¿Sirve para algo la poesía? Una semana conviviendo con una poetisa ucraniana.

«Para Yuliya hay un tipo de nacionalismo que es bueno y es constructivo, para mí no hay nacionalismo bueno».

Todo el mundo desea pertenecer a un país con una cultura viva, y hablar una lengua que haya servido de herramienta para engendrar alguna obra literaria de la que se pueda presumir (no en vano nos referimos al castellano como la lengua de Cervantes), pero nadie está dispuesto a sostener a los novelistas ni mucho menos a los poetas, los auténticos parias de las letras sin cuyas creaciones una lengua no merecería respeto internacional alguno.

A lo que sí hay bastante disposición es a invitar a los plumillas a dar la chapa en todo tipo de saraos y a pagarles una copa después –ya se sabe que en este gremio a veces uno se conforma con que le presten atención en una sobremesa–. Si uno está de racha, puede que incluso le inviten a una residencia o a un festival de literatura en algún lugar exótico. 

Este verano, que no me salían las cuentas para ir más allá del pueblo de mi abuela, tuve la fortuna de recibir al principio de junio una invitación al Festival de Literatura Mediterránea de Malta, que se celebra en un fuerte de La Valeta la última semana de agosto, y por cuya asistencia me daban además un estipendio diario para comer y una pequeña paga por recitar. 

No sabía absolutamente nada de aquel festival pero acepté siempre y cuando pudiera ir con mi mujer, petición que me fue concedida y vi cómo de repente se nos resolvía esa escapada que todo matrimonio cuarentón debe hacer para huir de su familia y recuperar la condición de novios durante unos días o por el contrario, para comprobar definitivamente que ya la cosa no tiene solución posible.

Nunca habríamos elegido La Valeta como destino para una escapada, pero a caballo regalado ya se sabe. De Malta una persona de mi generación por lo general solo acertaría a decir que es un país al que le metimos doce goles en los ochenta. Si uno es medio cultureta, sabe que a Corto Maltés le da cierto caché de desclasado romántico su condición de maltés y si además ha visto The Maltese Falcon de John Huston, algo le sonará eso de los caballeros de la poderosa orden de Malta. Poco más en todo caso. 

Tras una semana de inmersión profunda puedo hacer una breve introducción al lugar. Malta es el país más pequeño de la UE, es un archipiélago de tres islas cuyo territorio de trescientos kilómetros cuadrados equivale a poco más que la mitad de Ibiza, la mayor de las islas es Malta y está densamente poblada, la menor se llama Comino y está deshabitada y luego hay otra más rural que se llama Gozo. 

En este mínimo espacio se apelotonan medio millón de habitantes además de cantidades ingentes de turistas, que duplican la población de la isla. Ninguna isla en el Mediterráneo tiene un carácter insular tan marcado como Malta. Para empezar este país es junto con Chipre uno de los dos únicos estados insulares del Mediterráneo, pero puede decirse que Chipre está políticamente atada al continente por la ocupación turca del norte de la isla, y también lo está culturalmente al compartir idioma con Grecia y con Turquía. 

El resto de islas de este mar pertenecen a países del continente y ninguna tiene lengua propia a excepción del sardo, que es una lengua en vías de ser sustituida por el italiano.

Estas islas no están atadas a ningún país del continente –de hecho fueron colonia de otras islas, Reino Unido, país del que Malta se independizó en los sesenta– y además posee un idioma propio, el maltés, que tiene su origen en el dialecto árabe medieval que se originó en Sicilia. Es decir, es un idioma surgido en una isla y trasplantado a otra que está ochenta kilómetros más al sur. Por el camino, el maltés ha articulado sobre su gramática árabe miles de palabras italianas, inglesas y de donde hiciera falta, por Malta han pasado todos. 

La Valeta es la encarnación del idioma maltés: decenas de iglesias barrocas desde donde se oyen a ancianos feligreses de ojos negros y tez tostada rezar rosarios en algo que suena a árabe, viejos palacetes bellamente descoloridos y desconchados al más puro estilo italiano, en cada fachada imágenes católicas con velas prendidas que conviven con iconos civiles del mundo sajón como las rojas cabinas de teléfono y los rojos buzones del Royal Mail, coches con volante a la derecha que circulan por la izquierda bajo banderolas y estandartes de santos católicos con sus nombres arabizados, tipo San Girgor il-Kbir. Todo parece una fabricación de una inteligencia artificial a la que se la ha pedido que sintetice un mundo fantástico a partir de datos e imágenes de Londres, Nápoles, una isla griega y un barrio de Argel.  

La comunidad de hablantes es de unos 400.000, y casi todos alternan el maltés con inglés e italiano, pues según me cuentan los organizadores del festival, el maltés sigue teniendo el estigma en su propio país de ser el idioma de la cocina, un idioma doméstico sin el lustre del prestigio literario. 

Este es un estigma contra el que luchan los esforzados organizadores de este festival de bajo presupuesto que tiene entre sus objetivos conectar a autores de países del Mediterráneo con autores locales y promover lazos entre ellos para evitar que el diminuto círculo de la literatura maltesa caiga en la total irrelevancia. Lo que se nos pide pues a los asistentes a este festival es que dediquemos las mañanas que yo esperaba pasar nadando en alguna cala de aguas turquesas a un taller de traducción de poesía, en que todos nos traducimos a todos usando el inglés como lengua franca y preparando el material que será leído en maltés y en otras lenguas en un evento de dos días en un patio del imponente Fuerte de Sant Elmo que guarda la entrada al puerto natural más grande del Mediterráneo, antaño defendido por los legendarios caballeros de la Orden de Malta.

En una pequeña estancia de este fuerte nos reunimos de nueve a 12 el poeta italiano Claudio Pozzani, la poetisa argelina Lamis Saidi, la poetisa ucraniana Yuliya Musakovska, los autores locales Aleks Farrugia, Antoinette Borg y Adrian Grima. 

Yo soy el único que me he presentado al festival con mi pareja, un neceser lleno de cremas de sol, toallas de playa, unos Montecristo para las sobremesas, gafas de bucear y las mejores calas de la isla marcadas en mi cuenta de Google Maps. Tengo claro que esta es mi verdadera semana de vacaciones, pero trato de que no se noten demasiado mis verdaderas prioridades.

Al entrar el primer día en el Fuerte de Sant Elmo, veo que bajo las murallas hay unas rocas con unas precarias escaleras oxidadas para tirarse al agua, casetas de pescadores reconvertidas en merenderos para bañistas locales y un chiringuito favela rio encaramado en la orilla que pone música de los ochenta y anuncia en una pizarra con muy mala letra que hay cheeseburgers y Aperol spritz a módicos precios. 

Es todo lo que necesito para ser feliz, pienso. Marco la ubicación del lugar en WhatsApp y se la envío a mi mujer, aquí es donde nos vamos a encontrar en el momento en que el reloj marque las doce y termine el taller de traducción que justifica mi presencia en la isla.

Soy el único de los invitados internacionales que llega con chanclas, bermudas y una bolsa con accesorios de bañista a nuestro primer encuentro. Lamis Saidi tiene el pelo cubierto con el heyab, y va recatadamente vestida. Yuliya lleva un vestido largo y un gesto perpetuamente circunspecto, Claudio viene elegantemente vestido con camisa y pantalones largos de lino blanco. Los escritores malteses también van con pantalones largos, zapatos y camisa.

Soy consciente de que sin haber abierto la boca he delatado en el primer minuto mis verdaderas intenciones. El resto del grupo hará saber las suyas en una ronda de presentaciones, donde todos revelan de una manera directa o inconsciente su relación con la poesía y sus objetivos para este festival de literatura. 

Yuliya viene desde Lviv, al este de Ucrania, fue la primera escritora en ser convocada porque este año todo festival cultural ha de dar voz a un representante de Ucrania. 

Los poemas que nos trae para traducir son todos muy recientes, es una poesía de tiempos de guerra, explícita, angustiosa y descarnada. Nos hace saber sin tapujos que viene con una misión, tiene un mensaje para la minúscula nación maltesa, está aquí para denunciar a Rusia y tiene reivindicaciones concretas: la cancelación de la cultura rusa mientras dure la guerra y la suspensión de todos los visados a los ciudadanos rusos. 

Malta está llena de turistas de aquel estado terrorista que disfrutan del sol y de la playa mientras el ejército ruso ocupa su país y asesina a los compatriotas de Yuliya. 

Lamis también tiene su agenda política, reivindica la voz de su país y tarda poco en hacer una enmienda a la cosmovisión colonialista, en cuanto le hablamos en francés deja claro que es un idioma que ha dejado de ser la lengua preferente de los intelectuales de Argelia. Los autores malteses nos hablan de su lucha por mantener la pujanza del idioma local, pues un idioma que no produce poesías o novelas que permitan a su comunidad de hablantes asombrarse y entender el mundo en el que viven, es un idioma condenado a muerte: la suya es una misión de supervivencia. 

Claudio es prudente y parco en palabras, un hombre de sesenta y un años muy bien llevados, que tarda en presentarse un cuarto del tiempo que los demás han empleado, se guarda de hacer cualquier proclamación y se limita a decir que es poeta a tiempo completo y que organiza un festival de poesía todos los años en Génova. No hace falta decir más para haber dicho más que todos solo con eso. 

Los demás asistentes han tenido que confesar que tienen empleos en otras cosas, es decir, que a lo sumo son poetas de fin de semana y fiestas de guardar. Busco a Claudio discretamente en internet y veo que por el festival que dirige han pasado nada menos que Lou Reed, Fernando Arrabal, Lydia Lunch, Richard Hell, Jodorowsky y Ferlinghetti.

Tras las presentaciones iniciales, escogemos los poemas de los otros autores que queremos traducir con mimo para que puedan reencarnarse en otra lengua. Todos han hecho el trabajo previo de traducir previamente al inglés –la lengua franca de este taller de traducción– una selección de sus textos, y ahora nos sentamos con los otros poetas para ir revisando verso a verso, preguntándoles qué es exactamente lo que han querido decir en su idioma original, de modo que se conserve la esencia al trasladar imágenes y metáforas por ese alambicado camino que va desde el idioma de partida hasta la lengua franca y de ésta a nuestras respectivas lenguas. 

El resultado final de ese trabajo del taller serán los poemas que leeremos en varias lenguas el fin de semana ante el público maltés que acuda al festival. Yo he sido bastante vago y solo he presentado los únicos poemas que tenía ya en inglés desde hace mucho tiempo, que son los que escribí cuando tenía 22 años, era estudiante de literatura en Boston y solo quería impresionar a alguna chica de clase.

De repente me vi a mis 46 años en bermudas y chanclas, con una intrascendente colección de poemas de amor adolescente, ante poetas que acudían con misiones de enorme trascendencia a aquel pequeño festival en Malta, y empecé a considerar entonces si debía encontrar algún texto con suficiente sustancia para ser presentado al reducido público que se esperaba para el fin de semana y que iba a recibir la tremenda descarga emocional de aquellas poetisas que escriben con la convicción de que sus versos pueden tener un impacto en el mundo, aunque el mundo no sea más que los cuatro gatos a los que aún les importa la poesía en uno de los países más diminutos del planeta. 

Pronto comencé a sospechar que lo que me había parecido una mamandurria que me iba a permitir gozar de una semana en una isla del Mediterráneo a solas con mi mujer tenía el peligro de convertirse en una cuestión filosófica sobre el sentido de escribir poesía, una pregunta de la que afortunadamente me había liberado hace años y para la cual, a estas alturas de la vida, tras comprobar la absoluta irrelevancia de cada verso que he escrito, me hubiera contentado con responder cínicamente que solo había valido para pasar una semana de agosto en Malta. 

Antes de que me diera tiempo a seleccionar qué poemas míos en inglés iba a elegir para recitar, si una oda a una chica que comía sándwiches de mantequilla de cacahuete en el autobús que me llevaba a la universidad u otro sobre la terraza donde tomábamos cervezas tras salir de clase, sonó una ruidosa sirena en el fuerte que no supe identificar. 

Uno de los presentes preguntó qué era eso, y uno de los organizadores malteses nos explicó que en el fuerte la sirena siempre sonaba a las doce. En ese momento se me cayó el bolígrafo de la mano y plegué mi portátil, era la señal para salir corriendo al chiringuito donde me esperaba mi mujer. 

Luego me fijé en la cara descompuesta de Yuliya, la poetisa ucraniana, y en ese momento caí en cuenta que aquella era la típica sirena de alarma para avisar de un bombardeo aéreo –algo que sólo he escuchado en películas. 

Por lo visto, nos explicó el maltés, el fuerte además del escenario del festival de literatura, es sede del museo de la guerra de Malta, y la sirena es una de las atracciones de aquel museo que recuerda cómo la pequeña isla fue inmisericordemente bombardeada durante la segunda guerra mundial. 

Se sucedieron entonces las palabras de consuelo para Yuliya, que tras ese sonido no pudo evitar caer en una profunda angustia y empezar a relatarnos el trauma de su día a día en la Ucrania de hoy donde esas sirenas suenan cada dos por tres. No parecía de recibo salir a por el primer chapuzón del día frente al chiringuito donde ya me esperaba mi mujer, procedía quedarme a escuchar su sobrecogedor testimonio de una guerra que como a tantos, ya empezaba a causarme cierta indiferencia.

Cuando ya pude ir por fin al chiringuito recibí un email de la organización confirmando el orden de las actuaciones para el fin de semana. 

A mí me tocaba recitar justo después de Yuliya, que no solo iba a leer, sino que iba a hacer una auténtica performance multimedia con música y vídeo junto a su compatriota Marijka, una cantante que venía desde Kiev solo para la ocasión. Los poemas de Yuliya que yo había traducido esa mañana no eran precisamente ligeros, y empecé a preocuparme mucho por el ridículo que podría hacer si recitaba una oda a aquella chica a la que observaba comer sándwiches en el autobús a un público que acababa de escuchar a dos mujeres que vienen de la guerra y pronto volverían a ella para declamar versos como estos:

El cuerpo de mi patria

Han estado mirando

Al cuerpo desnudo y destrozado de mi patria.

Tomando y publicando fotos,vídeos en alta resolución.

Se quedaron atónitos, lo denunciaron

Consternados, chasqueaban sus lenguas. 

Animándola y jaleándola en voz alta.

Sorprendidos de que siga viva.

Impresionados por su coraje y resistencia.

Le ofrecieron comida y bebida,toallitas húmedas,un lecho donde dormir,un permiso de trabajo,

todo esto gratis,mientras un perro enloquecido le arrancaba de su cuerpo pedazos sangrientos de carne,una pulgada de su carótida.

Toda una multitud de gente totalmente armada se juntó, pero ninguno se atrevió a tirar del gatillo para evitar la sacudida del retroceso. 

Estaba claro que debía encontrar algo que pudiera mantenerse a flote en la turbulenta estela que dejaría la actuación de Yuliya. En tiempos de guerra la poesía adquiere importancia y se hace por fin útil, es una medicina potente y barata que sirve de soporte emocional en el frente, que ofrece palabras a gente que necesita desesperadamente poner un cierto orden al ruido de la guerra en su cabeza y a la vez es una voz que agita las conciencias de manera más eficaz y perenne que el chorro constante de noticias en la prensa.

A uno le vienen inmediatamente a la cabeza versos de Alberti, Miguel Hernández o César Vallejo compuestos durante la Guerra Civil, que hoy en día son recordados más que ninguna batalla concreta de aquella guerra. 

Pero no basta servir a una buena causa para hacer buena poesía o para hacer buen arte de ningún tipo. De hecho la probabilidad de incurrir en tópicos, cursilerías y  grandilocuencias aumenta cuanto más grande, urgente y terrible sea la causa a la que uno pretende servir. 

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea donde se encuentra escrito en “azul”.

Uno no puede dejar de pensar en algunas esculturas bochornosas que se han hecho con mejor fe que criterio estético a la memoria de las víctimas del terrorismo, sirva de ejemplo el espanto que hay en la Plaza de la República Dominicana  de Madrid o ese cilindro incomprensible que hay en una rotonda frente a la Estación de Atocha. 

Mientras nadaba bajo un baluarte del fuerte de Sant Elmo, que a tantos atacantes habría hecho frente, me preguntaba qué tipo de poeta habría sido yo en una guerra, el que escribe según caen las bombas, el que queda enmudecido y paralizado ante el terror y tarda años en escribir sobre lo vivido o el que abandona su país, y se niega a que la barbarie le dicte con prisas los temas de su poesía y se apodere completamente de su mirada. 

Cernuda que pertenece a este último tipo, escribió esto con lo que no puedo estar más de acuerdo: «Durante los años de la guerra civil hubo excesivo acopio de versos, tanto de un lado como de otro; y aunque la consigna fuera «cantar al pueblo», de un lado, y de otro «cantar la causa», ni unos cantos ni otros, productos de ambas consignas (era inevitable), sobrevivieron al conflicto. La destrucción y la muerte, sea bajo tal o cual pretexto, no se pueden cantar ni mucho menos glorificar; quienes por ellas han tenido que pasar, y sobrevivieron a la catástrofe, acaso puedan utilizarlas más tarde, como experiencias humanas; pero en otro contexto, donde sería ya difícil reconocerlas bajo su apariencia bestial primera.»

Tras una tarde de zozobra en el chiringuito donde me preguntaba qué podía yo recitar después de la poetisa ucraniana, a la vez que me azotaban el tímpano con Glenn Medeiros y la lambada, tuvimos en el Archivo Nacional de Malta un sarao con canapés y vinos para encontrarnos con la crema de la intelectualidad maltesa. 

Allí se le pidió a Claudio, el veterano del grupo, que recitara unos poemas para amenizar la velada y entonces entendimos del todo cómo era posible que alguien viviera de la poesía, y es que Claudio no vive de escribir poesía, sino de actuarla, interpretarla y darle forma a lo que escribe en un escenario. El cuerpo, la voz y los gestos de Claudio se transformaban totalmente cuando entraba en modo rapsoda. No lee sus poemas sino que los interpreta, para él la poesía no es un producto de la mente hecho para ser abandonado en la página de un libro, sino que explora hasta el final las posibilidades físicas de la voz humana, el ritmo del lenguaje y la musicalidad de las palabras. 

Ver y escuchar a Claudio recitar sus poemas en italiano con la misma elegancia y naturalidad con que se viste es comprender que a veces la poesía, como la buena música, ni siquiera necesita que uno entienda la lengua en la que está compuesta, basta con gozar las posibilidades de la voz humana, el diapasón de los versos, la emoción no impostada que vive en los timbres de las sílabas y las inflexiones de las frases. Uno no debe olvidar nunca, pensé, que por mucha fuerza que tenga el poema que elija, la poesía nace muerta en un escenario si no tiene algo de eso gracia que Claudio sabía darle. 

Durante el piscolabis le comenté a Yuliya mi descubrimiento del chiringuito playero en las faldas del fuerte, y le sugerí que viniera a darse un baño al día siguiente. 

Yuliya no estaba para darse baños ni para disfrutar de una semana en el Mediterráneo lejos de la guerra de su país. Me dejó claro que ella venía casi con la actitud de quien viaja en misión diplomática. 

Daban ganas de decirle, «venga mujer, si ya estás aquí, date un buen chapuzón, tómate una cerveza en una tumbona y coge fuerzas para lo que viene, que la cosa va para rato». 

Yuliya me miraba con cara de tú-no-te-has-enterado-de-qué-va-la-vida, y me dice que no tiene tiempo para chapuzones, tiene que ensayar muy bien su performance para el sábado. No sé por qué, me siento algo provocado por su solemnidad y me dan muchas ganas de decirle a Yuliya que yo también he conocido la tragedia en la vida y que no hay que tomarse a uno mismo tan en serio, que no pasa nada por darse un chapuzón, nada va a cambiar por ello, pero no he tomado suficiente vino como para perder del todo la prudencia y me limito a decirle que me parece admirable que de verdad crea tanto en la poesía como para dejar a los suyos en Ucrania y venir hasta Malta a recitar.

Yuliya me dijo entonces que no hay público pequeño ni público de segunda categoría, ella va a todos los sitios donde estén dispuestos a escucharla, lleva ya media docena de festivales y con que pueda dejar su mensaje en un puñado de personas le basta, cada persona y cada corazón ganado para su causa es importante, igual que lo es que el testimonio de la guerra no llegue solo por las noticias, sino por lo que alguien que está ahí pueda contar de viva voz. 

La poesía para ella es muy importante, no puede entenderlo de otra manera, sobre todo cuando hay una potencia como Rusia negando que exista tal cosa como la nación ucraniana, es la poesía la que da identidad, sustancia y adherencia emocional a una lengua me viene a decir y me recuerda que cuando Stalin empezó con sus purgas (Rusia nunca fue buen vecino por lo visto), lo primero que hizo en Ucrania es aniquilar a los escritores y poetas que a principios del siglo XX habían empezado un resurgir de la cultura ucraniana y reivindicaban con sus escritos una lengua que hasta entonces estaba considerada como un dialecto de campesinos. 

Para Yuliya hay un tipo de nacionalismo que es bueno y es constructivo, para mí no hay nacionalismo bueno, y quisiera haberle dicho que la principal razón de sus males es el nacionalismo de su agresor. 

Siempre me pareció que todo nacionalista piensa que hay un nacionalismo bueno, que es el propio, y otro malo que es el del vecino, pero no le digo nada a Yuliya porque esta ya es la opinión de quien ve con enorme escepticismo y cierta aversión cualquier intento de ser la voz de un pueblo. 

Seguramente en momentos de enorme oscuridad hay quien necesite que alguien le de una voz con la que pueda hablar bonito, y Yuliya siente que eso es lo que puede hacer en esos momentos por su gente, poner su habilidad al servicio de la causa. Para ella estar aquí no es fácil, cuando se separa de su hijo y su marido (que tiene algún tipo de discapacidad) para acudir a uno de estos festivales, pasa tanto miedo de que les ocurra algo en su ausencia que estos se trasladan a Polonia hasta que ella termine su actuación y entonces vuelven todos juntos a casa. 

Y lo cierto es que no se puede saber qué va a pasar, cada día hay un castigo aleatorio a los civiles, como aquellos que iban en un tren y les cayó un misil probablemente como represalia por el coche bomba en Moscú. Esto pasó estando nosotros en Malta, y Yuliya no pudo llegar a las nueve de la mañana al taller de traducción por la enorme angustia que le había generado esa noticia. No la vi relajada ni un minuto hasta que terminó su performance, que acompañó de un discurso en el que pidió enardecida el boicot total a Rusia y el cierre de fronteras ante un público conmovido.

«A veces ayuda ponerle palabras a los sentimientos, para eso sigo creyendo que sirve la poesía, porque los sentimientos que no aprenden a hablar tampoco saben callarse, solo hacen ruido, cuando no aúllan, gimen»

A mí me tocó subir después al escenario, pensé en hacer una broma y decirles que si pensaban que yo les iba a subir un poco el ánimo después de lo de Yuliya, iban listos, pero opté por no hacer la gracia. 

Al final había escogido el último poema que había escrito, que es un poema de duelo para una amiga que perdió a su hermano el otoño pasado, unos días antes del noveno aniversario de la muerte del mío. Apenas escribo poemas ya, pero como dice Yuliya, es cierto que a veces ayuda ponerle palabras a los sentimientos, para eso sigo creyendo que sirve la poesía, porque los sentimientos que no aprenden a hablar tampoco saben callarse, solo hacen ruido, cuando no aúllan, gimen. 

Por otro lado, aquellos sentimientos que no encuentran palabras adecuadas terminan por enloquecernos. El puñado de poemas que he escrito en los últimos diez años es sobre el duelo y han sido para consumo privado de familiares y amigos, pero escribo de los dramas que nos van a ocurrir a todos, y es que aún después de haber convivido una semana con Yuliya y de traducir sus poemas sobre la guerra, sigo pensando que el hombre no tiene más patria que la muerte ni más pueblo que el de los vivientes. 

Invité a Claudio a que leyera con su voz prodigiosa la traducción de mi poema al italiano (lengua que casi todos entienden en esa isla) y después a Antoinette Borg, escritora maltesa, a leer su traducción al maltés. 

Cuando ya el público maltés lo había entendido en su idioma, lo leí yo en español para que vieran cómo sonaba y traté de infundirle algo de esa vida que Claudio da a lo que lee en alto. No naufragué en la estela de Yuliya, más bien supe aprovechar el estado en que me dejó al público y tras ese poema inicial les llevé a otros poemas más risueños y adolescentes sin problema.

Para entonces Yuliya se estaba tomando por fin una copa de vino con una sonrisa en la cara, su misión estaba cumplida, ahora podía disfrutar por fin de la belleza de La Valeta y del buen ambiente de ese pequeño festival hasta la mañana siguiente en que volvería a Ucrania. Yo brindé con ella, le di un abrazo y le prometí que cuando llegara de vuelta a España, escribiría esta crónica e incluiría los poemas suyos que había traducido, por si es cierto que la poesía sirve para algo. Uno ya lo he puesto, aquí tienen los otros dos: 

El niño espartano

La guerra que has estado llevando

En el bolsillo de tu camisa

te ha roído cual zorro un agujero.

Tu corazón no deja de caerse.

Estoy zurciéndote ese roto,

Juntando firmemente los bordes

Con mis dedos tiesos y entumecidos.

Espero que se mantenga cerrado un poco más. 

Cuando la ciudad se duerme

Despiertan negras orugas: las cicatrices

Que un día serán esas polillas con el dibujo de una calavera en el lomo.

La ciudad exhala vapor por su nariz

Y dispone sus colinas como cuernos.

Tienes visiones de los rostros de tus compañeros

Al fondo del lago–

Es cuento infantil que se ha hecho real.

Daba igual que fueras un niño educado, que respetaras a los mayores, y te contentaras con poco.

En realidad no existe tal cosa como la justicia.

La taza rayada de acero de la que nunca te desprendes,

Tu sueño ligero, y tu odio acérrimo a los fuegos artificiales.

Qué afortunado, pudo haber perdido mucho más,

Está casi entero, dicen.

Me has escogido por mis dedos hábiles y sensibles.

Me siento cómodo sujetando una aguja con ellos. 

El zorro se asoma fuera de tu bolsillo,

Relamiéndose los belfos, recordando a qué sabía mi pájaro de la paz.

La oración de mi madre

Oigo a mi madre llorar por primera vez,

está al teléfono.

Una flor recia y radiante, mi madre.

Una belleza del Cáucaso, a sus sesenta y ocho.

Un puerto seguro con su ciudadela.

Madre mía, una encarnación

De los diez mandamientos,

Consuelo y apoyo para su vecino.

¿Cómo puede un humano hacerle esto a otro?

¿Qué lo hace posible?

¿Por qué no se los ha tragado la tierra,a estos brutos,¿Por qué no los ha devuelto al útero?¿Por qué el rayo no les ha fundido?

El bárbaro hiede a vapores de alcohol y podredumbre,degollando el nuevo día con dedos sucios y voraces.

Rompe huesos, alegre en la matanza de todo cuanto vive en extático ritual de autodestrucción.

Madre, mi flor, no llores más.

Verás como al final la oscuridad les consume,cómo Cristo solo ha sido temporalmente suplantado por el severo Dios del Antiguo Testamento.

Imagen de portada: Aaron Burden | Unsplash

FUENTE RESPONSABLE: The Objective. Por Jacobo Bergareche.Creador y productor de varias series de televisión. Director de proyectos de ficción en Onza TV. Autor de ‘Playas’ (TF Editores, 2004), ‘Estaciones de Regreso’ (Círculo de Tiza, 2017), ‘Aventuras en Bodytown’ (Beascoa, 2017) y ‘Los Días Perfectos’ (Libros del Asteroide, 2021). 2 de septiembre 2022.

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