La laguna salobre más grande de sudamérica se convierte en el nuevo parque nacional de Argentina. Parte 2/2

Mar de Ansenuza

Un aguará guazú (Chrysocyon brachiurus) intenta ocultarse entre los juncos. Los Bañados del Río Dulce concentran buena parte de la población de esta especie cuya supervivencia está en peligro en Argentina. Foto: Yanina Druetta.

El paisaje, los caminos y hasta la cultura cambian en pueblos como La Rinconada, Rosario del Saladillo o Puesto de Castro. El ripio sustituye al asfalto, los arbustos muestran su carácter espinoso y el confort desaparece en la orilla menos favorecida de la laguna. La alta salinidad de los suelos prácticamente los inhabilita para la producción agropecuaria y todo recuerda la cara más árida del Chaco, ecorregión en la cual Córdoba queda incluida, más allá de que apenas queden pequeños parches de bosque nativo.

El coche avanza por el camino polvoriento, cada tanto una columna de humo se recorta en el horizonte. La quema de pastos para alentar el rebrote es una práctica ancestral, pero también un peligro. “Los incendios, debido a las quemas descontroladas, son los problemas más graves de ese sector porque de esa manera se homogeniza el paisaje y se pierde diversidad”, analiza Laura Josens.

La creación de la Reserva Nacional no impedirá que los campesinos continúen usando el fuego, pero el desafío será lograr que lo hagan dentro de un orden establecido. “Habrá que controlar cuándo, cómo y qué parte queman, pero la idea es que el parque sea desarrollo y no prohibición, que no cierre ninguna puerta sino que abra nuevas oportunidades”, sostiene Novarino, que es asistente en el equipo de Aves Argentinas, y pone un ejemplo: “Nuestra misión es hacerle ver a la señora que nos invita a comer una empanada o una torta asada que se las podrá ofrecer y vender al turista que venga a observar pájaros cuando el parque quede abierto al público”.

En los bosques espinosos del lado norte de “la mar” suele escucharse el sonido metálico del canto del gallito de collar (Melanopareia maximiliani). Foto: Yanina Druetta.

El coipo (Myocastor coypus), una nutria roedora, es un habitante habitual de los humedales sudamericanos. Foto: Yanina Druetta.

Miramar, el pueblo que resurgió del agua

El ecoturismo de naturaleza es, sin duda, la gran apuesta de todos los implicados en la promoción del flamante espacio protegido. Lo saben a la perfección en Miramar porque, desde siempre, han vivido del atractivo que la laguna ofrece a los visitantes. “En los años setenta, que fue la época dorada, venían 50.000 personas los fines de semana”, recuerda Matías Michelutti. La bonanza acabó de pronto. Entre 1976 y 1978 la laguna duplicó su tamaño e inundó el pueblo: el 90 % quedó bajo las aguas, incluyendo 102 de los 110 hoteles existentes y de los 5000 residentes habituales apenas quedaron 1200. Solo a partir de 2004 Miramar comenzó a resurgir y ahora la declaración del parque nacional renueva y multiplica las ilusiones.

“Cuando en La Paquita comenzamos a hablar de la explotación turística de la naturaleza la gente dudaba porque creía que no teníamos nada que mostrar. Siempre vimos la laguna como nuestro patio trasero y prácticamente nadie tenía conciencia de lo importante que era la biodiversidad que existía a ocho kilómetros de nuestras casas. Ahora ya tenemos dos emprendimientos de turismo rural”, se entusiasma Juan Carlos Mendoza, director de Turismo y Ambiente del municipio.

Los camarones son el principal alimento de las espátulas rosadas (Platalea ajaja) que pueden hallarse en las cercanías de la costa. Foto: Yanina Druetta.

Situada al este de la laguna, la ciudad de Morteros se jacta de tener los mejores atardeceres de Ansenuza. Con 25 000 habitantes, se trata de la localidad más poblada de la región. Foto: Maximiliano Novarino.

En Ansenuza, la conservación va necesariamente de la mano con el desarrollo sustentable. “El parque es un gran aporte a la lucha contra el cambio climático y representa además el cuidado de áreas que funcionan como grandes sumideros de carbono. Su nacimiento representa, al mismo tiempo, la oportunidad de poner en marcha un sin número de actividades sustentables en la región”, precisa Scotto, el encargado de las cuestiones ambientales en la provincia.

Claro que la esperanza de progreso conlleva a la vez retos y amenazas que habrá que sofocar. “El plan de gestión y manejo del agua será clave. Hay que ordenar el uso público del territorio con estudios previos de impacto ambiental y capacidad de carga. Mi miedo es que quieran aprovecharse los recursos en el corto plazo sin pensar en el largo”, dice la doctora Josens.

La intención de generar un desarrollo sustentable para los pueblos que rodean “la mar” tiene su eje en el turismo de naturaleza. Las cabalgatas entre matorrales, arbustos y espinillos es una de las actividades predilectas. Foto: Maximiliano Novarino.

El caudal de los ríos es la gran preocupación

Los principales riesgos para Ansenuza guardan relación con la cantidad de agua que transportan los ríos que la nutren. Tanto el Salí-Dulce, que atraviesa las ciudades de San Miguel de Tucumán, Santiago del Estero, La Banda y las termas de Río Hondo; como el Suquía, que transita por la ciudad de Córdoba, una de las tres más pobladas del país, van perdiendo caudal durante su recorrido a partir de canalizaciones, embalses y extracciones de agua para uso urbano o de actividades agropecuarias. “Habría que reactivar el Comité de Cuenca porque la posibilidad de construir un nuevo dique sobre el río Dulce está en carpeta, y haría peligrar el caudal ecológico mínimo que necesita la laguna para subsistir”, asegura Josens.

La posibilidad de contaminación por basuras y efluentes cloacales es una amenaza añadida. Hasta ahora, la alta salinidad de la laguna (80 gramos por litro, mucho mayor que la del mar), derivada de la evaporación que produce la fuerte irradiación solar, parece “defender” la limpieza de las aguas, “pero el riesgo de que una alteración del pH afecte la proliferación del fitoplancton o una mortandad de peces en los ríos siempre está latente”, remarca Josens.

Decenas de miles de falaropos tricolor llegan cada verano a Ansenuza procedentes de América del Norte. Sus enormes bandadas deleitan la vista de los visitantes. Foto: Yanina Druetta.

La brasita de fuego (Coryphospingus cucullatus) es una pequeñísima ave paseriforme con un canto muy peculiar que puede oírse en los alrededores de la laguna. Foto: Yanina Druetta.

Los residuos que generan las localidades que rodean “la mar” es otro punto crucial. Salvo el municipio de La Para, que posee una modélica planta de tratamiento, los basurales a cielo abierto son norma en el resto. “Todas las comunidades —asegura Juan Carlos Mendoza— estamos en camino de erradicarlos gracias a una planta de tratamiento que comenzará a funcionar en Porteña”. En cualquier caso, la toma de conciencia ambiental es todavía muy reciente. “En Morteros empezamos a trabajar el tema en 2019”, acepta Maximiliano Novarino. Aun así, la colocación de contenedores de basuras en la orilla, las campañas de limpieza y la promoción de un cambio de hábitos, como no encender fuego para hacer asados en la costa, van dando frutos.

Un período seco como el actual es ideal para los flamencos porque la escasa profundidad de las aguas les facilita el acceso a la artemia salina, su crustáceo preferido, y les ofrece islotes descubiertos para hacer sus nidos. En tiempos de lluvia, el pejerrey (Odontesthes bonariensis) coloniza el lugar, para el disfrute de las aves que se alimentan de peces, como la gaviota cocinera. En los días de viento, las olas sacuden las aguas y las tablas de windsurf corren sobre ellas.

El Mar de Ansenuza es un organismo vivo que puede aumentar o reducir su tamaño en 20 o 25 kilómetros de largo y de ancho, que se transforma y palpita. El desarrollo social de quienes viven a su alrededor es un reto; la conversión en Parque y Reserva Nacional es la garantía para alcanzarlo conservando su salud y su riquísima biodiversidad.

Una comadreja overa o zarigüeya (Didelphis albiventra) descansa entre las ramas de un árbol. Foto: Yanina Druetta.

Una parina grande o flamenco andino (Phoenicoparrus andinus) despliega toda su plasticidad en el vuelo. Los períodos de sequía multiplican la presencia de la especie en Ansenuza. Foto: Yanina Druetta.

Imagen de portada: : Un grupo de flamencos australes (Phoenicopterus chilensis) se alinea en el frente de la laguna. Esta especie puede verse todo el año en Ansenuza ya que tiene allí sus áreas de nidificación. Foto: Yanina Druetta.

FUENTE RESPONSABLE: Mongabay. Por Rodolfo Chisleanschi. 4 de julio 2022.

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La laguna salobre más grande de sudamérica se convierte en el nuevo parque nacional de Argentina. Parte 1/2

  • Mar de Ansenuza, la nueva área protegida, ocupa unas 600.000 hectáreas, tamaño equivalente a los grandes parques argentinos, como Nahuel Huapi, Iguazú o Los Glaciares.
  • Cientos de miles de aves migratorias llegadas desde Norteamérica, tres especies de flamencos y una multitud de otros seres alados se reúnen en este espejo de agua que se abre en el centro del país.
  • La apuesta por el desarrollo sustentable de una región con muchas diferencias entre las orillas norte y sur de la laguna y el trabajo consensuado con las comunidades locales son una parte fundamental del proyecto.

Una nube de minúsculos seres alados se desplazan a toda velocidad sobre el agua. Avanzan, giran y retroceden con asombrosa armonía. “Son falaropos nadadores (Phalaropus tricolor), aves de no más de 25 centímetros que cada temporada llegan por cientos de miles a la laguna”, comenta la doctora Laura Josens, bióloga y coordinadora territorial del Programa Tierras de la organización no gubernamental Aves Argentinas. Los flamencos, inmutables ante semejante despliegue, ni los miran.

El escenario del espectáculo es Mar Chiquita, la quinta laguna de agua salobre más grande del mundo, la primera de Sudamérica, un gigantesco humedal que acaba de transformarse en el Parque y Reserva Nacional de Ansenuza y en donde las aves son sin duda las grandes estrellas. Ejemplares de más de 300 especies se reúnen en verano, cuando arriban aquellas que viajan cada año, principalmente desde Norteamérica.

Aquí se dan cita tres de las seis variedades de flamencos que existen en el planeta —el de James o parina chica (Phoenicoparrus jamesi), el andino o parina grande (Phoenicoparrus andinus) y el común o austral (Phoenicopterus chilensis)— junto al 36 % de la avifauna del país y el 66 % del total de aves migratorias y playeras.

A la izquierda un flamenco austral; a la derecha, una parina chica (Phoenicoparrus jamesi)  y sobre ellos un tero (Vanellus chilensis). Tres especies diferentes en apenas un metro de agua de la laguna. Foto: Yanina Druetta.

Punto final de la mayor cuenca endorreica de la Argentina (es decir, que no tiene salida fluvial al océano), el también llamado Mar de Ansenuza (diosa de las aguas para los pueblos originarios que habitaban la región) es el corazón de un área que incluye a los bañados del río Dulce, espacio de muy difícil acceso que concentra una riquísima diversidad en sus 50 kilómetros de ancho y es el hábitat ideal para el aguará guazú (Chrysocyon brachyurus), un cánido en peligro de extinción en el país, así como para yaguarundi (Herpailurus yagouaroundi), coipos (Myocastor coypus), tortugas terrestres, carpinchos, zorros, hurones, corzuelas o peludos.

Las cámaras trampa de la organización Natura Internacional —participante destacada en la creación del parque— descubrieron incluso la presencia del aguará popé (Procyon cancrivorus), mapache americano que se suponía extinto en la provincia.

Si deseas ver los videos; pincha en los links. Muchas gracias.

https://youtu.be/17t6b7WlNZE?t=2

Trabajo mancomunado en torno a “la mar”

El Dulce (llamado Salí en su curso superior) es el eje principal de la cuenca y aporta el 80 % del líquido que alimenta la laguna. El 20 % restante llega desde el sur a través de los ríos Suquía y Xanaes. Entre los tres se ocupan de rellenar una superficie de amplitud muy cambiante. “Actualmente estamos en un período de seca y el espejo de agua ha retrocedido mucho. Debe rondar las 400 000 hectáreas, pero en 2003 o en 2015 alcanzó el millón”, indica Matías Michelutti, bisnieto de quien fue primer alcalde de la localidad de Miramar, la única con acceso directo a lo que en la zona denominan “la mar”: “No debe ser fácil trazar los límites de un Parque Nacional con una dinámica tan fluctuante”, subraya.

En efecto, los límites de las nuevas áreas protegidas son, en buena medida, líneas en el aire determinadas luego de un largo proceso de estudios técnicos y catastrales, obligados por las particularidades del entorno. “En la orilla sur hay campos privados que hace 30 años están bajo el agua y se decidió que el parque comience justo donde terminan esos terrenos. Hacia el norte, donde las formas y condiciones de vida son muy diferentes, era necesario garantizar que la gente pudiera continuar con sus actividades económicas habituales, y por eso se le dio el carácter de Reserva Nacional”, explica Juan Carlos Mendoza, actual director de Turismo y Ambiente de La Paquita, municipio de 1056 habitantes, uno de los 21 que rodean “la mar”.

Para complicar aún más los mapas, ambos espacios se solapan con la Reserva Provincial de Usos Múltiples que se extiende hacia el norte. “Este es uno de los mejores ejemplos de trabajo mancomunado y participativo en la declaración de un área protegida, porque además del apoyo del gobierno y de toda la Legislatura provincial de Córdoba han intervenido las comunidades que habitan el territorio y muchas organizaciones no gubernamentales”, se enorgullece Hernán Casañas, director ejecutivo de Aves Argentinas, entidad que en 2015 decidió impulsar un proyecto en el que por entonces muy pocos creían.

“Este es un hecho de trascendencia internacional, un gran paso en la conservación de un ecosistema maravilloso”, afirma con indisimulada satisfacción Juan Carlos Scotto, Secretario de Ambiente de Córdoba. No le faltan razones para sostener su argumento, ya que varias organizaciones internacionales han participado en la creación del parque, interesadas en apoyar las migraciones de especies que pueblan los lagos de Estados Unidos y Canadá.

El aporte de la Wyss Foundation —5,8 millones de dólares— es el principal sostén financiero para dar los primeros pasos en el desarrollo del área. “Destinaremos una parte a la compra de tierras alrededor de la laguna que donaremos a la Administración de Parques Nacionales, y otra para establecer las infraestructuras básicas: casas para los guardaparques, señalización, cartelería, senderos, vehículos…”, señala Casañas.

Los llamativos colores del pico caracterizan a la gallineta de pico pintado (Pardirallus sanguinolentus), una de las más de 300 especies que tienen su hogar en la laguna. Foto: Yanina Druetta.

En su tramo final, el río Dulce da lugar a un sistema de bañados que ocupa prácticamente todo el sector norte de la Reserva Nacional. Es allí donde los campesinos llevan su ganado en la temporada seca. Foto: Yanina Druetta.

Pobreza al norte, desarrollo en el sur

El guardaparques Matías Carpineto, quien ya estaba coordinando las tareas en el lugar y desde principios de julio es el intendente de la nueva área protegida, es decir, la persona que a cargo de toda la organización y control del parque, comenta: “El área ocupa la máxima categoría de complejidad en la clasificación de los parques argentinos. Esto se debe a su tamaño, a la cantidad de municipios que rodean la laguna y al fuerte componente social que es parte central del proyecto”.

Ansenuza es una entidad que verdaderamente divide aguas. En todo el anillo sur se ubica una de las principales cuencas lecheras de la Argentina: “En nuestra ciudad hay 250 tambos (corrales de ordeña) que emplean a 50 personas cada uno, generando una enorme actividad económica”, puntualiza Maximiliano Novarino, director de Turismo de Morteros, la localidad más poblada de la región.

Una situación diferente se vive en el arco norte, donde decaen dramáticamente los niveles de desarrollo en infraestructuras, servicios y densidad habitacional: “Los campesinos de esa zona viven de una ganadería extensiva muy limitada por las dificultades de acceso al agua potable y su renta per cápita es muy, muy baja”, señala Carpineto.

En períodos de sequía la laguna retrocede y deja tras de sí amplias playas de sal. Son el resultado final de un proceso que comienza con la evaporación del agua debido a la potente radiación solar. Foto: Yanina Druetta.

Imagen de portada: : Un grupo de flamencos australes (Phoenicopterus chilensis) se alinea en el frente de la laguna. Esta especie puede verse todo el año en Ansenuza ya que tiene allí sus áreas de nidificación. Foto: Yanina Druetta.

FUENTE RESPONSABLE: Mongabay. Por Rodolfo Chisleanschi. 4 de julio 2022.

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¿Vivimos en una simulación mental colectiva? El retorno del panpsiquismo.

EL NUEVO IDEALISMO

Hacemos un recorrido por esta corriente filosófica y por cómo algunas de las mejores mentes científicas del presente están abrazando la idea de la realidad como un producto mental y no como algo propiamente físico.

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En el año 1205, un muchacho llamado Giovanni di Pietro Bernardone desertaba de su ejército al no querer combatir contra las tropas germanas. Mientras viajaba a la región italiana de la Apulia para luchar en nombre del Papa, oyó el eco de una voz mientras dormía que le encomendaba regresar a su ciudad natal. 

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En una reunión con amigos, cuando le preguntaron si pensaba casarse, Giovanni les respondió: «La mujer con la que pienso comprometerme es tan noble, tan rica, tan buena, que ninguno de vosotros visteis otra igual». No se refería a ningún ente físico, sino a un valor que tiempo después ha sido uno de los pilares del cristianismo: la pobreza. 

Desde su regreso, el joven comenzó a sentir un fuerte desapego hacia la propiedad de bienes, pues a pesar de ser hijo de un rico comerciante, no buscaba oro ni riquezas. Sin embargo, sentía un fuerte arraigo hacia los animales, los cuales, al igual que él, vivían al raso y sin posesiones materiales. 

De hecho, les consideraba como «hermanos pequeños». Este joven, posteriormente conocido como San Francisco de Asís, es hoy considerado el gran patrono de los veterinarios y, por extensión, de los movimientos ecologistas, por su pasión por la naturaleza y las criaturas que forman parte de ella. Como cualquier santo divinizado por la cultura cristiana, decían de él que obró muchos milagros, pero de entre todas esas cualidades mágicas que se le atribuyeron destacaba una: la capacidad de hablar con los animales. Rezaba con las aves y apaciguaba a los lobos para que no atacaran los rebaños. Los relatos que le confieren esta habilidad para hablar con seres sin conciencia no son casualidad, pues forman parte de una corriente filosófica que ha recorrido siglos, desde Platón y Aristóteles hasta los más actuales pensadores de hoy en día.

'San Francisco de Asís predicando a las aves'. (Cuadro de Antonio Carnicero, 1788, en el Museo del Prado de Madrid)

‘San Francisco de Asís predicando a las aves’. (Cuadro de Antonio Carnicero, 1788, en el Museo del Prado de Madrid)

Se trata del panpsiquismo, un término derivado de las palabras griegas «pan» («todo») y «psique» («alma» o «mente»), y que sostiene la teoría de que la conciencia, al fin y al cabo el fenómeno más misterioso de la naturaleza, no es exclusiva de los humanos: impregna todo el universo y es un rasgo fundamental de la realidad. 

Tanto seres animados como inanimados pueden poseer cualidades propiamente conscientes y desarrollar una percepción subjetiva del mundo que les rodea. 

Algunos de sus defensores más notables fueron filósofos del Renacimiento como Giordano Bruno, quien creía que todo lo que existía tenía una esencia o principio vital. En el siglo XVII, Baruch Spinoza pensaba que la realidad estaba conformada por una única sustancia eterna, que en este caso podía ser Dios o el propio concepto de Naturaleza, de tal forma que todos en conjunto conformaríamos un todo consciente. 

También está la propuesta de Gottfried Liebniz, quien centró su pensamiento en las «mónadas», pequeñas unidades de materia infinitas e indivisibles, que formaban estructuras conscientes. 

«La conciencia impregna todo el universo y es una característica fundamental del mismo. Pero eso no significa que todo sea ‘consciente’.

A mediados del siglo XX, el panpsiquismo es rechazado por filósofos como Karl Popper o Ludwig Wittgenstein. De ahí que pronto aflorara la impresión en las universidades de filosofía de que se trataba de una doctrina errónea, sometiendo a duro juicio a todos sus defensores. 

Sin embargo, tal y como describe el periodista y escritor Joe Zadeh en un reciente artículo publicado en la revista Noema Magazine’, actualmente está reviviendo con nuevos planteamientos para llegar a una comprensión definitiva de lo que significa la consciencia en pleno siglo XXI.

Las tesis de Goff y Koch

Uno de los pensadores actuales citado por Zadeh es el filósofo británico Philip Goff, el cual lleva años investigando sobre las hipótesis que confieren a la consciencia un rasgo universal y omnipresente en el mundo físico. «Según el panpsiquismo, la conciencia impregna todo el universo y es una característica fundamental del mismo. Pero eso no significa que todo sea ‘consciente’, sino que los bloques de construcción esenciales del universo, posiblemente los quarks y electrones, tienen formas de experiencia increíblemente simples a la par que complejas. Eso no significa que una silla sea consciente, sino que las diminutas partículas elementales de las que está hecha tienen algún tipo de experiencia muy rudimentaria», explica. 

«Cuando las personas escuchan la palabra ‘consciencia’ creen que se refiere a sentir emociones pero en realidad hablamos de un nivel mucho más básico: la experiencia» La idea de que los objetos inanimados puedan tener conciencia, a pesar de que esto sea percibido como algo fantasioso desde un punto de vista estrictamente materialista y racional, no queda muy lejos, sobre todo si hacemos un esfuerzo por volver a nuestro mundo de la infancia. ¿Quién no ha hablado nunca con sus juguetes cuando es niño? 

De eso se dio cuenta el psicólogo suizo Jean Piaget en 1929, quien concluyó que los niños de entre dos y cuatro años tienden a atribuir conciencia a todo lo que les rodea. Por ello es frecuente que aparezcan amigos imaginarios en estas épocas. Antes de la socialización que se da en las etapas de madurez y crecimiento, el cerebro del niño, pese a su inocencia e ingenuidad como fruto de su inexperiencia, parece que está predispuesto a conferir propiedades mágicas a todo lo que hay a su alrededor. Por supuesto, la conciencia tiene diferentes grados y forma estructuras muy diferentes. 

Hay investigaciones sobre biología animal y vegetal que confirman que los árboles pueden comunicarse entre sí para convivir y sobrevivir mediante redes subterráneas de hongos que les mantienen conectados. Otros estudios también refrendan que las plantas tienen memoria táctil cada vez que las tocas. Pero no por ello un árbol va a hablar o expresar una emoción ni tampoco una adelfa va a cobrar vida de repente para salir corriendo en cuanto sienta el riesgo de ser podada. No están vivos como nosotros ni sienten o piensan el mundo igual que los humanos, pero esto no quiere decir que puedan asimilar pequeños detalles basados en su experiencia.

Esta es una de las posturas que defiende Christof Koch, un neurocientífico que lleva varios años investigando en torno a estas cualidades de la conciencia. «Mucha gente piensa que cualquier teoría que corrobore que los microbios son conscientes es una locura», asegura a Zadeh. «Cuando las personas escuchan la palabra ‘consciencia’ creen que se refiere a sentir emociones, placer o dolor, pero en realidad hablamos de un nivel mucho más básico de conciencia: la experiencia. 

Obviamente, un paramecio«, refiriéndose a los protozoos que suelen vivir en estanques o charcas, «carece de psicología, pues no escucha a las abejas o no se preocupa por qué hará el fin de semana». Sin embargo, «siente que es algo para ser un paramecio, y una vez que la membrana de su célula se disuelve, desintegrándose hasta que muere, ya no se siente de ninguna forma».

El universo como simulación mental colectiva

Hemos visto cómo, según estas teorías, la consciencia puede estar hasta en los organismos más pequeños y las formas de vida más minúsculas o precarias. Pero, ¿qué ocurre si las aplicamos a niveles macro, es decir, al propio universo? 

El término «panpsiquismo» apareció de manera frecuente en un ‘paper’ sobre física cuántica escrito por tres investigadores del Quantum Gravity Research de Los Angeles y publicado en la revista ‘Entropy’. 

En él, los autores abandonan la creencia de que el universo existe por sí mismo, rechazando los postulados materialistas que ven la realidad como algo externo y a lo que solo podemos acceder mediante los sentidos o la experiencia. 

En su lugar, abrazan la hipótesis de ver al universo como «una extraña simulación en loop». «Los últimos estudios en mecánica cuántica, como observar el espacio-tiempo en un holograma, sugieren que esta no es algo elemental» 

Esta conclusión bebe de las hipótesis de simulación del influyente filósofo Nick Bostrom, que enmarcan la realidad como si esta fuera una especie de ilusión diseñada por seres incognoscibles, en lugar de ser fruto del avance histórico y tecnológico humano. Es decir, en vez de pensar que somos productos de una evolución natural y que gracias a ella hemos alcanzado unas mejores condiciones de vida a partir del uso de la razón, Bostrom argumenta que todo lo que vemos y sentimos responde a un programa computacional muy avanzado. Según él, somos productos de una simulación creada por seres post-humanos para conocer más sobre sus ancestros.

¿Somos un sueño dentro de un sueño de alguien que sueña y está a punto de despertar? (Cartel promocional de 'Origen', de Christopher Nolan)

¿Somos un sueño dentro de un sueño de alguien que sueña y está a punto de despertar? (Cartel promocional de ‘Origen’, de Christopher Nolan)

Esta no deja de ser una idea muy explotada por las grandes películas de ciencia ficción de nuestra era, desde Origen hasta Abre los ojos‘. 

Además, conecta con la corriente del panpsiquismo, puesto que todas esas estrellas y planetas que vemos en una noche de cielos despejados no son meros trozos de materia que están muy lejos, sino que forman parte de una red global simulada que se actualiza constantemente, a partir de algoritmos subyacentes y una regla denominada como «el principio de lenguaje eficiente».

«Mientras que muchos científicos apoyan al materialismo, nosotros consideramos que la mecánica cuántica puede proporcionar pistas de que nuestra realidad es una construcción mental», asevera David Chester, uno de los principales autores del estudio. «Los últimos estudios en mecánica cuántica, como observar el espacio-tiempo mediante un holograma, sugieren que este no es algo elemental ni fundamental. 

Por ello, es la construcción mental de esta realidad la que lo fabrica para entenderlo de manera eficiente, generando una red de entidades subconscientes que pueden interactuar y explorar la totalidad de las posibilidades».

¿Qué es el agua? Una paradoja

Es decir, el espacio-tiempo no es más que una abstracción humana para intentar aproximarnos a conocer la realidad o el universo, pero en ningún caso existe por sí mismo, sino que forma parte de una trampa que hemos auto asumido como verdadera. 

Como su propio nombre indica, usamos un lenguaje eficiente basado en la lógica, las matemáticas o la física, para explicar fenómenos que suceden en la naturaleza pero cuya esencia nunca hemos llegado a ver o a comprobar. Esta es, precisamente, la conclusión a la que llegó el filósofo Bertrand Russell: «Todo lo que nos da la física son ecuaciones ciertas que dan propiedades abstractas de sus cambios. Pero en cuanto a qué es lo que cambia o a qué camba, en cuanto a esto, la física guarda silencio». 

«La física solo nos habla de lo que hacen las cosas, no de qué es lo que son ni de su naturaleza subyacente, sino cómo se comporta».

Después de tantos años de historia y evolución esforzándonos por desentrañar el código físico y químico que rige el mundo y da pie a la existencia de una consciencia como la nuestra, en realidad todo responde a un lenguaje matemático que hemos diseñado para intentar comprenderlo de manera eficiente, pero que no ha conseguido revelarnos nada sobre lo que verdaderamente está ahí o de lo que estamos hechos. 

«La física solo nos habla de lo que hacen las cosas, no qué es lo que son», argumenta Goff, apoyando a Russell. «No nos habla de la naturaleza subyacente de las cosas que se comportan de esta manera». 

«¿Qué es el agua?», interviene por su parte Zadeh en una excelente paradoja que ejemplifica a la perfección las tesis de ambos filósofos. «Una sustancia química incolora, transparente e inodora que llena nuestros cuerpos, océanos, ríos y lagos. 

Pero, ¿de qué está compuesta? De sextillones y sextillones moléculas de agua. ¿De qué están hechas estas moléculas? Bueno, cada una de ellas contiene tres átomos: dos de hidrógeno y uno de oxígeno. ¿Y estos a su vez de qué están hechos? De partículas subatómicas, como neutrones y protones. ¿De qué está hecho un electrón? Un electrón tiene masa y carga energética. ¿Y qué son la masa y la energía? Son propiedades de un electrón. Entonces, ¿qué es un electrón?

El discurso de White

Recuperando la figura de San Francisco de Asís que expusimos al inicio, cabría volver a pensar en un mundo en el que no fuéramos los únicos seres cargados de un tipo de conciencia tan avanzada como la nuestra y pudiéramos comunicarnos con otras criaturas, incluso con los objetos. No solo a la hora de desarrollar empatía que se traduzca en un mayor espíritu animalista o ecologista, sino también a la hora de comprender mejor esa totalidad de las cosas que, según las teorías de Bostrom y compañía, se presenta como una simulación. 

«El cristianismo fue lo primero que separó al hombre de la naturaleza, estableciendo una relación de superioridad y explotación con ella».

Otra de las autoras que destaca Zadeh en su artículo es la historiadora medieval Lynn Townsend White. En la década de los 60, fue una de las responsables de impulsar la conciencia climática en su país, Estados Unidos. Para White, «la forma en la que vemos el mundo determina cómo lo tratamos». En un discurso 1966 ante la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS), expresó: «Lo que la gente hace con su ecología depende de lo que piensen de sí mismos en relación con las cosas que los rodean». 

Una frase que podría ser muy básica o ‘kitch’ daba algo más a entender para ese mundo en el que no existía una amenaza climática tan grave como ahora.

Las soluciones para enfrentar la crisis climática, para White, están en las causas que la provocaron. Y esas mismas causas fueron fruto de la mentalidad de la época en la que el progreso científico y tecnológico arrancó, impulsado, en parte, por el cristianismo occidental. «Fue lo primero que separó al hombre de la naturaleza, estableciendo una relación de superioridad y explotación con todo lo que le rodeaba», asegura Zadeh. 

No en vano, las creencias paganas sobre las que se impuso giraban en torno a la idea de un mundo completamente animado.

Cómo hablar con plantas o animales

«Antes de cortar un árbol, excavar una montaña o poner una presa, era importante aplacar y mantener a raya el espíritu que emergía de esa situación en particular», escribió White. 

«Pero el cristianismo extrajo esos espíritus de la Tierra y los colocó en el cielo.

Al destruir el animismo pagano, el cristianismo hizo posible explotar la naturaleza con una absoluta indiferencia hacia los sentimientos de los espíritus en los objetos naturales, los cuales habían protegido al hombre de la naturaleza. Estos se evaporaron y las viejas inhibiciones de explotar la naturaleza se desmoronaron». De ahí que describiera al cristianismo como la religión más antropocéntrica que había habitado la Tierra. 

«El universo empezó a ser visto no como algo orgánico y animado, sino como una máquina sin mente, como un reloj, cuyos engranajes están gobernados por leyes científicas» 

Evidentemente, el cristianismo no fue el responsable de que ahora tengamos una crisis ecológica, pero «sentó las bases para una relación abusiva del hombre con la naturaleza», recalca Zadeh. «Esta ideología religiosa infundió la Revolución Científica y marcó el comienzo de la era de la tecnología, el capitalismo y el colonialismo. El universo empezó a ser visto no como algo orgánico y animado, sino como una máquina sin mente, como un reloj, cuyos engranajes están gobernados por leyes científicas. La imprevisibilidad natural se transformó en algo estable, predecible, cognoscible, y por tanto, controlable».

Precisamente, esta es la mentalidad que impera ahora en los gurús tecnológicos y los multimillonarios filantrópicos. De hecho, en otros artículos ya hemos hablado de otras doctrinas filosóficas como el ‘largoplacismo radical’, en la cual se pretenden destinar muchos millones de euros para salvar a la Tierra de un apocalipsis tecnológico o climático, pensando a muy largo plazo y obviando cualquier otro problema humanitario que necesite una solución urgente, como por ejemplo las hambrunas de los países subdesarrollados. 

White, a pesar de criticar tanto la moral cristiana que impulsó el avance tecnológico y científico en detrimento del animismo pagano, se consideraba creyente en Dios. Y más aún, enarboló esa figura de San Francisco de Asís como el santo que más hizo por recuperar o, al menos no olvidar, que los seres que no gozan de las mismas cualidades que nosotros, en cualquier momento y de forma imprevisible, puedan alzar la voz.

Imagen de portada: Interior de la biblioteca del Trinity College en Dublín. (Unsplash/@gianmarco).

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. Por Enrique Zamorano. Febrero 2022.

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