Las dos amapolas

Qué curioso que los olores sean capaces de evocar emociones tan remotas.

Que puedan despertar en nosotros sentimientos que creíamos extraviados o enterrados para siempre en las profundidades de nuestro subconsciente.

Cuando nuestro olfato detecta un estímulo que le resulta familiar, la mente comienza a trabajar afanosamente, a girar sobre sí misma a una velocidad vertiginosa, como el tambor de una lavadora. “¿A qué me recuerda esto? ¿Con qué lo asocio? ¿Y por qué se ha instalado en mi interior?”. Estas preguntas surgen en nuestra cabeza de forma tan repentina que es posible que tardemos días, e incluso meses, en dar con la respuesta adecuada.

En mi caso, el déjà vu tuvo lugar apenas una semana atrás, cuando me disponía a cenar con un amigo. Habíamos quedado cerca de mi casa, por lo que decidí acudir andando al punto de encuentro. En mi camino, pasé por delante de una floristería. Los dueños estaban finiquitando los últimos trámites de la jornada antes de echar el cierre.

No me detuve a observar, ni siquiera por complacer a mi pasado. Las flores habían ocupado un sucinto capítulo de mis gustos infantiles. Durante una época disfruté fotografiándolas y descargando fondos de pantalla para el ordenador. Recuerdo que memoricé algún nombre científico y llegué a distinguir unos ejemplares de otros por la forma de las hojas o el color de los pétalos. Después, aquella afición desapareció, absorbida por el desagüe al que terminarían yendo a parar el resto de mis aficiones.

Pero había algo más, algo que se esforzaba por abrirse paso por mi cerebro, pero se atascaba en el recorrido. ¿Qué diablos sería?

Por fin hallé la explicación. La fragancia que hace una semana se coló por mis fosas nasales me transportaba directamente a la infancia. Cerca del chalé de mi tío, en la parte trasera, entre malas hierbas y árboles deshidratados por la falta de agua, crecían dos espléndidas amapolas. Su color carmesí contrastaba con los tonos apagados del paisaje yermo que se extendía a su alrededor. Yo trataba de cogerlas por el tallo y acababa pringado de ese líquido lechoso que desprenden.

Creo que esa fue la única vez que no me importó tener las manos manchadas. Porque aquello era especial. No sé cómo explicarlo, pero lo era. Lo era para mi yo de diez años.

Tiempo después, conocí a esa persona que pinta de azul los días grises de la adolescencia. No me atrevería a hablar con ella hasta mucho después, y cuando lo hice, fue balbuceando y con todo mi cuerpo temblando como una gelatina.

Hasta que llegó ese día, estuve muy ocupado intentando descifrar dónde había olido antes el perfume que solía ponerse. De su pelo emanaba algo familiar, algo diferente a la típica colonia de flores. No era lavanda, ni rosas. Eran… ¿amapolas?

No, seguro que serían imaginaciones mías.

Hace poco regresé a ese lugar. El paraje seco seguía transmitiendo una sensación de olvido perpetuo. De las flores de color carmesí no había ni rastro, por supuesto.

Aunque eso daba igual. Para mí continuaba siendo especial.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

FUENTE RESPONSABLE: Letralias. Tierra de Letras. Textos de Narrativa. Antonio Otero* Escritor español (Príncipe de Vergara, Madrid, 2000). Estudia Historia y Periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Textos suyos han sido publicados en revistas literarias como En Sentido Figurado, El Narratorio o Almiar. Obtuvo el tercer premio en el XI Certamen “Carta a mi madre” (Rivas Vaciamadrid, Madrid). Escribe reseñas de libros para el blog literario Trabalibros.27 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Narrativa.

 

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