La casa iluminada

De pronto
todo quedó
en penumbras
en la vieja casa,
era lo que deseaba
recorrerla toda
trayendo
a su memoria,
la algarabía
las risas
de sus hijos
cuando eran
pequeños,
quienes
al llegar el
del trabajo
cada día,
apagaban
todas las luces,
para que
se convirtiera
en un monstruo
vociferante,
que los corría
por cada
habitación
o baño,
y no cesaba
hasta que
encontraba
al último,
incluyendo
a su mujer,
entre risas
y alegría
más alguna
incontinencia
urinaria
de los niños,
consecuencia
de esas
carcajadas
que ya no
volverían.

Se sentó
en un sillón
del amplio
comedor,
algo raro
en él
para quién
la cocina,
era el
lugar
de la vida,
su mirada
observó
cada rincón,
se detuvo
en un equipo
de música,
en el que
se escuchaban
los sonidos
para cada
festejo,
llámense
cumpleaños,
navidades
y nuevos años
plenos
de esperanzas.

Medito sentado
un rato más,
el ayer
ya no se
podía replicar,
pero una idea
le devolvió
una ancha
sonrisa
a su cara,
ya no sería
el monstruo
de aquella
época,
los tiempos
eran otros,
ahora
se pondría
la piel
de zombie
y correría
a sus nietos,
la casa
volvería
a ser
envuelta
por esa luz
tan particular
fusión de la
complicidad
y la alegría.

Imagen: Gentileza Pinterest – guiainfantil.com

El espectador…

Mujer madura
pese a ello cuidada,
esbelta  guardando
sus formas,
en su mirada
me regala
velado interés,
su lengua
se desliza hacia
arriba de su boca,
como si al verme
me invitara hacia
su camino sensorial.

Abre sus piernas
sutilmente,
humedece uno
de sus dedos,
me enseña
el destino
al que quiere
llegar solo
para satisfacerse,
debajo de la mesa
no hay telón,
ella misma
es la única
protagonista.

Se mueve
en su silla
mordiéndose
los labios,
sigue
mirándome,
sus mejillas
se enrojecen,
yo continuo
como silencioso
espectador,
de ese
tan deseado
orgasmo.

Me pregunto
sobre la
complejidad
del ser humano,
de fondo suena
una vieja melodía
de Joe Cocker,
lo único
que hago
es mirarla,
enviándole
una señal
de palmas,
que aplauden
por su función.

Oliverio Girondo, el arcángel negro de la poesía argentina sigue vigente.

Hace 130 años llegaba al mundo el poeta que intentó hacer de la literatura una fiesta y a la vez un laboratorio; autor de “Veinte poemas para ser leídos en el tranvía” y “En la masmédula”, cautiva a nuevas generaciones de lectores.

Nació en una familia acaudalada y en su juventud viajaba a Europa al menos una vez por año; se recibió de abogado, hizo los dibujos para su primer libro de poemas, escribió obras teatrales y un solo relato (Interlunio); fue uno de los integrantes de la revista Martín Fierro, se casó con Norah Lange, probó suerte con la performance y, tardíamente, con la pintura; rechazó la invitación que le hizo Victoria Ocampo para publicar en Sur y, como muchos artistas y escritores, se refugiaba en el delta de Tigre. Por su actitud vanguardista, Oliverio Girondo (1891-1967) fue reivindicado por poetas como Enrique Molina (con el que tradujo Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud), Francisco Madariaga, Mario Trejo y Alberto Vanasco. Hace 130 años (o 131, según sostienen los que afirman que “se quitó” un año) llegaba al mundo el poeta que intentó hacer de la literatura una fiesta y a la vez un laboratorio. “Yo no tengo, ni deseo tener, sangre de estatua. Yo no pretendo sufrir la humillación de los gorriones. 

Yo no aspiro a que me babeen la tumba de lugares comunes, ya que lo único realmente interesante es el mecanismo de sentir y pensar”, escribió en 1922, cuando dio a conocer su primer libro. Por su obra única y vanguardista, Olga Orozco lo llamó “el arcángel negro” de la literatura argentina. Con el peruano César Vallejo y el chileno Vicente Huidobro, fue uno de los poetas más innovadores de la poesía en español en el siglo XX.

Oliverio Girondo y la bella Norah Lange

Oliverio Girondo y la bella Norah Lange

Girondo es reconocido tanto por su obra poética -en la que se destacan Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, Persuasión de los días y el fundamental En la masmédula, que fija recursos que muchos poetas aún siguen utilizando- como por sus acciones performáticas: en 1932, para promocionar Espantapájaros (al alcance de todos) hizo una escultura de papel maché del “espantapájaros académico” dibujado por José Bonomi, la colocó en una carroza tirada por seis caballos, con aurigas y lacayos incluidos, y la hizo desfilar por la calle; en un mes, se vendieron cinco mil ejemplares de su tercer libro. 

En su casa de Suipacha al 1400, organizaba con Lange fiestas que, para algunos, podrían ser considerados antecedentes de los happenings de los años 60.

CASAS CON NOMBRE Y APELLIDO DONDE LA LITERATURA ES PARTE DEL AIRE. 

Una poética del acontecimiento

“Habrá otros, pero si nos piden el nombre de un poeta experimental y rupturista, casi con seguridad lo mencionamos a él -dice la escritora Catalina Boccardo-. Su poesía repleta de recursos lingüísticos, rítmicos, espaciales, de la oralidad, se abre al mundo y produce tantos efectos estéticos; se abalanza sobre las cosas desde un enorme caudal imaginativo y construye y reconstruye significados. Una mezcla verbo-rítmica de neologismos y jitanjáforas, ‘la total mezcla plena’ hacia donde deberíamos encaminarnos: ‘la total mezcla plena / la pura impura mezcla que me merma los machimbres / el alma masa tensa las tercas hembras tuercas / la mezcla / sí / la mezcla con que adherí mis puentes’”. 

Para la autora de El pico de los pájaros, Girondo inspira a volverse poeta. “A explorar y no relegar ni el humor ni el absurdo ni tampoco nuestras vinculaciones con la existencia -agrega-. Las imbricaciones estéticas y de pensamiento de su poesía se desprenden actuales, sin quedar ancladas en una fecha o lugar de referencias para el público. Punza nuestra curiosidad lectora y lo seguirá haciendo. Quizá en algún momento Girondo no estuvo suficientemente visibilizado pero nunca fue ni será relegado, tan vitalista es su escritura: una poética del acontecimiento”.

Fachada de la casa de Oliverio Girondo y Norah Lange en el barrio de Retiro

Fachada de la casa de Oliverio Girondo y Norah Lange en el barrio de Retiro

Ricardo Pristupluk – LA NACION

Por haber compartido la “vanguardia moderada” (según Martín Kohan) de los años 1920 en Buenos Aires, el nombre de Girondo se asocia al de Jorge Luis Borges. “Girondo impone a las pasiones del ánimo una manifestación visual e inmediata; afán que da cierta pobreza a su estilo (pobreza heroica y voluntaria, entiéndase bien) pero que le consigue relieve -había escrito Borges en 1925, cuando Girondo publicó Calcomanías, su segundo libro-. La antecedencia de ese método parece estar en la caricatura y señaladamente en los dibujos animados del biógrafo”. Un año después, en un almuerzo en la Sociedad Rural Argentina, donde se homenajea a Ricardo Güiraldes, Borges le presenta a Girondo (de 35 años) a Norah Lange, de veinte. En los últimos años de su vida, el autor de Ficciones se refería al poeta con desdén.

“En 1984, ya Borges el gran escritor universal que fue, es entrevistado por la revista Xul en un número dedicado a Girondo, y dice: ‘¿Si hay un posible paralelismo conmigo? ¡Pero no! Yo alguna página rescatable creo haber escrito’, y añadió: ‘Oliverio era un infeliz’ -recuerda la escritora Josefina Delgado-. 

Cáustico, definitivo; sin duda, los dos poetas han sido la vanguardia de una literatura argentina que en esos años no se atrevía a salir del edulcorado modernismo en boga.

Pero los dos caminos son divergentes. Si Borges habla de esas niñas claras de su poesía, Girondo, en cambio, en su poema ‘Las chicas de Flores’, nos ofrece esta descripción: ‘Las chicas de Flores tienen los ojos dulces como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa […] y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda’”. 

Nalgas y sexo no eran palabras frecuentes en la literatura de aquellos años. “En su tiempo Girondo no fue comprendido y las críticas fueron las de quienes, además, desde lo social le objetaban dirigirse a las chicas de un barrio como Flores -remarca Delgado-.

Pero escritores como Enrique Amorim y Ramón Gómez de la Serna lo alabaron y reconocieron en él al innovador del lenguaje que supo usar un léxico cotidiano ensamblando palabras y construyendo nuevas formas de expresión”.

"Espantapájaros", tercer libro de Girondo y el último de su ciclo vanguardista

«Espantapájaros», tercer libro de Girondo y el último de su ciclo vanguardista – archivo

Radiante y cómica en su juventud, “con bandadas de imágenes apresadas en pleno vuelo”, según Olga Orozco, la obra de Girondo se volvió en los últimos años, a partir de Persuasión de los días (1942) y luego en Campo nuestro (1946) y En la masmédula (1953), más angustiada y fatalista. 

Los acontecimientos sociales en el país y en el mundo habían hecho efecto en el ánimo girondino, que comenzó una retirada de su ciclo “solar”. Como testimonio, están también los textos de Nuestra actitud ante el desastre, con artículos escritos sobre (y durante) la Segunda Guerra Mundial, en los que aunaba antinazismo y antiimperialismo: “No basta denunciar la existencia de la organización nazi entre nosotros, ni delatar los peligros que ella entraña… 

Hay que comprender, sobre todo, que no existe otra manera de combatirla, ni de aunar la opinión pública del país, que indicarle que ha llegado el momento de liberarnos, de una vez por todas, de la opresión económica, casi secular, que nos asfixia. Antes de adquirir una cabal conciencia de nuestros intereses vitales y de plantear esos problemas con un espíritu argentino, no será posible la aparición de un movimiento nacional, no decimos nacionalista, sino nacional”.

“Girondo escribió de muchas maneras -dice la poeta Silvia Castro-. Es recordado por sus gestos extremos, pero tuvo muchos tonos y registros. Viajero y buscador de experiencias reales e intensas, también con el lenguaje logró geografías y espacios para todas las miradas. Enrique Molina se admiraba del poder comunicativo que conservaba incluso en su mayor irradiación paroxística, algo difícil en los caminos de la ruptura.

Dejó (junto con otros autores del siglo XX, del cual es un representante genuino) un legado de operaciones que ponen en crisis la transparencia aparente del sentido, y se pueden sintetizar en un doble latido: condensación que se dispersa estallando y dispersión que refluye hacia un núcleo íntimo, revelador, inesperado. El tiempo de Girondo será siempre el tiempo de lo que está a punto de ser y se detiene en esa eternidad”.

Según la autora de Pisagua, Girondo es un autor ideal para las nuevas generaciones de lectores. “Aunque habiten un mundo muy distante del suyo en experiencia, reciben su poética sin percibir el cambio de siglo, porque está en sintonía constante con lo que está por suceder -concluye-. No hay como él para dar los primeros pasos en el camino de la escritura. De ahí que sean frecuentes sus textos en talleres de lectura y escritura para jóvenes”.

Un poema de Girondo

Gratitud

Gracias aroma

azul,

fogata

encelo.

Gracias pelo

caballo

mandarino.

Gracias pudor

turquesa

embrujo

vela,

llamarada

quietud

azar

delirio.

Gracias a los racimos

a la tarde,

a la sed

al fervor

a las arrugas,

al silencio

a los senos

a la noche,

a la danza

a la lumbre

a la espesura.

Muchas gracias al humo

a los microbios,

al despertar

al cuerno

a la belleza,

a la esponja

a la duda

a la semilla

a la sangre

a los toros

a la siesta.

Gracias por la ebriedad,

por la vagancia,

por el aire

la piel

las alamedas,

por el absurdo de hoy

y de mañana,

desazón

avidez

calma

alegría,

nostalgia

desamor

ceniza

Llanto.

Gracias a lo que nace,

a lo que muere,

a las uñas

las alas

las hormigas,

los reflejos

el viento

la rompiente,

el olvido

los granos

la locura.

Muchas gracias gusano.

Gracias huevo.

Gracias fango,

sonido.

Gracias piedra.

Muchas gracias por todo.

Muchas gracias.

Oliverio Girondo,

agradecido.

De Persuasión de los días

FUENTE: LA NACIÓN – Cultura – Por Daniel Gigena 

Borges en Mar del Plata

“Me pidió que le dijera el momento en que nos toparíamos con el mar”

El poeta Rafael Felipe Oteriño recuerda los pasos de Borges por esta ciudad, cuando se está por cumplir un nuevo aniversario de su nacimiento, acaecido un 24 de agosto de 1899.

¿Qué expresa la palabra Borges? Una primera aproximación nos dice que es un apellido de remoto origen portugués, que se extendió por Cataluña y por diversas regiones españolas, desde donde llegó a América. 

Pero, en nuestro país, el nombre Borges representa una estatura intelectual que ocupa casi todo el siglo XX. Así como en el siglo XIX tuvimos como modelos culturales a Sarmiento con el Facundo, y a Mitre con las Historias de Belgrano y de San Martín, que establecieron los paradigmas de una Nación en formación, y luego, en las primeras décadas del siglo XX, a Lugones sumando a esos arquetipos la figura del Martín Fierro de José Hernández (que en su tiempo había sido acotada al pintoresquismo de la gauchesca), hoy ese modelo cultural está representado por Borges, que es nuestra figura literaria de mayor relieve.

Algo así como un faro antropológico (la expresión es del poeta ruso Joseph Brodsky). 

De su lado está la inteligencia, el humor, la curiosidad, la imaginación, el mito del arrabal, la lectura y los libros, el heroísmo y el honor, el infinito, la memoria, la ética. 

Y del otro está la mentira, la incultura, la picardía, el falso hedonismo, la cerrazón mental, la igualación por lo bajo. De su lado está el espíritu universal que este país supo concebir con figuras como Saavedra Lamas, Fangio, Houssay, Amancio Williams, Favaloro, Vilas, Argerich, Berni, Messi. En el Poema conjetural está planteada –como una fatalidad- aquella dicotomía, aún hoy, desdichadamente, vigente: “Yo que anhelé ser otro, ser un hombre/ de sentencias, de libros, de dictámenes…”

Borges vino infinidad de veces a Mar del Plata. Hay fotos de él, a sus treinta años, paseando por la vieja rambla francesa en compañía de Victoria Ocampo y de Adolfo Bioy Casares. 

Tiempo después lo vemos retratado en los jardines de “Villa Victoria” y “Villa Silvina”, como huésped de aquéllos (hay, inclusive, una fotografía que lo muestra en traje de baño bajo una carpa de la playa de Punta Mogotes, sonriente y extrañado). 

También lo tenemos dando conferencias y concediendo entrevistas en el Ateneo del Centro Médico local, y exponiendo sobre sus perplejidades de escritor en el Teatro Auditorium, en diálogo con María Esther Vázquez, su amiga y biógrafa de todos ellos.

Las primeras veces vino en tren y lo he escuchado recordar la emoción que invariablemente sentía, ya en las proximidades de Mar del Plata, al divisar por la ventanilla, hacia el oeste, recortada en el resplandor del amanecer, la mancha azul de las sierras de Balcarce. 

En la década del ’60, invitado por el rector García Santillán, vino más de una vez a la entonces Facultad de Letras de la Universidad Católica “Stella Maris” a dar clase de literatura (sobre autores, preferentemente), en las aulas de la loma de Santa Cecilia.

Lo conocí en la calle Florida, cuando yo era muy joven. Lo interpelé: “Borges: soy un poeta platense, le dije”. Y él, condescendiente y no sin una chispa de humor me contestó: “-Ah, yo también soy poeta”. 

Años después lo he llevado en automóvil al aeropuerto de Camet, y fue entonces cuando me pidió que le dijera el momento en que nos toparíamos con el mar (sabemos que estaba ciego), porque quería “sentir el impacto de su presencia”. 

Y ya frente al mar, animado, se puso a susurrar milongas de cuando el tango aún no se había desprendido de la canción criolla y era una “musiquita de arrabal”.

No tenía miedo de volar ni aprensión a los aviones. En todo caso, la expectativa de que algo pudiera suceder durante el trayecto y de que se viera involucrado en la aventura. 

Así lo testimonia la fotografía que lo muestra acompañado por María Kodama en el momento de emprender –confiado- un paseo en globo sobre los viñedos de Napa Valley en California, tripulando una barquilla de madera y mimbre (“El globo –dictará en el libro alusivo- nos depara la convicción del vuelo, la agitación del viento amistoso, la cercanía de los pájaros (…) una felicidad casi física”).

Para comer era muy frugal. Recuerdo una cena, algo elaborada, en la que se lo quiso agasajar, y en cuyo reemplazo pidió, sin alternativa: “arroz blanco y un vaso grande de agua de la canilla”. 

De ahí en más fue muy fácil complacerlo, pues supimos -también de sus labios- que, para otras ocasiones, el arroz podía ser sustituido por “ñoquis con manteca”. Alcohol sólo lo vi tomar una o dos veces y fue minutos antes de comenzar una conferencia. “Para darme coraje”, acotó, y la copa requerida fue de jerez.

Cierta vez lo conduje hasta el escenario del Teatro Auditorium, desde donde habría de disertar, y cuando nos encontrábamos entre bambalinas me preguntó si había público en la sala. Corrí levemente el telón y le contesté que podría haber ochocientas personas. “Hablaré como si hubiera una sola” -me dijo- y avanzó resuelto hacia el escenario. Cuando concluyó la exposición, al bajar por la escalera privada que conduce al boulevard, con la excitación por la labor cumplida, fue recitando, escalón tras escalón, del uno al diez, los números en japonés.

Ese día, ante mi afirmación de que la metáfora podría ser el elemento invariable de la poesía, me comentó, con indulgencia: “Ay, yo siempre he creído que era la música”. Releyendo su ensayo “Vindicación de la cábala”, prioriza, en efecto, la música del verso, diciendo que el contenido es azaroso, a diferencia de lo que ocurre con la escritura del periodismo y aún con la novela que, a diferencia de la poesía, nos enfrenta a una realidad que se interpone entre el lector y las palabras.

Lo vi por última vez en la presentación de Los Conjurados, en el “Plaza Hotel” de Buenos Aires. Corría el año 1985 –él habría de morir al año siguiente-, y en la primera página del libro reitera que la cadencia, esto es, la música del poema, y el ambiente de la palabra, suelen pesar más que su sentido. 

Hay en ese libro dos líneas que son dos glorias de la palabra para discernir el difícil estar en el mundo: “No hay otros paraísos que los paraísos perdidos” (“Posesión del ayer”) y “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo” (“Cnossos”).

Como escribió Santiago Kovadloff, “Borges nos ocurrió”. 

“Fuimos contemporáneos de él, como otros lo fueron de Sófocles y de Dante, de Shakespeare y de Pascal, de Camoes y de Goethe”. Retomando la explicación borgeana de la “Oda a un ruiseñor” de Keats, de que todos nacemos platónicos o aristotélicos, opta por definir a Borges con arreglo a la idea aristotélica de la excepcionalidad. 

“Sólo los hombres como Borges son verdaderamente mortales, porque solo muere lo excepcional” (recordemos que Keats había escuchado cantar un ruiseñor en su jardín de Hampstead, en las afueras de Londres, y contrastó su propia mortalidad con el canto imperecedero del pájaro).

Una maravillosa conjunción de libros, bibliotecas, batallas patrias perdidas y ganadas, metrópolis, desiertos, exilios y desencuentros, Rosas y Sarmiento, Descartes y Schopenahuer, Evaristo Carriego y Almafuerte, el idioma inglés y el español, el sajón antiguo y el alemán, las sagas escandinavas, Londres y Buenos Aires, el porteño Palermo de casas bajas y el mar, “el siempre mar”; todo eso debió alinearse y suceder para que un 24 de agosto de 1899 naciera en Buenos Aires, en casa de su abuela materna, este escritor universal a quien hoy, con reverencia y gratitud, evocamos.

FUENTE: LA CAPITAL – Cultura – Por Rafael Felipe Oteriño