Revolución entre los libreros

Un año después de la inolvidable historia de amor, mar y guerra en la que Reverte nos marcaba las horas de frío bajo el mar de las batallas del Estrecho, los encuentros en la arena, los nuevos Ulises cansados y las eternas Nausícaas del Mediterráneo, aparece otra flamante historia, Revolución, que es “una novela”, como nos indica expresamente el subtítulo en la portada.

En el patio del restaurante mexicano donde el escritor se ha reunido con medio centenar de libreros, esa palabra tan sobada, “novela”, suena en boca del escritor a algo diferente: a thriller de cine, a héroes inolvidables, a mucha vida y muchas lecturas y sorpresas y códigos de amistad y mujeres singulares y paisajes desconocidos. Suena —claro— a inconfundible territorio revertiano.

El escritor cuenta que ha querido escribir una historia “en blanco y negro” con un lenguaje que ha sido para él una vez más, como ocurriera en La Reina del Sur y en los Alatristes, uno de los retos del trabajo artesano de construcción de la novela, que le ha obligado a cabalgar en los acentos como en un campo de batallas. “Aunque ahora tengo la ventaja enorme de contar con la pericia del veterano que lleva treinta años en este oficio”, admite. “El lector, por supuesto, no tiene que notar nada de esto; para él la novela debe ser tan solo el lugar donde quiera permanecer hasta el final de la aventura”, afirma el escritor.

Los libreros escuchan atentos las palabras del escritor. De muchos hombros cuelga una elegante bolsa de tela beige de promoción editorial que abulta porque Revolución, que va en su interior, tiene una extensión de casi 500 páginas. Además, la bolsa presenta unas líneas extraídas de la novela que determinan con mucha precisión la sinopsis de esta nueva aventura:

“Para él la revolución es el sentido personal de un extraño deber: La lealtad hacia hombres y mujeres a los que admiraba, en cuyas palabras, silencios y actitudes había conocido cosas que no olvidaría nunca, útiles para observar el mundo, la existencia y el posible, o inevitable, final de todo”.

“¿Cómo debería vender un librero esta novela?”. Reverte lanza la pregunta al aire. “Yo no lo sé”, se encoge de hombros. “No es, desde luego, una novela sobre la revolución mexicana; o no solo es eso. México y su revolución son la excusa; el paisaje para contar una historia universal: la del viaje a la madurez en la vida de un muchacho”.

Martín Garret, el protagonista, vive diez años fundamentales de su juventud en esta historia, y esos serán los días que nos contará Arturo Pérez-Reverte en Revolución. En esos años llenos de batallas, amigos, mujeres (“hay tres mujeres, pero de ninguna se enamora Martín; tan solo son la excusa para contar, desde el punto de vista narrativo, el sexo, la compañía, la soledad, el enamoramiento inocente, el dolor”, nos aclara el escritor) el joven ingeniero de minas abandona la inocencia de la juventud para adentrarse en su propia línea de sombra. Esta novela es, en definitiva, la historia de un ser humano descubriendo el mundo.

Mientras algunos libreros tratan de cazar la bandeja de tequilas y los últimos tacos, otros hojeamos con curiosidad el interior del libro, que desprende ese olor inconfundible a tinta y papel; el olor de la felicidad. No es casual, pienso, que la frase elegida para abrir la novela sea precisamente de Joseph Conrad, y desde luego, no es en absoluto coincidencia que ésta pertenezca, precisamente, a La flecha de oro, esa novela de aprendizaje en la que un joven Conrad enamorado todavía de las causas nobles y las mujeres hermosas que se recogen el pelo con un pasador en forma de flecha de oro, contase su historia de manera casi autobiográfica, valiéndose para ello de la carne literaria de un héroe sin nombre:

“Te tuvimos siempre por un hombre al que había que dar por perdido”.

En las novelas de Pérez-Reverte las citas son certeras como el enigma de la Esfinge.

Ni Jeosm ni yo hemos sido lo suficientemente hábiles como para catar durante la presentación una sola copa de vino, pero llevamos una promesa de aventura bajo el brazo firmada por el autor y una pequeña botella de tequila (detallazo editorial) en la bolsa. Pronto los libreros podrán compartir con toda una legión de lectores revertimos este singular viaje al corazón del héroe.

Imagen de portada: Foto Jeosm

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por María José Solano. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 28 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Encuentro/Escritores.

Leer poesía para hacer la revolución.

La poesía, como todas las bellezas, especialmente como aquéllas que resultan de palabras hilvanadas con gracia y genio, es un consuelo para los afligidos, un bálsamo para los dolientes.

Hay alguien que ha escrito contra la poesía recientemente. Lo cuenta Jesús Montiel en su nuevo libro, Canción de cuna, pero yo me he enterado porque uno no puede profanar según qué bienes sin que los cimientos de la tierra se estremezcan. El erudito escribió su diatriba y las entrañas del mundo temblaron, quién sabe si de horror, si de pánico o si de una inextricable mezcla de ambos. 

Lo que sostiene nuestro profanador es que la poesía opera como una suerte de narcótico. Que cautiva con su belleza a quien la lee, que lo sume en una irresponsable indiferencia, que amortigua su ímpetu revolucionario. El poeta, el lector de poesía se le aparece como un arquitecto que, en el mismo centro de un paraje devastado por mil tempestades, construye un palacio en el que vivirá hasta el fin de sus días, dichosamente ajeno a la penuria circundante, dichosamente despreocupado del hambre, el dolor y la muerte. 

Me he esforzado por entender a nuestro profanador. Creo que con éxito, al final. La poesía, como todas las bellezas, especialmente como aquéllas que resultan de palabras hilvanadas con gracia y genio, es un consuelo para los afligidos, un bálsamo para los dolientes. Encontramos solaz en el dolor cuando lo compartimos con un poeta que lo canta. Enrique García-Máiquez le atribuye a Mario Quintana la idea de que el verdadero poeta no sufre porque la alegría de haber escrito un buen verso eclipsa el sufrimiento que lo motivó.

Yo, por mi parte, extiendo la tesis a quienes, incapaces para la poesía, hemos de conformarnos con leerla. Tampoco sufrimos: el dolor que nos echa en brazos de un poema palidece ante el gozo de un verso luminoso. Todo apunta, pues, a que nuestro crítico tiene razón: el poeta, el lector de poesía consentirán todo, incluso que el mundo colapse, mientras ellos puedan guarecerse en el feraz refugio de las musas. 

«Desvela la belleza de lo que parece bello»

Sin embargo, nuestro profanador obvia un pequeño, minúsculo detalle. Además de un consuelo, la poesía obra una reconciliación. Nos reconcilia con una realidad burlona, cruel, por momentos manifiestamente injusta; con una realidad que devasta nuestras ilusiones igual que el huracán devasta las ciudades. 

El poeta revela como habitable un mundo que parece inhóspito. Confiere un sentido al dolor, que ya no es en vano, sino para que él lo cante, y nos infunde la esperanza de que las cosas sean de otra manera, tal y como la musa las ve. Desvela la belleza de lo que no parece bello. Aviva el esplendor de lo que ya es espléndido. Disipa de un soplido la sombra que envuelve el mundo y lo troca así en un hogar digno de ser amado, en un paraíso de dones, prodigios, milagros.

Para hacer la revolución hay que odiar y amar el mundo con idéntica pasión

Alguien podría preguntarse, no obstante, en qué sentido desmiente esto último la tesis de que la poesía incita al conformismo y aletarga el ímpetu revolucionario. 

Yo respondería que es evidente y que lo evidente no requiere explicación, pero me contendré y lo explicaré. Nuestro profanador olvida que para hacer la revolución hay que odiar y amar el mundo con idéntica pasión. No basta con detestar la realidad; también hay que reverenciarla. «Odiar el mundo lo suficiente para cambiarlo y amarlo lo suficiente para creer que vale la pena cambiarlo», dice Chesterton en Ortodoxia. 

Aborrecer en ocasiones lo que sobresale, lo que se nos manifiesta, las circunstancias, y amar siempre lo que subyace, la realidad que se nos ha ofrecido como don, ésa que podemos malograr y elevar indistintamente. Pero ¿cómo amar un mundo que el poeta aún no ha hecho amable con su genio? ¿Cómo amar este infierno de monotonía, tedio, sufrimiento en el que un demiurgo cruel nos ha vomitado?

Al inicio del artículo imaginábamos al lector de poesía como un arquitecto egoísta que yergue su palacio en el epicentro de un erial. Yo ahora he de imaginarlo distinto, como un recolector de frutos del bosque, quizá como un buscador de metales preciosos que, mientras la mujer abandonada llora, el niño famélico grita, el hombre desesperado posa la pistola en su sien y pronuncia una última oración, entretanto, se dedica a cargar su fardo de motivos, de buenos motivos, para sublevarse contra el mal que asuela el mundo. 

Recital de poesía con Jesús Montiel

Imagen de portada: Gentileza del editor.

FUENTE RESPONSABLE: VOZPÓPULI. Por Julio Llorente. 28 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía.

El primer método anticonceptivo no hormonal para hombres podría estar listo en 2023.

No requiere intervención quirúrgica, es económico y tiene efecto durante seis meses.

En ensayos con 300 voluntarios alcanzó una eficacia del 97 por ciento. Entre sus principales ventajas está la reversibilidad: con una inyección de agua y bicarbonato de sodio, las personas podrían recuperar su fertilidad.

El primer anticonceptivo no hormonal para hombres podría estar listo en 2023. Sus efectos, según arrojan los estudios, podrían prolongarse durante seis meses y presenta ventajas sustantivas con respecto a otros métodos anticonceptivos como la vasectomía: es económico, no quirúrgico –y por lo tanto menos doloroso– y potencialmente reversible, con lo cual, el individuo que lo emplee podrá, con mayor certeza, recuperar su capacidad para reproducirse. 

Se denomina Risug (inhibición reversible del esperma bajo control), es diseñado por el Instituto Indio de Tecnología y ya completó una serie de ensayos: las pruebas, realizadas en 300 voluntarios, exhibieron una eficacia del 97 por ciento. En la actualidad, aguardan la autorización del ente regulatorio indio para poder comenzar a pensar en la fabricación a escala industrial.

“En lo que es anticoncepción masculina realmente hay muy poco. Hasta el momento, solo hay preservativos y la opción de la vasectomía. Esta última tiene algunos problemas: además de ser una intervención quirúrgica, en el 50 por ciento de los casos no es reversible”, expresa Patricia Cuaniscú, doctora en Ciencias Químicas e Investigadora del Conicet en el Instituto de Biología y Medicina Experimental. Esto implica que si un hombre quiere revertir su vasectomía (mediante un procedimiento que se denomina vasoanastomosis) con el objetivo de recuperar la fertilidad y volver hacia atrás la cirugía, corre el riesgo de no tener éxito. 

Según la especialista, al no cumplir con esta condición de reversibilidad, no puede considerarse realmente un método anticonceptivo. El diseño indio, de mostrar esta capacidad de reversión, podría implicar una revolución para la salud reproductiva y, en específico, un punto de inflexión en el escenario de los métodos de anticoncepción. “El diseño indio todavía está en desarrollo pero es muy promisorio”, destaca la investigadora.

Sus ventajas

Los métodos que la ciencia mundial está desarrollando se dividen, a grandes rasgos, en hormonales y no hormonales. Los hormonales simulan la estrategia que se utiliza en el caso de las píldoras que desde hace décadas utilizan las mujeres. Para el caso de los hombres brindan testosterona exógena, de manera que se inhibe la síntesis de la propia hormona (la endógena) y ello conduce a que se afecte la espermatogénesis y, finalmente, no se produzcan espermatozoides.

“Aunque es de administración sencilla, presenta inconvenientes. Se demora unos tres meses hasta llegar al punto de tener cero espermatozoides en el eyaculado y, en ese lapso, el hombre debe realizarse chequeos corrientes de semen, lo cual es muy engorroso. Además, posee un montón de efectos colaterales, de la misma manera que lo tienen todas las hormonas”, dice Cuaniscú.

Los espermatozoides, que se producen en los testículos, luego pasan el epidídimo (donde maduran y adquieren la capacidad de moverse) y, por último, atraviesan el vaso deferente camino a la eyaculación. En general, los métodos anticonceptivos buscan afectar algún segmento de este trayecto. “En los métodos no hormonales, en vez de realizar una vasectomía que implica cortar el vaso deferente, se suele realizar una oclusión, una obstrucción del vaso deferente. Una sustancia que impide el transporte de los espermatozoides por el conducto. El gel indio actúa precisamente de esta manera, obstruye la salida hacia el eyaculado y le daña la cabeza y la cola del espermatozoide”, explica la investigadora del Conicet.

A diferencia de los métodos hormonales que están más avanzados, los no hormonales se encuentran en una etapa de menor desarrollo alrededor del mundo. Sin embargo, presentan algunas ventajas: no son quirúrgicos, serán económicos y su efecto, de acuerdo a lo que se prevé, puede prolongarse en el tiempo. Asimismo, el desarrollo indio, al no ser hormonal, deja de provocar diversos efectos adversos como acné, aumento de peso o depresión. En el pasado, otros experimentos para el diseño de anticonceptivos no hormonales tuvieron malos resultados y fueron descartados porque también generaban aumentos en los niveles de colesterol y potenciaban el riesgo de enfermedades cardiacas. 

En la actualidad, más de 200 millones de mujeres emplean estas pastillas con efectos similares. Por este motivo, contar con la posibilidad de un método dirigido a los hombres también implica una manera de hacer justicia.

Cómo funciona

Como relataba Cuaniscú, el gel daña las colas de los espermatozoides y, de esta manera, evita que puedan fertilizar el óvulo. La aplicación se realiza en solo unos minutos y el efecto se revierte a partir de una inyección de agua y bicarbonato de sodio. Previamente a las dos inyecciones de la vacuna anticonceptiva, se administra un anestésico local en el escroto. Como únicos efectos secundarios, durante los ensayos, los especialistas que lideran el estudio observaron inflamación escrotal y dolor en la ingle; daños que pueden durar un mes como máximo.

Un dato a destacar y que causa sorpresa es que la formulación utilizada (un polímero que se inyecta como gel), en su origen, era empleada para recubrir tuberías en sistemas de agua. Se lo utilizaba, básicamente, para eliminar bacterias; y, a partir de las pruebas de laboratorio, se demostró que tenían igual éxito con los espermas. En Estados Unidos también ha desarrollado una solución que tiene muchas similitudes con la Risug de la India. Se denomina Vasalgel, se halla en fase de pruebas y, a diferencia de la primera opción, no tiene efectos directos sobre el espermatozoide.

No es casual que la India sea la nación que produce este fármaco. El Instituto Serum, de gran protagonismo durante la pandemia de la covid, es el principal fabricante de vacunas y desarrollos biotecnológicos del planeta. Se trata, en verdad, de una de las naciones potencia en el rubro.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Pablo Esteban. 29 de septiembre 2022.

Sociedad/Salud/Ciencias médicas/Anticonceptivo masculino.

Despertar e inventar en la adolescencia.

Qué puede aportar el psicoanálisis hoy.

El encuentro de un adolescente con un psicoanalista podría generar las condiciones propicias para darle crédito a su palabra y posibilitar las condiciones para inventar un modo singular de tramitar el despertar de las pulsiones.

En el libro Despertar e inventar en la adolescencia ubico la subjetividad y los síntomas contemporáneos ligados a las coordenadas de época.

«El síntoma surge en referencia al discurso predominante en un momento determinado, varía según la coyuntura en que aparezca y muta en función de cómo sea abordado terapéuticamente. En ese sentido, está “decidido por lo social y varía según los dispositivos de dominio”[1], uno de los cuales son las terapias y las concepciones de salud y de enfermedad.»[2]

Describo lo nuevo de las subjetividades de los adolescentes en la época actual, es decir, bajo la égida del capitalismo, diferenciándolo de la época freudiana.

Para ello recurro al desarrollo lacaniano del “Pseudo Discurso Capitalista” en contrapunto al “Discurso del Amo”clásico.[3]

A principios del siglo pasado, bajo la incidencia de una ley (encarnada en la figura paterna portadora del Ideal, es decir, las coordenadas edípicas) los síntomas surgían como aquello que intentaba transgredir lo prohibido, lo pulsional que escapaba a la censura, “el retorno de lo reprimido”.

Los jóvenes intentaban liberarse de la opresión encarnada en figuras de autoridad: padres, profesores, instituciones,etc. Ejemplo de esto serían: el movimiento hippie, la militancia política, el amor libre, etc.

Hoy día, lejos estamos de esas determinaciones.

Bajo las coordenadas del Discurso Capitalista hay una caducidad de la ley, una caída de los ideales, así como de las figuras de autoridad y en su lugar hay instauración de contratos y un empuje al goce. Con un rechazo de toda determinación que provenga del Otro y una promoción de la individualidad (autodeterminación, reinvención, autogestión, autoayuda, merito individual, autosuperación, etc.) cada individuo se fabrica su propio nombre, su identidad y su modo de satisfacción sin direccionalidad a los otros.

“Hay una coalescencia de cada uno con su objeto de consumo”[4] y cada uno arma un “ser” según lo que consume: “consumo cocaína/ soy cocainómano”, “consumo ansiolíticos, soy TOC”, “consumo Youtube, soy youtuber”, lo que da lugar a identidades cristalizadas que no cuestionan al sujeto, que prescinden de la determinación del otro y que dan cuenta de una nueva continuidad entre el sujeto y el objeto. El sujeto mismo, a la vez que es consumidor, se torna objeto de consumo.

Así, lo que interpela al adolescente contemporáneo ya no es liberarse de las ataduras del Otro, ni desligarse de los mandatos familiares, o rebelarse de la opresión social, ya que el joven se presenta desamarrado de toda autoridad, sin referencias a ideales y “sin vergüenza”[5] ni ataduras y con un empuje pulsional a lo ilimitado: a gozar más, consumir más, intervenir sobre el cuerpo, sobre la naturaleza. 

O sea, ante la caída de los ideales y la labilidad de la figura del Otro como orientación que marca lo prohibido y así orienta lo permitido en el despertar sexual, hoy vemos que hay una promoción del goce y una deriva o desorientación en el deseo.

El neoliberalismo confronta al sujeto con una oferta de satisfacción infinita y “pret a porter”. Esta oferta/empuje tiene efectos distintos de las clásicas neurosis de la época freudiana en la que el cuerpo aparecía erogeneizado y recortado simbólicamente y los síntomas estaban íntimamente articulados a un Otro; hoy día, predomina la afectación del cuerpo en su totalidad, perdiéndose la dimensión de enigma que los síntomas portaban antes : consumos múltiples e ilimitados, tedio y aburrimiento, violencias inmotivadas, desorientación generalizada, intervenciones sobre los cuerpos, identidades rígidas, falta de deseo, dificultad del surgimiento del sentimiento amoroso, cansancio, ataques de pánico, etc.

Interrogo no sólo acerca del lado “sintomático” de las coordenadas actuales, sino en su estatuto de costumbres y modas contemporáneas,“pinceladas de actualidad”[6]: la pornografía y la sexualidad postpornográfica, la mercantilización de los cuerpos, la precariedad laboral, los efectos de la tecnología en la vida cotidiana, la objetalización del sujeto, etc.

Hago un recorrido por algunos fenómenos actuales: youtubers, influencers, cross play, sugar baby, uso cotidiano de psicofármacos, paranoia generalizada, suicidios en streaming, Hikikomori, Burn out, multitasking, etc.

Finalmente cuestiono la actualidad del psicoanálisis: «así como los síntomas han cambiado, también el quehacer del psicoanalista ha mutado con los cambios sociales y subjetivos”.

Y planteo: ¿Qué puede aportar el psicoanálisis hoy?

Propongo algunas respuestas orientadoras:

En una época en que prima el mundo ficcionalizado y digitalizado, imbuidos entre los medios de (des)información y la oferta permanente de consumos, “el papel que el psicoanálisis debe sostener no permite ambigüedad: le toca recordar lo real, que es lo que Lacan indicó para terminar.[7]

Ubicaré en un análisis, intervenciones que apuntan a “poner un palo en la rueda” a la espiral “perfecta”, homogeneizante e ilimitada del capitalismo, tal como lo describiera Lacan.

“La posición del psicoanalista tendrá que ver con alojar ese resto que producen las coordenadas actuales que es el sujeto en su estatuto de objeto.”[8]

Frente el descrédito de la palabra y la promoción de la imagen homogeneizante y una incitación a la acción, en un psicoanálisis con un adolescente se tratará de brindar el espacio y tiempo para que cada joven pueda tomar la palabra y encontrar su singularidad.

Donde hay prisa, introducir una pausa, “reinventar el tiempo”[9] como contrapunto del empuje a vivir en un eterno presente hiperactivo de inmediatez”[10]; donde hay certezas introducir preguntas, donde hay consumos, habilitar el vacío, donde hay descrédito, “hacer creer en el síntoma”[11], donde hay identidades rígidas, introducir alguna pregunta que permita hacer circular aquello petrificado, donde hay goce, re-introducir la dimensión del amor y el deseo, donde hay búsqueda de performance, de rendimiento, habilitar algo de poesía en el decir, donde se promueve la mostración y la “transparencia”, habilitar la opacidad, donde está el efecto adormecedor de los medios y el consumo, promover un despertar; donde prima el “todo es posible”, sostener el lugar de lo imposible.

El encuentro de un adolescente con un psicoanalista podría generar las condiciones propicias para darle crédito a la palabra de cada joven y posibilitar las condiciones para inventar un modo singular de tramitar el despertar de las pulsiones, sin quedar alienado a los mandatos de su época y lugar.

Que surja una invención que posibilite al joven vivir sin quedar alienado al consumo y/o a convertirse él mismo en un objeto consumible.

Verónica Berenstein es psicoanalista y psiquiatra.

Notas:

[1] Miller, J.-A., S(x), Matemas II, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1990, Pág. 171.

[2] Berenstein, V: Despertar e inventar en la adolescencia. Ed Grama, Bs As, 2022. Pág21.

[3]Lacan, J: “Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis”.

[4]Berenstein, V: Despertar e inventar en la adolescencia. Ed Grama, Bs As, 2022. Pág. 39.

[5]Lacan, J: “Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis”.

[6]Berenstein,V: Despertar e inventar en la adolescencia. Ed Grama, Bs As, 2022. Pág. 91

[7]Laurent, E. y Miller, J.-A., El Otro que no existe y sus comités de ética, Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 15.

[8]Berenstein, V: Despertar e inventar en la adolescencia. Ed Grama, Bs As, 2022

9 y 10 Ansermet, F., “Todo junto, todo al mismo tiempo”, en Incidencias clínicas de la carencia paterna. ¿Cómo se analiza hoy?, G. Battista y M. A. Negro (comps.), Grama ediciones, Buenos Aires, 2019.

[11]Laurent, E., “La sociedad del síntoma”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis nº 2, eol, Buenos Aires, 2004, p. 113.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12.

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Verónica Berenstein. 29 de septiembre 2022.

Sociedad/Adolescencia/Individualismo/Objetivos/Comunicación/

Relaciones interpersonales/Vida/Salud.

Anne Wiazemsky, la segunda estigmatizada por el gran Godard.

Fernando Rey contaba que hubo producciones estadounidenses en las que le contrataron para que les hablase de Buñuel. A tenor de las fechas de los trabajos del actor gallego para William Friedkin —El imperio de la droga (1971)— y John Frankenheimer —French Connection II (1975)—, y considerando que se pronunció en estos términos por aquellas fechas, me inclino a pensar que fue alguno de los dos realizadores del díptico de Popeye Doyle —Popeye apodaban a Jimmy Doyle (Gene Hackman), el protagonista de las dos cintas citadas, sus compañeros en la brigada de estupefacientes— a quien se refería el intérprete de Viridiana (1961), Tristana (1970) o El discreto encanto de la burguesía (1972), entre otras cintas de don Luis y varios realizadores de renombre internacional.

Cuarenta y muchos años después, a Michel Hazanavicius le bastó con leer Un año ajetreado (2012), la novela que la actriz y escritora Anne Wiazemsky dedicó a su encuentro y posterior matrimonio con el gran Godard, para saber cuanto creyó necesario sobre el maestro que divide en antes y después de él la historia de la gran pantalla —inaugurando, además, el cine de autor contemporáneo— y extraer una película de tamaño hallazgo.

Mal genio (2017), el filme referido, no es sólo la crónica sesgada y subjetiva de un amor que acabó mal. También fue una satisfacción para todos aquellos que, con una inquina que sobrepasa con creces la animadversión que se puede tener a un cineasta por mucho que su obra te irrite, llegaron a insultar personalmente a Godard en las redes sociales tras la noticia de su reciente suicidio asistido.

Ahora bien, como dicen los dirigentes de la cultura española al uso de nuestros días, esos insultos, proferidos contra alguien que acababa de morir, retrataron a cuantos los escribieron en Facebook y en Twitter, quienes, insensibles ante las rupturas de Godard —con la percepción de la continuidad, con la construcción tradicional de los caracteres dramáticos, con la dirección habitual de actores, con las fronteras que separan los distintos géneros…— no entienden más cine que los puñetazos de Clint Eastwood, las fanfarrias de John Williams y el infantilismo de Spielberg y Lucas.

Sí señor, además de ese autorretrato que les procuraron sus injurias, hubo algo en esa gente de esos enanos que critican a Gulliver. Ellos sabrán. Que sigan viendo hasta la consunción de los siglos esas manidas comedias que tanto les complacen.

La cinta de Hazanavicius fue loable y muy en la línea de la inquietud cinéfila que caracteriza a un cineasta como él, distinguido con un Oscar a la mejor dirección por The Artist (2011), su entrañable tributo a la pantalla silente.

Godard, por cierto, rechazó tan preciada estatuilla en 2010, en un último desprecio a esa pantalla comercial contra la que se alzó desde Al final de la escapada (1960). Eso sí, Hazanavicius fue a dejar constancia en Mal genio de cómo Anne Wiazemsky fue una actriz estigmatizada por Godard desde su segunda película hasta el final de su filmografía. Es más, el signo del abanderado de la Nouvelle Vague la persiguió incluso después de haber dado por concluida en 1988 su actividad como actriz e iniciar una carrera igualmente brillante como escritora.

Este segundo oficio fue el que la trajo a nuestro país en 2013. Y fue, precisamente, para presentar la traducción española de Un año ajetreado. Ya no era aquella chica candorosa, cuya efigie bien hubiera podido ser al mayo del 68 parisino lo que la mismísima Marianne —esa figura alegórica tocada con el gorro frigio que encarna a la república francesa— es al país vecino.

La Anne que conocieron sus lectores y admiradores españoles ya era una señora mayor. Había que mirarla dos veces para distinguir en ella a esa muchacha que exhibía con la decisión de los militantes —y junto a la maravillosa Juliet Berto ni más ni menos— el Libro rojo de Mao en el plano más famoso de La chinoise (Jean-Luc Godard, 1967).

La irrupción de Anne en el cine de autor europeo de finales de los años 60 fue tan sonada como 20 años después lo sería en la literatura. En 1998, su novela Une poignée de gens mereció la mayor distinción que concede a una ficción la academia francesa.

Pero las imágenes sugeridas en sus textos difícilmente habrán podido superar a la de la propia Anne en su juventud. Su atractivo fue el mayor encanto del maoísmo, a la vez que sintetizó a la perfección la magia de tantas jóvenes estudiantes europeas que, pese a ser gentiles burguesitas, renunciaban a los privilegios de su clase para integrar las filas de la revolución proletaria con todas sus consecuencias.

Recuerdo a algunas de ellas —también había jóvenes guardias rojos en el Madrid de mediados los años 70, el de mi adolescencia—, acusándome de ser un reaccionario porque bebía cubalibres y escuchaba rock & roll. Lo debido, según la cosmovisión revolucionaria, eran los licores locales y la nueva canción chilena, especialmente Victor Jara y Quilapayún.

Anne Wiazemsky, en las películas de Godard, retrató a las chicas que soltaban aquellas peroratas de la conciencia política como ninguna otra actriz. Tigres de papel (1977), tituló Fernando Colomo su cinta ambientada en aquel Madrid al que me refiero, “tigres de papel” nos llamaban a los reaccionarios los maoístas en alusión a un verso de Mao, el Gran timonel de su revolución y de la de los asesinos del jaez de Abimael Guzmán o los jemeres rojos.

Los dogmatismos de aquellos jóvenes de mi época, antes de concienciarme, me hicieron beber más cubalibres, escuchar más rock & roll y comprender, adolescente aún, que la política, sea cual sea el lado de su espectro, es la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano: sólo existe para solucionar los problemas que ella misma crea previamente y en el interín, con una frecuencia espeluznante, lleva a los concienciados a matar y a morir.

Y esto es un hecho constatable, no retórica, como los versos de Mao. Así las cosas, no hará falta que me detenga ante el profundo desprecio que me inspira toda la cultura del compromiso político, empezando por el cine y la canción protesta… A excepción de las cintas maoístas de Godard que, naturalmente, no me interesan por maoístas, sino por ser de Godard. Anne Wiazemsky fue su musa más genuina de aquellos títulos.

Nieta del premio Nobel de Literatura François Mauriac, la futura militante nació —ya digo— gentil burguesita en el Berlín de 1947, ciudad donde estaba destinado su padre, un aristócrata empleado como funcionario internacional.

Descubierta por el gran Robert Bresson, éste le confió el papel de la muchacha que llora la suerte de su burro en El azar de Baltasar (1966). Así pues, sólo contaba 19 años cuando debutó en el cine protagonizando una obra maestra. A la sazón ya era una consumada cinéfila. Admiradora del gran Godard, como también lo eran Fritz Lang y The Rolling Stones, Jean Renoir y Brigitte Bardot, según habría de recordarnos su personaje, incorporado por la maravillosa Stacy Martin en Mal genio, decidió escribirle una carta donde le confesaba estar enamorada de él.

Ni el maoísmo ni nada. Si hubo algo que Godard amó más que el cine, eso fueron las mujeres hermosas. Como lo fueron todas las que protagonizan su copiosa filmografía. Una chica y una pistola le bastaban para hacer una película.

Ya separado definitivamente de Anna Karina, su primera estigmatizada de forma indeleble, apenas vio a su nueva enamorada, se casó con ella. Al punto empezaron los problemas. Hija de una familia tan católica como la de François Mauriac —a quien la futura maoísta estuvo especialmente unida—, en su casa se negaron a su matrimonio con alguien que le sacaba casi diecisiete años.

Ya esposa y musa de Godard, así como militante maoísta en la vida real, Anne estaba al lado del maestro cuando los responsables de la embajada China en París, tras asistir a una proyección de La chinoise, le comunicaron que dicha película les había parecido la obra de un demente.

Tan insoportable en la intimidad como todos los genios, Anne aguantó todos los ataques de celos de Godard.

Le acompañó a las manifestaciones y, cuando abandonó la pantalla comercial a raíz de los acontecimientos de mayo del 68 —en los que ella leía los manifiestos promovidos por Daniel Cohn-Bendit y Jean-Pierre Duteuil—, participó en varios de sus filmes militantes, distribuidos casi exclusivamente entre organizaciones clandestinas: Le vent d’est (1970), Lotte in Italia (1971) o Vladimir et Rosa (1971), fueron algunos de dichos títulos.

Paralelamente, ya estigmatizada, para bien y para mal como la nueva inspiración del gran Godard, Anne Wiazemsky maravilló a algunos de los más destacados realizadores del cine europeo de su tiempo. Para Pier Paolo Pasolini protagonizó Teorema (1968) y Pocilga (1969). Para Marco Ferreri fue la Dora de El semen del hombre (1969) y con el suizo Alain Tanner, también recientemente fallecido —grande entre los grandes del cine de autor—, colaboró en Le retour d’Afrique (1973).

Separada de Godard en 1979, con quien la convivencia se había hecho imposible desde mucho antes, la filmografía de la actriz se prolongó hasta 1988.

Sólo volvió a ver al maestro en una edición del festival de Cannes. Se acercó a él para felicitarle por la cinta que acabada de presentar y él le dio una mala contestación.

Con todo, quien sabe si para exorcizar su recuerdo o para entregarse aún más a él, desde su tercera novela —Canines (1993), sobre una actriz y la dificultad que le plantea la ruptura definitiva con su ex, un director— volvió sobre el estigma de Godard.

Ya convertida en una de las autoras más destacadas de Francia, con su bibliografía prácticamente terminada, abundó en su obsesión con Godard en Un año ajetreado. El maoísmo ya solo era un recuerdo.

Para ella, para él e incluso para los nuevos comunistas chinos. Un recuerdo para todo el mundo, excepto para quienes perdieron la vida a causa de su revolución cultural.

Anne Wiazemsky murió en París en octubre de 2017. Godard se suicidó hace unos días, unas horas antes de que los detractores de su cine volvieran a insultarle en las redes sociales tras la noticia de su fallecimiento.

Imagen de portada: Anne Wiazemsky

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Javier Memba. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 25 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Cinematografía/Literatura/Anne Wiazemsky/Godard.

Un actor vampirizado por un personaje.

Si por loco, alucinado, tenemos a aquel que se cree Napoleón en Waterloo, sin ser más que un pobre infeliz que languidece en una casa de salud, la locura está tan estrechamente ligada a la interpretación como la silicosis a la minería.

Puede que la única diferencia entre el actor y el alienado consista en que aquél vuelve a ser él mismo cuando el realizador grita “corten” para detener la filmación y la representación finaliza, en tanto que el lunático permanece en su personaje indefinidamente, perdiendo su duelo contra toda Europa si cree ser Napoleón en Waterloo. 

Vaya un ejemplo, Antonin Artaud, todo un mito entre los cinéfilos por sus interpretaciones para Abel Gance y Carl Theodor Dreyer en las postrimerías de la pantalla silente. Fue, además, uno de los grandes visionarios del teatro del siglo XX. Descubrió la poesía dramática —y por ende la interpretación— recluso por sus delirios. Sólo tenía dieciséis años cuando fue ingresado por primera vez en un manicomio.

A la vista de su imagen pública, nadie hubiera imaginado en Philip Seymour Hoffman desorden alguno. Distinguido con el Oscar al Mejor Actor por su creación de Truman Capote en el biopic que en 2005 dedicó Bennett Miller al autor de A sangre fría (1966), Hoffman fue uno de los más destacados intérpretes de reparto de su generación. Sin embargo, cuando empezó a darse vueltas a las causas de su prematuro óbito, se recordó que en la primavera de 2003 ingresó en un centro de rehabilitación para superar su toxicomanía y otras dependencias.

El productor y guionista David Katz, quien encontró el cuerpo sin vida del actor el dos de febrero de 2014, afirmó entonces que el ya finado no había sido el mismo desde que interpretó a Willy Loman, el protagonista de Muerte de un viajante (1949). 

Lo hizo en un montaje de esta celebrada pieza de Arthur Miller estrenado por el también cineasta Mike Nichols, realizador, entre otras cintas de El graduado (1967), Conocimiento carnal (1971) o Armas de mujer (1988). 

Estrenado en el teatro Ethel Barrymore de Nueva York el dos de marzo de 2012, el telón se bajó por última vez sobre aquel drama el dos de junio de ese mismo año. Pero Hoffman ya no era el mismo ni habría de volver a serlo. “Aquella pieza lo torturaba, la tristeza le consumía un poco más en cada una de las funciones”, comentó Katz recordando al difunto. “Hiciera lo que hiciera, sabía que, llegada la hora de levantar el telón, tenía que volver a torturarse a sí mismo y aquello le estaba matando. La interpretación te altera la mente y él interpretaba a diario”.

Sí señor, la personalidad de su personaje —al que podemos definir como un perdedor paradigmático de la antítesis del sueño americano— le había vampirizado de tal manera que, para escapar de ella, había vuelto a sus vicios de estudiante: el alcoholismo y la drogadicción. 

También Antonin Artaud intentó superar sus desequilibrios recurriendo a los hongos alucinógenos, yendo a vivir con los indios tarahumaras, consumidores habituales de peyote, a la Sierra Madre mejicana. 

Regresó a Europa con la razón minada en el 38 y conoció la indigencia en Dublín. Los personajes que le perseguían volvieron a manifestarse y acabó recluido, en un manicomio de Francia, durante los últimos diez años de su vida.

El último viaje de Philip Seymour Hoffman fue con un speedball y no tuvo regreso. 

Speedball llaman los politoxicómanos a ciertas rayas en las que mezclan heroína y cocaína. “Para subir y bajar”, dicen ellos. Hoffman ni subió ni bajó, se quedó en el sitio donde se lo encontró, ya cadáver, David Katz. Su prematuro fallecimiento truncó una de las carreras que se auguraban más brillantes entre las de todos los actores que se dieron a conocer en los años 90. 

Colaborador de los hermanos Coen, Spike Lee, Anthony Minghella y algunos otros de los realizadores más destacados del Hollywood de nuestros días, Hoffman también se prodigó en la escena como actor y director muy aclamado. Es más, fue nominado a los Premios Tony en un par de ocasiones. 

El Willy Loman que acabó costándole la vida, según sostiene la crítica especializada, fue el mejor que se ha visto hasta la fecha. Ni el cine ni las disipaciones, que acostumbran a atribuírseles a los hacedores de la gran pantalla. Puede decirse que en Broadway y en Arthur Miller estuvo el origen de la perdición de Hoffman.

Hijo de Marilyn L. O’Connor, una jueza comprometida en la lucha por los derechos civiles, y un alto ejecutivo, Philip Seymour Hoffman nació en Nueva York en 1967. 

Aún cursaba sus estudios secundarios cuando en 1982 intervino fugazmente en un episodio de la serie M.A.S.H., una comedia de situación sobre un destacamento médico en la guerra de Corea que constituyó uno de los mayores éxitos de la televisión pretérita. Se basaba en la cinta homónima estrenada en 1970 por Robert Altman, todo un hito en el nuevo Hollywood de los años 70: el conflicto coreano en el que estaba ambientada simbolizaba el de Vietnam.

Doce años después, cuando Hoffman descubrió, en uno de los capítulos de la versión televisiva de M.A.S.H. su vocación, la gracia original del argumento había dado paso a las procacidades de la televisión cínica, por así llamar a cierto humor que proliferaba en la antena de entonces. 

Al futuro alucinado le pareció bastante para seguir varios cursos de teatro antes de entrar en contacto con Alan Langdon, un prestigioso profesor de arte dramático en quien siempre reconoció a su mentor.

Licenciado en interpretación por la Universidad de Nueva York, fundó en sus aulas —junto a Bennett Miller y el actor Steven Schub— la Bullstoi Ensemble, primera compañía a la que estuvo ligado. Por aquellos días ya se le conocieron sus adicciones. Sin embargo, deseoso de entrar limpio en la vida adulta, supo superarlas. 

Habrían de pasar más de veinte años, hasta que Willy Loman se cruzó en su vida, antes de que volviera a caer.

Fue otro hito de la pequeña pantalla, Ley y orden —uno de los grandes dramas criminales de la antena de los 90— el que le proporcionó el verdadero debut ante las cámaras. Hablamos de un capítulo emitido en 1991, The Violence of Summer. Bajo la dirección de Don Scardino, Hoffman dio vida allí al abogado Steven Hanauer.

Actor de gran presencia y técnica impecable, no habría de pasar mucho tiempo antes de que la gran pantalla comenzara a reclamarle. 

El charlatán, una comedia al servicio de Steve Martin dirigida por Richard Pearce en el 92, supuso su debut en el cine. A partir de entonces, no volvería a trabajar como tendero, empleo al que tuvo que recurrir en más de una ocasión cuando en los comienzos de su carrera le faltaba trabajo.

Marcado por la inexorable tendencia del Hollywood de nuestros días al remake de los grandes títulos europeos, el de Perfume de mujer (Dino Rissi, 1974) realizado por Martin Brest en 1992 con el título de Esencia de mujer, donde Hoffman recreaba a George Willis Jr., supuso el espaldarazo definitivo. 

A partir de entonces, su carrera avanzó a un ritmo vertiginoso en una filmografía que, empero su prematuro final, se extendió a lo largo de dos décadas. Más de 60 películas la integran. Entre sus muchos trabajos se impone dar noticia del Gary de Cuando un hombre ama a una mujer (Luis Mandoki, 1994), el Scotty de Boggie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997) o el Brandt de El gran Lebowski (Joel y Ethan Coen, 1998).

Mención aparte merece su excelente Freddie Miles de El talento de Mr. Ripley, el remake de A pleno sol (René Clement, 1960) estrenado por Minghella en 1999. En sus secuencias, Hoffman demostró que era uno de esos actores de carácter —su corpulencia y la frecuencia con la que interpretó papeles secundarios le abocaban a ello— capaces de eclipsar a los protagonistas.

Con el nuevo siglo llegaron filmes como Casi famosos (Cameron Crowe, 2000), La última noche (Spike Lee, 2002) y una nueva colaboración con Minghella en Cold Mountain (2003). El reverendo Veasey al que incorporó en aquella ocasión habría de ser otro de sus personajes más recordados.

Ya en la cima, entre sus papeles protagónicos hay que destacar al Andy de Antes que el diablo sepa que has muerto (2007), donde fue dirigido por Sidney Lumet. 

En su recreación del padre Brendan Flynn de La duda (John Patrick Shanley, 2008) tuvo como oponente a Meryl Streep. Prueba del respeto que Hoffman inspiraba a sus compañeros fue ese Paul Zara, que George Clooney le confió en Los idus de marzo (2011).

Y entonces, Willy Loman se cruzó en su camino. Como nunca quiso dar ninguna noticia de su vida privada, no se supo hasta después de su trágico final que Mimi O’Donnell, la diseñadora de vestuario con la que compartía su vida desde 1999, le echó de casa en 2012 para que los hijos comunes no estuvieran en contacto con la heroína, los camellos y todo lo concerniente al vicio en el que había vuelto a caer su padre. Cuando le preguntaban los amigos, decía que consumía con moderación. Pero no era el caso.

Lo cierto fue que Willy Loman, el viajante de Arthur Miller, un personaje ficticio, lleno de deudas, con sesenta y tres años y unos hijos a quienes se les auguraba un futuro tan desgraciado como el de su padre, le había vampirizado.

Es una verdadera locura que un perdedor imaginario acabe con un triunfador real y verdadero, como fue a dar fe el Oscar que otorgaron al actor por su creación de Truman Capote. Mas en la razón desordenada, en el delirio, no hay explicaciones.

Primero fueron los fármacos recetados; después, la heroína esnifada y fumada, sin parar durante una semana entera. Total, que, en mayo de 2013, Philip Seymour Hoffman ingresó voluntariamente en una clínica de la costa Oeste para desintoxicarse. Diez días después, salió diciendo que lo había dejado y se incorporó a un nuevo rodaje.

No duró ni siquiera un año. El invierno siguiente emprendió su último viaje. 

Su desaparición le impidió terminar la segunda parte de Los juegos del hambre, dirigida por Francis Lawrence, cuya filmación le ocupaba cuando se lo llevó el caballo de la muerte. Mientras Hoffman iba al encuentro de Willy Loman, reescribieron su personaje. En 2015, la película se estrenó sin problema alguno.

Imagen de portada: Philip Seymour Hoffman

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Javier Memba. Editor; Arturo Pérez-Reverte. 18 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Teatro/Cinematografía/Philip Seymour Hoffman

Un estudiante de México inventó un pavimento “antibaches” que se regenera automáticamente con agua.

Este pavimento “antibaches”, como es conocido, le dio al mexicano Israel Antonio Briseño el premio James Dyson – México.

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Los baches son uno de los problemas más recurrentes en las carreteras, por la calidad del asfalto, la influencia del ambiente o la falta de mantenimiento. Pero un estudiante de México se propuso terminar con este problema, creando un pavimento que se regenera automáticamente con agua.

Israel Antonio Briseño es el nombre del inventor de 25 años de edad, que llamó a su proyecto Paflec (siglas de Pavimento Flexible Capaz de Regenerarse). El material que utilizó para crearlo es neumático de autos.

Pincha el link si deseas ver el vídeo;

Israel Briseño inventó un pavimento capaz de autorepararse

Comenzó a trabajar en él cuando era alumno de la Universidad Autónoma de Coahuila, en su tesis para graduarse de Ingeniero Civil.

Así trabaja el Paflec de Israel Antonio Briseño

Cuando el elemento y el agua se mezclan, se produce una reacción química que lo regenera, explica Briseño.

“Es un polvo, un aditivo que se agrega y mezcla en el asfalto para prevenir los baches”, señaló el inventor en una conversación con el portal mexicano El Sol de la Laguna.

Paflec Así es el pavimento autorregenerativo «antibaches»-

“Tiene la capacidad de absorber agua y regenerar fisuras. Gracias a eso, puede hacer que el pavimento tenga más años de vida útil”.

“La carpeta asfáltica se echa a perder con el agua. Entonces, ahí me inspiré, convertí el mayor agente de degradación en agente de recuperación”, cuenta Briseño.

“Originalmente el proyecto era mi tesis, pero vi que tenía el potencial de ayudar a muchas personas y decidí emprenderlo”.

El pavimento que se regenera con agua está aún a prueba en México

Briseño trabajó en su proyecto desde 2017, ganándose en 2021 el reconocimiento de Ciudadano del Año por Grupo Salinas, y el prestigioso galardón James Dyson – México.

Israel Briseño El inventor de México muestra el Paflec, el pavimento autorregenerativo.

En la actualidad, está probando su invención en las localidades de Francisco Ignacio Madero, Coahuila, y Camargo, Chihuahua.

El Paflec de Briseño busca ser aprobado definitivamente por el Organismo Nacional de Normalización y Certificación de la Construcción en México. Además, lo llevaría ante la Secretaría de Comunicaciones y Transporte de su país natal.

Imagen de portada: Israel Briseño, inventor mexicano Así es el pavimento autorregenerativo «antibaches»

FUENTE RESPONSABLE: Fayer Wayer. Por Kiko Perozo. 23 de septiembre 2022.

Sociedad/América Latina/México/Ciencia/Transporte.

‘Hititas’, la historia de los guerreros de Anatolia.

La guerra, sin duda, ha servido para consolidar el poder entre los hombres a lo largo de la historia. Y, como tal hecho principal, ha contribuido a forjar la historia y su narración a lo largo del tiempo

En lo que hace relación a la cultura Hitita, su significación ha sido alta como pueblo y civilización, situando su influencia hacia el segundo milenio a.C. en adelante, y su área de influencia el medio  Oriente en sentido genérico. A tenor de lo que leemos en el libro (muy preciso en sus fuentes y narrado con rigor y amenidad) su territorio de influencia podríamos resumirlo así: “Un terreno enmarcado dentro de la cuenca del Marassantiya al que hemos llamado patria hitita; ahí se encuentra la capital, Hattusa, y muchos de los centros religiosos y administrativos más importantes (…) Cierta cantidad de estados vasallos repartidos por muchas partes de Anatolia y el norte de Siria (…) A partir de la 2ª mitad del siglo XIV a.C. conocemos dos virreinatos, uno en Carquemis y otro en Alepo (ciudad donde las referencias a este pueblo continúan siempre visibles en el nomenclátor) A mediados del s. XIII a.C. se estableció un tercer virreinato en el sudeste de Anatolia”

Considerando no solamente su gran área de influencia geográfica sobre el terreno, sino la durabilidad de su poder, parece procedente lo que nos resalta el autor, este prestigioso profesor australiano, que ha estado vinculado a la Universidad de Queensland: “Uno de los rasgos más notables del Reino hitita fue que, a lo largo de sus 500 años de existencia, una sola dinastía real fundada a principios del siglo XVII a.C. ejerció el poder supremo de un modo casi ininterrumpido (…) La circunstancia que hace de la longevidad dinástica un hecho notable es que procede de un grupo étnico minoritario en el reino, hablantes de una lengua indoeuropea llamada nesita”

En sentido estricto hemos conocido que la persona del rey era sagrada. Ejercía el poder por derecho divino, pues era el representante de los dioses en la tierra (veamos que esta idea no se aleja mucho de la percepción religiosa de la figura del rey en la España Moderna e Imperial) e intermediario entre ellos y sus adoradores humanos. “El rey ideal debía ser un gran guerrero y demostrar con regularidad sus habilidades en el campo de batalla (lugar donde la crueldad podría adquirir tintes alarmantes como actitud)” La otra gran responsabilidad del soberano consistía en inspeccionar la administración de justicia en su territorio.

Habiendo dos clases bien distinguidas, la clase alta y la plebe, los intereses de ésta estaban cuidadosamente regulados, “pues las leyes se preocupan sobre todo por las actividades y disputas entre la plebe del mundo hitita” De hecho, la colección de leyes hititas es uno de los documentos sociales más valiosos referentes a este período, sobre todo por la luz que derraman sobre la vida y la sociedad en su nivel más modesto, sobre las actividades cotidianas de las gentes que poblaban  el imperio. Cabe  hacer notar que “el incesto se tenía como una práctica especialmente aberrante” En otros casos, la relación sexual era más laxa: “si un hombre tiene una esposa, y él muere, su hermano será el primero para tomarla como esposa; entonces, si el hermano muere, su padre la tomará…” Estaban prohibidos la poligamia y el concubinato, si bien “el rey podía tener varias, o muchas, concubinas aparte de una esposa principal”

Podemos conocer también, gracias a la minuciosa información que el profesor Bryce aporta en su dilatado estudio, que Hattsusili llegaría a ser el gran rey de Hatti, y no a través del proceso habitual de sucesión, sino tomando por la fuerza el trono (Pequeñas flaquezas humanas, diría el irónico) Un rasgo distintivo curioso, y a señalar por lo distintivo en este pueblo, es la posición ocupada por la primera dama. La función principal de la tawananna era oficiar como suma sacerdotisa del reino de Hatti. Eso ya de por sí le otorgaba un poder y una autoridad considerable, pues hablamos de un Estado donde la autoridad secular y la eclesiástica estaban íntimamente entrelazadas.

Mantenida su área de influencia de una manera desigual según las circunstancias, y a sabiendas de que todo protagonismo humano es pasajero, avanzado ya el segundo milenio que fijó su mayor poderío, aparecen en la historia los llamados ‘pueblos del mar’, que habían de debilitar y sustituir el poder dominante: “a principios del siglo XII (donde se data el próximo final del poder hitita) grandes grupos humanos llegaron del mar y barrieron buena parte de Próximo Oriente, desde Anatolia a Chipre y grandes extensiones de Siria y Palestina, dejando a su paso un rastro de destrucción”

Nuevas gentes, pues, nuevas culturas –una vez más- sustituirán a las precedentes para conformarse como nuevos protagonistas de la historia. “Tempus fugit”

Decir, en fin, que, a día de hoy, quien vaya de viaje por la Capadocia, podrá conocer la figura triste, ‘yacente’ en el tiempo pero erguida, del conocido como ‘el castillo de ORTAHISAR’, una auténtica montaña horadada de antiguas viviendas que ha resistido con dificultad el paso (el peso) del tiempo. Allí, en un paisaje lento, hermoso, subyugante, pacen todavía, libres, algunos ejemplares de los afamados caballos hititas, tan cantados en las viejas batallas.

La herencia dejada por este civilización fue notoria y prolongada en el tiempo tanto en el terreno del arte como en el de la escritura. ¿Su lengua tuvo relación con algunas inscripciones de carácter jeroglífico? Sí, desde luego, con la escritura cuneiforme que conocemos en la tablillas. Hoy, al referirnos a dicha cultura, hemos de aludir a vestigios gloriosos, a sabiendas de que las capas de la cultura de un pueblo –sobre todo guerrero- son el precedente de aquellas que las hayan de sustituir y tapar.

El libro, ya queda dicho, es rico en documentación minuciosa y está narrado con verosimilitud y eficacia.

Imagen: Cubierta de portada de “Hititas” Historia de los guerreros de la Anatolia.

FUENTE RESPONSABLE: Culturamas. Por Ricardo Martínez. 25 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Reseña.

La Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal, la superestructura más grande que existe en el universo.

Científicos la han llamado “estructura cósmica imposible”.

El universo es infinito, repleto de diferentes astros, planetas y objetos que lo hacen un lugar vasto. Si alguna vez te preguntaste qué es lo más grande que existe fuera de la Tierra, en el espacio exterior hay un complejo de supercúmulos que se adueña de esa etiqueta: La Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal.

También conocida como Complejo de Supercúmulos de Hércules-Corona Boreal, es la estructura cósmica más colosal que exista, con una dimensión absurda de 10.000 millones de años luz de diámetro. La conversión a kilómetros o pies es indescriptible.

De acuerdo con un informe publicado en el sitio web de La República, por su tamaño, la luz demora en llegar de un extremo a otro de la Gran Muralla el equivalente al 72 por ciento de la edad del universo, es decir, 13 mil 800 millones de años desde el Big Bang.

El Complejo de Supercúmulos de Hércules-Corona Boreal fue descubierto en 2013, hace poco considerando que es lo más grande que existe en el universo. Para tener una idea su magnitud, la Vía Láctea, que es la galaxia espiral donde se encuentra el Sistema Solar, tiene un ancho de 100.000 años luz, insignificante al lado del objeto más grande del universo.

Fue el astrofísico húngaro Istvan Horvath quien dio con la superestructura, cuando estudiaba una concentración de ráfagas de rayos gamma, un fenómeno que suele ser indicador de regiones cósmicas muy masivas, a unos 10.000 millones de años luz, entre las constelaciones de Hércules y Corona Boreal, por ello su nombre.

Objeto de debate

La existencia de la Gran Muralla de Hércules-Corona Boreal ha sido criticada o más bien analizada en diferentes debates en la comunidad científica.

Representación de la Gran Muralla Hércules-Corona Boreal (WikiWand).

Según algunos astrónomos, es una estructura cósmica imposible ya que desafía las leyes de la física y el principio cosmológico del emblemático físico alemán Albert Einstein, quien argumentó que el universo debería ser uniforme y verse igual desde donde quiera que se observe.

Por su parte, Jon Hakkila, colega directo de Horvath, dijo en 2014 que “esta estructura era demasiado grande para existir”, por lo que “todavía tenía sus dudas”, con un margen de error menor de 1 por ciento, despertando la curiosidad entre los expertos ya que era compañero del investigador que descubrió la superestructura.

Finalmente, en un artículo publicado en 2020 por el equipo original de investigadores, los autores examinaron una vez más los datos recaudados y respaldaron nuevamente la existencia de examinó nuevamente sus datos y respaldó la existencia del Complejo de Supercúmulos de Hércules-Corona Boreal.

Imagen de portada: Gentileza de Fayer Wayer

FUENTE RESPONSABLE: Fayer  Wayer. Por Guy Acurero. 25 de septiembre 2022.

Espacio/Cosmos/Ciencia/Estudios.

El artículo científico que le rechazaron a Albert Einstein

En 1936, una de las revistas más prestigiosas de Física le rechazó al científico un artículo. ¿Por qué?

 

A finales de 1936, un enfurecido Einstein le mandó al editor de la prestigiosa revista The Physical Review, una carta que debió sonar como un trueno:

“Nosotros le hemos mandado nuestro manuscrito para que lo publicara y no lo hemos autorizado a que se lo muestre a especialistas antes de que esté impreso. No veo ninguna razón para considerar los comentarios –en todo caso erróneos– de su experto anónimo. En base a este incidente prefiero publicar el artículo en algún otro lado”.

¿Cuál es el contexto de este impasse? ¿De qué trataba el manuscrito aludido? ¿Qué consecuencias tuvo?

Era el tercer artículo que Einstein mandaba al Physical Review, desde que vivía en Princeton, en 1933, todos con su colaborador, Nathan Rosen. El primero trataba sobre lo que hoy se conoce como agujeros de gusano, y el segundo, de mecánica cuántica, planteaba la hoy llamada paradoja de Einstein-Podolski-Rosen. Ambos fueron publicados sin problemas.

Sin embargo, el tercero no. A comienzos de 1936, Einstein le había escrito a su amigo Max Born: “junto con un joven colaborador llegué al interesante resultado de que las ondas gravitacionales no existen…”. Ese era el tema del tercer artículo. Con el provocador título: “¿Existen las ondas gravitacionales?” Einstein presuntamente demostraba que no existían. Las ondas gravitacionales eran una predicción hecha por el propio Einstein usando una aproximación de las ecuaciones de la relatividad general, unas tres décadas antes. A pesar de que no había detecciones directas de ondas gravitacionales, los físicos no dudaban de su existencia real.

El editor del Physical Review estimó que la importancia del tema y la asombrosa conclusión, ameritaban mucha cautela, más aún, siendo el autor nada más y nada menos que Einstein; de modo que no se arriesgó a asumir la responsabilidad de la publicación y siguiendo el protocolo de revisión por pares, envió el manuscrito a un árbitro externo. El árbitro advirtió un error en el trabajo y el editor le mandó a Einstein el reporte negativo y pasó lo que pasó: la ira desatada de Einstein, la promesa de más nunca volver a publicar en Physical Review y el envío del trabajo a una revista menos prestigiosa, donde fue aceptada sin ninguna revisión.

Mientras tanto un colega de Einstein en Princeton, el conocido cosmólogo Howard Robertson se las arregló para discutir con el joven Leopold Infeld, el nuevo ayudante de Einstein y le hizo ver cuál era el error del trabajo: Einstein, el veterano de los sistemas de coordenadas había usado unas coordenadas inadecuadas. Una vez corregido el error, el resultado era una nueva solución de ondas gravitacionales.

Infeld corrió a darle las nuevas a Einstein, quien al día siguiente daba una charla sobre el tema. Cuentan que al final de la conferencia Einstein dijo… “si me preguntaran si las ondas gravitacionales existen, respondería que no sé, pero que el tema es muy interesante”

Einstein logró que la publicación en la nueva revista saliera con las correcciones, sin la conclusión de que las ondas gravitacionales no existían y con otro título “Acerca de las ondas gravitacionales”, mucho menos tremendista.

Einstein no estaba acostumbrado al proceso de revisión externa y de allí su rabieta. Mientras vivió en Alemania publicó fundamentalmente en Annalen der Physik, una revista que tenía un porcentaje bajísimo de rechazos de artículos. De toda su obra científica, el único trabajo que fue sometido a un arbitraje fue precisamente en el que salió aplazado, pero el árbitro salvó a Einstein de publicar un error y una falsa predicción.

El experto anónimo de la sutil ironía de la carta de Einstein era precisamente, Howard Robertson, el mismo que le había señalado el error a Infeld, pero ni él ni Einstein jamás lo supieron. Fue un secreto bien guardado hasta el año 2005 cuando las bitácoras del Physical Review fueron liberadas.

Las teorías de la física son complejas y a veces no es fácil desencriptar lo que ellas saben. Fue tan sólo en la década de los 60´s cuando una nueva generación de físicos con nuevas estrategias matemáticas, determinaron que la relatividad predecía de manera inequívoca la existencia de ondas gravitacionales y luego de más de medio siglo de progreso instrumental y tecnológico fueron finalmente detectadas por primera vez en septiembre del 2015.

Es cierto que la obra de Newton nunca fue sometida a arbitraje externo, ni el Origen de las especies, ni la teoría de la doble hélice del ADN, ni muchos otros grandes aportes a la ciencia. En nuestros tiempos, Internet ha abierto la posibilidad de repositorios donde los investigadores pueden alojar sus trabajos para la consideración de la comunidad. Grigory Perelman demostró recientemente la centenaria conjetura de Poincaré en una serie de artículos subidos a la nube, sin revisión por pares.

Sin duda que a Einstein le hubiera fascinado esta modalidad libre de arbitraje y, por cierto, Einstein cumplió cabalmente su promesa y más nunca volvió a publicar en el Physical Review.

Imagen de portada: Albert Einstein

FUENTE RESPONSABLE: El Espectador. Por Héctor Rago*Profesor de la Escuela de Física, Universidad Industrial de Santander

Ciencia/Física/Albert Einstein