Cómo los milmillonarios provocaron la caída del Imperio romano.

El historiador José Soto Chica publica “El águila y los cuervos”, un revelador estudio donde explica cómo la avaricia de las élites, su resistencia a pagar impuestos y apoyar a la sociedad, acabó con el sueño de una Roma eterna

La causa del hundimiento del Imperio romano de Occidente fue la avaricia de las élites, las luchas intestinas que entablaron entre sí para alcanzar el poder y su creciente desapego del Estado, afirmado en la creencia equivocada de que podían prescindir de él y de las garantías que brindaba debido al respaldo que les proporcionaban sus propias fortunas. «En el 425 d. C., las rentas de la vieja aristocracia romana eran altísimas. Una sola familia obtenía 4.000 libras de oro al año, la mitad del presupuesto militar romano. Una suma que conseguían de sus tierras, propiedades y múltiples relaciones comerciales, más otro tercio que percibían en especie. Estamos hablando de un dinero bestial. Y esto sucede cuando el imperio se encuentra en un momento agónico, con las invasiones bárbaras, la pérdida de un cuarto de su territorio y una merma aguda de su población. En quince años ha perdido el 60 por ciento de sus ingresos», explica José Soto Chica. El historiador ha publicado El águila y los cuervos (Desperta Ferro), un revolucionario ensayo sobre el declive y la desaparición del Imperio romano que aporta una renovada mirada y una profunda reflexión sobre las verdaderas causas que condujeron a su final.

La historiografía ha aducido múltiples motivos en el pasado para explicar su derrumbamiento, desde la crisis económica, la caída demográfica, la difusión del cristianismo, la derrota de Adrianópolis o la irrupción de los pueblos germánicos. Pero nadie había reparado con anterioridad en la conducta ética y el comportamiento avaricioso que mostraron la clase senatorial romana y los nobles patricios. «Si me hubieras preguntado hace un decenio, ni siquiera yo te hubiera nombrado los motivos en los que reparo ahora», reconoce José Soto Chica, que se ha ganado el merecido marchamo de ser uno de los grandes especialistas españoles de este periodo con obras como «Imperios y bárbaros» o «Los visigodos. Hijos de un dios furioso».

El examen cuidadoso de la documentación le empujó a reparar en datos que antes habían pasado desapercibidos o a los que no se les concedió la relevancia que poseían. La detenida lectura alentó una intuición que después acabó fraguando en una tesis contundente que ahora expone en este libro de rigurosos contornos y márgenes.

«El Estado pide un esfuerzo a los milmillonarios, pero esta aristocracia no está dispuesta a contribuir y promueve golpes de Estado, apoya a usurpadores o concede su respaldo a los bárbaros, porque, piensan que es más barato pagarles a estos extranjeros y no al Estado para protegerse. Es en este preciso momento cuando se quiebra el Estado. Con anterioridad, estas mismas clases se habían involucrado con Roma y no dudaban en poner a su disposición los recursos que poseían para salvaguardar el Estado, como sucedió durante las guerras contra Aníbal. Esto no sucede en el Imperio romano de Oriente y es una de las razones que explican que sobreviviera mil años más», añade el historiador.

“Roma se perdió por la avaricia y la poca altura de miras de la élite”

José Soto Chica

José Soto Chica no es amigo de presentismos, pero tampoco evita las lecciones que nos ofrece el pasado y que deberían enseñarnos a actuar mejor hoy en día. En este momento, en medio de grandes convulsiones sociales, económicas, políticas y bélicas, con una minoría que acapara gran parte de los recursos y el dinero mundial, los paralelismos con lo que sucedió durante la última época de la Urbe Eterna son claros: «Esta aristocracia de millonarios entiende que no es necesario el Estado. Su influencia y poder, están convencidos, garantizan su bienestar. ¿Para qué pagar impuestos a fin de respaldar a la corte imperial y el ejército si puedo pagar a un bárbaro local para que me mantenga en la cúspide social?, reflexionan».

El error que cometen es sustancial y Soto Chica lo subraya: «No se daban cuenta de que las estructuras de un Estado son más complejas que eso. Fue un acto de soberbia por parte de ellos, porque en última instancia el dinero no te protege; quien tiene la fuerza es quien decide. El senador poseía los caudales, pero la espada la esgrimía el bárbaro». El historiador resalta en este punto una de las consecuencias de esa actitud quizá con la intención de ilustrar mucho mejor que las decisiones tienen consecuencias y que el egoísmo también lo pagan quienes lo practican: «El resultado es que los hijos y los nietos de estas clases terminaron acudiendo a la guerra, pero peleando por los bárbaros. No recapacitaron en un punto clave, que el Estado es vital, que la ley es importante y que Roma ofrecía un marco de prosperidad y de intercambio. Roma se perdió por la avaricia y la poca altura de miras de una clase dirigente que abogó por sus intereses particulares». Como colofón, con una mirada sobre los tiempos en que nos desenvolvemos, Soto Chica aduce: «Tenemos que aprender a desconfiar de las élites y a exigir responsabilidades, porque el sentido de la responsabilidad de todos nosotros ha perecido en la actualidad».

El autor, que recupera en este ensayo figuras principales, en ocasiones, rodeadas de cierto halo legendario, como Gala Placidia, Aecio, Valentiniano III o Alarico, precisa su discurso y comenta que «la Historia es la última trinchera de la libertad porque permite ver cosas de otra manera. La Historia es un banco de pruebas de la humanidad y te revela que las cosas se pudieron hacer de otra manera. Durante los siglos IV y V se construyeron las villas más alucinantes de todo el Imperio romano. Eran más grandes, más espléndidas que las de la época de César. En cambio, en el siglo VI ya no se levantan ni anfiteatros».

La cuestión que queda suspendida es el motivo y el historiador mismo responde a la pregunta: «La gente que tiene el dinero no lo pone en el ámbito público para contribuir al progreso de la ciudadanía. Antes el poder dependía de la estima que te tuviera la ciudad, pero ahora lo que prevalecen son los contactos imperiales. Por eso desplegaron ese lujo en las villas, porque es ahí donde recibes a esos contactos. Al mismo tiempo que vemos un mundo en crisis, con una clase media que se hunde, los pobres en crecimiento, vemos a una aristocracia desenvolviéndose en medio de esta riqueza. Esto sucede ahora. Las clases medias –subraya– se empobrecen en Europa y Estados Unidos, pero como el poder ya no se juega tanto en las elecciones, las élites económicas y políticas llegan a acuerdos».

“El rico prefería pagar a bárbaros que impuestos, fue un error”

José Soto Chica

Y Soto Chica introduce aquí una advertencia importante: «Por muy eterno que nos parezca un imperio, se puede venir abajo en poco tiempo. Creemos que no, pero también nuestro mundo puede retroceder».

Otro de los aprendizajes que nos deja esta lectura es sobre el buen y el mal gobierno. «La economía y el ejército son cruciales, la estabilidad social, igual, pero en última instancia las decisiones resultan fundamentales. Gala Placidia era genial, una política de primera, mujer de Ataúlfo, madre de emperador, pero comete el error de anteponer la ambición familiar por encima del Estado. Entre el año 425 y el 435 es cuando se pierde África, que es de donde provenía el sesenta por ciento de los ingresos de Roma. Ella escoge perder ese territorio antes que ceder su poder. Deja que Bonifacio, Félix y Aecio se enfrenten entre sí y liquiden los recursos que le quedan al imperio. Prefirieron que todo fuera mal con tal de mantener el control. Y claro que eran conscientes de lo que sucedería. El padre de Gala Placidia –indica– conocía bien la importancia de África, pero, a pesar de eso, ella promueve este enfrentamiento».

Para el historiador, este «es el punto de no retorno, porque Genserico cruza el estrecho de Gibraltar y se apodera de África. En 439 tomará Cartago y, desde ese momento, Roma es un imperio zombi. No tiene oro para mantener el ejército y sin soldados no puedes defender las provincias, y cuantas menos provincias tienes, menos impuestos y menos dinero… el Imperio romano no cae, se disuelve. Odoacro envía las insignias imperiales a Oriente porque lo que queda ya está allí».

Finalmente, Soto Chica deja una última reflexión: «La ambición no es mala, pero cuando no se adapta a los intereses generales es perjudicial. Las élites de ahora son conscientes de esto, aunque creen que el sistema lo aguanta todo. Eso es lo que pensaba la aristocracia senatorial, que aguantaría su avaricia y su falta de escrúpulos. Y no aguantó. Estamos en este momento. Hay esperanza, pero si no tomamos una decisión colectiva, nuestros nietos lo lamentarán y nos juzgarán por lo que hemos hecho».

Imagen de portada: El disco de Teodosio, del siglo IV, una de las joyas del periodo. Se conserva partido por la mitad, como si fuera una metáfora de Roma FOTO: LA RAZÓN.

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Javier Ors. 9 de octubre 2022.

Antigua Roma/Historia Antigua/Cultura/Libro/Ensayo.

 

 

¿Por qué se separó en dos el Imperio romano?

ORIENTE Y OCCIDENTE

No se construyó en un día y tampoco se dividió en ese tiempo, sino que fue un proceso largo y complicado, tras mucho tiempo de problemas.

Roma no se construyó en un día, ya se sabe, y quizá por ello llegó a ser el imperio más poderoso de la historia. Se estableció gradualmente, como no podía ser de otro modo, y creció durante cientos de años, extendiéndose desde lo que hoy es Gran Bretaña hasta Egipto. 

Si deseas profundizar sobre esta entrada; cliquea adonde se encuentra escrito en “azul”. Muchas gracias.

Tampoco colapsó en poco tiempo, por supuesto, pero es probable que su división permanente en el 395 d.C ¿Por qué el Imperio Romano se dividió en el de Occidente y el de Oriente? El resumen es sencillo: su gran tamaño influyó (dificultaba el gobierno), pero otros factores como la inestabilidad política y social, las revueltas o las incursiones también afectaron. De una manera más explicativa, pues hablar de un imperio demasiado grande sería pecar de excesiva sencillez, podríamos decir que el tamaño sí creo numerosos desafíos.

El Imperio Romano fue el estado más grande que Eurasia occidental jamás haya visto y, aunque parece grande en el mapa, en la práctica era aún más grande debido a las velocidades de comunicación

Según informan en ‘Live Science’, el Imperio Romano fue el estado más grande que Eurasia occidental jamás haya visto y, aunque parece grande en el mapa, en la práctica era aún más grande debido a las velocidades de comunicación. Por tierra, era posible viajar unos 32 kilómetros por día (ahora podemos recorrer unos 600). Dado que la medida real de la distancia es el tiempo que le toma a una persona cubrir el terreno, el Imperio era, a todos los efectos, 20 veces más grande de lo que nos parece hoy.

Anfiteatro de Tarragona, ejemplo de arquitectura romana.

Pero el tamaño no fue el único factor en dicha división, ni la explicación total, pues ya era así en el siglo I d.C (y esperó hasta el siglo IV para fragmentarse). Otros dos factores pudieron agravar el problema: el ascenso de Persia al estatus de superpotencia en el siglo III d.C, lo que significaba que Roma tenía que tener un emperador en algún lugar cercano a la frontera persa, por un lado. Por otro, el hecho de que en el siglo IV, la definición de ‘romano’ cambiase para abarcar a las élites provinciales desde Escocia hasta Irak. Muchos ‘romanos’, dada la escala del Imperio, tenían poca o ninguna afiliación con la propia ciudad de Roma. Se pensó que dividir el imperio facilitaría la supervisión de estas diversas regiones y culturas, muy a menudo diferentes.

El tamaño fue un factor fundamental para la división, y también el ascenso de Persia al estatus de superpotencia en el siglo III d.C

La división, además, no se produjo en un momento determinado, aunque la fecha más común sea el 395 con la muerte de Teodosio I (y la sucesión de sus hijos Arcadio y Honorio, quienes se convirtieron en gobernantes de las dos zonas). Sin embargo, el principio del gobierno colegiado (con más de un emperador) había sido parte del marco del gobierno imperial durante más de un siglo. Diocleciano estableció una tetrarquía o gobierno de cuatro entre dos emperadores mayores, o augusto, y dos gobernantes menores, o césares. La tetrarquía se vino abajo después de la abdicación de Diocleciano y se reunificó con Constantino I, pero se dividió nuevamente tras su muerte, dividiéndose entre tres de sus hijos. Pero entonces, si el imperio se dividió mucho antes del 395, ¿por qué los historiadores señalan ese año como el momento en que el imperio se dividió en dos? La explicación más lógica es que, tras ese año, la división se ve más austera en retrospectiva. Quizá hubo un énfasis excesivo en la unidad del imperio antes del 395, pero lo cierto es que Teodosio I no fue el último gobernante de un imperio unido, pues casi siempre gobernó junto con otra persona, por lo que existía ya una escisión.

¿Cómo era la relación entre los dos estados?

La división se hizo porque era necesaria, pero también generaba tensión y fue difícil mantener buenas relaciones. El ideal era que las dos partes gobernaran en armonía, pero no fue así del todo. Por ejemplo, a menudo ocurría que Oriente y Occidente se negaban a reconocer a los cónsules designados en el otro.

La división se hizo porque era necesaria, pero también generaba tensión y fue difícil mantener buenas relaciones. El ideal era que las dos partes gobernaran en armonía, pero no fue así del todo.

El Imperio Occidental finalmente se derrumbó en el año 476 d. C., cuando Odoacro, un líder germánico al que a menudo se hace referencia como el primer «rey bárbaro» de Italia— se rebeló y derrocó al emperador Rómulo Augústulo. Este es ampliamente considerado como el punto final del Imperio Romano Occidental. El Imperio Romano de Oriente, también conocido como Imperio Bizantino, sobrevivió hasta 1453, aunque muchos historiadores no consideran que esto sea parte del «verdadero» Imperio Romano, sino un sucesor más.

Imagen de portada: Istock

FUENTE RESPONSABLE: Alma, Corazón y Vida. 1 de octubre 2022.

Antigua Roma/División/Causas.

Periplo del Mar Eritreo, la obra que describe la navegación y las rutas comerciales entre el mundo romano y Asía en el Siglo I d.C

Si deseas profundizar en esta entrada; por favor cliquea adonde está escrito en “azul”. Muchas gracias.

En varios artículos anteriores, caso del dedicado al navegante heleno Eudoxo de Cícico o el de la colonia romana en el puerto indio de Muziris, reseñamos, como una de las principales fuentes documentales para conocer los hechos, una obra anónima escrita en la Antigüedad y titulada Periplous tî̄s ̓Erythrâs thalássīs. Se traduce del griego antiguo como «Periplo del mar Eritreo» y ya va siendo hora de echarle un vistazo algo más detallado, tanto por su importancia geográfica como por su propia historia.

La RAE (Real Academia Española) define el término periplo como un «viaje o recorrido, por lo común con regreso al punto de partida», aunque aquí nos atañen también -y especialmente- otras acepciones complementarias que cita, como la que dice «en la geografía antigua, circunnavegación» o la que reza «en la Antigüedad clásica, obra en que se cuenta o refiere un viaje de circunnavegación». Es decir, la palabra se aplica, por extensión, a las narraciones de esas singladuras navales, que pasaron a constituir una especie de subgénero literario náutico, con sentido eminentemente práctico y didáctico; de hecho se conserva un buen puñado de periplo, unos en mejor estado que otros: el del cartaginés Hannón, el del macedonio Nearco, el del griego Piteas, el Estadiasmo, etc.

El que nos ocupa describe las rutas comerciales marítimas que operaban los navegantes egipcio-romanos entre los puertos de la costa del mar Rojo hasta el litoral occidental de la India, pasando por el Cuerno de África, el golfo Pérsico, el mar Arábigo y el océano Índico. Una combinación de guía viajera y atlas de geografía que, como se puede deducir, proporciona a los historiadores una valiosa información histórica sobre itinerarios, localizaciones, costumbres y descripciones de sitios de los que, de no ser por ese texto, tendríamos muy pocos datos. Tengamos en cuenta que, antiguamente, la expresión mar Eritreo no tenía exactamente el mismo significado que hoy, ya que entonces abarcaba una extensión mayor.

Mapa del Periplo del mar Eritreo/Imagen: PHGCOM en Wikimedia Commons

Actualmente se aplica -desde finales del siglo XIX ya sólo extraoficialmente- a las costas meridionales del mar Rojo, pues eso significa de forma literal, al fin y al cabo, aunque una leyenda persa recogida por el geógrafo griego Agatárquides de Cnido atribuye el nombre a un comerciante medo llamado Eritras, quien, después de que una manada de leones desbaratase su caravana, se estableció allí y construyó una fortaleza en una isla, gobernando desde ella. En concreto hoy hablamos de mar Eritreo para referirnos a las aguas situadas entre Eritrea y Yemen, mientras que antaño incluía la zona sur inmediata, es decir, el golfo de Adén, bañando la Arabia Felix por el norte y lo que ahora es Etiopía por el sur.

Por tanto, el Periplo abarca una extensión considerablemente mayor, lo que nos lleva a la cuestión de su autoría. Tradicionalmente se atribuía a Lucio Flavio Arriano, también conocido como Arriano de Nicomedia por su lugar de nacimiento. Era un griego bitinio que vivió entre finales del siglo I d.C. y mediados del II d.C., de familia noble y, tal como indica su nombre, poseedor de la ciudadanía romana. Como tantos eruditos de su tiempo, estudió filosofía -con el estoico Epicteto, nada menos- y ejerció destacados cargos durante los mandatos de Trajano y Adriano, entre ellos los de procónsul de la Hispania Bética, cónsul sufecto y gobernador de Capadocia. Luego se retiró para escribir, siendo su obra maestra la Anábasis alejandrina.

El Periplo del mar Eritreo representado en el Theatrum orbus terrarum de Abraham Ortelius, 1597/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Calificamos de tradicional esa identificación como autor porque hoy en día las cosas han cambiado. Los estudios filológicos aplicados al estilo de Flavio Arriano revelan diferencias estilísticas -probablemente un egipcio escribiendo en griego- que apuntan a que él no pudo hacer el Periplo del mar Eritreo. En realidad, todo se debe a un manuscrito bizantino que en el siglo X le adjudicó la responsabilidad creativa sin más razón que el hecho de que su primera obra reconocida sea también del género, el Períplous toû Euxeínou Póntou («Periplo del Ponto Euxino»), una descripción de la región del Mar Negro -desde Trebisonda a Bizancio- escrita para el emperador Adriano en forma de carta.

Dicho manuscrito estaba repleto de errores de traducción y, lamentablemente, fue el que sirvió de modelo para copias posteriores, especialmente para una del siglo XIV o XV que hoy conserva el British Museum. El original bizantino acabó en Heidelberg y durante la Guerra de los Treinta Años fue trasladado a Roma. La rapiña napoleónica se lo llevó a París a finales del XVIII, cuando el corso conquistó los estados Pontificios y los convirtió en república, pero en 1816, tras su destierro a Santa Helena y el inicio del proceso de devolución de lo incautado, se restituyó a la biblioteca de la universidad alemana.

En suma, la autoría del Periplo del mar Eritreo permanece anónima y en lo único que se ha avanzado es en desentrañar la fecha de su redacción. Si antes se databa en un lapso cronológico más o menos amplio, entre los siglos I y III d.C., un estudio realizado en 1912 por Wilfred Harvey Schoff (un erudito estadounidense especializado en el mundo clásico que trabajó especialmente en dos periplos, el que nos ocupa y el del cartaginés Hannón) concretó situándolo entre los años 59 y 62 d.C. Schoff, por cierto, también concluyó que fue escrito por un griego o romano de Egipto, quizá de la época en que el greco-romano Tiberio Claudio Balbilo dirigió la Biblioteca de su ciudad natal, Alejandría.

El Imperio romano a finales del reinado de Trajano, al alcanzar su máxima extensión/Imagen: Tataryn en Wikimedia Commons

El problema es que muchas de las copias que se hicieron desde muy temprano del Periplo se basaban en traducciones erróneas, como pasó con la primera impresa (realizada en 1533 por el suizo Hieronymus Froben a partir del trabajo del humanista pragués Sigismund Gelenius), y sabemos que Schoff también empleó una versión llena de equivocaciones, lo que pudo provocarle errores de apreciación. Por eso otros expertos en literatura clásica e historia naval proponen fechas alternativas para la escritura de la obra. Por ejemplo, en su libro Through the Jade Gate to Rome, Jonh E. Hill adelanta la redacción al segmento entre el 40 y el 70 d.C., el mismo que el neoyorkino Lionel Casson en su The Periplus Maris Erythraei, aunque el primero se decanta personalmente por la más temprana dentro de la propuesta: del 40 al 50 d.C.

En cuanto al relato en sí, está en griego y consta de sesenta y seis capítulos, la mayoría de los cuales ocupa un párrafo, siendo éstos de extensión variable. La precisión de las descripciones induce a sospechar que el autor conocía bien esas regiones, de ahí que la hipótesis inicial que apuntaba a un alejandrino se haya cambiado en favor de un natural de Berenice Troglodytica, la actual Medinet-el Haras, un antiguo puerto marítimo en la costa egipcia del mar Rojo fundado por Ptolomeo II como base del comercio marítimo por el Índico y conectado con el Bajo Egipto a partir del año 137 d.C. mediante la Vía Hadriana. Ese conocimiento del medio permite descripciones lo bastante precisas como para que los historiadores pueden identificar las ubicaciones.

El mar Eritreo y el sudeste asiático, por Jan Janssonius (1658). Los mapas pequeños de las esquinas superiores representan el periplo de Hannón por el noroeste africano y la región Hiperbórea, o sea el Polo Norte y sus inmediaciones, respectivamente/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No obstante, no siempre están tan claras las cosas y un ejemplo típico es Rafta, al que se alude como el mercado más al sur de la costa africana de Azania; ésta, según el capítulo 15, correspondería al área litoral meridional de la actual Somalia y hoy nos consta que Azania era el nombre clásico del sudeste de África tropical, entre Kenia y Somalia. El problema de Rafta es que se sabe de al menos cinco lugares entre Tanga (el norte de la actual Tanzania) y el río Rufiji que responderían a la descripción reflejada en el Periplo en el capítulo 16, según la cual está a dos días de viaje al sur después de las islas Pyralaoi (posiblemente el archipiélago keniata de Lamu) o de Menouthis (quizá Zanzíbar), al final de los «acantilados menores y mayores», las «hebras menores y mayores» y los «siete cursos» de Azania.

Recientes descubrimientos arqueológicos han sacado a la luz numerosos artículos comerciales y monedas romanas en la desembocadura del Rufiji y las islas tanzanas de Mafia y Pemba, lo que puede ser un indicio de la situación de Rafta. Según el capítulo veintisiete, estaría sometida indirectamente a la autoridad de Charibael, o sea, Karab Il, descrito como el monarca legítimo de los homeritas y de «aquellos que vivían junto a ellos, llamados sabaites», sendas referencias a Himyar y Saba (que, curiosamente, no se unificarían bajo la misma corona hasta finales del siglo III d.C.), en el actual Yemen, que mantenían una relación diplomática y comercial con el Imperio Romano.

Entre otras curiosidades, no menciona que haya «etíopes» de piel oscura en Azania (eran gentes afroasiáticas que no fueron sustituidas por los vecinos bantúes mozambiqueños hasta el siglo X d.C.), como curioso es que hable asimismo de una gran ciudad interior de Asia productora de seda a la que llama Thina, uno de los nombres clásicos de China. Hasta allí se llegaría seguramente siguiendo la ruta marítima abierta en el siglo I a.C. por el marino griego Hípalo, quien alcanzó la India navegando desde el mar Rojo (se especula que pudo ser el capitán del barco de Eudoxo de Cícico, explorador del mar Arábigo en tiempos de Ptolomeo VIII).

Por supuesto, el Periplo trata muchos más reinos y tierras que sí son reconocibles. Por ejemplo, en el sur de la península arábiga estaba el reino del incienso, gobernado por un tal Eleazus -que probablemente sería Iliazz Yalit I- según el capítulo trece. Enfrente, el cabo Hafun (el punto más occidental de África), acogía la ciudad de Opone, punto estratégico para el comercio intercontinental, productora de incienso, canela, carey, marfil, animales salvajes y esclavos. También allí estaba Malao, hoy Berbera, exportadora de los mismos productos más artesanía, macir (una planta medicinal árabe) y copal indio.

Algo más al norte, el Periplo ubica al Imperio Aksumita, el más importante del noreste africano entre los siglos I d.C. y VII d.C., punto de encuentro entre el subcontinente indio y el ámbito de dominio de Roma. Dice que por entonces estaba gobernado por Zoskales, al que tilda de «tacaño (…) pero por lo demás recto y familiarizado con la literatura griega», añadiendo que tenía bajo su control dos puertos del mar Rojo: Adulis y Avalites. Algunos lo identifican con el rey Za Haqala, aunque no está claro.

Cambiando de continente, los capítulos cuarenta y uno y cuarenta y nueve reseñan un punto de la geografía de la India: Barígaza (hoy Bharuch, puerto del estado de Guyarat), donde reinaba Nambanus, que se cree que era el sátrapa occidental Nahapana y que también mantenía comercio con Roma. Allí habla de unos pozos excavados por Alejandro Magno (en realidad no llegó tan lejos) y señala la existencia de edificios y dracmas. A propósito del macedonio, también señala que al norte, en el río Jhelum (en el Punjab paquistaní), estaba Alejandría Bucéfala, la ciudad que fundó en honor de su caballo muerto tras la batalla del Hidaspes.

Mapa del Periplo del mar Eritreo con rutas, ubicaciones y productos comerciales/Imagen: George Tsiagalakis en Wikimedia Commons

El capítulo cuarenta y ocho reseña Ujjain, en el actual estado de Madhia Pradesh, cerca de la cual -tierra adentro- se ubicaba la capital real, Ozene, rica en piedras semipreciosas y telas. Y continuando por el litoral indio hacia el sur, en la costa Malabar, se enumeran otras urbes, como Muziris, en el oeste de Tamilakam (actual Tamil Nadu), gobernada por la dinastía Chera o Keralaputra, y Damirica (hoy Limyrike, región costera de Kerala), que servía de enlace con la llanura del Ganges.

Antes hablábamos de las dificultades que presenta el Periplo del mar Eritreo en lo referente a traducciones. Otra más es entender el significado de algunos términos relacionados con el comercio, ya que no tienen equivalente en otras fuentes documentales de la época y obligan a los historiadores a conjeturar. Por ejemplo, lakkos chromatinos, que se supone alude a una resina rojiza india utilizada como laca y colorante, deducción basada en la palabra en latín medieval lacca, tomada del árabe medieval lakk, que a su vez procede del sánscrito lakh. En cualquier caso, rara vez hay documentos tan antiguos que resulten fáciles y su valor testimonial es impagable para los historiadores.

Imagen de portada: Popa de un barco arrocero birmano, mostrando el método de gobierno, idéntico a los timones egipcios y romanos de la época del Periplo | foto dominio público en Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Wilfred Harvey Schoff (trad.), The Periplus of the Erythraean Sea | Francisco Pina Polo, Viajes, peregrinos y aventureros en el mundo antiguo: El periplo del mar Eritreo y la presencia romana en el Índico | Wilfred H. Schoff, The Periplus of the Erythræan Sea. Travel and trade in the Indian Ocean | Lionel Casson, The Periplus Maris Erythraei | Ignacio Gómez de Liaño, El círculo de la sabiduría | Francisco José González Ponce, Periplógrafos griegos | Wikipedia.

Antigua Roma/Asía/Navegación/Historia.

 

 

Las doce tablas, como los plebeyos tuvieron que insistir durante años para poner por escrito las primeras leyes en Roma.

Un enconado conflicto social, una turbia rebelión de esclavos, un viaje a tierras griegas, un cambio de régimen, un tirano arrogante, un juicio… El nacimiento de las primeras leyes escritas de Roma, de la primera codificación normativa de la tradición jurídica occidental, está envuelta en una novelesca historia que haría estremecerse hasta al más prolífico de los escritores.

Las Leyes de las Doce Tablas (Duodecim Tabulorum Leges) significó un punto de inflexión en la Historia de Roma y de su Derecho. También conocido como “Código” o “ley decenviral” por haber sido redactado por los decenviros, un colegio excepcional de diez hombres, este cuerpo legal se convirtió en un hito de la literatura jurídica latina, además de servir de fundamento al Derecho civil romano que, a partir de entonces, comenzó a desarrollarse. Su promulgación, a mediados del siglo V a. C, tuvo lugar en un período tan oscuro como turbulento en el que la todavía joven República romana se encontraba inmersa en las luchas intestinas entre patricios y plebeyos, al tiempo que trataba de resistir el embiste de sus vecinos latinos.

No fue un proceso rápido ni inmediato. Al contrario, se precisaron doce largos y conflictivos años hasta que las leyes fueran finalmente grabadas en doce tablas de bronce y expuestas públicamente como, según Livio, fuente de todo Derecho público y privado. Aun en tiempos de Cicerón, cuatrocientos años después, estas antiquísimas leyes continuaban siendo veneradas y aprendidas de memoria por quienes se iniciaban en el estudio del Derecho.

Un Derecho difuso y arbitrario

Antes del surgimiento de las Leyes de las Doce Tablas, durante el período monárquico (753 a.C.- 509 a.C.) y los primeros años de la República, el primitivo derecho romano —o derecho quiritario, porque quirites era el nombre que se daban a sí mismos los antiguos romanos— estaba basado en la costumbre. Se trataba en puridad de un derecho no escrito, resultado de la conducta reiterada de los individuos, y transmitido de forma oral de generación en generación. Precisamente fue esta fuente primigenia del Derecho, la costumbre de los ancestros (o mores maiorum), la que organizó instituciones tan importantes y características del mundo romano como la gens o la familia.

Existe, no obstante, la cuestión de las llamadas “Leyes Regias” (Leges Regiae), normas que, según la tradición posterior, habían sido sancionadas por los propios reyes romanos. Algunas se atribuyen al primer rey y fundador, Rómulo; otras a Numa Pompilio, vertebrador de la religión romana; y otras a Servio Tulio, el sexto de los reyes. Estas leyes habrían sido, según la tradición romana, reunidas por un pontífice llamado Sexto Papirio durante el reinado de Tarquinio el Soberbio, el último de los reyes, dando lugar al Ius Civile Papirianum. Sin embargo, la historiografía moderna cuestiona la veracidad y autenticidad de estas antiquísimas disposiciones apócrifas, que si bien son citadas por los autores romanos pudieron haber sido compiladas a finales de la República.

En cualquier caso, este Derecho arcaico y basado en la costumbre, en la oralidad y en la tradición, y cuyas raíces se hundían en la noche de los tiempos, contenía un alto componente arbitrario que era utilizado por los patricios en su lucha contra los dirigentes plebeyos.

Al no estar escrito el Derecho, ¿quién y cómo se interpretaban estas disposiciones difusas y arcaicas? ¿Cuál era el límite del poder de los magistrados? ¿Dónde estaba el término de sus prerrogativas? ¿Qué alcance podían tener sus decisiones? ¿Dónde, en definitiva, terminaba el Imperium que investía a los magistrados patricios? Empezaba a resultar necesario para los plebeyos el reclamo de un ius scriptum, un derecho escrito que evitara un uso desmedido y arbitrario del poder, especialmente por quienes ostentaban la máxima dignidad del Estado: los cónsules.

La Ley de las XII Tablas en un grabado de otro siglo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La propuesta de Cayo Terentilio Harsa, el precursor de las Doce Tablas

En el año 462 a.C. el plebeyo Cayo Terentilio Harsa fue elegido Tribuno de la Plebe, una magistratura genuinamente plebeya que tenía por objeto primordial la representación, garantía y defensa de los derechos de los plebeyos frente a los abusos de los patricios.

El senado romano en un cuadro de Hans Werner Schmidt (1912) / foto dominio público en Flickr

Livio nos cuenta que el recién elegido tribuno, hastiado de la arrogancia de los patricios y aprovechando que ambos cónsules se encontraban fuera de Roma, arrojó una propuesta sumamente peligrosa para los intereses de los patricios: constituir una comisión de cinco miembros que plasmasen por escrito las leyes que regulaban el poder consular. Terentilio comparaba la autoridad ilimitada que poseían los cónsules con la tiranía y el despotismo de los antiguos reyes de Roma, lo que a su juicio comprometía la libertad del Pueblo Romano. ¿Qué diferencia existía entre un monarca absoluto y dos cónsules con idéntico poder? En ambos casos, argüía un vehemente Terentilio, podían convertirse en tiranos. El ius scriptum era el único camino para poner coto a unas prerrogativas sin límites con las que, hasta entonces, se investían los cónsules.

La medida de Terentilio fue de inmediato contestada por el patricio Quinto Fabio, prefecto de Roma aquel año y máxima autoridad en la ciudad en ausencia de los cónsules. Fabio, combinando la retórica en el Senado con directas amenazas dirigidas hacia Terentilio —al que incluso llega a acusar abiertamente de traición—, logró que el resto de tribunos de la plebe aplacasen a su compañero y paralizaran temporalmente la propuesta.

El conato parecía controlado, pero con su acción Terentilio había sembrado un precedente que daría como fruto la sanción de las primeras leyes escritas de Roma.

Un camino largo y azaroso: la violencia de Ceso y la rebelión de Apio Herdonio

Al año siguiente, el 461 a.C., la propuesta de Terentilio volvía a emerger con fuerza al ser presentada unánimemente por todos los tribunos de la plebe elegidos aquel año. Lejos de ser olvidada, la exigencia de leyes escritas se había convertido en una exigencia de los dirigentes plebeyos. Por supuesto, la reacción patricia en contra de la medida no se hizo esperar. Los cónsules entorpecían la labor de los tribunos y cualquier debate o votación de la propuesta de ley, y los tribunos hacían lo propio con los cónsules. El Foro romano volvía a ser testigo de las luchas, en ocasiones violentas, entre ambos órdenes.

Livio relata en su “Historia de Roma” el peculiar caso del joven patricio Quincio Ceso, que personificó la más férrea oposición a la medida. Ceso, procedente de la gens Quincia, era un muchacho de gran estatura y formidable fuerza física que contaba con excelentes dotes militares y oratorias. Se rodeó de un nutrido grupo de congéneres y, juntos, se adueñaron del foro al más puro estilo de una banda callejera, llegando a emplear una desmedida violencia con tal de obstruir las aspiraciones plebeyas.

Ante semejante panorama, uno de los tribunos de la plebe llamado Aulo Verginio acusó a Ceso de crimen capital y lo llevó ante la Asamblea para ser juzgado. En defensa de Ceso los principales líderes patricios elogiaron la actitud y los valores del joven, atribuyendo muchas de sus acciones a la imprudencia de su juventud. Pero tal era el odio que Ceso despertaba en los plebeyos que de no ser por la protección que le brindaron los propios patricios hubiera sido linchado por la multitud. Para evitar que el joven fuera arrojado a la prisión hasta que se celebrara el juicio y que el conflicto se enconara todavía más, el tribuno Verginio, convencido por sus colegas, acordó la imposición de una fianza.

Sin embargo, el juicio jamás llegaría a celebrarse.

Tan pronto como el rencoroso Ceso abandonó el foro, huyó durante la noche al exilio, hacia el norte, a tierras etruscas. Livio nos cuenta que su partida no evitó que los tribunos reclamaran la fianza a su padre, quien tuvo que vender todos sus bienes para saldarla y acabó viviendo empobrecido en una choza al otro lado del Tíber.

Pero la violencia de Ceso no fue el único episodio que la República tuvo que sortear en su largo y azaroso camino hasta sus primeras leyes escritas. Apenas un año después, en el 460 a.C., la aprobación de la ya recurrente propuesta de Terentilio volvía a ser de nuevo interrumpida por la aparición de un enigmático personaje que, adelantándose cuatrocientos años a Espartaco, protagonizó una rebelión de esclavos: Apio Herdonio Sabino.

Poco se conoce sobre el origen de Apio Herdonio, salvo que era sabino y que, con una banda de exiliados y esclavos armados —cifrados por Livio en dos mil quinientos—, sorprendió a los romanos tomando la que era la ciudadela y la colina más sagrada de Roma: el Capitolio. Sobre cuáles eran los motivos reales de tal acción los desconocemos. Según Livio, Apio Herdonio abrazaba la causa de los condenados y llamaba a liberar a los esclavos.

La repentina irrupción del rebelde Apio Herdonio y su encierro en el Capitolio pilló de imprevisto tanto a los cónsules como a los tribunos de la plebe.

De una parte, los cónsules temían armar a la plebe. ¿Qué impediría, una vez armados los plebeyos, que los tribunos impusieran la aprobación de la ley? ¿Acaso Apio Herdonio estaba compinchado con los dirigentes plebeyos? Al final optaron por armar a la plebe para combatir al enemigo y expulsarlo de la ciudad.

Pero, de otra parte, también los tribunos de la plebe recelaban de la inoportuna toma del Capitolio. Sospechaban que todo aquel asunto podría ser realmente una treta de los patricios para retrasar la aprobación de la ley. A fin de cuentas, los patricios no habían dudado en utilizar la violencia como ya había sucedido con Ceso. ¿De qué más podrían haber sido capaces?

Fue entonces cuando se produjo uno de aquellos episodios tan singulares de la historia romana que, más de dos mil cuatrocientos años después, consiguen dejar al lector actual ojiplático. Porque mientras los rebeldes de Apio Herdonio asomaban por encima de las murallas del Capitolio, a los pies de la colina, en el Foro, y ante el asombro de unos cónsules que no daban crédito a lo que veían, los romanos deponían las armas y se constituían en Asamblea para votar de una vez por todas la anhelada propuesta de Terentilio.

De inmediato uno de los cónsules, Valerio Publícola, reprochó la actitud de los plebeyos. El enemigo estaba en la ciudad y ellos, en lugar de defenderla, preferían votar un proyecto de ley. Al final, los cónsules y los tribunos acordaron posponer la votación de la ley hasta resolver el asunto de Apio Herdonio.

Desde Tusculum llegaron refuerzos para unirse a los romanos. Dispuestos para la batalla, tusculanos y romanos, patricios y plebeyos, ascendieron juntos hacia el Capitolio para combatir a los rebeldes. La resistencia no duró mucho. Los romanos lograron irrumpir en la ciudadela dispuestos a aniquilar a los sublevados. La moral de los defensores no tardó en quebrantarse. Durante la refriega murió Apio Herdonio, pero también el cónsul Valerio Publícola. A pesar de su enfrentamiento con los tribunos, los plebeyos reconocieron la valía del cónsul lanzando monedas de cobre a su casa para que tuviera un funeral espléndido.

Salvado el Estado, nada parecía impedir que se debatiera y votara la propuesta de Terentilio. Empero, aun hubieron de transcurrir seis años más. Año tras año, el asunto de la Ley era planteado por los tribunos y obstaculizado por los patricios, quienes se resistían a ella. El asunto se posponía sine die, pero incluso los patricios tomaron conciencia de que semejante obstinación no podría eternizarse.

Finalmente, en el año 454 a.C., ocho años después de la proposición, los tribunos concedieron que los patricios participaran en la elaboración de las leyes. Estos últimos terminaron accediendo.

El bloqueo se había superado y la República estaba un paso más cerca de contar con un derecho escrito.

En busca de nuevas leyes

En el 454 a.C., el Senado decidió que una legación compuesta por tres miembros patricios viajaría hasta Atenas. Una vez en tierras griegas debían copiar y estudiar las leyes de Solón, uno de los más prestigiosos legisladores de la Antigüedad, y otros textos jurídicos griegos, bajo cuya luz se redactarían las futuras leyes romanas.

Según el relato tradicional, el viaje de los comisionados se prolongó durante dos años, y no regresaron a Roma hasta el 452 a.C. La tradición cuenta que un exiliado griego llamado Hermodoro, natural de Éfeso y exiliado de su patria, auxilió a los legados romanos en su cometido, llegando a establecerse incluso en la ciudad del Tíber.

Verdaderamente la crítica moderna considera poco verosímil este viaje a Grecia por parte de una comisión romana. Posiblemente, el destino de esta delegación fue mucho más modesto y cercano: la Magna Grecia, esto es, las ciudades griegas que salpicaban el sur de Italia y Sicilia. Tal vez fue allí, y no Atenas, hacia donde se encaminaron los tres romanos que debían estudiar las leyes griegas.

En cualquier caso, la influencia griega en la posterior elaboración de las Doce Tablas es indudable. Ejemplo de ello es el concepto de “poena” (pena), procedente del dialecto dorio que se hablaba en las colonias griegas occidentales, la limitación del lujo durante los ritos funerarios, o la cuanto menos llamativa coexistencia de la arcaica ley del talión con la imposición de multas como medio de extinción de la responsabilidad, propia de una legislación mucho más avanzada como la helena.

El regreso de la delegación significó el inicio del proceso de redacción de las leyes, además de un repentino y abismal cambio en la forma de gobierno de la República desde la caída de los Reyes. Se decidió que, para el año siguiente (el 451 a.C.), en lugar de dos cónsules anuales, se designaría a un colegio de diez magistrados, los decenviros —decem, diez; viri, hombres—, quienes además de ostentar la dirección del Estado serían los encargados de redactar tan magno proyecto. Entre estos diez hombres se encontraban, por supuesto, los tres comisionados enviados a Grecia.

La presidencia de este colegio excepcional recayó en el patricio Apio Claudio, quien a decir de Livio de ser un enemigo severo y amargo del pueblo, de pronto aparecía como su defensor. Pero Apio Claudio acabaría desempeñando un papel trascendental en la historia de las Doce Tablas que nos ha legado la tradición romana, y no precisamente por un comportamiento ejemplar al frente de los decenviros.

Lictores portando fasces | foto dominio público en Wikimedia Commons

Promulgación de las Doce Tablas | foto dominio público en Wikimedia Commons

La compilación de las diez primeras tablas

Durante su primer año de mandato los decenviros actuaron de forma asombrosamente armoniosa. Los diez magistrados contaban con plenos poderes sin más límite que el derecho de protesta de cualquiera de sus miembros. Pero lejos de entorpecerse o surgir disensiones en el seno del colegio, el proceder de los decenviros fue unánime y homogéneo.

Cuenta Livio que los decenviros administraban justicia como jueces supremos cada diez días, y siempre por turnos consecutivos. Así, durante dicha jornada, el decenviro encargado de juzgar era precedido por los doce lictores provistos de los fasces, símbolos de la máxima autoridad romana, mientras que los otros nueve eran acompañados por un solo asistente.

Pero la labor fundamental de estos diez magistrados excepcionales, aparte de dirigir el destino de la República y aplicar el derecho, era la de redactar y establecer por escrito las leyes que debían regir al Pueblo Romano, tarea a la que se dedicaron con esmero, según narra el propio historiador patavino en su “Historia de Roma”. En un trabajo tan minucioso como difícil de creer, los decenviros estudiaban previamente las leyes, las discutían entre ellos y, finalmente, las leían públicamente al pueblo.

Antes del término de su primer mandato los decenviros publicaron una serie de leyes recogidas en diez tablas que, presentadas a los romanos, fueron ratificadas por los comicios centuriados. Corrió entonces el rumor de que para completar a la perfección el cuerpo jurídico faltaban algunas leyes más que compilar. El trabajo no había terminado.

Llegado el momento de la elección de los magistrados para el próximo año los romanos optaron por renovar el experimento decenviral. Se eligieron nuevos decenviros, algunos plebeyos incluso, y Apio Claudio volvía a salir elegido.

Pero lejos de continuar la labor legisladora de sus antecesores, este segundo decenvirato no tardó en mostrar la verdadera y tiránica faceta de su poder.

Las tabulae iniquae y el viraje hacia la tiranía.

Si a lo largo del primer año los decenviros habían demostrado una conducta ejemplar, durante el segundo año, el 450 a.C., su comportamiento cambió por completo.

Encabezados por Apio Claudio, y habiendo tomado conciencia tanto de su inmunidad como de sus ilimitadas potestades, los diez decenviros comenzaron a mostrarse inaccesibles, severos y soberbios. Sus planes, si antes eran compartidos con el pueblo, se tornaron secretos. Establecieron entre ellos el acuerdo tácito de no interferir en las decisiones que tomaran individualmente, de modo que acabaron con cualquier posibilidad de restringir el abuso de poder. Desdeñando la costumbre de lucir las insignias de poder por turno, cada decenviro se hacía ahora acompañar por doce lictores, al estilo de los antiguos reyes, y como tales actuaban. Ni siquiera rehusaron que, dentro del pomerium, los fasces llevaran atadas el hacha, símbolo del derecho sobre la vida, aduciendo que al tener dicha prerrogativa no había motivo para no llevarlas.

Un régimen de terror se había impuesto en Roma. Socavaron la libertad de los romanos, y cualquiera que se opusiera a las decisiones de los intocables decenviros era juzgado y condenado a muerte.

La actividad legislativa también se vio mermada por este repentino cambio de actitud. En el segundo año tan sólo se promulgaron dos tablas que se añadieron a las diez anteriores, conformando finalmente las Doce Tablas. Cicerón se refiere a estas dos tablas como las tabulae iniquae, o tablas injustas, y contenían diversas disposiciones que, a modo de cajón de sastre, complementaban las diez tablas anteriores. Entre ellas destacaba la prohibición del matrimonio entre patricios y plebeyos.

No obstante, el episodio más escabroso, y también el más dramático, del segundo decenvirato lo protagonizó el mismísimo Apio Claudio. El decenviro se había encaprichado de una joven llamada Verginia (o Virginia) y con el propósito de satisfacer sus deseos más oscuros pergeñó un cruel artificio para arrebatarle a la joven la libertad. Apio Claudio convenció a un cliente suyo para que proclamara en el foro que Virginia era su esclava, lo que de inmediato despertaría la oposición de los familiares de la muchacha. El cliente arguyó que defendería su derecho sobre Verginia ante un tribunal, y el juez del mismo no era otro que el propio Apio Claudio.

De nada sirvieron las explicaciones y testimonios de familiares y amigos de Verginia. El asunto estaba sentenciado desde el primer momento. El padre de la joven, un centurión llamado Verginio, decidió que la única escapatoria posible para su hija era la muerte. Así, antes de que Apio Claudio emitiera la sentencia, Verginio llevó a su hija a las tiendas del foro y, tomando un cuchillo, dio muerte a la muchacha.

La muerte de Verginia agotó la paciencia de los romanos. Los plebeyos abandonaron Roma y se establecieron en el monte Aventino, donde reinstauraron la autoridad de los tribunos de la plebe, el ejército se amotinó tras conocer la historia de Verginia de la boca de su propio padre, y el Senado exigió a los decenviros que depusieran sus poderes. Enfrentados a todos, éstos acabaron accediendo a cambio de que el Senado los protegiera de la ira popular.

Curioso es cuanto menos el fin del más famoso de los decenviros, Apio Claudio. Tras ser depuesto, Apio Claudio tuvo que hacer frente a las acusaciones de Verginio, que había sido elegido tribuno de la plebe. Sin embargo, el cinismo de Apio Claudio no conocía límites. Tras oír todas y cada una de las inculpaciones que se vertían contra él, el antiguo decenviro, paradójicamente, hizo uso de un derecho que, durante su mandato, había abolido: el derecho de apelación ante el pueblo.

De poco sirvieron los alegatos en defensa de la gens Claudia que hiciera el tío de Apio Claudio. Los romanos compadecían a Verginio y consideraban la defensa de Verginia más justa. Habiendo perdido toda esperanza de salir indemne, el orgulloso Apio Claudio se quitó la vida antes de que el juicio llegara a celebrarse.

El régimen de los decenviros, que había dado a Roma su primer cuerpo legal, las leyes de las Doce Tablas, había terminado.

Representación de las Doce Tablas en Leipzig | foto Andreas Praefcke en Wikimedia Commons

Significado de las Doce Tablas

Dejando a un lado la tradición y los múltiples detalles que enriquecen el relato, no debe obviarse que el nacimiento de las leyes de las Doce Tablas supuso un paso transcendental en la configuración del ulterior derecho romano cuya pervivencia está presente aún en nuestros días.

Como se aventuraba al inicio de este artículo, las Doce Tablas constituyen la primera codificación normativa de la tradición jurídica occidental. Pero aún van más allá. Por primera vez el derecho evoluciona: pasa de estar basado en la costumbre a fundamentarse en la palabra escrita, en el ius scriptum, lo que a su vez garantiza la seguridad jurídica en su aplicación. Además, la ambición del Código decenviral también se refleja en su amago por reunir tanto el derecho privado como el público, tratando de crear un texto unitario que modernizase en cierto modo algunas de las arcaicas leyes que todavía entonces pervivía en la tradición de los antiguos romanos.

En este sentido, y con respecto al derecho romano más arcaico, las Doce Tablas aparecen como leyes seculares. Cierto es que algunas de sus disposiciones conservan aún vestigios de una concepción religiosa, toda una constante en el mundo romano, pero el Código decenviral, a diferencia de la tradición griega o de Oriente Medio, no nace de un respaldo religioso, sino de un legislador mundano, elegido por los propios romanos. Asimismo, su obligatoriedad no surge de la religiosidad, sino ex lege, de la propia ley promulgada y ratificada por los comicios.

Es así que la originalidad romana de estas leyes está fuera de toda duda. No se trata de una mera copia de leyes griegas, pues presencia de elementos y conceptos genuinamente romanos atestiguan la singularidad de estas leyes que supusieron un importante avance en la conciliación entre patricios y plebeyos. De hecho, es precisamente en este marco de conflicto entre ambos órdenes, como se ha expuesto, donde hunde su razón de ser las Doce Tablas, a pesar de disposiciones tan injustas como la prohibición del matrimonio entre patricios y plebeyos, disposición que sería derogada muy pronto, en el 445 a.C., mediante la Lex Canuleia.

Sin embargo, y pese su trascendental importancia, la historia de las Doce Tablas aún continúa ofreciendo oscuros recovecos que la doctrina, tanto jurídica como historiográfica, ha tratado de alumbrar.

En primer lugar, la verosimilitud del relato transmitido por Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso es, sin embargo, difícilmente creíble. Las fuentes adornan con novelescas historias un proceso que debió de ser largo y arduo. El episodio de Apio Claudio y Verginia sería fruto de la invención, habida cuenta de su semejanza con la historia del ultraje de Lucrecia y el fuerte componente moralizador, y muy romano, que ambos sucesos denotan: antes la muerte que la servidumbre.

Algún autor ha llegado a sugerir la hipótesis, sumamente interesante, por cierto, de que en realidad las disposiciones se acompañarían de ejemplos a fin de hacer más comprensible el sentido de las normas. El caso de Verginia, a tenor de la citada tesis, habría sido uno de aquellos ejemplos que la tradición habría tomado como una historia real e incorporado al relato. Aun así, y como toda hipótesis, quedan interrogantes abiertos para los que no hay respuestas.

El Código decenviral original no ha llegado íntegro hasta nuestros días. En el 390 a.C., durante el incendio al que fue sometida Roma por los galos de Breno, las leyes se perdieron. Tras la marcha de los galos los cónsules ordenaron volver a grabar las leyes, pero aunque carecemos de las tablas originales conocemos su contenido por autores posteriores.

En cualquier caso, las Doce Tablas son un fiel reflejo de la idiosincrasia y pragmatismo romano que, con el devenir de los siglos, acabaría configurando el derecho romano que impregnará muchas legislaciones actuales. Un primer y meritorio intento por tratar de sistematizar y configurar un sistema legal confuso, con el objeto de lograr una mayor seguridad jurídica para los ciudadanos romanos y que contribuyese, en última instancia, a alcanzar la igualdad en lo que a la aplicación de las normas se refiere entre patricios y plebeyos. Un ambicioso proyecto que no se repetiría nuevamente hasta la Edad Media, durante el reinado de Justiniano en el siglo VI a.C., más de novecientos años después.


Este artículo es una colaboración de Andrés Sampedro Tébar. Nacido en Sevilla el 21 de marzo de 1995, es graduado en Derecho por la Universidad Hispalense. En 2016 publicó su primera novela histórica, «Pilato, el prefecto de Judea» (Donbuk Editorial), y en 2019 publicó el ensayo «En Nombre del Pueblo Romano. Demagogos, libertadores, populistas y tiranos». Apasionado de la Historia de Roma y del Mundo Antiguo y colaborador del programa radiofónico «Noche de Historia y Misterio».

Fuentes

Tito Livio, Historia de Roma | Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma | José Manuel Roldán Hervás, Historia de Roma | S.I. Kovaliov, Historia de Roma | Eugène Petit, Tratado elemental de Derecho romano | Luis Rodolfo Argüello, Manual de Derecho Romano. Historia e Instituciones | Carlos Amunátegui Perelló, La validez en la ley arcaica. Reflexiones comparativas respecto de las Doce Tablas y las Leges Regiae | Andrés Sampedro Tébar, En Nombre del Pueblo Romano. Demagogos, libertadores, populistas y tiranos.

Imagen de portada: La muerte de Virginia (Camillo Miola), uno de los episodios que encolerizaron a la plebe/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Por Andrés Sampedro Tébar. 19 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Antigua Roma/Primeras Leyes/Historia.

 

 

 

 

 

 

Claudio Pompeyano: El militar romano que inspiró el personaje del general Máximo en “Gladiador”.

Este general romano se negó tres veces a ser emperador de Roma.

Pocos saben que el célebre personaje del general Máximo Décimo Meridio, el protagonista de la película “Gladiador” (2000), estaba parcialmente inspirado en Tiberio Claudio Pompeyano, un destacado político y general romano que vivió en el siglo II d.C. y sirvió con singular éxito al emperador Marco Aurelio, fue nombrado cónsul romano en dos ocasiones y llegó al cargo de senador senior de Roma tras rechazar en tres ocasiones ser emperador del Imperio Romano.

Tiberio Claudio Pompeyano nació en Antioquía, Siria, alrededor del año 125 d. C. probablemente como miembro de una familia griega que había conseguido prosperar durante el reinado de Claudio. Y comenzaría su carrera política (“cursus honorum”) como Tribuno Laticlavius de la legión VII Gemina en la Hispania Tarraconense, bajo el reinado del emperador Antonino Pío, entre los años 145-149 d.C., desempeñando más tarde los cargos de cuestor, edil y pretor. 

Durante la campaña contra los partos (161-166 d.C.), emprendida por el co-emperador Lucio Vero, Pompeyano destacó como un eficaz comandante. Y su autoridad y pericia pronto lo convertirían en cónsul sufecto en 162. El co-emperador Marco Aurelio, más tarde, lo nombraría gobernador de la Baja Panonia Inferior, dignidad que desempeñó eficientemente entre los años 164-168 d.C … En el año 167 se enfrentaría exitosamente a la invasión de los germanos marcomanos y cuados, en lo que sería el preludio de las guerras de Marco Aurelio en la zona del Rin-Danubio.

Busto de Tiberio Claudio Pompeyano.

Por su veteranía y notoriedad en las campañas militares frente a los partos y germanos, Claudio Pompeyano pronto se ganaría la confidencia y cercanía de Marco Aurelio, llegando a ser miembro del “consilium” o consejo del emperador. 

En el año 169 d.C., de hecho, después de la muerte de Lucio Vero, el emperador lo hizo casarse con su hija Lucila, la viuda de Vero, contra la voluntad de ella, probablemente para ofrecerle a Pompeyano el título de César, es decir, Marco Aurelio quiso nombrarlo su heredero. 

Sin embargo, Pompeyano rechazó dicha esa dignidad, aunque sería nombrado cónsul ordinario en el año 173 d.C.. Por entonces, Marco Aurelio, cuando Pompeyano obtuvo la magistratura, lo presentó como un ciudadano romano ejemplar ante el Senado: “Así pues, padres conscriptos, en recompensa de vuestras felicitaciones por mi victoria elevo al consulado a mi yerno; me refiero a Pompeyano, cuya edad debería haber sido remunerada hace tiempo con esta magistratura”.

descarga

Debido a su veteranía y competentes resultados militares en la Germania, Pompeyano continuó desempeñándose como general en las guerras marcomanas, emprendiendo exitosas operaciones en el Danubio. 

Según algunos historiadores, es probable que haya sido el “legatus” con mayor autoridad de dicha campaña. Precisamente, debido a sus éxitos militares contra los bárbaros, cuando tras la muerte de Marco Aurelio su hijo Cómodo fue entronizado en el sillón imperial, Pompeyano sugirió al joven emperador que prosiguiera combatiendo a los marcomanos. 

En el año 182 d.C. la esposa de Pompeyano, Lucila, se vio involucrada, junto a algunos miembros del Senado, en una conspiración para acabar con la vida de Cómodo, su propio hermano que ya era emperador en esa época. Según sus planes, un sobrino de Pompeyano debía apuñalar a Cómodo, pero el asesino se anticipó al mostrar sus intenciones, pues según la leyenda le dijo al emperador: “esta es la daga que te envía el Senado”, lo que dio tiempo a Cómodo para actuar y abortar el complot. 

Los principales involucrados, incluidos varios conocidos senadores, serían ejecutados, al igual que Lucila, que encontró la muerte después de ser enviada al exilio a la isla de Capri.

Máximo

Como al parecer Pompeyano había sido excluido de la conjura contra el emperador, Cómodo no ejecutó medidas punitivas en su contra.

En el 182 d.C., cuando Pompeyano tenía 57 años, se retiró de la vida pública para radicarse en la bucólica tranquilidad de Terracina, una de sus propiedades italianas. 

Pasó la mayor parte del tiempo en el campo, arguyendo su edad y una dolencia en los ojos como excusa para no regresar a Roma. Pompeyano se mantendría alejado de la política contingente romana hasta el asesinato del emperador Cómodo en el 192 d.C., cuando Pértinax, un antiguo camarada del ejército, le ofreció el trono imperial, que él volvió a rechazar. 

Pertinax se proclamó entonces emperador, pero sería asesinado por la guardia pretoriana a sólo casi tres meses de haber iniciado su reinado. Didio Juliano, quien había sido nombrado emperador al pujar más alto en una insólita subasta que organizó la guardia pretoriana para elegir al nuevo César, no pudo obtener apoyos ni siquiera entre sus propias tropas y, en un intento desesperado por salvar su vida, le pidió a Pompeyano que fuera co-emperador con él, honor que Pompeyano volvería a declinar, al parecer argumentando que se lo impedían su ceguera y sus problemas de salud.

Juliano sería ejecutado posteriormente por un soldado a las órdenes de Septimio Severo, después de reinar tan sólo durante sesenta y seis días. Claudio Pompeyano, el general que rechazó tres veces ser emperador de Roma, fallecería al poco tiempo después, en el año 195 d.C.

Hoy, los historiadores aún no se ponen de acuerdo para definir la enigmática figura de Claudio Pompeyano, un militar y político que desde joven se había elevado desde un modesto origen para servir a Roma en las principales guerras de la época ante enemigos formidables, cuando la “aurea aetatis” (“edad dorada”) del Imperio se aproximaba a su ocaso. 

Su reiterada negativa a ser nombrado emperador esconde motivaciones que nadie más conoce, aunque es inevitable pensar que sus intereses personales estaban puestos solamente al servicio de Roma, y no a su propia ambición, lo que ciertamente lo asemeja al cinematográfico personaje del general Máximo Décimo Meridio encarnado por Russell Crowe en la película “Gladiador”. Por lo pronto, en el siglo IV, el emperador Juliano, refiriéndose a Claudio Pompeyano, dijo una vez que el emperador Marco Aurelio “tenía un excelente yerno que habría administrado mejor el Estado”.

Imagen de portada: El emperador romano Marco Aurelio y el general romano Máximo Décimo Meridio, en un fotograma de la película “Gladiador”.

FUENTE RESPONSABLE: Guioteca. Por Carlos Fuentes. 19 de septiembre 2022.

Antigua Roma/Historia/Tiberio Claudio Pompeyano/Marco Aurelio.

Los culpables de que la Edad Media sea vista como una época bárbara, inculta y decadente.

El historiador Eduardo Baura García desvela la creación del mito y las intenciones de sus principales impulsores, los humanistas italianos de los siglos XIV-XVI.

Si deseas profundizar esta entrada; cliquea por favor donde este escrito en color “azul”.

La primera vez que pisó los vestigios de la Ciudad Eterna, en 1336, Francesco Petrarca quedó todavía más embriagado del mundo clásico. «En verdad Roma me pareció más grande, y sus ruinas también son mayores de lo que había imaginado. Ahora ya no me sorprende que el mundo entero haya sido conquistado por esta ciudad, sino que haya sido conquistado tan tarde», expuso a un amigo en una carta.

El poeta de Arezzo, pionero del humanismo y la literatura renacentista, había descubierto el legado de la Antigua Roma y los autores latinos durante la juventud, en sus años de formación en disciplinas como la gramática, la dialéctica y la retórica. Su devoción por el esplendor político, cultural y religioso de esta época fue in crescendo a lo largo de su vida, y contrastaba totalmente con el tiempo que al él le había tocado presenciar.

Petrarca fue un nostálgico de la Roma clásica y un feroz crítico de su presente, a su juicio, resultado de la inmundicia y de siglos de desperdicio que merecían ser olvidados y desechados. En uno de sus libros de epístolas dirigidas a autores de la Antigüedad, escribió: «Créeme, Cicerón, que si oyeras cómo nos van las cosas, se te caerían las lágrimas, sea cual sea la parte del cielo o del infierno que ocupes».

Dividió el poeta la historia en dos edades claramente diferenciadas: la de la Antigua Roma y la posterior, cuya frontera situó en el siglo IV, cuando el emperador Constantino decretó la conversión al cristianismo. Y también con el disfraz de pitoniso aventuró «una edad más dichosa». «Lo de en medio es basura», le dijo al religioso Francesco Nelli. En otra carta, señaló: «Si el amor a los míos no me lo impidiera, siempre hubiera deseado nacer en cualquier otra época, y olvidar esta».

Petrarca, el hombre medieval, hijo de las cosmovisiones de su momento a pesar de sus innovaciones, no solo fue el profeta del Renacimiento, sino también el creador de la imagen de la Edad Media término que no se acuñaría hasta un siglo más tarde— como un tiempo oscuro, bárbaro, inculto, decadente y atrasado. En este sentido, el gran medievalista francés Jacques Le Goff ha definido al poeta toscano como «el primer ‘entenebrecedor’ de la Edad Media».

Trazar los orígenes de ese mito del tenebroso Medievo, tan seductor para las ficciones cinematográficas como la reciente película de Ridely Scott El último duelo, es la empresa que se propone el historiador Eduardo Baura García en Un tiempo entre luces (La Ergástula). El autor señala a Petrarca como el principal responsable de una fake news que se vería consolidada y ampliada mediante las posteriores generaciones de humanistas italianos de los siglos XIV al XVI.

Operación propagandística

En su obra analiza las contribuciones de figuras como Giovanni Boccaccio, el autor del Decamerón y «el anunciador del Renacimiento italiano»; Flavio Biondo, el primero en fijar una cronología del milenio medieval —inaugurado, según su punto de vista, con el saqueo de Roma por el caudillo godo Alarico en 410 y concluido en 1442, cuando remató su crónica Historiarum—; o Giorgio Vasari, cuyas Vidas fue el primer volumen que sistematizó la visión tripartita del pasado mediante la fijación de unas fechas aproximadas de duración de la Antigüedad clásica, la Edad Media y el Renacimiento italiano.

La «profunda revolución historiográfica» que impulsó esta camada de humanistas estuvo basada en una exitosa operación propagandística, aunque con un riquísimo material en el que respaldarse —las creaciones e invenciones de los Rafael, Miguel Ángel o Leonardo da Vinci así lo acreditan—: la nueva época había sido capaz de superar la «oscura» Edad Media para adentrarse en una fresca, dorada y brillante en la que las artes y las letras habían «renacido».

«A los literatos y artistas del Renacimiento italiano les interesaba pintar con los trazos más oscuros posibles el Medievo, pues cuanto peor hubiera sido el periodo previo desde el punto de vista de la cultura, más alabanzas merecerían ellos por haber logrado su restauración», resume Baura García. Por lo tanto, concluye que desde su misma invención la Edad Media «nació ya injusta e interesadamente estigmatizada».

No obstante, esa profunda modificación a la hora de abordar la historia, abandonando la explicación secular del pasado en base a criterios teológicos por una nueva comprensión de carácter terrenal, produjo una llamativa contradicción. «Nos encontramos —escribe el historiador— ante la paradoja de que unos autores cristianos, profundamente devotos algunos de ellos, no solo abandonaron la tesis medieval de que la época inaugurada con la venida de Cristo había supuesto el culmen de la historia, sino que pasaron a afirmar precisamente lo contrario, esto es, que la Edad Media, la era cristiana por excelencia, había sido la peor época de la historia».

El propio Petrarca, profundo cristiano, había estrenado este posicionamiento con sus reproches a Constantino: «Pero tú, hombre venerable, ¿qué estabas haciendo? ¿Dónde estabas? Si te deleitabas con la munificencia, deberías haber preservado tus propios bienes; debiste dejar intacta a tus sucesores la herencia del imperio que tú, como guardián, aceptaste». Para el poeta, Italia había sido una tierra colmada de bondades y virtudes antes de la conversión, cuando reinaba el paganismo. Lo que vino después no fue más que infortunio.

Imagen de portada: Ilustración del funeral de Ricardo II de Inglaterra en las ‘Chroniques’ de Jean Froissart (h. 1480)

FUENTE RESPONSABLE: El Español. El Cultural. Por David Barreira. 6 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Edad Media/Antigua Roma/Renacimiento/Libros

 

 

Hallazgo arqueológico en Córdoba, España. 

Encuentran un relieve de un enorme falo de la época romana.

El relieve, de medio metro de largo, fue excavado en la esquina de una torre del recinto fortificado de origen romano del yacimiento arqueológico de El Higuerón, en la provincia de Córdoba, al sur de España.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea donde se encuentra escrito en “azul”.

En la Antigua Roma los falos eran considerados tanto símbolos de buena fortuna, como representaciones de fecundidad. Los antiguos romanos adoraban esta parte del cuerpo, que consideraban una representación del dios Fascinus. Las matronas, por ejemplo, los adornaban con coronas de flores, pues se consideraba que su culto estaba relacionado con la fertilidad, e incluso podían conseguir que mujeres estériles dieran a luz. Además, también se usaba como amuleto contra el mal de ojo, por lo que es común encontrar imágenes fálicas en todo tipo de edificios romanos, como puentes, acueductos, murallas, domus romanas… Como apuntan desde el Museo Histórico Local de Nueva Carteya «el falo aparece tanto en pequeños colgantes utilizados como amuletos como labrados en muros de edificios tanto públicos como privados, en las lucernas o candiles, incluso ocasionalmente en mosaicos y pinturas parietales así como grafitos callejeros, como en Pompeya«.

Lo que no es tan habitual es encontrar una escultura de casi medio metro de longitud, como la hallada recientemente en el yacimiento de El Higuerón, en el municipio cordobés de Nueva Carteya, un recinto fortificado que estuvo ocupado por lo menos entre los siglos IV a. C. hasta el I. d.C. y que se ha convertido en uno de los referentes de la cultura ibérica en la provincia de Córdoba. El relieve, que data de la época romana, ha sido encontrado durante las tareas de excavación de un gran edificio construido en un cerro sobre el anterior a la época ibérica.

Lo primero que ha sorprendido a los arqueólogos que trabajan sobre el terreno, ha sido su enorme tamaño. De hecho han asegurado que no han encontrado hasta la fecha ninguna representación fálica de tales dimensiones en la bibliografía consultada hasta el momento.

Foto: Museo Histórico Local de Nueva Carteya

OBJETIVO DEL RELIEVE

Pero, ¿para qué se esculpió este enorme falo? Los investigadores barajan tres tipos de objetivos. Primero, un sentido apotropaico, es decir, para defenderse del mal de ojo; en segundo lugar, se relaciona con la fertilidad, tanto de las personas como de las tierras de cultivo; y, finalmente, la virilidad o fuerza, lo que quizás explique que en muchas ocasiones se encuentran en las puertas de casas y murallas, los lugares más débiles en ambas construcciones.

En el interior de la estructura se han descubierto habitaciones subterráneas donde almacenar productos agrícolas recolectados en los alrededores. Foto: Museo Histórico Local de Nueva Carteya.

Tras dos semanas de excavación, los arqueólogos han localizado importantes hallazgos, como la base de la muralla construida en época ibérica, así como restos del suelo o un empedrado de la época romana. Foto: Museo Histórico Local de Nueva Carteya

GRAN EXPECTACIÓN

El Museo Histórico Local de la localidad dio a conocer el hallazgo el pasado 19 de agosto en sus redes sociales: “Hoy hemos tenido un hallazgo que se ha convertido rápidamente en el centro de atención en la excavación. Se trata de un relieve fálico que ha aparecido en uno de los sillares que forman la esquina noreste de la torre romana. Este tipo de representaciones eran frecuentes en la época a pesar de la visión que se pueda tener en la actualidad”. Pero, a pesar de que este tipo de representaciones son figuras comunes en la iconografía romana, el anuncio ha despertado una gran curiosidad entre los vecinos de las poblaciones colindantes, hasta el punto que las autoridades han tenido que pedir a la Guardia Civil que intensifiquen la vigilancia e impidan el paso durante el período de desarrollo de la excavación hasta que se proceda al vallado del yacimiento.

UN IMPORTANTE YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO

Pero más allá de la atracción mediática que ha despertado este último descubrimiento, las excavaciones de El Higuerón han desvelado restos de gran importancia arqueológica. Entre los más destacados está la base de una muralla del período ibérico, un suelo de cal y un empedrado de la época romana, además de restos históricos procedentes de distintas épocas, desde la ibérica hasta la medieval.

Los arqueólogos también han podido saber que en la época romana, “El Higuerón” constituía una gran construcción perimetral bordeada por murallas de casi 2 metros de ancho. En su interior habría habido estancias subterráneas que se cree servían para almacenar productos agrícolas recolectados en la zona.

De momento, explican desde el museo de Nueva Carteya, «la poca información que tenemos nos lleva a pensar que fue esculpido en época romano republicana, ya que parece haber sido tallada en el mismo momento de la construcción del edifico romano». Sin embargo, apuntan, tendrán que esperar futuros informes que confirmen esta datación.

A la pregunta de si creen que encontrarán nuevos hallazgos de este tipo desde el Museo Histórico Local de Nueva Carteya son claros: «no tenemos ningún indicio que nos lleve a pensar que se puede repetir un hallazgo de este tipo, pero como siempre ocurre en arqueología no podemos descartar nada».

Imagen de portada: La escultura, de casi medio metro de longitud, fue descubierta a mediados de agosto en el yacimiento de El Higuerón, en el municipio cordobés de Nueva Carteya, un recinto fortificado que estuvo ocupado aproximadamente entre los siglos IV a. C y  I. d.C.  Foto: Museo Histórico Local de Nueva Carteya.

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic en Español. Por Sergi Alcalde. 25 de agosto 2022.

Arqueología/Yacimientos/Antigua Roma/España/Nuevos descubrimientos.

Esporo, el joven que fue castrado para casarse con el emperador romano Nerón.

El emperador tuvo una idea para que Esporo se quedara con él y se convirtiera en el “sustituto” de Popea Sabina: mandarlo castrar.

Si deseas profundizar esta entrada; cliquea donde se encuentra escrito con color “azul”.

Nerón Claudio César Augusto Germánico, conocido en la historia solo como Nerón, fue uno de los emperadores romanos más famosos. Diversas biografías y fuentes lo citan como un hombre cruel y sádico, además de ser el protagonista del famoso incendio que destruyó una gran parte de Roma. Pero hay otro episodio de su biografía del que casi no se habla: la relación con su amante Esporo.

Nerón sentía una atracción especial por los efebos, término para referirse a los adolescentes de unos 14 a 18 años. En la antigua Grecia, los efebos eran instruidos en la ephebeia, una institución que preparaba a los adolescentes para enfrentar la vida en diversas áreas.

El emperador puso sus ojos en el efebo Esporo, un muchacho de belleza andrógina que robó por completo el corazón y la atención del emperador. Diversas fuentes dicen que esto ocurrió debido al gran parecido de este personaje con Popea Sabina, la esposa muerta de Nerón.

Nerón y sus deseos de tener a Esporo consigo

Lo que comenzó como una relación únicamente sexual se fue convirtiendo para Nerón en una relación sentimental. Y el emperador tuvo una idea para que Esporo se quedara con él y se convirtiera en el “sustituto” de Popea Sabina: mandarlo castrar.

Los matrimonios entre personas del mismo sexo estaban prohibidos en el imperio romano, así que la cirugía era el único camino para que Nerón pudiera tener a Esporo con él. Cuando el cambio físico estuvo listo, se celebró la boda entre el joven, quien acudió vestido de mujer al enlace matrimonial, y Nerón.

Este no fue el único matrimonio de esta clase entre un emperador y su efebo. Tras la muerte de Nerón, Esporo se casó con el emperador Otón.

Nerón: ¿cruel, sádico y perverso?

La imagen que la historia ha hecho de Nerón es la de un monstruo, psicópata y pervertido. Además de la historia de su matrimonio con Esporo, el joven emperador romano también se vio envuelto en otros acontecimientos polémicos: mandó asesinar a su madre, Agripina la Menor. También mandó matar a sus dos esposas: Claudia Octavia y la ya mencionada Popea Sabina.

También le acusaron de comenzar el Gran Incendio de Roma, suceso que arrasó por nueve días con gran parte de la ciudad. Asimismo es recordado como un feroz perseguidor de los cristianos. En resumen, su nombre es sinónimo de degeneración, extravagancia y excesos.

Ilustración grabada de Nerón, Nero Claudius Caesar Augustus Germanicus, 37-68 A.D. Grabado de “Great Men and Famous Women: A Series of Pen and Pencil Sketches”, por Charles F. Horne y publicado en 1894. (Getty Images).

Sin embargo, diversas fuentes no coinciden con lo anterior. Una de las expertas que afirman que la reputación de grotesco de Nerón es exagerada, o incluso un mito, es Francesca Bologna, curadora de la exhibición “Nerón, el hombre detrás del mito” que se realizó en el Museo Británico de Londres en 2021.

“Él tuvo la mala suerte de ser el último emperador de la dinastía romana Julio-Claudiana. Entonces, cuando murió, hubo un período de guerra civil y caos, y después de eso, una nueva dinastía llegó al poder.

Y todas las historias sobre Nerón se escribieron bajo esta nueva dinastía que debía legitimarse a sí misma y representar al período anterior de la peor manera posible”.

“Por eso es que no tenemos una visión objetiva de él. Es increíble pensar en cómo se escribe la historia y en cómo se manipula para enviar algunos mensajes”, agrega en entrevista para la BBC.

El tiempo en el que gobernó Nerón “fue un periodo de continuas sospechas y condenas políticas, de conspiraciones y represión despiadada, que terminaría trágicamente con el suicidio del emperador tras haber sido declarado enemigo del Estado por el Senado de Roma”, reporta el medio National Geographic, lo cual podría respaldar la apreciación de Bologna.

Imagen de portada: Gentileza de Google News

FUENTE RESPONSABLE: Google News. Muy Interesante. Por Rodrigo Ayala. 21 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Antigua Roma/Historia/Nerón

Cómo Pompeyo acabó con los piratas cilicios que dominaban el Mediterráneo.

Alanya es una ciudad de la provincia turca de Antalya, un encantador enclave que por su combinación de patrimonio arqueológico, paisajes naturales y clima mediterráneo constituye un atractivo destino turístico, motor económico actual de la urbe. Alanya es más conocida entre los aficionados a la historia porque allí fue donde el famoso Pompeyo puso fin a la recalcitrante piratería cilicia que, en su creciente osadía, había llegado a las costas romanas. Fue en una batalla que ha sido bautizada con el antiguo nombre del lugar, Coracesio.

Por favor; si te interesa esta entrada cliquea donde se encuentre escrito en “azul”. Muchas gracias.

Cilicia, el litoral de Anatolia, era una antigua satrapía persa que había sido objeto de disputas por parte de los diádocos, los sucesores de Alejandro Magno, quedando primero bajo dominio de los lágidas (la dinastía de Ptolomeo) y después de los seleúcidas (la de Seleuco). Los primeros construyeron allí importantes fortificaciones que convirtieron su puerto en un sitio perfecto y seguro para numerosos piratas, algo que no sólo continuó sino que aumentó con los siguientes gracias a que ampliaron y perfeccionaron esas defensas, ya de por sí fuertes gracias a los acantilados que dificultan los desembarcos y la escasez de otros núcleos habitados.

De ese modo, la Cilicia Traquea (o sea, la que se situaba entre el mar y los montes Tauro, frente a la Cilicia Pedias llana, preferentemente interior), pasó a ser el refugio por excelencia de la piratería en el Mare Nostrum. Y, como decíamos, ésta alcanzó tales proporciones que sus correrías se extendieron a la península itálica sin que Roma pudiera hacer nada por evitarlo, debido a que descuidó la protección marítima al creerse a salvo. Al fin y al cabo, el pretor de Cilicia, Marco Antonio Orator, había llevado a cabo una campaña contra los piratas en el 103 a.C., destruyendo la base que tenían en Creta (pese a que su hijo Marco Antonio Crético estropeó la labor paterna en el 71 a.C.), lo que remató en el 68 a.C., Quinto Cecilio Metelo Crético.

Vista general de Alanya, antigua Coracesio/Imagen: Ozgurmulazimoglu en Wikimedia Commons.

Pero eso acabó con los piratas cretenses, no con los cilicios, quienes aprovecharon esa falta de vigilancia por parte de los romanos, consecuencia de la citada errónea percepción de seguridad y de las recientes guerras civiles, para reorganizarse y volver a operar cada vez más atrevidamente, según explica Dión Casio:

Porque como las guerras contra potencias rivales absorbían los esfuerzos de Roma, floreció gran número de piratas que circundaban abundantes tramos de la costa (…) Pues bien, una vez terminó aquello no depusieron su actitud, sino que ellos solos causaron grandes y graves daños a los romanos y sus aliados. Navegaban no en pequeños grupos sino a bordo de grandes flotas y tenían generales, llegando la cosa al extremo de que algunos de ellos adquirieron considerable renombre (…) De esta manera, puesto que el éxito coronaba sus empresas, empezaron a adentrarse en tierra firme, donde causaban grandes daños incluso a aquellos que no tenían relación con el mar. Y ello sufrían no sólo los aliados de otras tierras sino la misma Italia.

La provincia romana de Cilicia, ya en época de Trajano | foto Caliniuc en Wikimedia Commons.

Su avistamiento en una zona tan delicada como la desembocadura del Tíber hizo saltar todas las alarmas, ya de por sí alteradas por el descontento que cundió entre la población a causa de la subida del precio del pan, consecuencia de la escasez de grano provocada por los asaltos a los barcos mercantes. Así lo explica Dión Casio:

Ciertamente los romanos recibían noticia de lo ocurrido e incluso presenciaban algunas de sus consecuencias (en efecto, como no les llegaba ningún artículo de importación, también los envíos de trigo habían sido cancelados.

Es decir, la amenaza era múltiple: bélica, económica y social. No resultaba menor la humillación que se sentía en Roma, tal como reseña Plutarco:

Música de flautas, tañido de cuerdas y embriaguez en cada orilla, raptos de personas importantes y rescates de ciudades hechas prisioneras eran una vergüenza para el gobierno romano. Las naves piratas llegaron a ser más de mil y las ciudades tomadas por ellos cuatrocientas (…) Esta fuerza se había distribuido a la vez por casi todo el mar que está junto a nuestra tierra, de modo que resultó innavegable para cualquier clase de comercio.

Relieve en mármol de galeras romanas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons.

De hecho, tampoco ningún otro estado mediterráneo había adoptado medidas al respecto porque las incursiones en la griega Delos, principal mercado de esclavos en aquella época, desplomó el precio de la mercancía humana permitiendo que fluyera en grandes cantidades esa mano de obra a las grandes villas y minas. Fueron las humillaciones sufridas por los notables romanos apresados -a los que ridiculizaban en burlas grotescas cuando reivindicaban su linaje- los que finalmente saturaron la paciencia de Roma.

Corría el año 67 a.C. cuando Aulo Gabinio, tribuno de la plebe, retomó un plan del Senado nunca llevado a la práctica para, por ley (la Lex Gabinia), designar a un promagistrado con imperium proconsular durante tres años, facultado para intervenir en todos los territorios del Mediterráneo desde las Columnas de Hércules hasta el mar Negro hasta una distancia de cincuenta millas aguas adentro (unos ochenta kilómetros), con capacidad para nombrar quince legados del rango de pretor y armar doscientas naves; todo ello financiado con cargo al erario público, calculado en ciento cuarenta y cuatro millones de sestercios. En la práctica, se trataba de un mando omnímodo que abarcaba no sólo todos los dominios romanos sino también los de otros estados.

Era previsible que el Senado se opusiera a la concesión de tanto poder a un solo hombre y así fue; el único que apoyó la rogatio de Gabinio fue Julio César, que tiempo atrás había sido rehén de los piratas cilicios y tuvo que pagar un rescate para obtener la libertad, aunque luego marchó contra ellos y los castigó. Por eso Gabinio presentó su iniciativa directamente en los comicios, en el Foro (lo que Cicerón denominó popularis ratio), sin necesidad de proponer un candidato porque sabía que la gente aclamaría a su pariente Cneo Pompeyo Magno, a cuyas órdenes había servido en la Tercera Guerra Mitridática.

Pompeyo, en efecto y pese a las críticas senatoriales (una broma de la época hablaba de un Pompeyo navarca como preludio al Pompeyo monarca), primero fingió no estar interesado pero luego consiguió su imperium, reunió un ejército de ciento veinte mil infantes y cinco mil jinetes (una treintena de legiones, aproximadamente), nombró veinticuatro legados y dos cuestores, y los embarcó a todos en medio millar de barcos, poniendo proa al este. Los números son exagerados a todas luces pero lo importante es que, cuenta Plutarco, ello tuvo un efecto balsámico instantáneo en la economía:

Los precios de los víveres, habiendo caído inmediatamente, proporcionaron una razón al pueblo de estar contento por pensar que el solo nombre de Pompeyo había terminado la guerra

Y es que lo primero que hizo fue limpiar de piratas los mares Tirreno (el que baña la costa occidental de Italia y las islas de Cerdeña, Córcega y Sicilia) y el Líbico (el que se ubica entre el sur de Sicilia y el norte de África) en apenas cuarenta días. A continuación, reunió su flota en Bríndisi y tras dejar a sus hijos, Sexto y Cneo, vigilando el Adriático, zarpó de nuevo con rumbo a Atenas, donde se estableció para preparar su estrategia. Dividió el Mediterráneo en trece áreas, cada una al mando de un legado con una escuadra asignada, de modo que la presencia de barcos romanos fuera constante y disuasoria. Aparte, reservó doscientos barcos a sus órdenes directas.

Un quinquerreme romano/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons.

Busto de Pompeyo/Imagen: Alphanidon en Wikimedia Commons.

El plan, que según Dión Casio combinaba mano dura con invitación a pasarse a su bando, dio buen resultado. Los piratas, acostumbrados a no encontrar resistencia, se vieron superados en todas partes y eran derrotados u obligados a huir; como no encontraban puertos en los que refugiarse, escapaban a su base de Coracesio, donde estaba claro que se iba a dirimir la contienda. La batalla naval que lleva ese nombre fue rápida y acabó con una contundente victoria romana, pues, a pesar de su inferioridad numérica (aunque la relación de fuerzas que reseña Plutarco parece exagerada), Pompeyo barrió al enemigo. La narración de Plutarco en ese punto es más bien lacónica:

La mayor parte de los piratas tenía situados a sus familias, riquezas y a la gente inútil en fortificaciones y ciudadelas en torno al Tauro y, después de haber equipado sus barcos, ellos mismos recibieron cerca de Coracesio de Cilicia a Pompeyo, que venía al ataque. Habiéndose trabado batalla, fueron vencidos y sitiados. Finalmente, enviaron súplicas y se entregaron ellos mismos, sus ciudades y las islas que dominaban tras haberlas fortificado, difíciles de ser tomadas al ataque e incluso de acercarse a ellas.

La guerra había terminado con una duración récord, inferior a tres meses, con un éxito espectacular. Según las diversas crónicas clásicas (Estrabón, Plinio, Apiano…), Pompeyo acabó con diez mil piratas, ocupó ciento veinte plazas fuertes, se apoderó de ochocientos cuarenta y seis barcos e hizo veinte mil prisioneros. Por supuesto, la historiografía actual considera imposibles esas cifras, pero son una expresión evidente del triunfo de la República.

En esta ocasión, la tradicional dureza de la justicia romana no fue tanta, quizá porque ejecutar a dos mil prisioneros podía resultar excesivo. Se había hecho con los rebeldes de Espartaco poco antes, pero eso fue en Italia; en tierra extraña podría resultar contraproducente. Ahora bien, Pompeyo tampoco podía permitir que se dispersaran para después volver a juntarse, teniendo en cuenta que carecer de recursos y ser belicoso es una combinación perfecta para tomar las armas. Por eso la dispersión se hizo de forma programada y bajo control, por sitios de Asia y la región griega de Acaya. Volvamos a Plutarco:

Como [Pompeyo] pensaba que por naturaleza el Hombre ni ha sido ni es un ser salvaje e insociable, sino que degenera contra su natural por el uso del vicio y que también se domeña con las costumbres y el cambio de lugar y de género de vida, pues incluso las fieras, al participar de un régimen más benigno, se desprenden de su crueldad y dureza, decidió que se trasladaran estos hombres del mar a tierra y que gozaran de una vida adecuada, acostumbrándose a vivir en ciudades y cultivar el campo. A algunos los aceptaron las ciudades pequeñas y más desiertas de Cilicia y los mezclaron con ellos, tras haber recibido terrenos.

La guerra de Pompeyo contra los piratas | foto dominio público en Wikimedia Commons.

Todo un proyecto de reinserción que no tardó en quedar relegado a un segundo plano porque, si bien «la guerra terminó y la piratería de todos los lugares fue expulsada del mar», en palabras del autor de Vidas paralelas, en esos momentos se imponía otro problema de actualidad que se arrastraba desde el año 74 a.C.: la mencionada Tercera Guerra Mitridática, un conflicto intermitente, que brotaba y se apaciguaba temporalmente para retomarse, por el empeño del rey del Ponto, Mitrídates VI, en enfrentarse a la República de Roma… para lo cual se había aliado con los piratas esporádicamente.

Y de nuevo fue Pompeyo el destinado a ponerle fin de una vez por todas, al aceptar otra vez el imperium, en esta ocasión por una rogatio presentada por el tribuno de la plebe Cayo Manilio, quien imitó a su predecesor dictando la Lex Manilia. Lo cual es ya otra historia.


Fuentes: Plutarco, Vidas paralelas: Sertorio y Pompeyo | Dión Casio, Historia romana | Serguei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Francisco Javier Lomas Salmonte y Pedro López Barja de Quiroga, Historia de Roma | Arturo S. Sanz, Imperium Maris. Historia de la Armada romana imperial y republicana| Javier Cabrero Piquero y Pilar Fernández Uriel, Historia Antigua II. El mundo Clásico. Historia de Roma | Pierre Grimal, El mundo mediterráneo en la Edad Antigua. La formación del Imperio Romano | Wikipedia.

Imagen de portada: El triunfo de Pompeyo, cuadro de Gabriel de Saint-Aubin (1765) | foto dominio público en Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Por Jorge Álvarez. 

Antigua Roma/Cilicia/Piratas/Historia

Análisis revelan que los mosaicos romanos del suelo de una villa de la antigua Halicarnaso están hechos con vidrio reciclado.

 

Se han excavado varios suelos de mosaico decorativos en una villa de lujo situada en la actual Bodrum (antigua Halicarnaso), que en su día tenía vistas al mar Mediterráneo. Nuevos análisis químicos revelan que en la colocación de los suelos de mosaico se utilizó vidrio reciclado.

Por favor; si te interesa esta entrada cliquea donde se encuentre escrito en “azul”. Muchas gracias.

Aunque esta villa de lujo de 1.700 años de antigüedad fue excavada y examinada tanto en 1856 como en la década de 1990, todavía tiene sorpresas que revelar.

Un equipo internacional de investigación ha descubierto ahora nuevos secretos, con el profesor Kaare Lund Rasmussen a la cabeza de los llamados análisis arqueométricos: el uso de análisis químicos para determinar de qué elementos estaba hecho un objeto, cómo ha sido procesado, etc.

Situación y plano de la villa | dibujo I. Bjerg Poulsen / University of Southern Denmark.

Otros miembros del equipo son Thomas Delbey, de la Universidad de Cranfield (Inglaterra), y los arqueólogos clásicos Birte Poulsen y Poul Pedersen, de la Universidad de Aarhus y la Universidad del Sur de Dinamarca. El trabajo del equipo se publica en la revista Heritage Science, e incluye el análisis arqueométrico de 19 teselas de mosaico de aproximadamente 1.600 años de antigüedad.

Una de las siete maravillas del mundo

Las teselas proceden de la excavación de una villa de la antigüedad tardía, situada en Halicarnaso (hoy Bodrum, en Anatolia, Turquía). Halicarnaso era famosa por el Mausoleo, la gigantesca y fastuosa tumba del rey Mausolo, considerada una de las siete maravillas del mundo.

La villa estaba distribuida en torno a dos patios y las numerosas habitaciones estaban adornadas con suelos de mosaico. Además de los motivos geométricos, también había motivos de diversas figuras mitológicas y escenas tomadas de la mitología griega; por ejemplo, la princesa Europa raptada por el dios Zeus en forma de toro y Afrodita en el mar con su concha.

También se representan motivos de las historias del autor romano Virgilio, mucho más joven. Las inscripciones en el suelo han revelado que el propietario se llamaba Charidemos y que la villa se construyó a mediados del siglo V.

b) el suelo de la sala F; c) el suelo de la sala O; d) personificación del otoño en la sala F; e) personificación del verano en la sala F | fotos J. Isager / University of Southern Denmark.

Un lujo costoso

Los suelos de mosaico eran un lujo costoso: había que transportar materias primas caras como el mármol blanco, verde, negro y de otros colores desde canteras lejanas. También había que importar otros materiales de piedra, cerámica y vidrio.

Recibí 19 teselas de mosaico para analizarlas en mi laboratorio de Dinamarca. De ellas, siete eran de vidrio de diferentes colores: morado, amarillo, rojo y rojo intenso. Mi conclusión es que seis de ellas son probablemente de vidrio reciclado, dice Kaare Lund Rasmussen.

Esta conclusión se basa en un análisis químico denominado espectrometría de masas con plasma acoplado inductivamente. Con ella, el equipo de investigación ha determinado las concentraciones de nada menos que 27 elementos, algunos de ellos hasta una concentración de milmillonésimas de gramo.

Las teselas de mosaico investigadas | foto University of Southern Denmark.

El ocaso del Imperio Romano

Pudimos distinguir entre el vidrio base de Egipto y el de Oriente Medio y, además, pudimos determinar qué elementos añadían los antiguos artesanos para colorear los vasos y hacerlos opacos, lo que se prefería en la época, dice.

Por supuesto, es difícil extrapolar a partir de sólo siete teselas de mosaico de vidrio, pero los nuevos resultados encajan muy bien con la imagen de Anatolia en la antigüedad tardía. A medida que el poder del Imperio Romano disminuía, las rutas comerciales se cerraban o se desviaban, lo que probablemente provocó una escasez de bienes en muchos lugares, incluidas las materias primas para la producción de vidrio en Anatolia.

Esto, junto con las historias representadas en los suelos, permite a los arqueólogos clásicos elaborar una imagen más detallada de lo que estaba de moda a finales de la Antigüedad y de las posibilidades de despliegue artístico.


Fuentes: Universidad del Sur de Dinamarca | Rasmussen, K.L., Delbey, T., Jørgensen, B. et al. Materials and technology of mosaics from the House of Charidemos at Halikarnassos (Bodrum, Turkey). Herit Sci 10, 62 (2022). 

doi.org/10.1186/s40494-022-00697-3

Imagen de portada:Vista de la excavación de la villa en Halicarnaso | foto J. Isager / University of Southern Denmark

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Por Guillermo Carvajal. 26 de julio 2022

Anatolia/Antigua Roma/Halicarnaso/Imperio Romano/Mosaicos/ Turquía