Wenceslao me dejó nocaut

Lo he dicho, y escrito, más de cuatro veces: soy un lector aborrecible mente frívolo: en la literatura sólo busco placer. 

Allá por mi adolescencia no pensaba así y, debido a engañosa ética originada en mis deseos de aprender, me sentía obligado, una vez comenzada la lectura, a recorrer hasta la última palabra de un libro, no diré “objetivamente malo”, pero sí “subjetivamente insoportable”.

Conducido por tan absurdo principio, arribé, con la lengua afuera, las rodillas flojas y los pulmones acezosos, a la página final de novelas tan enemigas de mis gustos como Las afinidades electivas de Goethe y Salambó de Flaubert. Y no fueron las únicas.

Alrededor de mis veinte años me curé de esa demencia, no senil, sino juvenil, y, desde entonces, abandono de inmediato la lectura de todo libro agresivo, sin importarme las loas o los laureles dispensados a sus autores. No creo ser el único, aunque no dejan de alarmarme personas que, según creo, simulan disfrutar de obras evidentemente diseñadas para torturar a quien se atreva a visitarlas.

Veamos cómo empiezan, entre tantas, cinco novelas de las que me declaro admirador:

1

Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé Gonzales y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone…

 

2

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

 

3

Si he de resultar yo el héroe de mi propia vida, o si ha de ser otro quien ocupe este puesto, es cosa que deben decir estas páginas. Para empezar el relato de mi vida por el principio de la misma, dejo constancia de que nací un viernes, a las doce de la noche, según me contaron y yo lo creo. Un detalle que llamó la atención fue el de que comenzamos simultáneamente, el reloj, a dar la hora, y yo, a llorar.

 

4

Seguramente se había calumniado a Josef K., pues, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana. La cocinera de su patrona, la señora Grubach, que le llevaba todos los días su desayuno a las ocho, no se presentó aquella mañana. Nunca había sucedido eso.

 

5

Yo soy, señor, lo que vulgarmente se llama un hombre sin carácter. Usted ya se habrá dado cuenta. Basta mirarme, basta tratarme un poco, y mi falta de carácter sale a la luz. ¿A qué negarlo? Es como si en una conversación un mudo pretendiera ocultar que es mudo. A mí me pasa lo mismo.1

 

Los cinco autores me han suministrado, cada cual a su manera, sensatas informaciones que —¡albricias!— logré comprender en una décima de segundo: Lázaro nació en el río Tormes, ojalá su padre sea perdonado por Dios; Cervantes no quiere acordarse del nombre de un lugar; Dickens señala que el llanto del recién nacido coincidió con las campanadas del reloj; Kafka conjetura que alguien habría calumniado a Josef K.; Denevi presenta a Adalberto Pascumo como un hombre sin carácter. En resumen, me han franqueado las puertas de sus creaciones y me han invitado a visitarlas. 

Así lo hice y, en efecto, fue acertadísima decisión, ya que las cinco novelas me han proporcionado abundantes delicias.

Varias derrotas

Ahora bien, en distintos momentos de mi vida, y tal vez encandilado por tantas luces laudatorias que caían sobre cierto autor, llegué a dudar de mi criterio e intenté penetrar en una novela que comienza así:

Parece no escuchar el ladrido de los perros ni el canto agudo y largo de los gallos ni el de los pájaros reunidos en el paraíso del patio delantero que suena interminable y rico, ni a los perros de la casa, el Negro y el Chiquito, que recorren el patio inquietos, ronroneando excitados por el alba, respondiendo con ladridos secos a los llamados intermitentes de perros lejanos que vienen desde la otra orilla del río. La voz de los gallos viene de muchas direcciones. 

Con los ojos abiertos, echado de espaldas, las manos cruzadas flojas sobre el abdomen, Wenceslao no oye nada salvo el tumulto oscuro del sueño, que se retira de su mente como cuando una nube negra va deslizándose en el cielo y deja ver el círculo brillante de la luna; no oye nada, porque cincuenta años de oír en el amanecer la voz de los gallos, de los perros y de los pájaros, la voz de los caballos, no le permiten en el presente escuchar otra cosa que no sea el silencio.2

Sin duda, este párrafo —de lenta comprensión, en mi caso— ha de atesorar detalles fascinantes, símiles maravillosos y metáforas prodigiosas que, sin embargo, no logro percibir. Al llegar a la palabra silencio, perdí por nocaut y me resigné a no conocer algo más sobre Wenceslao.

Una pena.

Imagen: Cubierta de portada de “El Limonero Real” de Juan José Saer.

FUENTE RESPONSABLE: Letralia. Tierra de Letras. Por Fernando Sorrentino. 16 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Crítica literaria.

 

 

2 comentarios sobre “Wenceslao me dejó nocaut

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