El hombre que ha traducido (dos veces) las 3.000 páginas de ‘A la busca del tiempo perdido’

Mauro Armiño se ha embarcado en una nueva edición de la obra del francés, de quien dice que 100 años después de su muerte se ha resarcido de todas las críticas que recibió desde la izquierda, ocupando hoy un lugar central en la literatura.

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Varias columnas de libros te reciben nada más entrar en el estudio de Mauro Armiño (Cereceda, Oña, Burgos, 1944) en pleno barrio de Salamanca en Madrid. El caos dentro del orden intelectual: libros, cuadernos, libretas, gafas sepultadas bajo papeles en la mesa de trabajo. Las paredes se nutren de carteles de obras de teatro en las que ha participado, la mayoría junto a Josep Maria Flotats. 

Muchos de los volúmenes son traducciones suyas del francés y el inglés. Por ahí aparecen Molière, Rimbaud, Balzac, Zola, Dumas, Verne, Wilde, Eliot y Poe, entre otros muchos. Aunque entre todos destaca la que es su gran obra: Marcel Proust y A la busca del tiempo perdido, jamás En busca del, porque lo considera un anglicismo, “y A la busca es como lo traducían Galdós y Baroja”. 

Poco más que añadir. Armiño, escritor, periodista, tres veces ganador del premio Nacional de Traducción, ya publicó una traducción de la obra magna proustiana en 2001 de la mano de la editorial Valdemar. Los siete tomos en tres gigantescos volúmenes. Las 3.000 páginas llenas de frases largas, casi sin puntuación. Y ahora, por el centenario de la muerte del francés, se ha vuelto a embarcar en tamaño proceso con una nueva edición revisada y con modificaciones que publica El paseo editorial. 

De ella y del propio Proust habla en esta entrevista pausada en la que también salen a relucir la cultura, la educación, el ministerio del ramo, Iceta, el lenguaje inclusivo, la neolengua, la indigencia mental… Y todo para concluir que cada libro te exige un determinado tipo de lectura. Los de Proust tienen que ver con lo que decía su abuela: “Hay que sentarse”. Ahí está todo.

‘A la busca del tiempo perdido’, en la nueva edición de Mauro Armiño.

PREGUNTA. Veinte años después de la edición de Valdemar, publica una nueva, con todo lo que eso significa. ¿Qué ha cambiado y por qué lo ha hecho de nuevo? 

RESPUESTA. El texto original no ha cambiado prácticamente y a la vez sí lo ha hecho, porque los franceses han inundado estos años las librerías con estudios sobre Proust. Existen muchas nuevas interpretaciones de fragmentos que me permiten verlos más a fondo. Luego, he sido más fiel al texto. Uno de los problemas de Proust es el sistema de puntuación. Él siempre hablaba de la oralidad, pero, claro, tú no dices siete líneas sin respirar. He tocado lo menos posible, pero ateniéndome al estilo español, sin violentar a nuestro lector.

P. He leído que esas frases suenan así porque era asmático y escribía como respiraba. 

R. No, no, no tiene nada que ver. Además, a ese ritmo asmático no haces las 3.000 o 4.000 páginas de A la busca con los borradores que son otras tantas, más la correspondencia que suma 21 tomos. Además, siguen apareciendo cosas. En abril, han salido todos los artículos, y la semana pasada Garnier ha anunciado textos inéditos de juventud. En octubre del año pasado, apareció correspondencia inédita… Y hay más correspondencia por ahí. Podemos estar para rato.

 «Había tres iconos culturales en el siglo, Joyce, Kafka y Proust, pero el más importante es Proust» 

P. ¿Qué lugar tiene Proust hoy? 

R. Académicamente es un icono de la literatura francesa del siglo XX y de la europea. Había tres en el siglo, Joyce, Kafka y Proust, y creo que es más importante Proust porque el Ulises inventa el monólogo interior, pero nada más. El mundo que ofrece es mucho más reducido que el que de Proust. Los siete volúmenes despliegan toda una parte de la sociedad francesa aristócrata que él frecuentó y conoció muy bien. Termina por descubrir que toda esa cultura que dicen tener es falsa y por eso los machaca. Hablamos de la época en la que Proust va de niño frívolo y snob, frecuenta a marquesas, duquesas y princesas, y no hace más que halagarlas en textos que parecen ecos de sociedad… 

P. Como las negritas de las columnas de Umbral. 

R. Sí, pero es algo más complicado. Son alabanceros, siempre. Incluso cuando su amiga Ana de Noailles, que era princesa, publica un libro de poemas, los elogios que le hace son… Y la pobre Ana se ha quedado en nada. Pero en ese momento Proust juega con su ambición de incrustarse en ese mundo aristocrático y lo hace de verdad, no para hablar mal de ellos, pero la memoria llega casi 15 años después y dice, ah sí, ya me acuerdo. Y entonces echa mano de sus recuerdos y libretas de amigas. Madame Straus era muy amiga porque había estado casada con Georges Bizet y Proust había ido al liceo con los hijos de Bizet. Esta también tenía su salón y una libretita donde estaban anotadas todas las frases tontas que decía ese personal. Y Proust la utiliza porque, como Molière, es una aspiradora de todo. Son tipos que plagian y echan mano de una cosa, de otra y la potencian. 

«Sartre, que vilipendió a Proust, parecía que iba a ser el icono francés del s. XX y se quedó en nada» 

P. La lectura Proust vivió épocas en las que fue bastante vilipendiado. A Sartre le parecía un snob, un frívolo sin ningún tipo de calidad literaria. Y André Gide, rechazó la publicación de A la busca. 

R. Sí, la izquierda. Eso empezó con Gide, que cuando lo machaca y dice que no se publica es porque para él se trata de un snob que anda todo el día con princesas y duquesas. Después la izquierda recoge eso: es un escritor que habla de princesas, así que eso no interesa porque no hay lucha de clases. Y en su época tampoco existe ningún escritor… los más izquierdistas, que tampoco lo era mucho Zola, porque en Germinal en la parte final el tipo que ha luchado toda la lucha obrera, cuando le ofrecen un puesto en París para ser jefe de no sé qué, va corriendo. Pero esto ocurre cuando llega la generación de los cincuenta, después de la guerra, con Sartre, etc, ese momento en que hacer de lo social parece lo único interesante en la literatura, ahí [Proust] se pierde. Y fíjese, Sartre parecía que iba a ser el icono francés del siglo XX y se ha quedado en nada. De todos ellos, Albert Camus es el único que queda. 

P. Desde luego el tiempo no les ha dado la razón. Proust se ha resarcido de todo esto. 

R. Sí, sí, totalmente. Pasó el desierto post mortem de 30 años y después ya los profesores empezaron a trabajarlo y se ha comido a toda esa generación de posguerra como icono de la narrativa. Los que le empezaron a hacer un poco de caso fueron los de la Nueva Novela que ven en el estilo tan complicado, posibilidades. Pero después esa Nueva Novela también se ha quedado en nada. 

P. Como casi nadie lo sabe muy bien, poco más allá de lo de la magdalena, ¿qué es A la busca del tiempo perdido? 

R. La experiencia de una vida a través de la memoria y, por tanto, como lector puedes entender perfectamente la experiencia de vida aunque las frases sean muy largas porque precisamente esa frase larga te da mil matices que en situaciones análogas, sentimentales, sociales, han pasado por tu cabeza así, sin que tú lo hayas pescado. Lo que hace Proust es que, dando vueltas y vueltas por los recovecos [y se señala la cabeza], al final dices, pero si esto me pasó a mí, pero no me fijé. Pues él se fija y estuvo años y años sacando matices de todo lo que pensamos y hacemos o dejamos de hacer. 

P. Proust es un bisturí en el cerebro para sacar los recuerdos. 

R. El cerebro son esos gusanitos, bueno, pues él por primera vez hace eso, dar vueltas en las circunvalaciones y sacar de ahí cosas que a nadie se le habían ocurrido antes.

Mauro Armiño, durante la entrevista. (A. B.)

P. ¿Y cómo ha pasado el tiempo para la novela? 

R. Al principio tuvo mala crítica porque, primero, los editores se niegan a publicarla. El primer tomo se lo tuvo que pagar él. Los santones de la época, empezando por Gide, dicen que eso no va a ningún sitio. Gide se arrepintió enseguida aunque yo no sé por qué. Dijo que no le publicaba porque en la página cuarenta leyó que la tía Léonie tenía vértebras en la cabeza, que eran los postizos que se había puesto, y cuando leyó eso dijo, aquí he terminado. Hay parte de crítica que sí la admitió, todos se sorprendían del estilo, de esa cosa farragosa… Sin embargo, hoy toda Europa acepta que es el gran escritor del siglo XX. 

P. Pero parece muy de círculos académicos. Antes me citaba a Joyce y a Kafka y mi sensación es que, de todos, Kafka hoy es el más asequible, el que más se lee. Tampoco nadie se pone a leer el Ulises. 

R. La metamorfosis . ¿Quién cita El proceso? Es que La metamorfosis es muy pequeñita y tiene una cosa de partida muy graciosa. Y son cien paginitas. Pero el resto de la obra… y eso que los cuentos son fantásticos y se podrían vender fácilmente. Pero habría que preguntar a un editor de El proceso cuántos vende al año mientras que de Proust ahora tenemos 28 ediciones de A la busca. 

P. Claro, pero esto lleva a algunos a hacer ese discurso de que en 1922 estos tres escritores escribieron esas super obras de la literatura mientras que un siglo después casi ni se leen, por lo que rápidamente se dice que somos más indigentes mentales. No obstante, con los niveles de educación de entonces no parece que ni Proust ni Joyce ni Kafka fueran los más leídos. 

R. Solo se leían en círculos muy cerrados. Ahora somos más indigentes culturalmente. Ese círculo cerrado antes sabía de lo que hablaba. Y no me refiero al mundo aristocrático que era todo pose. En el último tomo, el protagonista vuelve de la guerra y todo ese mundo se ha ido al cuerno y son máscaras a las que se les corre el rímel por todas partes. Y además se ha roto un principio clásico de la aristocracia que era que tú te casabas con tu igual. Consigue subir el ascensor social de la vulgaridad y esa es la crítica que hace de ese mundo. 

«Ahora somos más indigentes porque somos más indigentes culturalmente. Ese círculo cerrado que antes leía a Proust sabía de lo que hablaba» 

P. Por cierto, ¿usted se parece en algo a Marcel Proust? 

R. No, no, en nada. Es imposible. Una cosa es parecerse y otra es amar. Yo siempre he estado con Rimbaud, Molière, quisiera hacer a algún día a Baudelaire, pero no lo voy a hacer porque traduces un poema y miras el original y te entra una angustia… 

P. Es que traducir poesía parece complicadísimo. La prosa parece más fácil.

R. Es que es imposible. No puedes atender a las exigencias que tiene la poesía, que son ritmo, rima, esquema… Y además el español es más largo que el francés. Si dices, voy a traducir este dodecasílabo te sobran palabras. Y claro, cómo llegas al final. Se puede hacer una traducción prescindiendo de la rima, que eso ayuda mucho y que no es mala idea, pero es muy puñetero porque en Baudelaire canta mucho el ritmo. Y te sientes muy mal cuando lo traduces. 

P. ¿El inglés da más alegrías? 

R. El inglés es que tiene una mentalidad distinta. En el inglés me siento más libre. He traducido poco y las cosas facilitas como Oscar Wilde. Para complicado ya he pagado mi precio con Proust. Pero es que su mentalidad es muy distinta a la nuestra. La nuestra es romana, latina, pero lo otro funciona de otra forma. 

P. ¿En qué se nota la diferente mentalidad? 

R. El francés y el español son la misma lengua. Estamos hablando un latín que se ha ido desgastando. Y dentro de 200 años el español que tú hablas ahora en América Latina habrá que traducirlo. Los idiomas evolucionan. Hay quien dice que se deterioran, pero no, no se pueden deteriorar. El idioma es lo que habla la gente, el derecho y la razón es ese. Así que italianos, franceses, españoles estamos hablando el mismo idioma con diferentes historias. 

P. Y eso influye en la cosmovisión que uno tiene. 

R. Eso es la mentalidad del idioma que se basa en distintas costumbres, distintas procedencias… desde los vikingos, las luchas contra los escoceses. Es que es otra cosa. Aquí, nosotros hemos ido prácticamente igual, mientras que la monarquía inglesa no tiene nada que ver con la española o la francesa, porque allí había un Parlamento que te podía controlar.

Mauro Armiño, durante la entrevista. (A. B.)

P. Decía que los idiomas no se desgastan, pero sí parece que se jibariza. Un vocabulario y expresiones más reducidas. Más pedestre. 

R. Pero eso no es culpa del lenguaje sino de la cultura y de la educación que tenemos. Si analizas la ESO ya… Aquí en el XIX había mucha gente que estudió latín. Proust estudió latín, Rimbaud estudió latín. Eso te daba una base para la utilización del lenguaje. Aquí están intentando abolir el griego y el latín. Eso cambia la visión que se tiene sobre el idioma. La escritura de los romanos era una cosa tan alambicada como Proust. Los discursos de Cicerón y los textos de los historiadores latinos son totalmente distintos, pero siguen estando marcados por las leyes de una sintaxis fina y culta. Pero también es verdad que esto lo leían cuatro. Nadie leía los discursos de Cicerón. Después en clases de retórica sí se leía eso como clases de latín. 

P. Nos hemos ido un poco, pero le preguntaba antes si se parecía a Proust por esa petición de ciertos autores de que sus traductores se parezcan a ellos para que puedan entender mejor el texto. Lo que solicitó la poeta Amanda Gorman, aunque no es que haya tenido mucho recorrido. 

R. Eso es una estupidez, sin más. Imagínate que una escritora americana negra busca un traductor negro en Albania o Grecia. No lo hay, por lo que no se podría traducir. 

P. Y sobre la cultura… A usted le he leído en una entrevista que casi sería mejor no tener Ministerio de Cultura. 

R. Hombre… eso está dicho con ironía… Ha habido algún ministerio de Cultura que ha movido las cosas, pero el señor Iceta no sé quién es. No ha hecho nada. Están intentando desmontar el Inaem mediante una fundación. El último año del primer mandato de Sánchez estaba listo el Estatuto del Artista. Solo faltaba presentarlo al Congreso. Nunca más se ha sabido nada, eso es que el señor Iceta no dice, esto hay que hacerlo. Ayer o anteayer el señor Iceta dijo, las cosas que no vayan al congreso en noviembre como vamos a entrar en periodo electoral ya no se hacen. Así que este Estatuto del Artista, que por lo que he leído es más o menos interesante, como llegue la señora Ayuso al poder ni Estatuto ni artista ni nada. Nos corren a hostias y punto. 

«Ha habido algún Ministerio de Cultura que ha movido las cosas, pero el señor Iceta no sé quién es. No ha hecho nada» 

P. La gran iniciativa de Iceta ha sido el bono cultural para los jóvenes que ha empezado este año. Es verdad que no ha llegado a todos los que se podía llegar, pero ¿cómo lo ve usted? 

R. Les estás ofreciendo a los chicos una cosa que yo creo que no es cultura, ya que con ese bono puede comprar juegos electrónicos. Lo de los deditos. Y los chicos jóvenes hacen más deditos que libros, luego quién va a ir al teatro y se va a quedar sin juego electrónico. Como operación está muy bien pero el resultado para lo que yo creo que es la cultura no. Porque yo en la cultura no cuento esos juegos. 

P. A su juicio, ¿para qué debería servir un ministerio de Cultura? ¿Ha habido alguno que haya hecho algo importante para usted? 

R. El primero de [Javier] Solana era creación de nueva planta y se pusieron en marcha muchas cosas. Dentro de un orden funcionó. Animó mucho el teatro… Pero después se ha convertido en burocracia y con algunas cosas inaceptables, pero estas no las puedes grabar. 

P. Antes hablábamos de indigencia mental y últimamente también se pone mucho el dedo en los políticos: empobrecimiento del lenguaje en los parlamentos, fallos garrafales con respecto a libros clásicos, a ninguno se le ve con un libro ni por casualidad. ¿Es real o es tramposo decir que nuestros políticos tienen hoy un menor interés por la cultura que antes aunque fuera de forma privada? Por supuesto, hablamos en general. 

R. Yo creo que antes el nivel era distinto. Había más retórica en el Parlamento… Y no como ahora, que de repente te encuentras con insultos etc., etc. Aquellos políticos de la época, tanto los derivados del franquismo… a partir del 75, era gente con más posibilidades culturales. Tenían detrás una cultura mayor que la que tienen ahora porque no tienes más que ver a algunos diputados como esos que no saben apretar un botón. Son gente que han hecho la carrera desde los 16 años en el partido y van subiendo, van subiendo mediante el faldoneo al jefe anterior. Antes culturalmente había gente bastante preparada. El propio Fraga, con todo lo que era, era un lector devorador de todo. Que lo entendiese o no, es otra cosa, pero a él lo que más le iba eran cosas de política, historia y leyes, y probablemente de poesía no sabía gran cosa. Pero era un tipo más o menos leído. En el caso de Guerra, pues había hecho hasta teatro. Ahora no. Antes iban al teatro de vez en cuando y se notaba… Ahora no. 

P. Bueno, tanto Nadia Calviño como Yolanda Díaz, por decirle cargos que no tienen que ver con la cultura, son más o menos asiduas… 

R. Hablaba en general, pero… en un teatro al señor Sánchez, nada. A Feijoó, como estaba en Galicia, no lo sé. 

«Los políticos antes tenían una cultura mayor que la de ahora, no tienes más que ver a algunos diputados que no saben ni apretar un botón»

 P. Los políticos lo que sí han hecho es llevar el lenguaje a la política. Ahí está todo lo del lenguaje inclusivo. ¿Se puede usar el todes en una traducción? 

R. El latín no tenía eso y estamos hablando latín. Evidentemente, el lenguaje evoluciona y puede que dentro de 100 años eso exista como cosa normal y natural. Ahora, para mí, es una cosa antinatural con la lengua y no me interesa. ¿Que las razones sean válidas? Sí. Pero creo que son razones que no deben afectar al lenguaje. La postura de las personas que abogan por eso es admisible, pero yo no tengo la culpa de que desde la Edad Media, por poner un tiempo cercano, y la misoginia medieval se haya machacado a la mujer. Es decir, el lenguaje no tiene la culpa. El lenguaje ha vehiculado una cosa que vehiculaba durante siglos. Puede dejar de vehicularlo con el tiempo y puede aceptar cosas, pero así, de pronto y de la noche a la mañana, imagina a los periodistas escribiendo así. 

P. Me consta que hoy por hoy cuesta escribir así. 

R. Es que el masculino, durante más de 25 siglos, ha englobado al femenino. ¿Que ahora quieren desenglobarlo? Bien, pero han sido veintitantos siglos, igual cuesta un siglo englobarlo de una determinada forma que no pegue patadas al idioma básico. ¿Cómo hay que hacerlo? No lo sé, eso lo dirá la evolución de la lengua, y yo ya no lo veré, así que me mantengo en mi latín.

Mauro Armiño posa para esta entrevista. (A. B.)

P. De lo que también se habla es de la neolengua, de la falsificación de la verdad a través de las palabras. ¿Estamos en tiempos orwellianos en cuanto a la lengua?

R. Yo creo que con la lengua no hay problemas. La gente en la calle sigue hablando normal. Y nadie te habla con el -es en la calle. Los novelistas, por ahora, siguen escribiendo con el masculino englobador y mientras la literatura no cambie, el periodismo no cambie, salvo algunos que sean acérrimos de eso, la calle no va a cambiar. Y la calle no está haciendo eso. 

P. En las redes sociales, sí. 

R. Yo no tengo redes sociales y lo que he oído de ellas no me anima a apuntarme. Creo que son el desbarajuste y el más idiota es el que más grita.

Imagen de portada: El traductor Mauro Armiño posa para esta entrevista en su estudio en Madrid. (Ana Beltrán)

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Paula Corroto. Fotos: Ana Beltran. 14 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Entrevista/Literatura.

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