La última llamada de Cesare Pavese.

Acababa de recibir en julio el premio Strega, el más prestigioso de las letras italianas, por ‘El bello verano’, pero se sentía agotado. Decidió quitarse la vida a finales de agosto.

Cuando el conserje del hotel Roma de Turín llega hasta la puerta de la habitación 346 se detiene y mira al director. Están inquietos: desde el día anterior, el huésped extraño con nariz prominente sobre las facciones marcadas y mirada evasiva bajo las gafas no ha salido. Nadie ha llegado preguntando por él y no ha hecho una sola llamada a recepción. Director y conserje saben que semejante acumulación de silencio puede ser la antesala del desastre: por eso se han decidido a subir. Se miran entre sí, mientras el director da un paso al frente y propina tres golpes en la puerta.

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Como nadie responde, el conserje introduce la llave maestra en la cerradura. Entran y son recibidos por la relativa oscuridad del cuarto: el aire está cargado y las cortinas, completamente corridas, filtran la luz ya caliente de la mañana sobre el cuerpo de Cesare Pavese, tumbado en la cama y pulcramente vestido, como preparado para salir a la calle. Sin embargo, sus pies están descalzos: mientras comienzan a zarandearlo, buscan los zapatos con los ojos y los encuentran primorosamente colocados junto a la mesilla. Pero el cuerpo está rígido.

El suicidio de Cesare Pavese la madrugada del 27 de agosto de 1950 se ha convertido ya en un lugar común de la literatura del sacrificio. Deberemos entrar de lleno en esos ojos, que es abordar un mundo y su literatura. Tenemos que mirar lo que hay debajo, o hacerlo como Pavese en sus poemas: interpretando la soledad del mito en su disociación del mundo real.

Escribo en sus poemas, pero no olvido que para Pavese –que había nacido en Santo Stefano Belbo en 1908 y que ahora, cuando el conserje coge el teléfono Siemens negro fijado en la pared para llamar a una ambulancia, aún no ha cumplido los 42 años– siempre concibió su transición a la narrativa como una continuidad en los asuntos que manejó y en los planos de existencia, entre la plenamente corporal y otra simbólica, desde la poesía. Su coloquialismo y la metáfora como relato se marcan por igual en su libro de poemas Trabajar cansa (1936) o en su trilogía formada por El bello verano (1949, que ha merecido el premio Strega), El diablo sobre las colinas (1948) y Mujeres solas (1948).

Aquella noche Pavese llamó a cuatro mujeres. La última fue una joven bailarina de cabaret. Ninguna le contestó.

Podríamos hablar de sus ecos internos, el trasfondo amargo de verbena veraniega que apenas sostiene el sentido de su representación, con personajes jóvenes condenados a reconocerse como meras comparsas en la escena, entre una promesa de dulzura y el acecho vital de lo salvaje, y relacionarlo con poemas iniciales en los que la vida se revela como fascinación de tierra y sangre, de entrega sensual a las pasiones en fiestas saturnales con el macho cabrío abriendo el vientre a las vírgenes en la hierba bajo el sopor de agosto.

Sin embargo, nada de eso está en esa habitación la noche anterior, cuando Pavese se queda solo y decide hacer cuatro llamadas telefónicas. Se sabe que llamó a cuatro mujeres y que la última fue una joven bailarina de cabaret. Ninguna le descolgó el teléfono, pero podemos imaginar que esa última noche, mientras va abriendo los tubos de somníferos, sólo hay un rostro dentro de sus ojos: el de la actriz norteamericana Constance Dowling, con quien ha tenido un breve romance, que lo ha abandonado. Porque hay una constancia de abandono entre las mujeres y Pavese: quince años antes, en 1935, se había enamorado de Battistina Pizardo, “la mujer de voz ronca”, que se aprovecha de Pavese para hacerle recibir en su casa la correspondencia de Altiero Spinalli, miembro del Partido Comunista Italiano.

El favor es muy arriesgado, con las escuadras de Mussolini arrasando cualquier atisbo de resistencia antifascista: no olvidemos que en 1935, Pavese, que se ha licenciado con una tesis doctoral sobre Walt Whitman, ya trabaja en la editorial Einaudi, vigilada por la policía.El joven experto en literatura norteamericana, que ya ha traducido al italiano Moby Dick y también otras obras de William Faulkner y John Dos Passos, es detenido y encarcelado, primero en Roma y luego en Brancaleone; pero no delata a nadie.

Lo liberará el asma, pero antes ha enviado al editor Carocci ocho poemas más para Trabajar cansa, en los que ya plantea los términos de su renovación poética. Gabrielle D’Annunzio, Giovani Pascoli, Giacomo Leopardi con Baudelaire al fondo, el propio Walt Whitman y Edgar Lee Masters acompañan su reflexión sobre un simbolismo como relato en marcha desde lo cotidiano, tocando sus costuras de extrañeza y asombro en lo real. En la prisión de Brancaleone ha comenzado su diario El oficio de vivir –que no se publicará hasta 1952, dos años después de su muerte–, en el que une indagación poética y pasión existencial abocada al castigo, sobre un erotismo descarnado que apenas lo sostiene en el vacío de su propia dureza.

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

–esta muerte que nos acompaña

de la mañana a la noche, insomne,

sorda, como un viejo remordimiento

o un vicio absurdo–. Tus ojos

serán una vana palabra,

un grito acallado, un silencio.

Así los ves cada mañana

cuando sola sobre ti misma te inclinas

en el espejo. Oh querida esperanza,

también ese día sabremos nosotros

que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como abandonar un vicio,

como contemplar en el espejo

el resurgir de un rostro muerto,

como escuchar unos labios cerrados.

Mudos, descenderemos en el remolino.

Cuando sale de la cárcel se encuentra a Battistina Pizzardo casada con su verdadero amor: el militante comunista Altiero Spinnali, por cuyas cartas Pavese había pasado su propia temporada en el infierno. Es su segundo gran golpe vital: el primero, la más expansivo, porque seguramente marcó toda su vida, es la muerte de su padre, por un tumor en el cerebro, cuando Cesare tiene solamente seis años.

Llegaría la Segunda Guerra Mundial, su miedo y más desastres, vendría la muerte y tendría los ojos de Constance Dowling, que había sido la amante de Elia Kazan y tenía una belleza turbadora y felina. Vendría la muerte desde que escribió en su diario, el 10 de abril de 1936: “Sé que estoy condenado, ya para siempre, a pensar en el suicidio ante cualquier inconveniencia o dolor”. Diez años después de su suicidio, escribiría su amigo Italo Calvino: “Se habla demasiado de Pavese a la luz de su gesto extremo, y demasiado poco a la luz de la batalla vencida día tras día contra el propio impulso autodestructivo”.

Actualmente, en este otro verano tórrido de 2022 que también nos parece abocado a un final, puede visitarse la habitación 346 del hotel Roma. Sigue albergando una sola cama, y el teléfono Siemens negro de la pared aún tiene línea. 

Imagen de portada: Cesare Pavese. Foto Archivo Gilardi

FUENTE RESPONSABLE: El Español. El Cultural. Por Joaquín Pérez Azaústre. 27 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Cesare Pavese

 

 

 

 

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