El eslabón pérdido de la historia india: la Ciudad de Mohenjo-Daro.

Varios arqueólogos británicos sacaron a la luz, hacia 1925, dos grandes ciudades de 2500 a.C., Mohenjo-Daro y Harappa.

El Nilo, el Tigris y el Éufrates, y el Huang He y el Yangtse fueron los principales y directos responsables del surgimiento de las primeras civilizaciones de la historia: Egipto, Mesopotamia y China. Pero a orillas de otro imponente río, el Indo, se descubrió a inicios del siglo XX una civilización desconocida: la cultura del valle del Indo.

Hasta entonces, los restos arqueológicos más antiguos de la región india (India y Pakistán) eran las estupas budistas del norte, datadas hacia el siglo I d.C., aparte de algunas evidencias prehistóricas en el sur. El hallazgo de las ciudades de Harappa y Mohenjo-Daro («la colina de los muertos») permitió, como dijo el arqueólogo británico John Marshall, uno de sus descubridores, «ampliar nuestro conocimiento de la civilización india en al menos 3.000 años, demostrando que en el III milenio a.C., o incluso antes, las gentes del Punjab y el Sind vivían en centros urbanos bien organizados y poseían una avanzada tecnología».

Pero el hallazgo de esta nueva civilización estuvo a punto de perderse para siempre justo antes de nacer. En 1856, poco después de que el Imperio británico se anexionara el actual territorio de Pakistán, se decidió construir una línea de ferrocarril que uniera Karachi y Lahore, y se encargó la obra a los hermanos e ingenieros John y William Brunton.

DE GRAN CIUDAD A CANTERA

John, que trabajaba en el sur, se encontró con el problema de conseguir balasto (gravilla) para las vías del ferrocarril y se le ocurrió que podría encontrarlo en una «vieja ciudad de ladrillos en ruinas» conocida con el nombre de Brahminabad. Tras comunicarle a su hermano su idea, éste hizo lo propio en otra ciudad abandonada en la región del Punjab, cerca del pueblo de Harappa, que estaba totalmente edificada con ladrillos cocidos.

Harappa fue desmantelada por completo, tal como recordaría años después el arqueólogo Alexander Cunningham.

Sello de terracota en el que se representa una figura masculina. Mohenjo-Daro. Foto: Cordon Press.

Sin conceder importancia alguna a sus vestigios, Harappa fue desmantelada por completo, tal como recordaría años después el arqueólogo Alexander Cunningham: «Las ruinas de Harappa son las más grandes del curso del río Ravi. En conjunto miden casi 4 kilómetros de perímetro. Las paredes eran muy macizas, pero apenas queda nada, pues el material se usó para construir la vía del tren. Para hacernos una idea de la extensión originaria de Harappa basta pensar que los ladrillos sirvieron de firme para la línea ferroviaria entre Lahore y Multan, de 160 kilómetros de longitud».

EL RESURGIR DE UNA CULTURA

Cunningham era general del ejército británico e ingeniero jefe de las provincias del norte; también era un gran amante de las antigüedades, y dedicó todos sus esfuerzos a fomentar el estudio, la publicación y la salvaguarda del patrimonio indio. En 1860 se fundó el Archaeological Survey of India (Servicio Arqueológico de la India), del que Cunningham formó parte como arqueólogo y luego, entre 1870-1885, como director general. Fue él quien, al adquirir unos sellos cuadrados de esteatita que los obreros guardaron tras la destrucción de Harappa, se dio cuenta de la antigüedad e importancia de aquel yacimiento.

Sello de esteatita y su impresión, descubierto en Harappa, Pakistán. Foto: Cordon Press

Pero no fue hasta la década de 1920 cuando se produjo ese «gran salto» del que hablaba Marshall. El interés por los contactos entre el mundo clásico y el oriental condujo a este experimentado arqueólogo a presidir el Archaeological Survey entre 1902 y 1928. Al igual que Cunningham, Marshall llevó a cabo un amplio programa de actividades y de modernización de los métodos de trabajo, y por primera vez incluyó a arqueólogos indios en el equipo. 

Fueron precisamente ellos quienes llevaron a cabo las primeras excavaciones tanto en Harappa, por parte de Daya Ram Sahni en 1920, como en Mohenjo-Daro, en la región del Sind, unos 600 kilómetros más al sur y cuyo descubrimiento en 1922 debemos a R. D. Banerji. Al principio éste creyó que aquellos restos pertenecían a la época de las estupas budistas, pero las investigaciones posteriores, en las que participó Marshall, revelaron que se trataba de una civilización que se remontaba al año 2500 a.C., tan desarrollada y brillante como las de Egipto y Sumer.

Marshall llevó a cabo un amplio programa de actividades y de modernización de los métodos de trabajo, y por primera vez incluyó a arqueólogos indios en el equipo.

Las campañas de excavación dejaron al descubierto unas ciudades impresionantes, con más de 100 hectáreas de extensión y una población de entre 40.000 y 70.000 habitantes, con murallas de nueve metros de altura y un perfecto sistema reticular basado en cruces de anchas calles en disposición cardinal. El hallazgo de miles de sellos ponía de manifiesto una rica economía y la presencia de un sistema de escritura (aún no descifrado) vital para aquellas comunidades urbanas.

EXCAVACIONES MODERNAS

Tras Cunningham y Marshall, el siguiente personaje importante en la historia de Harappa y Mohenjo-Daro fue un nombre ilustre de la historia de la arqueología, Mortimer Wheeler, quien dirigió el Archaeological Survey en 1940-1944. Si sus predecesores fundaron y mejoraron los trabajos arqueológicos en esta zona, Wheeler condujo la arqueología a la era moderna al dotarla de un sistema basado en la estratigrafía, sobre la cual se apoya la ciencia arqueológica actual. 

En sus intervenciones en ambas ciudades, Wheeler llevó a cabo los primeros y seguros registros estratigráficos, con tres niveles para Harappa y hasta nueve para Mohenjo-Daro. También modernizó el concepto de arqueología para convertirla en una ciencia: «En casi todos los sitios que he visitado –constató– hay evidencias de que el trabajo ha sido realizado por aficionados, por hombres ansiosos, sin suficiente experiencia para hacer una buena labor».

Wheeler llevó a cabo los primeros y seguros registros estratigráficos, con tres niveles para Harappa y hasta nueve para Mohenjo-Daro.

Gran piscina en el yacimiento de Mohenjo-Daro, en Pakistán. Foto: iStock

Otra de sus aportaciones fue hacer que las excavaciones sirviesen como práctica a los estudiantes. En una época y una zona con una amplia diversidad cultural y religiosa, ello traía consigo fricciones, pero Wheeler supo ponerles freno: «Aquí todos somos iguales; yo no distingo entre sijs, persas, hindúes o musulmanes; todos somos arqueólogos y si a alguien no le gusta, que se vaya».

Así pues, el descubrimiento de Harappa y Mohenjo-Daro no se debe a una sola persona, sino a un grupo de esforzados arqueólogos que, aportando cada uno lo mejor de sí mismo, recuperaron una de las primeras culturas del mundo: la civilización del Valle del Indo.

Imagen de portada: Al fondo de la imagen, estupa de budista en Mohenjo-Daro, en Pakistán. Foto: iStock

FUENTE RESPONSABLE: Historia National Geographic. Por Felip Masó. 19 de septiembre 2022.

Arqueología/Civilizaciones/Descubrimientos.

 

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