La expansión de la industria cinematográfica y audiovisual coreana.

Una nueva edición del Festival de Cine Coreano en Buenos Aires más la presentación de un libro ayudan a repensar una industria cultural prolífica y en crecimiento.

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“Durante el último lustro de los noventa, mientras la República de Corea emergía de una seguidilla de gobiernos militares de corte represivo, el cine de la región salía, por primera vez, a competir en el mercado internacional. Ya no se trataba simplemente de producir películas para el consumo interno, sino de generar los mecanismos para que la producción cinematográfica encontrara un público más allá de las fronteras de la península. Corea volvía a reunir a su cine con los espectadores, al tiempo que encontraba un nuevo público dispuesto a reconocerse en la pantalla a pesar de todas las diferencias lingüísticas y culturales, además de aquellas ligadas a los modelos narrativos y genéricos. Se habló incluso de un milagro, pero lo cierto es que la historia del cine coreano es, en el fondo, un relato de muertes y resurrecciones”. 

El autor del párrafo es el periodista Diego Brodersen, especialista en el tema y pertenece al libro “Cine Coreano en Argentina, una historia de película” de muy reciente edición en el marco del Festival dedicado a esa filmografía que se lleva adelante del 1 al 7 de septiembre en el complejo Cinemark de Palermo.

infohttps://drive.google.com/drive/folders/1yVupv7srANXUD58P2srXR9IIYY2_j_7N

El Han Cine, así se llama este encuentro cinéfilo, ha llegado a su novena edición. Nueve años que coinciden con el constante avance de una industria cultural que se expande a partir de políticas claras que entendieron el valor cultural y económico que eso podría reportar. 

“La edición de Cine Coreano en Argentina, una historia de película no está terminada” comenta Gabriel Pressello, gestor del Centro Cultural Coreano en Argentina y compilador de la obra, además de sumar su mirada y experiencia aportando algunos textos. Y, como señala en su comentario en el mismo libro, espera que sea un paso adelante para afianzar y ampliar esa relación que se sostiene con el país oriental. 

El libro es un abordaje íntegro al cine coreano desde distintas variables: hay análisis de algunas películas, artículos acerca de sus directores destacados, pero también sobre el fenómeno del cine coreano en relación a otros movimientos como el K-Pop, el circuito gastronómico, series locales, el K-drama y la amplitud de su cine de género. Todos los artículos son cortos, desarrollados por varios periodistas y críticos argentinos. 

Es una hermosa edición en formato físico que no ha salido a la venta pero hay partidas que se han enviado a bibliotecas, distribuido para sorteos y como regalo en diferentes medios. Lo interesante, y muy destacable, es que la misma edición en PDF está disponible para todo el público de manera gratuita.

El texto es una introducción impecable y el acercamiento más acertado, hasta ahora, para entender un fenómeno mundial que tiene un andar de 30 años y que ha sido tremendamente influyente en el contexto de la cultura popular. 

El parásito y el calamar

En solo 17 días tuvo un visionado de más de 100 millones de personas. Así se convirtió en el estreno con mejor performance en toda la historia de la plataforma Netflix, superando a su anterior perla, Bridgerton. Obviamente se trata de El Juego del Calamar, esa visceral serie coreana que impactó en el mundo entero como una metáfora lúdica de la sociedad capitalista del nuevo siglo. 

Para muchos se trató de una sorpresa pero, para otros, un ejemplo más, un exponente de un proceso que se viene gestando con fuerza y que tuvo su expansión absoluta en los últimos veinte años. Corea es uno de los pocos países del mundo en los que se ve más cine local que tanques de Hollywood u otras filmografías extranjeras. También tiene una de las cuotas más altas de consumo de cine per cápita a nivel mundial. y eso se debe a una promoción de la industria que tuvo un programa claro de expansión a partir de la década del noventa. 

Parasite lleva recaudados desde su estreno, por taquilla, 263 millones de dólares. Su costo fue de “solo” 11 millones. Son las películas que más ama la industria y reciben la bendición de los principales productores mundiales; aquellas que multiplican por varias decenas la inversión inicial. 

Pero no solo eso, además de llevarse la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes entre otros galardones, fue la primera película de habla no inglesa en la historia en ganar un Oscar a mejor film. Su proyección fue maratónica, pero el cine de Bong Joon-ho ya había demostrado que había que prestarle atención con la coproducción con Hollywood de Snowpiecer (que protagonizan Chris Evans, Jamie Bell y Tilda Swinton) y la película para Netflix, Okja, que también tuvo su paso por Cannes. Pero, además, había llamado la atención con su ópera prima del año 2000, Barking Dogs Never Bite, la excelente Memorias de un Asesino y la obra maestra The Host, que hoy puede verse en Netflix. 

Bong es un emergente de esta ola de directores coreanos que protagonizaron este proceso de éxito durante los últimos veinte años. Junto a él se suman los nombres de Park Chan-wook, Hong Sang-soo, Lee Chang-dong y el más conocido y recientemente fallecido, Kim Ki-duk. Todos autores diferentes que abrevan en los géneros clásicos para dotarlos de identidad propia y consolidar un cine que pelea palmo a palmo con el mega imperio de la industria de Hollywood. 

El Festival Han Cine y el libro Cine Coreano en Argentina, una historia de película son una excelente oportunidad para ingresar en este fenómeno y disfrutar de una filmografía exquisita en todas las variables posibles. 

Imagen de portada: El constante avance de una industria cultural que se expande a partir de políticas claras que entendieron el valor cultural y económico que reporta

FUENTE RESPONSABLE: El Economista. Argentina. Por Pablo Manzotti. 4 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Argentina/Corea/Industria cinematográfica y audiovisual.

 

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