1948), La cabeza contra la pared (Georges Franju, 1959), Camille Claudel 1915 (Bruno Dumont, 2013)… El cine ha retratado la locura en numerosas ocasiones y en cintas, por lo general, sobresalientes. Sin embargo, de una u otra manera, yo siempre acabo por volver a Corredor sin retorno (1963), el acercamiento de Samuel Fuller a los manicomios de los que nunca se sale. Más aún, una vez dentro, el que estaba cuerdo se vuelve loco, quedando confundido para siempre entre los lunáticos. Verbigracia, la suerte de Nell Bowen (Anna Lee) de Bedlam (1946), la denuncia de Mark Robson y Val Lewton de las condiciones del primer frenopático. Abierto en el Londres de 1761, aún puede visitarse en un inquietante paseo por la orilla del Támesis. Tras la inevitable referencia a esa cita de Eurípides, que abre el filme de Fuller, acerca de esa locura previa, a la que algunos dioses condenan a quienes han decidido dar muerte —que además siempre viene al caso—, voy al grano.

Esta vez es Trent (Hari Rhodes), el interno afroamericano de Corredor sin retorno, sobre el que me interesa llamar la atención. Su locura no es otra que el odio que profesa a su propia gente. En un momento dado, ve por el pasillo a un enfermero negro y, con el mismo lenguaje que utilizaría un cabecilla del Ku Klux Klan, solivianta a los otros alienados contra el sanitario. De hecho, los celadores le temen por los motines raciales que provoca. A veces pienso que Trent está inspirado por una suerte de intransigencia del converso: cansado de verse discriminado, perseguido, por ser negro, ha perdido el juicio y se cree blanco, un blanco tan racista como los que le volvieron loco. En otras ocasiones, estimo que todo es más sencillo, que se trata de exorcizar un complejo mediante su exaltación y que, entregado a dicho procedimiento, Trent ha perdido la razón.

Si Richard Pryor no hubiera sido uno de los monologuistas más destacados de su tiempo, es muy probable que hubiera acabado internado en un psiquiátrico, aquejado del mismo mal que el personaje de Fuller. Para los espectadores españoles, con anterioridad a ese documental sobre uno de sus espectáculos —Richard Pryor: Live in Concert (Jeff Margolis, 1979)—, que actualmente puede verse en Netflix, el monologuista que nos ocupa sería un desconocido. Ahora bien, como aquí empiezan a ser frecuentes estos números, se va sabiendo lo ofensivos que pueden ser: hay monologuistas que incluso se permiten burlarse de uno de sus espectadores para hacer reír al resto. Con todo, hubiera chocado un tipo que cogía el micrófono en los clubes nocturnos para injuriar a la comunidad afroamericana, en un tono y con unas palabras que, si él mismo no hubiera pertenecido a ella y su perorata no hubiera sido una broma, hubiese sido un delito.

Para quienes aún le recuerden en la cartelera española, Pryor será aquel simpático afroamericano que protagonizó algunas de las comedias más comerciales de la pantalla estadounidense de los años 70 y 80: El expreso de Chicago (Arthur Hiller, 1976), Su juguete preferido (Richard Donner, 1982), No me chilles que no te veo (Arthur Hiller, 1989). El cinéfilo preferirá recordarle en su creación de Zeke, el protagonista de Blue Collar (1978), uno de los grandes títulos de Paul Schrader, y en su colaboración en Carretera perdida (David Lynch, 1997). El vehículo que utiliza para moverse en las secuencias de esta última es el mismo al que le había condenado la esclerosis múltiple que padecía, en buena medida, a consecuencia de sus adicciones.

Suele decirse que los grandes cómicos son personas tremendamente torturadas cuando dejan de hacer reír a su público. El caso de Richard Pryor es la triste confirmación de esta regla. Al igual que su admirado Lenny Bruce —inspirador de una de las mejores cintas de Bob Fosse, Lenny (1974)—, fue tan desdichado en su vida privada como autodestructivo en sus parodias. Maestro de Eddie Murphy, Damon Wayans y Chris Rock, mucho antes de que el espectador español tuviera las primeras noticias de él, en cintas como El ocaso de una estrella y El supergolpe —ambas rodadas por Sydney J, Furie en 1972 y 1973 respectivamente—, Pryor supo asumir con encomiable estoicismo el prototipo de bufón que reservaba entonces el mundo del espectáculo estadounidense a los afroamericanos. Fue así como consiguió sus primeros aplausos contando chistes de negros.

El humor contra los marginados y los diferentes es una execrable tradición en todas partes. Y tampoco es tan raro que sea practicado por los mismos miembros de los colectivos discriminados. Sin ir más lejos, Sammy Davis Jr. hacía chistes de negros. Eso sí, mucho más comedidos. Con todo, parece ser que a Pryor, cuando aún estaba en su sano juicio, le costaba tanto trabajo empezar a despreciarse a sí mismo, para deleite de quienes le reían tan triste gracia, que antes de salir a escena sufría ataques de pánico. De ello fue a dar fe la pianista Nina Simone, quien, en una ocasión en que compartió escenario con él, le sorprendió en dicho trance. Presta a darle ánimos, decidió abrazarle.

Nacido en 1940, en el burdel de Peoria (Illinois) donde trabajaba su madre, que era el mismo antro que regentaba su abuelo, Pryor —como los protagonistas de los poemas de Baudelaire— vino al mundo con la palabra “desgracia” grabada en su frente en caracteres misteriosos. Para redondear el paquete de desdichas infantiles, abusaron de él siendo un niño.

Cuando se nace en una cloaca, hay que saber defenderse —incluso de los pares— desde el principio y Pryor nunca tuvo el coraje preciso, lo suyo siempre fue la bufonada. Billie Holliday, la gran Lady Day, fue mucho más valiente. Nació condenada al mismo destino y expiró con un policía vigilando su lecho de muerte para que no se escapase ni de la ley ni de la Parca. Entre medias dejó grabadas algunas de las canciones más hermosas de todos los tiempos. Se juró a sí misma que nunca iba “a fregar el suelo de ninguna blanca” y no lo hizo. Pryor, muy por el contrario, buscó la dudosa redención que procura la bufonada: la mayoría admite al marginado si le hace gracia. Bien es cierto que con tal afán, guardar el equilibrio, seguir la línea recta, no ha de ser fácil. Si a ello le sumamos el alcoholismo y la cocaína, que perfectamente podía mantenerle durante cinco días despierto, parece ir explicándose tanto desatino.

Admirador de Bill Cosby y el resto de los afroamericanos cultivadores del chiste grato a las audiencias de todas las razas, el joven Richard causa sensación en los clubes neoyorquinos entre 1963 y 1970. Con la nueva década, el actor se cansa de ir a la zaga de Bill Cosby y busca nuevos caminos.

Trasladado a California, en 1972, frecuenta a Huey P. Newton, uno de los fundadores de los Panteras Negras. Esta organización —cuyos miembros no se desrizan el pelo y responden que son “negros” cuando alguien, para no ofenderles, habla de “gente de color”— es la impulsora del orgullo de la negritud. Y allí, precisamente, puede encontrarse el origen de las injurias contra su propia comunidad. Lo que empieza siendo una procacidad, una reivindicación altiva, con el alcohol y la coca acaba convirtiéndose en un delirio, que sería racista si no fuera porque, básicamente, Pryor arremete contra sí mismo y él es negro.

Cuando se presenta en los escenarios de los clubes con esas nuevas fórmulas que aluden a la problemática racial de un modo tan incisivo como inesperado, todo son aplausos. El favor que le dispensan crítica y público es tan grande que, además de cinco premios Grammy por los álbumes donde se recogen sus chistes, consigue que la progresía hebrea de Berkeley le rinda su apoyo incondicional. Así las cosas, además de en las cintas ya citadas, participa en otras muchas. Sin olvidar los espacios televisivos.

En El expreso de Chicago traba amistad con Gene Wilder, de quien volverá a ser compañero en No me chilles, que no te veo y No me mientas… que te creo (Maurice Phillips, 1991). Cuando acaba el rodaje de esta última, Wilder está hasta las narices de Pryor. Como cualquier otro cocainómano, el monologuista es un tipo insoportable. Sus mujeres le dejan una tras otra —estuvo casado siete veces— y no le aguantan los compañeros de trabajo.

Mucho antes, en 1983 para ser exactos, se había vuelto a poner a las órdenes de Richard Donner dispuesto a encarnar al villano de Superman III, pero sus abusos del alcohol y la cocaína ya le estaban pasando factura. El 9 de julio de 1980, enajenado por el polvo blanco, se rocía el cuerpo con ron y se prende fuego a sí mismo. De resultas del supuesto accidente sufre quemaduras de tercer grado en la mitad de su cuerpo. Huelga decir que, a partir de entonces, su humor se vuelve más ácido e introvertido. No volverá a ser el bufón en ningún sitio.

Ya en el 83, mientras se inscribe en un programa para la rehabilitación de su politoxicomanía, los médicos le diagnostican una esclerosis múltiple. Apenas consigue acabar el rodaje de Noches de Harlem (Eddie Murphy, 1990). Desde principios de los años 90, no sale de su casa de Bel Air. Como Christopher Reeve —su antagonista en Superman III—, se ve confinado en una silla de ruedas. Conscientes del lugar que ocupa en la cultura afroamericana, sus amigos le rinden diversos homenajes.

Ya en 1995, el actor da a la estampa su autobiografía Pryor Convictions and Other Live Sentences. Su derrumbamiento es inevitable. Aun así, consigue ponerse a las órdenes de David Lynch para encarnar al Arnie de Carretera perdida. Será la cinta que supondrá el punto final de su filmografía. Murió en diciembre de 2005. Previamente, los dioses le habían vuelto loco.

Imagen de portada: Richard Pryor

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Javier Memba. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 21 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Cine/Teatro/En memoria/Richard Pryor.

 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s