Borges, el sendero que se bifurca en jardines (y 2)

Viene de «Borges, el sendero que se bifurca en jardines (I)»

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Consigo, por medio de una librera de Mendoza, el ansiado cuaderno Cinco poemas, lo último que publicó Jorge Luis Borges en los días mismos en los que se moría. La historia ha trascendido por un libro emocionante de Héctor Abad Faciolince, cuyo padre fue asesinado el mismo día que en una radio leyó un soneto de Borges que no aparece en su Poesía completa. 

El soneto formaba parte de un cuaderno publicado por unos muchachos en Mendoza; al parecer estuvieron una tarde con Borges y consiguieron copias de esos sonetos últimos, todos espléndidos. Al parecer, los originales se perdieron. 

La historia teje toda una trama que invita a pensar —por la navaja de Ockham— que en realidad son imitaciones, textos apócrifos. De hecho, un poeta colombiano, Alvarado de apellido, bastante buen prosista por las cosas suyas a las que he logrado asomarme, se colgó la medalla de haberlos escrito. 

La cronología es la siguiente:

-En 1986 muere Borges.

-Unos días después, aparece el cuaderno en Mendoza en Ediciones Anónimas, en las que unos jóvenes creyentes en que la poesía no tiene autor iban juntando piezas que le parecían memorables sin pararse a decir quiénes eran los autores: hicieron una excepción con Borges y firmaron esos sonetos últimos.

-Las Obras completas de Borges no admiten en ninguna de sus ediciones los sonetos del cuaderno.

-El padre de Héctor Abad lee uno de los sonetos en la radio, no directamente del cuaderno de Mendoza, sino de un periódico que, al dar noticia del cuaderno de Mendoza, reproduce el último de los sonetos.

-Matan al padre de Héctor Abad, que llevaba en un bolsillo de la chaqueta el soneto que leyó en la radio.

-Héctor Abad, muchos años después, escribe su libro sobre su padre.

-Al reseñarlo, el poeta colombiano Alvarado informa de que el soneto no era de Borges, sino suyo.

-Héctor Abad inicia una búsqueda y da con Jaime Flores, que firmaba la nota inicial del cuaderno de Mendoza y, años después, lo contará todo en el libro Los falsificadores de Borges dando por seguro que los sonetos son de Borges. El libro, a fuerza de ser minucioso, acaba siendo sometido por el fárrago: consigue marear y para cuando lo terminamos no sabemos si ha demostrado que los sonetos son de Borges o no. Ha conseguido que nos dé exactamente igual. 

Porque, a pesar del testimonio de Flores y de la convicción de Abad, aún no se han dado por buenos esos sonetos como obra de Borges, a pesar de que si algo son es precisamente buenos. Quiero decir, que no se ha aceptado la autoría de Borges, aunque parezcan de Borges: en realidad, podría decirse sencillamente que son del taller de Borges, los ha escrito alguien —¿quién?— que conoce perfectamente los recursos de Borges, que imitando a Borges ha alcanzado a componer algunas de las mejores piezas de Borges. 

Ni idea de si fue Alvarado; Flores da pruebas convincentes de que no fue él. Ni idea de quién pudo escribirlos, ya que Flores asegura que él no fue (pero está en su derecho de mentirle al tribunal y ello agrandaría su magnificencia): lo que es seguro es que no parece muy convincente que Borges los entregara a unos desconocidos como generosa colaboración con unos muchachos de Mendoza que pretendían encerrarlos en un cuaderno y no guardara copia alguna. No parece nada convincente que en sus archivos —ya para las fechas de las que estamos hablando, bien custodiados por María Kodama— no hubiese rastro de esos poemas.

Hoy, los cinco imponentes sonetos no han conseguido que se encienda la luz verde de las autoridades borgianas para incluirlos en su corpus poético. 

¿Es necesario que se reconozca la autoría borgiana para estremecerse con versos tan memorables? 

Desde luego que no. El milagro Borges está ahí, precisamente, en el hecho de que alguien, imitando, consiga algunas de sus piezas más intensas y sabias. Que alguno de los mejores poemas de Borges no los escribió Borges es cosa sabida. Y que ese alguien permanezca invisible no deja de ser uno de los mejores cuentos de Borges.

*

No se ha medido convenientemente la influencia de Cansinos en Borges. Es verdad que a Cansinos el primero en reclamarlo como un grande es Borges, aunque esa reclamación no tuvo mayor repercusión; de haberla tenido, no hubiéramos esperado hasta la publicación de la inédita y monumental La novela de un literato para rescatar a Cansinos, que solo empezó a balbucear su resurrección cuando Juan Manuel Bonet publicó la reedición de El movimiento V.P. en 1978 y Abelardo Linares su cuaderno sobre Cansinos.

Borges había declarado su condición de discípulo de Cansinos mucho antes, en los años sesenta, en casi todas las entrevistas que le hacían y le invitaban a recorrer su propia trayectoria y ningún editor se dio por aludido ni se puso a asomarse a aquel autor, al que Borges se refería como su maestro cuando hablaba de España, poniéndolo por delante de todos. 

Todo el mundo dio por hecho que era un ardid del Borges ya célebre y celebrado para destacar de la literatura española a un autor olvidado y no tener que rendir alabanzas a ninguno de los que compusieran el canon. Pero basta asomarse al primer capítulo de El movimiento V.P. o a algunas páginas del mejor libro de Cansinos, su defensa estética de la pena de muerte y de la figura del verdugo, para oír una voz que nos suena «borgiana».

El propio Borges estudió a Kafka y sus precursores; no hay mayor prueba de excelencia para un autor que influir no en discípulos venideros, sino en maestros silenciados: conseguir que aquellos de quienes proceden suenen a ti, de manera que se le dé la vuelta al tiempo y que acontezca el espejismo magnífico de que alguien como sir Thomas Browne nos parezca borgiano, no solo en el capítulo admirable que Borges y Bioy tradujeron de Hydriotaphia, Urn Burial. 

Cansinos era demasiado verborreico, es verdad, pero, en algunos textos, en un capítulo dedicado a la superioridad del relato corto sobre la novela que está en Los temas literarios y su interpretación, por ejemplo, es imposible no sentir que se está leyendo a Borges; aunque, para cuando se publicó ese texto, Borges apenas había empezado a escribir artículos.

A pesar de sus aventuras en el torbellino de las vanguardias —y episodios a los que tampoco hay que darle mucha mecha, como el apedreamiento de la casa del sevillano Luis Montoto junto a otros hooligans ultraístas—, Borges era poco vanguardista. 

Sí, impulsó una revista mural, pero cada vez que, más adelante, se le presenta la oportunidad de juzgar juguetes de vanguardia, no desaprovecha la ocasión. 

Por ejemplo, en la reseña de un curioso artefacto editorial, una novedosa novela negra que, en vez de contar una historia presentándonos el crimen y la investigación, lo que hace es presentarnos dentro de un sobre todas las pruebas que recopila la policía para que el lector se convierta en detective y resuelva él mismo el caso. Borges se ríe de la idea e inventa algunas disparatadas evoluciones de la idea (basta imaginar qué inventarán los editores cuando hagan lo mismo con la novela erótica). 

A Borges, que la literatura escape de la forma libro le parece un chiste de pésimo gusto. Poemas impresos en carteles, como los de Descripción del cielo, de Hidalgo, o en una sábana de cinco metros, como los de Oquendo de Amat, no le arrancan más que una sonrisa aviesa, le sirven para afilar su ironía: «Los poemas son incómodos de leer, y no sé si es por el formato», dirá sobre alguno de ellos. 

Ni siquiera tenía la piedad de recordar que el primer libro de uno de sus autores favoritos, Rudyard Kipling, se adelantó a los riesgos editoriales de la vanguardia, pues sus «Departmental Ditties» salieron en un libro que era un sobre lacrado, el nombre del autor iba en el remite, y los poemas estaban impresos en papel timbrado, como si fuesen documentos administrativos. 

Solo hay que ver el tratamiento que hace de las insensateces de la vanguardia en su glorioso libro en colaboración con Bioy Casares, Crónicas de Bustos Domecq. Ahí se ríe de arquitectos, de pintores, de poetas, representando toda una época por sus números circenses, concediéndole genialidad a un enjambre de payasos, llevando la paradoja del artista a su extremo: nuestra época ha aceptado que importa más la pose del artista, sus ocurrencias irrelevantes, que sus obras, y se ha encontrado con que los artistas más notables no son más que meros productores de boutades. No es de extrañar que sea el libro más divertido de la literatura en español del siglo XX.

Tampoco le gustaba la ostentación a Borges, y tuvo que padecerla cuando el editor italiano Ricci hizo una edición lujosa de El congreso del mundo. Sabemos por el testimonio de alguien que lo visitaba que cuando lo recibió Borges no pudo reprimirse un: «Pero esto no es un libro, esto es una caja de bombones». Los libros de Borges por lo general —sobre todo los de la fase final— son bastante feos. Se salvan desde luego los primeros, tanto Fervor de Buenos Aires como Luna de enfrente como Cuaderno San Martín. 

También, claro, los elegantes tomos publicados por Sur; cuando en los años sesenta publica su primera Antología, Victoria Ocampo decide aprovechar la creciente fama de Borges y le coloca al libro una sobrecubierta con el rostro del autor. La salva de libros de poemas publicados por Emecé en los sesenta y setenta, desde El otro, el mismo a La rosa secreta, pasando por las reediciones de sus primeros tres libros, y de obras tan notables como La moneda de hierro o Historia de la noche, quedan bonitos todos juntos por la variedad de colores, pero es mejor abrirlos sin prestar atención a las ilustraciones que, queriendo enriquecerlos, los empobrecen: son ilustraciones espantosas que te sacan del mundo de Borges para incrustarse en el del mal gusto de la época en que los libros aparecieron. 

Quién sabe: a lo mejor las grandes novelas y los grandes libros de poemas y relatos se escriben solo para que los lectores sientan algún interés por quienes los escribieron y encuentren una justificación radiante para llegar a lo que verdaderamente tasa sus grandezas: sus papeles íntimos, sus diarios, su correspondencia. 

Confieso haber sido incapaz de releer Salambó, de Flaubert, ni siquiera he llegado a terminar Madame Bovary, y me divierten mucho los primeros capítulos de Bouvard y Pécuchet, pero no lo acabo nunca, y sin embargo no me canso de visitar la correspondencia de Flaubert, tanta página admirable que escribió sin pensar jamás en que serían reveladas a gente distinta a la que estaba destinada. 

La montaña mágica es para mí un libro imposible de escalar, pero los diarios de Thomas Mann no me decepcionan nunca, sé que si abro alguno de sus tomos por cualquier página echaré la tarde en él (y será una tarde muy grata). Así, conforme pasa el tiempo, a menudo deja uno sin terminar la lectura de las piezas que dieron fama mundial a Borges, pero no se cansa de indagar o curiosear en sus notas de lectura, en sus declaraciones —Borges terminó siendo más un autor oral que escrito—, todas llenas de pistas, de ideas que no necesitaban desarrollarse para relampaguear en tus adentros.

Imagen de portada: Jorge Luis Borges, 1980. Fotografía: François Lochon / Getty.

FUENTE RESPONSABLE: JOT DOWN. Por Juan Bonilla.

Sociedad y Cultura/Literatura/Adolfo Bioy Casares/Diálogos/Jorge Luis Borges/

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