Tu regalo

Tal
como ninfa
presuntuosa,
hace
que mis manos
la tomen
de su diminuta
cintura,
en donde
predomina
su cadera
tan perfecta,
como la
redondez
de sus pechos
de miel.

Me dice
que hoy
ella se ocupa,
que desea
hacerme
esta vez,
su regalo
que obedezca
como cual
esclavo.

Le pregunto
¿Qué regalo?
No me da
ni siquiera
tiempo,
ella quiere
ocuparse
de todo,
y se lanza
a la aventura.

Me pone
boca arriba
sobre su cuerpo
sl igual que ella,
sus piernas
sempiternas,
sus codos
flexionados
haciendo
más liviano
mi cuerpo.

Su lengua
comienza
en forma
circular,
hacer lo
que sabe
me excita,
más que
ninguna
otra cosa,
me moja
con su boca.

Me toma
con sus manos
la cadera,
la humedad
de sus labios,
el aliento
tibio que
me desplaza,
hace que
como un ruego
le pida ya
de que pare.

Es imposible,
no cesará
hasta verme
satisfecho,
para luego
demandar
lo que más
le gusta
y a su
manera,
presuntuosa
como toda
ninfa, tal
como siempre…

Intentalo

Basta ya
de negarte
a ser feliz,
de buscar
excusas,
de esconderte
tras tus miedos.

Ni me importa
ser yo
en quien te fijes,
hermosa mujer
de ojos
color esmeralda,
de no amarte
a ti misma
en tu esencia,
no podrás
ser amada
de igual manera.

Deja atrás
el pasado,
no temas
del presente,
no te aísles
creyendo
que tus años
son una muralla,
para intentar
cualquier sueño.

Se que
tu alma clama
para liberarse
de esas
ataduras,
que solo
lidias con ellas
como excusas,
para no
cambiar
el rumbo
de tu vida.

Se valiente,
como ya
lo has sido,
pero ahora
solo para ti,
ya que
únicamente
eres la
persona
que cuenta,
emerge
de esta
confusión
que solo
te daña,
sabes bien
que solo se trata
de vivir…

Imagen: Gentileza Pinterest – Allegra Coletti

LOS PLACERES DE VENUS

10 curiosidades sobre el sexo en la antigua roma

Aunque muchos aspectos de nuestra sociedad derivan directamente de la antigua Roma, otros son muy diferentes. Los romanos veían la sexualidad de un modo bastante distinto al nuestro y algunas de sus costumbres nos llegan a resultar chocantes.

No importaba tanto qué hacías, sino quién lo sabía

Aunque la sociedad romana tenía (como todas) una serie de reglas acerca del sexo, en la intimidad muchos no las respetaban. Pero el problema no era hacer algo considerado “indigno”, sino quién lo sabía y sobre todo quién podía demostrarlo. La acusación por parte de otro hombre libre podía arruinar la carrera de un senador, si provenía de una mujer plebeya tenía más posibilidades de salir airoso (no así si era noble, pues una patricia tenía su honor y una plebeya no), y si era un esclavo quien le acusaba entonces no tenía que preocuparse de nada. El estatus social lo era todo en Roma y el valor de la palabra era proporcional a la importancia de quien la esgrimía; por ello, un hombre o una mujer de alto rango podían permitirse sus placeres, asegurándose siempre de que no lo supiera nadie cuya palabra fuera tomada en serio.

Foto: iStock / irisphoto2

2 / 10

Cupido y Psique Antonio Canova

No existía el concepto de homosexualidad, heterosexualidad, bisexualidad…

Todas las etiquetas que hoy aplicamos a la sexualidad no tendrían ningún sentido para un romano: para la sociedad romana el sexo era sexo, así de simple. Los hombres podían tener relaciones con miembros del mismo sexo o del opuesto y nadie les criticaba por ello, siempre que la otra persona tuviera menos estatus social (sirvientes, esclavos e incluso hombres libres pero extranjeros). En el caso de las mujeres casadas tenían que llevarlo con discreción porque estaba en juego su honor, pero las libertas o las extranjeras podían permitirse una mayor libertad ya que los romanos no las consideraban miembros de pleno derecho de la sociedad.

Foto: iStock / Crisfotolux

3 / 10

La virginidad masculina era algo inaceptable

La virginidad masculina era algo inaceptable

Era común que los hombres, ya en su adolescencia, frecuentaban los burdeles o tuvieran relaciones con las sirvientas o esclavas. La virginidad masculina era algo extremadamente mal visto en la sociedad romana porque el hombre tenía que ser siempre un dominador. En cambio, la mujer (sobre todo si era de clase alta) sí tenía la obligación de llegar virgen al matrimonio, principalmente por una cuestión moral: había que evitar que la mujer conociera el placer del sexo porque se consideraba que este conocimiento podía inducirla al adulterio.

Foto: iStock / pjclark

4 / 10

También era inaceptable para un hombre ser la parte “sometida”

Un hombre podía practicar sexo con quien quisiera, pero siempre debía ser la parte dominante. Ser penetrado por otro hombre equivalía a ponerse en una situación sumisa, todo lo contrario al ideal romano: la acusación de haber sido la parte pasiva en una relación podía bastar para arruinar la carrera de un político, como estuvo a punto de sucederle a Julio César en su juventud.

Peor aún era la acusación de haber practicado sexo oral a una mujer, aunque fuera su esposa, ya que para los romanos la boca era el instrumento de la política, el comercio y todas las actividades importantes, y “ensuciarla” equivalía a despreciar su importancia para la comunidad.

Foto: Hermitage (CC)

Mercado de esclavos en Roma, Jean-Léon Gérôme. Tanto hombres como mujeres usaban a sus esclavos como “juguetes sexuales”

5 / 10

Tanto hombres como mujeres usaban a sus esclavos como “juguetes sexuales”

Para la mentalidad romana, un esclavo era una propiedad de la que podía disponer como más le conviniera, incluyendo para el sexo. Lo importante, de nuevo, era respetar la jerarquía social: ni un hombre ni una mujer debían hacerse penetrar por sus esclavos ni practicarles sexo oral; no debían darles placer de ningún modo pero ellos estaban obligados a dárselo a sus amos. 

Las mujeres, debido a su honorabilidad, estaban más limitadas, pero también podían disponer de sus esclavas para fines sexuales; de hecho, era preferible que emplearan a otras mujeres porque, en el peor de los casos, nadie podría acusarlas de haberse dejado dominar haciéndose penetrar por un esclavo.

Imagen: iStock

Thermopolium Pompeya

6 / 10

Las tabernas ofrecían los servicios sexuales de sus camareras

Los “fast food” y tabernas romanas no solo ofrecían comida y bebida, sino también los servicios sexuales de sus camareras. Por ello, este era uno de los oficios considerados “infames” (indignos) y generalmente recaía en mujeres de muy bajo estatus social, como esclavas, libertas pobres o extranjeras. 

Pero si la necesidad apretaba, no era imposible que el propietario de una taberna llegase a prostituir a sus propias hijas, sabiendo que eso las condenaba a no salir nunca de los estratos más bajos de la sociedad.

Se podía identificar a las prostitutas por el color de los cabellos y la ropa

Foto: iStock / dreamhelg

7 / 10

Se podía identificar a las prostitutas por el color de los cabellos y la ropa

Las prostitutas tenían una consideración social incluso peor (refiriéndonos a las de clase baja, no a las ricas cortesanas), por lo que cualquier miembro “respetable” de la sociedad quería evitar ser visto junto a ellas. Por ese motivo, las prostitutas debían resultar fácilmente identificables. 

El modo más evidente era teñirse el cabello de colores claramente artificiales, como azul y naranja. También se las podía reconocer por su ropa: mientras la típica mujer romana usaba una vestimenta muy recatada, las prostitutas usaban ropa sencilla, ligera (lo que también les permitía desvestirse y vestirse rápidamente) y resaltando las formas del cuerpo.

Mosaico erótico Pompeya. La prostitución era extremadamente barata

Imagen: CC

8 / 10

La prostitución era extremadamente barata

Y cuando decimos extremadamente barata, no es una exageración: un servicio sexual económico podía costar lo mismo que una copa de mal vino, alrededor de uno o dos ases. 

Este precio no solo se aplicaba a los peores burdeles, sino incluso a los ya mencionados servicios de las camareras, y se explica porque a esos lugares sólo acudían las clases bajas y las mujeres que se prostituían (y menos frecuentemente hombres) eran esclavas o libertas pobres, que no tenían ninguna esperanza de ascenso social. 

Totalmente distintas eran las meretrices, el equivalente a las hetairas griegas: mujeres cultas y ricas que no solo proporcionaban sexo, sino también una compañía agradable. Sin embargo, por mucho que gozaran de un mayor respeto por su riqueza, para la moral romana seguían siendo indignas y en ningún caso equiparables a una “auténtica” mujer, que debía ser pudorosa.

Mosaico erótico Pompeya 2. La “pornografía” era considerada de buen gusto

Imagen: CC

9 / 10

La “pornografía” era considerada de buen gusto

No es extraño que las excavaciones revelen mosaicos u objetos de temática sexual: lo que hoy se llamaría pornografía era algo muy aceptado por los romanos, hasta el punto de usarlo como motivo de mosaicos, estatuas y objetos personales como espejos. 

En Roma se consideraba que el sexo era un regalo de Venus, la diosa del amor, y si era un regalo no había que ocultarlo ni despreciarlo. 

Esto puede parecer contradictorio con la importancia que daban al pudor, pero en realidad no lo es: se era libre de gozar de los placeres de Venus, siempre que se hiciera según lo considerado correcto socialmente.

Estatua mujer romana. La pedofilia era socialmente aceptada (hasta cierto punto)

Foto: iStock / skymoon13

10 / 10

La pedofilia era socialmente aceptada (hasta cierto punto)

Tener relaciones sexuales con menores de edad, incluso muy jóvenes, no era motivo de escándalo, al contrario: podía estar incluso bien considerado porque la diferencia de edad era un signo de dominación. 

De hecho, los romanos solían iniciarse en el sexo con muchachos o muchachas muy jóvenes, apenas entrados en la pubertad, y no era raro que un romano rico dispusiera de esclavos jóvenes cuyo único propósito fuera complacerle sexualmente; el sexo con la propia esposa generalmente tenía fines procreativos, ya que muchos matrimonios eran alianzas políticas y no tenía por qué haber amor de por medio.

FUENTE: NATIONAL GEOGRAPHIC Por Abel de Medici

UNA VISION PARTICULAR DE UNIR LA AMISTAD Y EL SEXO

Se recomienda tener sexo con amigos

  • La amistad aún tiene un perímetro definido en esta época “parejo-centrista”, pero el autor sostiene que existe un dimensión erótica que es preciso rescatar más allá de la práctica sexual.

“Después me dijo que jamás me volvería a ver, porque le daba un ‘no sé qué’ mezclar sexo y amistad”, dice una canción de Roberto Jacoby (principal letrista de Virus). ¿Cuál es la razón de ese “no sé qué” que plantea una frontera para la amistad?

Lo cierto es que hubo un tiempo en que la amistad tenía un perímetro definido. Tenía que ser pensada como un vínculo deserotizado, de segundo orden respecto del que verdaderamente importaba: el de pareja. 

Nuestra época es aún “parejo-centrista”, es decir, ubica la relación amorosa estable y con compromiso emocional (más o menos excluyente) en la serie terminal de los vínculos.

La amistad, en este contexto, es un momento de pasaje –como en la adolescencia cuando se la considera en términos de “grupo de pares”– o una zona liberada para ciertos momentos estipulados dentro del contrato afectivo: alguien puede irse de vacaciones con sus amigas o amigos siempre que –si está en pareja– se haya pautado la habilitación correspondiente.

De otro modo, podría pensarse que la relación atraviesa una crisis. 

Porque nadie (al menos que yo conozca) le pide permiso a sus amigos para irse unos días de viaje con su pareja. Puede ser que aquellos lo burlen, como ocurre de manera tan frecuente entre varones, pero es difícil creer que se lo impidan.

En la década del ’90 hubo una exitosa canción que habló de esta situación, de la banda 2 Minutos y que decía: “Carlos se vendio al barrio de Lanus, el barrio que lo vio crecer. Ya no vino nunca más por el bar de Fabián y se olvidó de pelearse los domingos en la cancha”.

A primera vista, la letra es sobre un amigo que se integró a una fuerza de seguridad, de la que paradójicamente habría quedado preso (típico caso de lo que Freud llamaría figuración por lo contrario), pero el reproche amoroso con que se titula, “Ya no sos igual”, habla de un amigo que dio el paso de “crecer” y entablar una pareja, por eso luego se lo describe así: “Carlos se dejó crecer el bigote y tiene una 9”, es decir, una pistola que ahora usa en una relación estable.

En la misma línea de diferenciar entre amor y amistad, está la clásica distinción que hiciera Jorge Luis Borges:

“La amistad no necesita frecuencia, el amor sí; la amistad puede prescindir de frecuencia, el amor, en cambio, está lleno de ansiedades, de dudas, donde la falta de frecuencia puede ser terrible.

Yo tengo amigos íntimos a los que veo tres o cuatro veces al año. Y a otros no los veo porque se han muerto. […] La amistad puede prescindir de las confidencias. El amor no. Si en el amor no hay una confidencia, ya se lo vive como una traición”.

Dos conclusiones pueden extraerse de esta cita. Por un lado, Borges veía a sus amigos aunque fuese ciego; por otro lado, el amor le resultaba muy doloroso.

Su testimonio vale como otro ejemplo de que, al menos desde cierto punto de vista, el amor y la amistad van por carriles diversos. No por nada algunas relaciones amorosas concluían –o no se llegaban a iniciar– con esa expresión que fue el título de una novela de Dani Umpi: “Solo te quiero como amigo”.

Sin embargo, ¿es preciso vivir la amistad como ese vínculo de potencia disminuida? De un tiempo a esta parte, me sorprende la cantidad de artículos que promueven el sexo entre amigos. La mayoría está destinado a heterosexuales –tal vez porque hace tiempo la homosexualidad hizo de la amistad una bandera fuerte contra el parejo-centrismo–, pero no solo pensando entre varones y mujeres.

Por ejemplo, se recomienda el “Bud sex” o “sexo entre colegas” que es entre varones heterosexuales, pero que no se piensan como homosexuales. Aunque quizá este ejemplo no valga del todo, porque en algunos artículos dicen que este tipo de práctica no implica componentes afectivos (no hay besos ni caricias y, eventualmente, incluso transcurre en el anonimato).

En los otros artículos que leo hace unos años, se recomienda coger con amigos porque sería “bueno” por diferentes motivos.

Hago un resumen: 1. Fortalecería la autoestima; 2. Serviría como preparación técnica en la que no se ponen en juego las inhibiciones y/o ansiedades del deseo con un desconocido; 3. Consolida la amistad (aunque aquí no resulta claro si una amistad consolidada no es condición para el sexo); 4. Gran motivo: es mucho más económico; 5. Dado que se trata de un vínculo de confianza, no habría reproches ni malentendidos (ningún artículo explica por qué); 6. Para quienes no están en una relación estable, el sexo eventual con un amigo es recomendable porque mantiene activo el cuerpo y, por lo tanto, contribuye a su salud. 

Aunque usted, lector, no lo crea, todas estas estupideces las dicen artículos que dicen basarse en estudios científicos y en investigaciones de universidades (por supuesto, todas norteamericanas).

Yo, que también pienso y digo estupideces, cuando leo estos artículos no puede dejar de imaginar a un becario medio fóbico en Minnesota que hace tiempo tiene ganas de acostarse con una compañera de laboratorio y no tiene más recurso que el de inventar un paper para invitarla a desayunar y debatir ideas sobre el tema.

Ahora bien, fuera del chiste tonto, me pregunto: ¿por qué erotizar la amistad supone este tipo de motivos que están más cerca de un pensamiento higienista, basado en miedo al compromiso y al conflicto, sino en un ejercicio narcisista?

En particular, el motivo de que sería “más económico” es simpático, porque demuestra el cansancio de la cita y de ciertos estereotipos de agasajo, pero que la crítica se justifique en términos de “ahorro” parece más un gesto de mezquindad.

Desde mi punto de vista, el erotismo de la amistad es una relación con la palabra

¿En serio no le vamos a reconocer ninguna potencia a la amistad? Por ejemplo, en mi práctica como terapeuta es cada vez más frecuente escuchar a jóvenes cuyo inicio en la sexualidad ya no es en el marco de un “debut” (con una prostituta, llevados por algún padre, tío o entre amigos), sino en condiciones más lúdicas.

Lo mismo adolescentes que encuentran sus primeros besos y caricias en amistades que no tienen por qué luego ser olvidadas como si hubiera ocurrido alguna transgresión.

Sin embargo, no quisiera limitar mi comentario a la juventud; además quisiera recuperar la dimensión erótica de la amistad más allá de una práctica sexual.

De regreso a Borges, yo me reconozco en ese vínculo ocasional, que hace que vea a algunos amigos una que otra vez, quizá no más de dos o tres en un año.

Sin embargo, nunca dejo de hablar con ellos. Incluso cuando no están, les hablo y, eventualmente, ellos me hacen saber que están del otro lado.

Nunca creí en las amistades basadas en la permanencia, me resultan una suerte de conformismo, pero eso seguramente tenga que ver con que soy varón y los varones, por lo general, o hasta hace un tiempo, teníamos a “los pibes” como centro de nuestra vida. Los presupuestos de complicidad –verdadero lado B de la traición de que habla Borges, porque esa traición es posible sobre un fondo de incondicionalidad– ya se investigaron bastante en los últimos años.

Desde mi punto de vista, el erotismo de la amistad es una relación con la palabra.

En principio, un amigo es –como ya dije– alguien con quien hablar; es decir, un amigo es un interlocutor y esto no quiere decir que sea alguien que nos escucha de manera complaciente.

Nunca se puede escuchar de manera complaciente; si es escucha, implica una devolución, que vuelva algo de lo impensado en lo que dijimos.

A partir de esto último, me importa subrayar que la amistad implica conflicto. Con los amigos nos peleamos; cierto que sobre un fondo de comprensión, pero si los amigos no nos interpelan, no nos sacan de nosotros mismos.

Este es el rasgo que más quisiera destacar: antes que uno doble de uno, un “otro yo”, el amigo es alguien que nos ofrece la chance de ser diferentes de lo que somos. ¿Qué otra cosa caracteriza al erotismo sino esa transformación?

Antes que uno doble de uno, un “otro yo”, el amigo es alguien que nos ofrece la chance de ser diferentes de lo que somos. 

Por esto es que la amistad es tan importante, en la medida en que necesita de lo desconocido, de lo extraño, de lo que no refuerza el narcisismo y, por lo tanto, es Eros.

Hay quienes nombran su “círculo de amistades” a partir de una idea común, de pensar lo mismo, de estar en la misma onda; este tipo de vínculos suelen ser limitantes, con la primera diferencia es que aparecen los miedos: al abandono, a ser juzgado, a perder una identidad.

Este tipo de amistades son meramente agrupamientos, sociedades, consuelos para solitarios; porque la amistad siempre tiene algo solitario, porque es pasión por lo diferente. 

En este siglo de pensamiento masificado, en el que la masa a veces se expresa como falsa solidaridad y otras se confunde con trabajar gratis de troll; en el que los lazos se consolidan a partir de una identificación que no tiene nada que ver con la empatía, ya que la empatía no deja de poner al otro como otro, es fundamental recuperar la función de la amistad.

Ser amigos no es ser pares, no significa pensar lo mismo, no significa ser condescendiente, sino ir contra el hacer “causa común” que lleva a que una el espanto antes que el amor. 

Alguna vez Michel Foucault dijo que aquello que verdaderamente podría subvertir a nuestras sociedades no es el deseo, sino la amistad.

Quizá tengamos que volver a pensar este vínculo impropio respecto de la pareja, salvo para nombrar el modo en que ésta es capaz de renunciar a su “centrismo” para ser un vínculo que conserve la extrañeza y una apertura que no se reduce al oxímoron que llamamos “relación abierta”.

Para concluir, una pregunta: ¿es el psicoanalista un amigo?

Hay quienes dicen que no; yo creo que sí conversar con un amigo es meramente un acto catártico, claramente un analista no es un amigo.

Tampoco es un otro complaciente. Sin embargo, si el amigo es un interlocutor, alguien que nos interpela y, eventualmente, quien nos permite ser diferentes a nosotros, el analista puede ser nombrado como amigo sin mayores reparos. 

FUENTE: eldiarioar.com -Opinión- Piscología- Deseo- Jorge L. Borges- Por Luciano Lutereau