Y sombra y adiós

La ventana de Marías

Tuvo que ocurrir a mediados del mes de junio de 2006, porque fue por esas fechas cuando me avecindé durante cerca de dos semanas en Madrid por un asunto que no viene al caso. El verano anterior había publicado mi primera novela, que pasó bastante inadvertida y de la que conservaba unos cuantos ejemplares que no había llegado a regalar a nadie. Aún no habían irrumpido en nuestras vidas las redes sociales —o no con la fuerza que cobrarían poco tiempo después— y no era fácil contactar con personas desconocidas por las que se sentía respeto o admiración. 

Quiero decir que alguien como yo, que vivía en la periferia de la periferia, no tenía manera de entablar una cierta relación con escritores o periodistas a los que seguía en la distancia si no era por vías muy rudimentarias que no ofrecían la menor garantía de éxito. De ahí que, cuando hice la maleta para instalarme esa quincena en Madrid, metiera algunas copias de mi libro de la que sólo una tenía un destinatario concreto. Sabía que Javier Marías era cliente de la librería Méndez, en la calle Mayor, y conocía el establecimiento porque yo mismo lo había frecuentado durante otro breve periodo en el que había residido en la capital. 

Gracias a los buenos oficios de su responsable, Antonio, había dado entonces con un par de ediciones raras de Juan Benet, y era raro que al cabo del mes no me pasara entre dos y tres veces a curiosear por sus estantes. Así que una mañana me acerqué hasta allí con mi librito bajo el brazo y, tras presentarme debidamente —ya me habían olvidado, como era lógico, llevaba cuatro años sin aparecer y supongo que mi aspecto había cambiado lo suficiente como para no identificar a quien era entonces con el que había sido un tiempo antes—, espeté el breve discurso que había ido ensayando por el camino: que unos meses atrás había salido a la luz mi primera novela, que estaba interesado en hacérsela llegar al señor Javier Marías y que había pensado que podía dejarla allí, en la librería, para que se la diesen en mano cuando hiciese acto de presencia.

Antonio, con su amabilidad acostumbrada, me respondió que por supuesto, que no había el menor problema, que él se encargaba. Improvisé allí mismo, en las páginas de respeto del ejemplar que llevaba bajo el brazo, una dedicatoria que ya no recuerdo y añadí, sin demasiadas esperanzas de que fuera a servir para algo, mi dirección de correo electrónico y mis señas postales. Luego me fui y pocos días después, finalizadas las obligaciones que me habían convertido en madrileño accidental, regresé a Gijón. Pocas fechas más tarde, el 30 de junio, leía en El País que la Real Academia Española incorporaba a Javier Marías a sus filas. 

Lo recuerdo porque conservo el recorte y porque, poco después de que mis ojos se encontraran con la noticia, llamó al telefonillo el cartero. Me traía un paquete procedente de la capital que contenía un ejemplar de Ehrengard, el relato largo de Isak Dinesen que Marías había traducido y recuperado en la editorial Reino de Redonda, creada por él mismo. También él me había dejado en las páginas de respeto una dedicatoria manuscrita: «Para Miguel Barrero, con el permiso de la Baronesa, este cuento que, a diferencia de los míos, sí puede no ser mortal», decía, y al releerla ahora pienso que tal vez yo en la mía le había explicado que el volumen de relatos Cuando fui mortal fue el primer libro suyo que cayó en mis manos. 

Añadía: «Gracias por tu libro, que leeré cuando acabe mi novela eterna. Y saludos.» No creo que llegara a hacer lo primero —y menos mal—, pero por suerte sí hizo lo segundo para que la literatura española encontrara en Tu rostro mañana una de sus obras mayores. Recordaba el otro día esta historia con mi amigo Lorenzo Rodríguez Garrido y él me contaba que se sentía reconocido al leer en las redes hasta qué punto se había extendido una costumbre que él y yo creíamos propia de unos pocos chalados y que ha resultado ser patrimonio de más gente. 

Me refiero al hábito de alzar la vista cada vez que se pasea por la Plaza de la Villa para echar un ojo a las ventanas del tercer piso del inmueble que hace esquina con la calle Mayor, por ver si en una de ésas daba la casualidad de que se asomaba Marías a tomar el aire, o al menos se lo divisaba paseando por la casa, al otro lado de los cristales. Lorenzo me cuenta que una vez incluso llegó a aventurarse en el portal, burlando la vigilancia del portero, para fisgar en los buzones. Yo no conseguí distinguirlo nunca, pero en los atardeceres tempranos sí llegué a ver las luces encendidas y, al fondo, la estantería altísima que casi tocaba el techo y que me imaginaba llena de volúmenes envidiables. 

La última vez que practiqué el rito fue el pasado mes de julio, cuando pasé por allí con mi querido Javier Serena, otro miembro sagaz del club de lectores de Marías, y bromeamos con la posibilidad de llamar al telefonillo, o de entrar por las bravas y tocar en su misma puerta, a ver qué pasaba. 

Me acuerdo de los dos, de Lorenzo y de Javier, cuando me entero de que Marías se ha ido de viaje al revés del tiempo, de que ya no ganará el Nobel que todos dimos por hecho que obtendría, de que ya no podremos discrepar de sus columnas ni embelesarnos con nuevas prosas, y hay un frío raro que recorre la columna vertebral y se atrinchera en un recoveco del ánimo al que no sé poner nombre. Era tan bueno que cualquier adjetivo que se le pueda colgar suena manido. Alguien comenta en broma que esa ventana de Marías que muchos espiábamos desde la Plaza de la Villa era una especie de lucecita del Pardo para sus lectores, y da pena constatar que no se encenderá más, o no del mismo modo, y que poco a poco iremos perdiendo ese vicio de elevar la mirada para intuir lo que pudiera haber tras sus cristales porque ya no habrá allí nada que nos interese especialmente. 

En eso consiste vivir, en cierto modo: en ver cómo las cosas que a uno le atañían dejan poco a poco de estar y cómo queda tan sólo su sombra, y cómo ésta resulta ser el preludio del adiós.

Ruido

Como siempre que caigo por Madrid en estos últimos tiempos, me sorprendo en más de un momento acongojado por el ruido. Lo que en mi juventud identificaba con el fragor de la gran urbe y las promesas de felicidad que anidaban en unas calles en las que podía pasar de todo a cualquier hora se ha convertido, ahora que sobrepaso los cuarenta, en un molesto telón de fondo que dificulta la conversación y directamente imposibilita los paseos demorados. 

Mientras caminamos desde Sevilla a Recoletos, comento con Ana que no recuerdo, en los últimos veinte años, una sola vez en la que no se estuviera ejecutando ninguna obra en las manzanas que separan la Puerta del Sol de la Plaza de Colón. Con todo, no sé si por la edad, el ruido parecía más soportable entonces que ahora, cuando ya se ha extendido a todos los rincones y resulta casi imposible dar con una esquina a la que no llegue el runrún de los motores, el rugido estridente de máquinas diversas, el eco de voces que gritan más que hablan y el rastro de una agitación sobreactuada que parece contaminarlo todo. 

Hay, no obstante, otro ruido aún peor porque no llega a los oídos, pero termina por interferir en el diálogo que cualquier ciudad mantiene con quienes la habitan o están en ella de paso y que tiene que ver con el crecimiento indiscriminado del turismo. Me ocurre desde hace tiempo en Barcelona —donde siempre tengo la impresión de que el centro urbano se ha convertido en una gran franquicia diseñada para el único disfrute de los huéspedes extranjeros—, me ocurrió hace unos años en Toledo —donde vi cómo el casco antiguo languidecía en cuanto marcaban los relojes la hora a la que salían de vuelta los autobuses que habían traído desde Madrid a unos cuantos grupos de viajeros, cientos o miles— y me ocurre ahora en esta ciudad que se había mantenido razonablemente a salvo pero ha terminado por caer, ella también, en el error de asimilarse a cualquier otra capital del mundo. 

Es la gran paradoja de nuestro tiempo: todos viajamos con el supuesto afán de conocer otras realidades, pero todos buscamos o pretendemos encontrar en nuestros destinos lo mismo que dejamos en nuestros lugares de origen. No pontifico ni me excluyo de la tendencia. Hace unos meses, en Montreal, una complicación aeroportuaria me dejó sin equipaje y recurrí a una conocida cadena española de ropa para hacerme con unas provisiones mínimas, pero lo que en mi caso fue algo puntual parece generalizarse, a tenor de las marcas que se repiten con insistencia a lo largo y ancho del mundo. 

Aquí y allá se ven los mismos establecimientos comerciales, las mismas marcas de comida rápida, —y si no son exactamente los mismos, sí están cortados por el mismo patrón— las mismas propuestas para llenar las horas de ocio, como si la globalización conllevara una renuncia a la identidad, una homogeneización de lo diverso a mayor gloria de las grandes corporaciones y en detrimento de las particularidades locales. 

Como si en silencio y sin resistencia hubiéramos renunciado a nuestras señas para asumir una personalidad impostada e impuesta, que más que enriquecer nos empobrece y convierte la diversidad en un recuerdo lejano que termina por resquebrajar, en ese afán por demolerlo todo, el estruendo constante de las máquinas excavadoras.

Una amable desconocida

Es famosa, por recurrente y exacta, la mención que en Un tranvía llamado Deseo hacía Tennessee Williams a la amabilidad de los desconocidos. Cualquiera puede corroborar que, en determinados momentos de su vida, se cruzó con una persona de la que no sabía hasta entonces y de la que poco o nada supo después y cuya presencia, sin embargo, sirvió para infundir ánimo o consuelo, o abrigo y esperanza, en una circunstancia concreta. 

A finales de marzo de 2020 o ya en abril, cuando el confinamiento hacía estragos en mi ánimo y no sabía cómo sustraerme de algunas complicaciones laborales que se derivaban de la situación diabólica en que nos había sumido la pandemia, me encontré en YouTube con unos vídeos en los que Pancho Varona impartía unas clases básicas de guitarra y me dio por seguirlas. 

No tardé en tropezarme con el engorro de las cejillas —cualquiera que haya tenido un contacto mínimo con el instrumento sabe de lo que hablo— y algún impulso me llevó a compartir mi frustración en las redes y a recibir la respuesta alentadora de Alicia Lázaro, que me conminó a perseverar y me dio por privado alguna recomendación para que me resultase más llevadero el trance. No puedo asegurar que sus palabras me sirvieran en el aspecto técnico, aunque comencé a dominar el asunto poco después de que me llegaran sus mensajes, pero sí supusieron un empuje para sortear aquel bache, otro más de los muchos que en aquellos días me encontraba en el camino. 

Tampoco fue ella siempre una estricta desconocida, porque un año después llegamos a vernos y a cruzar unas pocas palabras, no las suficientes como para que ella me pudiera considerar más que un mero accidente en el transcurso de sus días. 

En cualquier caso, intercambiamos frases durante un tiempo y alguna que otra vez se interesó por el devenir que tomaban mis veleidades guitarristas sin que le fuera nada en ello, y eso me hizo sentir hacia ella un afecto que ha perdurado, por más que llevara tiempo sin recibir noticias suyas, y que desemboca en una tristeza inesperada ahora que me llega la noticia de su muerte, injusta por temprana, y con ella la certeza de que ya no volveré a recibir los mensajes joviales y animosos que me enviaba de cuando en cuando; de que queda abolida, aunque no olvidada, la amabilidad de esa desconocida parcial que me hizo sonreír cuando alrededor casi todo era negrura.

Imagen: Y sombra y adiós

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Miguel Barrero. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 20 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Javier Marías.

 

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