Siempre el ego…

Cómo el ego de un don nadie destruyó el templo de Artemisa, una de las 7 maravillas del mundo antiguo.

El templo de Artemisa era el orgullo de los efesios.

Vivían en su polis —o ciudad-Estado independiente en la antigua Grecia—, cerca de donde está hoy la ciudad portuaria de Esmirna, en Turquía, y la diosa de la caza, los animales salvajes, el terreno virgen, los nacimientos, la virginidad y las doncellas era su patrona.

Según el historiador griego Heródoto, había sido erigido a expensas del fabulosamente rico rey Creso de Lidia y, según el romano Plinio, tenía 127 columnas, 36 de ellas finamente talladas con relieves.

En el centro del que fue uno de los templos griegos más grandes de la historia y el primero construido casi completamente en mármol, se alza la colosal figura de Artemisa, hecha en madera ennegrecida.

Era una maravilla… una de las siete del mundo antiguo, que dejó sin aliento hasta a Antípatro de Sidón, autor de la famosa lista:

“He posado mis ojos sobre la muralla de la dulce Babilonia, que es una calzada para carruajes, y la estatua de Zeus de los elfos, y los jardines colgantes, y el Coloso del Sol, y la enorme obra de las altas Pirámides, y la vasta tumba de Mausolo; pero cuando vi la casa de Artemisa, allí encaramada en las nubes, esas otras maravillas perdieron su brillo, y dije: ‘aparte del Olimpo, el Sol nunca vio algo tan grandioso'”.

Además de sus propósitos religiosos, era un imán que atraía turistas, comerciantes e incluso reyes que le rendían homenaje ofreciendo diversas joyas y otros tesoros, y hasta servía de protección para los perseguidos, pues nadie se atrevería a hacer algo que pudiera profanar el templo.

Pero el 21 de julio de 356 a.C. ocurrió una catástrofe.

“La quema del templo de Éfeso”, ilustración de George Paston [seudónimo de Emily Morse Symonds], 1753.

Mientras la diosa Artemisa, según el historiador griego Plutarco, estaba ausente del santuario, ayudando en el nacimiento de Alejandro Magno, un hombre llamado Eróstrato o Eróstrato quemó deliberadamente el templo que había tomado más de un siglo construir.

¡Pero ¿por qué?!!!

Fue una tragedia.

En el curso de una noche, todo lo que estaba hecho de madera —el techo, las escaleras, las puertas, los muebles y la adorada imagen de Artemisa— ardió en llamas y a la mañana siguiente estaba reducido a cenizas.

Todo lo que quedaba de un templo que alguna vez fue el más magnífico eran sus columnas humeantes, ennegrecidas y arruinadas.

Eróstrato fue prontamente apresado y confesó que había incendiado el santuario para que “a través de la destrucción de ese edificio tan hermoso, su nombre fuera difundido por todo el mundo”, como relató Valerio Máximo, autor de la colección Factorum et dictorum memorabilium (“Hechos y dichos memorables”).

Por el infame acto, además de ser torturado y ejecutado, fue castigado con el olvido, por medio de lo que más tarde se empezó a llamar damnatio memoriae —literalmente “condena de la memoria”—.

Cualquier registro de su existencia fue eliminado y la mera mención de su nombre fue prohibida, bajo pena de muerte.

Ilustración de Eróstrato

FUENTE DE LA IMAGEN -THE TRUSTEES OF THE BRITISH MUSEUM

El innombrable.

Por un tiempo, la medida se acató, pero eventualmente Eróstrato logró su objetivo.

A pesar de la damnatio memoriae decretada, el historiador contemporáneo Teopompo mencionó su nombre en una obra escrita ese mismo siglo, de modo que, a pesar de que poco sabemos de él, nunca fue olvidado.

Más que recordado

Eróstrato saltó de los libros de historia a otras esferas.

En la literatura, varios grandes como Victor Hugo, Antón Chéjov, Jean-Paul Sartre, Miguel de Unamuno y hasta aquel ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra, violaron la “condena de la memoria”.

En el poema onírico inacabado “La casa de la fama” de Chaucer del siglo XIV, aparece presentando su caso frente a la musa Calíope, quien está escuchando súplicas en su corte de la fama.

El lugar en el que estaba el templo hoy.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES – El lugar en el que estaba el templo hoy.

Tras escuchar a buenas personas que desean ser conocidas por sus buenas obras y otras también buenas pero que no quieren ser famosas, así como de malas personas que quieren ser olvidadas, y conceder o negar sus peticiones aparentemente guiada por el capricho, le llega el turno a Eróstrato, un ejemplo que en ese entonces parecía inusual: una persona a la que se recuerde por ser mala.

Cuando la musa le pregunta por qué lo hizo, responde que quería ser famoso como lo eran otras personas cuya fama se debía a sus virtudes o fuerza.

Y se le ocurrió que la gente mala tenía tanta fama por su maldad o sagacidad como la gente buena por su bondad. Y como no podía tener un tipo de fama, no se iba a quedar sin la otra, por eso quemó el templo.

Cuando pide que su fama sea proclamada a los cuatro vientos, la musa responde: “¡Con mucho gusto!”.

Pero no sólo sigue vivo en el mundo de la ficción, sino también en la ciencia.

El complejo de Eróstrato es un término utilizado en la psiquiatría moderna en relación a personas que sufren sentimiento de inferioridad pero quieren sobresalir a toda costa, así que recurren a acciones agresivas, como destruir objetos de arte, valores, objetos socialmente útiles, torturar animales y personas.

Además su nombre se ha usado en distintos idiomas para acuñar términos o expresiones, como esta, que aparece en el Diccionario de la Real Academia Española:

Erostracismo: de Heróstrato, ciudadano efesio que, en el año 356 a. C., incendió el templo de Ártemis en Éfeso por afán de notoriedad, e -ismo.

1. m. Manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre.

El magno

El templo de Diana en Éfeso (de la serie "Las ocho maravillas del mundo") de Maarten van Heemskerck, 1572.

FUENTE DE LA IMAGEN -GETTY IMAGES

El templo de Diana en Éfeso (de la serie “Las ocho maravillas del mundo”) de Maarten van Heemskerck, 1572.

Los efesios comenzaron la larga tarea de volver a levantar su templo sobre los cimientos originales poco después de la tragedia.

Años después, recibieron cálidamente a aquel que había nacido de las cenizas del santuario de la diosa, Alejandro el Grande.

Entró triunfante en Éfeso tras derrotar a las fuerzas persas en la batalla de Granicus en 334 a. C., liberando a las ciudades griegas de Asia Menor.

Pero cuando el heroico conquistador se ofreció a pagar todos los gastos de la reconstrucción si se le concede crédito por su generosidad, el ayuntamiento enfrentó un problema: no querían estar en deuda con el macedionio pero ¿cómo rechazar a alguien tan poderoso?

Pues con una de las frases más diplomáticas de la historia: “Es inapropiado que un dios le dedique ofrendas a los dioses”.

FUENTE: Dalia Ventura – BBC News Mundo

Un visionario…

William S. Burroughs, el profeta más radical que definió nuestro mundo actual

“EL LENGUAJE ES UN VIRUS”

¿Qué tiene en común este célebre escritor de la generación beat con la Organización Mundial de la Salud? 

 Ambos advirtieron del peligro latente para la salud física y mental del lenguaje.

“Esto ya es como Black Mirror”. 

Esta bien podría ser una de las frases más comunes expresadas por el inconsciente colectivo en el último año. El género de las distopías, tanto en la literatura como en la televisión y en las series, no ha dejado de ‘hacer su agosto’. 

Las reediciones de los clásicos de Orwell, Bradbury o Huxley emergen de tanto en cuando en las listas de libros más vendidos, junto a la recuperación de otros tomos menos conocidos por el público general hasta ahora, como “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, popularizados a raíz del amplio consumo de las series en ‘streaming’. 

Hay una distopía personalizable a cada caso, y quien no ve un Gran Hermano por todas partes, espiándola hasta para cuando va a ir al baño y colocando ‘microchips’ hipodérmicos (cuando ya lo lleva en el bolsillo todos los días en su teléfono inteligente), acaba enganchado a su soma ideal o creyendo en un ‘Estado profundo’ conformado por estrellas del espectáculo y políticos progres. Quizá una de las campañas publicitarias más geniales de los últimos meses es la que precisamente idearon cuatro estudiantes de publicidad de la escuela Brother Ad Madrid, cuando en una marquesina de autobús de la capital colocaron un espejo con la frase: “Black Mirror 6th Season. Live Now, everywhere” , con el logo de Netflix.

Rubén de Blas en la recreación de un anuncio de 'Black Mirror'. (Brother Ad School)

Rubén de Blas en la recreación de un anuncio de ‘Black Mirror’. (Brother Ad School)En su momento, se viralizó muchísimo esta propuesta, algo normal dadas las circunstancias: era junio de 2020, la época en la que el término ‘nueva normalidad’ estaba en boca de todos y comenzábamos la desescalada hacia un mundo que creíamos que iba a ser totalmente diferente al que habíamos conocido. 

A pesar de que la pandemia no termina de acabarse (curiosa paradoja semántica) y haya dejado tantas muertes y secuelas, la sociedad está esforzándose en volver a la realidad previa a la crisis sanitaria, aunque como es evidente ahora llevemos mascarillas por precaución más que por obligación, mantengamos las distancias de seguridad en los espacios públicos cerrados o revisamos a diario las noticias para saber si es seguro o no viajar a tal sitio, si nos exigen estar vacunados o debemos pasar por una PCR.  

Para Burroughs, el lenguaje invade el cuerpo humano como un virus o un parásito, alineándose hasta sus últimas consecuencias Sin duda alguna, lo que dejaba de manifiesto aquel anuncio es lo que el célebre autor de documentales Adam Curtis llamó “hiper normalización” la tendencia a aceptar y normalizar de que todo está fatal y lo que es peor aún, lo va a estar, ya que nos resulta prácticamente imposible crear, ya no solo imaginar, mundos futuros mejores. No; la realidad, afortunadamente, todavía no es como Black Mirror, aunque el ingenio de los publicistas de colocar un espejo en pleno centro de Madrid nos enseñe nuestra figura apresurando el paso por la calle, haciéndonos protagonistas de un hipotético nuevo episodio que solo existe en nuestra mente.

Sin embargo, hay distopías que fueron creadas con mucha anterioridad a la serie de Netflix y que reflejan con más precisión la política y la sociedad del mundo de hoy en día. 

Uno de los autores que merece la pena releer y que no está incluido entre esa caterva inamovible de autores clásicos de ciencia ficción distópica es William S. Burroughs. 

Presente en los manuales de literatura entre nombres de la generación beat como Jack Kerouac, Allen Ginsberg o Gregory Corso, a menudo se pasa por alto algunas de sus descerebradas profecías y rabiosas proyecciones de futuro, quizás debido a la altanería de su personaje, su grotesca visión del mundo, su heterodoxia narrativa y la profunda escatología que inunda sus textos, plagados de yonkis, sexo promiscuo sin fin y atentados contra la moral dominante.

El lenguaje, los virus, la droga

El autor de “El almuerzo desnudo) (1959), un ‘cocktail molotov-novela’ que llevó magistralmente David Cronenberg a la gran pantalla, lanzó una serie de profecías entre ‘cut-up’ y ‘cut-up’, a modo de sobresalto, exabrupto literario o vómito de palabras difícil de interpretar. 

Sin embargo, desde cierta perspectiva sus predicciones fueron mínimamente más acertadas que las que construyeron de forma rigurosa y científica otros escritores más respetados por el público de masas, como Orwell o Huxley. No hace falta lanzar una proyección de futuro en el que un partido dictatorial llamado Ingsoc totalice todos los aspectos de la vida del ser humano (eso ya lo vimos en el siglo XX en cierto modo) o que toda la población se robotice y aprenda a no desear ni sentir nada, anulando cualquier sentido de libertad.

Tan solo hacía falta atender a lo más esencial, aquello que nos une y da sentido a nuestra realidad: el lenguaje. “Según Burroughs, una infección viral atacó a los homínidos del pre-paleolítico catalizando mutaciones deformantes de las neuronas, del aparato sonoro y de la estructura maxilofacial” El lenguaje es un virus”. 

Esta es la cita con la que bien podría resumirse toda su obra, su ‘lied’ argumental, pues el objetivo de ‘El Hombre Invisible’ (uno de sus seudónimos) con sus novelas y escritos no fue otro que sabotear las formas sintácticas y semánticas, ya que para él la verdadera revolución no tenía una dimensión política o social, sino mental. 

En este sentido, como la droga, el otro gran tema de sus libros, el lenguaje invade el cuerpo humano como un virus o un parásito, alineándose hasta sus últimas consecuencias, poseyendo al sujeto y haciéndole carente de interioridad, pues todo su mundo gira en torno a ese “álgebra de la necesidad” que le hace consumir más y más. 

“La droga es aquí una inoculación de muerte que mantiene al cuerpo en una paradójica condición de emergencia y ralentización, donde el adicto es inmune al aburrimiento”, escribe Adolfo Vásquez Rocca, investigador de la Universidad Complutense de Madrid, en un análisis sobre la obra Burroughs y sus crípticos significados. “Puede estar horas mirándose los zapatos o simplemente permanecer en la cama. Es el contagio definitivo, el de la interioridad intoxicada”.

Burroughs en Tánger en 1956. (Fotógrafo desconocido) Foto: La Felguera.

Burroughs en Tánger en 1956. (Fotógrafo desconocido) Foto: La Felguera.

Al igual que la heroína, el tipo de sustancia a la que más estuvo enganchado el autor junto con el alucinógeno yagé, el lenguaje manipula y transforma a los seres humanos por proceso de contagio. “Según Burroughs, una infección viral atacó a los homínidos del pre-paleolítico catalizando mutaciones deformantes de las neuronas, del aparato sonoro y de la estructura maxilofacial”, sintetiza Vásquez Rocca. 

Sus teorías son muy disparatadas desde un punto de vista científico, cierto. No por ello carecen de valor vital y filosófico, pues tuvo la intención de llevarlas hasta el final. 

La estrategia de este hombre gris de mirada encorvada era precisamente romper con la alienación impuesta por el lenguaje mediante la técnica del cut-up en sus escritos o por acciones concretas enmarcadas en el territorio de la experimentación audiovisual, la investigación acerca del control social y sus posibilidades de romperlo, o el vandalismo callejero que detalló en obras como “Manual Revisado del Boy Scout” (La Felguera, 2016) o en su ensayo de ficción “La revolución electrónica” (Caja Negra, 2009).

Infodemia y pandemia

“Lo primero, necesitas un dispositivo de codificación, una televisión, una radio, dos cámaras de vídeo, una estación de radioaficionado y un simple estudio fotográfico con unos pocos accesorios y actores”, escribe Burroughs.

“Para empezar, mezcla todas las noticias y emítelas en todas direcciones, a las cadenas de radio y grabadoras callejeras. Construye transmisiones de vídeo con noticias falsas y mezclalas con las reales. 

Para las imágenes, puedes usar fotografías antiguas. La ciudad de México podría ser el escenario perfecto de una revuelta en Saigón y viceversa. Una insurrección de Santiago de Chile puede hacerse con imágenes de Londonderry (Irlanda del Norte). 

Nadie notaría la diferencia… mezclas las imágenes de ‘fake news’ con noticias reales. Así, tendrás más ventaja sobre tu oponente, que deberá ocultar sus manipulaciones. Tú no tendrás esa necesidad. En realidad, puedes promocionar que estás escribiendo noticias por adelantado sobre hechos que puedes crear por técnicas que nadie pueda usar. 

Y eso te convierte en noticia… los ‘cut-ups’ podrían inundar los medios de comunicación de masas de engaños”. El lenguaje no es un mero instrumento de inocente utilidad con el que nos comunicamos, sino que permea en el organismo vivo afectando a la salud, como Burroughs avisaba Efectivamente, el Exterminador (otro de sus seudónimos) se está refiriendo a lo que hoy en día todo el mundo conoce como ‘fake news’, un fenómeno que en la época del escritor pudo ser utilizado como recurso de contrainsurgencia, en operaciones militares y por los servicios de inteligencia, pero que hoy en día y debido a la multiplicidad de canales, emisores y receptores que hay en la red, fruto de la autocomunicación de masas, ha adquirido una categoría mucho más notoria en nuestra sociedad. 

A tal punto de explosión ha llegado que los medios de comunicación han comenzado a referirse a esta profusión de noticias falsas como “infodemia”, un término compuesto por las palabras ‘información’ y ‘pandemia’, que sin duda entronca muchísimo con las advertencias e hipótesis sobre el lenguaje que tenía Burroughs, ya no solo con sus técnicas para crear el caos social y político.

“Una infodemia es una sobreabundancia de información, en línea o en otros formatos, e incluye los intentos deliberados por difundir información errónea para socavar la respuesta de salud pública y promover otros intereses de determinados grupos o personas”, define la OMS en una entrada del 23 de septiembre de 2020, con la clara intención de alertar sobre el alto volumen de ‘fake news’ y de teorías de la conspiración que contradecían las versiones oficiales sobre la pandemia que ellos mismos extendieron bajo un aluvión de críticas por su mala gestión. 

“La información errónea y falsa puede perjudicar la salud física y mental de las personas, incrementar la estigmatización, amenazar los valiosos logros conseguidos en materia de salud y espolear el incumplimiento de las medidas de salud pública, lo que reduce su eficacia y pone en peligro la capacidad de los países para frenar la pandemia”. 

Si todavía no se entiende la asociación de ideas que Burroughs hacía entre algo tan físico como es una enfermedad o un virus y algo tan intangible como es el lenguaje que nos une y compartimos, en pleno 2020, más de dos décadas después de su muerte, llega la OMS para ratificar su teoría crítica sobre poder y control social.

Portada de la edición anglosajona del 'Manual revisado del Boy Scout' seguido de 'La revolución electrónica' en la edición de The Ohio State University Press, 2017.

Portada de la edición anglosajona del ‘Manual revisado del Boy Scout’ seguido de ‘La revolución electrónica’ en la edición de The Ohio State University Press, 2017.

El asunto va más allá: el organismo reconoce sus repercusiones en la salud individual y colectiva, pues el lenguaje no es un mero instrumento de inocente utilidad que sirve para que nos comuniquemos, sino que permea en el organismo como la droga a la que estaban enganchados la mayoría de los personajes de Burroughs, les corroe y les destruye, en los casos más visibles inundándose de odio (bajo intereses políticos), pero también diciéndoles cómo tienen que comer, qué tienen que consumir y qué es lo que deben desear. 

No en vano el término que se usa para nombrar a una información o contenido que se comparte mucho en redes sociales es “viral”, el cual hace referencia directa a las enfermedades causadas por un virus. Y no, este concepto no emergió después de la pandemia como infodemia, sino que ya venía de antes.

El ‘cut-up’ informativo más inmediatamente actual

Hace apenas unos días, el periodista Miquel Ramos decidió subir a Twitter un vídeo en el que denunciaba la represión que estaban sufriendo los manifestantes de Cuba por parte de los agentes policiales. Lo curioso es que, en vez de subir imágenes reales de las protestas que están aconteciendo en la isla caribeña, lo hizo con las cargas policiales del 1 de octubre en Cataluña.

La respuesta de los usuarios no se hizo esperar. Muchos de ellos se dieron cuenta de que, efectivamente, los policías llevaban la bandera de España en el uniforme y los manifestantes hablaban catalán. Pero también hubo otros tantos que cayeron en la argucia de Ramos, quien con este curioso experimento demostró lo fácil que es colar una ‘fake news’. La maniobra del periodista, además, encaja casi punto por punto con la técnica de cut-up de Burroughs explicada al inicio del artículo. Ver para creer.

El arma definitiva de Burroughs

Regresando a la vida y obra del escritor norteamericano, cabe preguntarse cuáles fueron las fórmulas que patentó para salir de la tiranía del lenguaje y las formas de control social que el poder establecido desplegaba a partir de este. 

Los esfuerzos del Hombre Invisible pasaron, primero, por la experimentación tanto vital como literaria, trazando líneas de fuga a partir de viajes físicos (sobre todo a Tánger) y mentales (a Interzonas, ese ‘no-lugar’ al que accedía a través de las drogas entre otros muchos métodos), y escabulléndose siempre del formalismo narrativo que heredó de sus influencias literarias anteriores. 

De algún modo, soñaba con redes clandestinas de adolescentes que atentaban contra el poder establecido y los férreos códigos morales que imperaban en aquellos días. 

Su vida conyugal no es tan encomiable: disparó a su mujer en la cabeza jugando a Guillermo Tell después de consumir drogas. Tanto en ‘Los chicos salvajes’ como en ‘El almuerzo desnudo’ podemos comprobar cómo sus personajes entran y salen de la acción de la novela sin permiso, pues la obra entera puede leerse de principio a fin o de forma aleatoria. 

Esto le emparenta con las tácticas que luego desarrollaron los situacionistas franceses más adelante, como “la deriva psicogeográfica” o “détournemen” la cual consistía en hacer una especie de ‘cut-up’ cartográfico, superponiendo un mapa de una ciudad sobre otra distinta o explorando las zonas de la periferia urbana no solo física sino también mentalmente, donde los conceptos de campo y ciudad se funden y la guerra social entre clases se hace más patente. 

La influencia del autor en los movimientos de vanguardia artística y política posteriores es, por tanto, amplísima. Otro hecho biográfico reseñable al final de sus días es su encuentro con Kurt Cobain, del cual dijo que era un muchacho “con una expresión moribunda en sus mejillas”. 

Un acontecimiento sobre el que Servando Rocha escribe en “Nada es verdad. Todo está permitido” (Alpha Decay, 2014). “Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto”, dijo el escritor cuando en 1994 el líder de Nirvana decidió poner fin a su vida.

Sin embargo, y a pesar de todas sus desgracias personales, su lucha incansable contra el lenguaje y su afán de querer dinamitar el orden establecido, vale la pena rescatar las palabras que escribió en la última entrada de su diario, al poco de morir, recogidas en “Agente Provocador”: “No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. 

Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. AMOR”.

FUENTE: Alma, corazón y vida – Por Enrique Zamorano

INTERNACIONAL – EXTERMINIO EN XINJIANG – CHINA

El crudo relato de una sobreviviente de los campos de concentración modernos en China

A cuatro años de la traumática experiencia que marcó su vida para siempre, Sayragul Sauytbay (44) revela los oscuros secretos e intenciones detrás uno de los más temidos “centros de formación profesional” en toda Asia.

Sayragul Sauytbay (44) reside en Suecia tras haber escapado del “mayor encarcelamiento sistemático de un grupo étnico desde el Tercer Reich” | AFP

La sobreviviente de uno de los campos de concentración modernos de China reveló las golpizas, violaciones y “desapariciones” que experimentó detrás del alambre de púas. Sayragul Sauytbay, parte de la minoría étnica kazaja, contó las atrocidades que debió ver.

Oriunda del este de Turkestán, Kazajistán, la vida de esta médica y madre de dos pequeños tomaría un rumbo drástico en 2017, tras ser enviada a una instalación de confinamiento china para enseñar a prisioneros, en uno de los 1.200 gulags en la región.

Se estima que los campos de internamiento de lo que ahora se conoce como la ciudad de Xinjiang albergan a tres millones de kazajos y uigures que son sometidos a todo tipo de experimentos médicos, torturas y violaciones, antes desconocidas.

Además de ser médica, Sayragul Sauytbay ofrecía sus servicios como maestra en una escuela. El establecimiento educativo fue construido por su padre, especialmente para niños de la minoría étnica kazaja.


Observadores internacionales apuntan a un intento de exterminio de minorías étnicas.

Sin embargo, China indica que los campamentos son nada más y nada menos que “centros de formación profesional” y los residentes están allí por su propia voluntad.


Previo a ingresar al establecimiento carcelario, Sauytbay fue literalmente obligada a firmar su propia sentencia de muerte, aceptando que enfrentaría la pena de muerte si revelaba lo que sucedió en la prisión o rompía alguna regla allí dentro.

Una vez establecido el acuerdo, fue puesta a trabajar con el objetivo de “reeducar” a los presos en el idioma, la cultura y la política chinas. La primera imagen con la que se topó fue la de hombres y mujeres con la cabeza afeitada y que apestaban a orina y heces.

La mujer de ahora 44 años se despidió de uno de sus dos hijos, Ulagat, antes de partir al campo de concentración localizado en la ciudad china de Xinjiang.


Torturas y reeducación maoista: cómo funcionan los campos de concentración de China.
A medida que se familiarizaba con las instalaciones, las condiciones de hacinamiento se hacían a sus ojos cada vez más inhumanas. Con el tiempo, comenzaría a ser testigo de innumerables y sangrientos casos de extracción de órganos.

Entre una de las tantas historias que esos muros guardan, presenció como a una mujer de 84 años le arrancan las uñas por una presunta llamada internacional, la cual nunca existió. Aun así, el límite de la morbosidad estaba muy lejos todavía de encontrarse.

Llegaron los abusos. Fue obligada a presenciar como guardias violaban a una joven de no más de 20 años por haber enviado mensajes de texto a un amigo musulmán. Durante su internamiento, Sauytbay también obtuvo acceso a información clasificada.

Durante su estadía en aquel “centros de formación profesional”, encontró documentos prohibidos que mencionaban planes para exterminar etnias, anexar países vecinos y conquistar Europa.

Entre los secretos de estado que leyó y que podía distinguir fácilmente por que contenían el el sello “Documentos clasificados de Beijing”, pudo encontrar el verdadero propósito escondido de los campamentos de Xinjiang, descripto en un plan de tres pasos:

Paso uno (2014-2015): “Asimilar a los que están dispuestos en Xinjiang y eliminar a los que no lo están”
Paso dos (2025-2035): ‘Una vez que se complete la asimilación dentro de China, anexaran los países vecinos’.
Paso tres (2035-2055): “Después de la realización del sueño chino, llega la ocupación de Europa”.
Su paso por el “infierno” finalizaría en marzo de 2018. La kazaja no dudaría en volver a su país natal para reunirse su esposo e hijos antes de huir a Suecia. “El mayor encarcelamiento sistemático de un grupo étnico desde el Tercer Reich”, lo llamó.

Con 44 años, se encuentra físicamente rota y tiene pesadillas recurrentes sobre su tiempo en el gulag. En las noches, escucha los desgarradores gritos de prisioneros que, al ser torturados, suplicaban: “Sálvanos, por favor. Sálvanos”.

Luego de haber sufrido tan traumática experiencia, plasmó lo vivido en “The Chief Witness: Escape From Modern-Day Concentration Camps” (El Testigo Principal: Escape De Un Campo De Concentración Moderno), escrito junto a la periodista Alexandra Cavelius.

Sustracción de órganos humanos

“El Testigo Principal: Escape De Un Campo De Concentración Moderno”, libro escrito por Sayragul Sauytbay y Alexandra Cavelius, detalla el calvario que debió transitar la kazaja.


Entre las tantas atrocidades vislumbradas durante su estadía en dicho campo de concentración, Sauytbay dedicó uno de los primeros capítulos de su libro a la venta de órganos. Reclusos sanos eran marcados con una cruz y se los trataba diferente.

Dicho tratamiento diferencial intrigó a la médica que, poco tiempo después, dio cuenta de que estos prisioneros “seleccionados” desparecían de sus celdas a altas horas de la noche, arrastrados por los guardias a través de los pasillos del establecimiento.


Tras leer sus expedientes, también marcados con una X de color rojo, obtuvo la respuesta que tanto buscaba: los órganos de estas pobres personas eran sustraídos y luego vendidos a clínicas de Turkestán, siendo un producto codiciado por ciudadanos árabes.

“Crudos gritos de un animal moribundo”


“Sonaban como los crudos gritos de un animal moribundo”, admitió. Así describe los desgarradores llamados de ayuda de cientos de prisioneros dentro del gulag.

Tras concluir con su exposición sobre la venta de órganos, procede a describir las terroríficas horas de guardia a las que era sometida, estando la luna como único testigo y compañía. Gritos como los que escuchó aquellas solitarias noches son casi irreproducibles.

Después de dos o tres días en el campamento, sus oídos percibieron los primeros desgarradores alaridos, resonantes en todo el enorme salón y filtrándose en cada poro de su cuerpo. El vértigo subía lentamente por sus piernas mientras su cuerpo se helaba.

“Nunca había escuchado algo así en toda mi vida, gritos como ese no son algo que se olvide. En el momento en que los escuche, sabía qué tipo de agonía está experimentando esa persona. Sonaban como los crudos gritos de un animal moribundo”, expreso.

Desapareciendo a los muertos

Hasta el día de hoy, familiares de reclusos cuyo paradero es todavía desconocido piden justicia. Algunos de ellos sin saber si realmente su pariente murió o continúa con vida dentro del campo de exterminio.


Siendo otro día en el “infierno”, y mientras oficiaba de médica leyendo expedientes clínicos y perfiles psicológicos de prisioneros, encontró un misterioso documento rotulado Instrucción 21. Su curiosidad le impidió volver a dejarlo donde lo había visto.

“Todos los que mueran en el campo deben desaparecer sin dejar rastro”, podía leerse. Asimismo, indicaba que los signos de tortura en los cuerpos debían ser irrastreables y que en caso de fallecer un recluso, su pérdida debía mantenerse en absoluto secreto.

Cualquier evidencia, prueba o documentación sería entonces destruida de inmediato. Miembros de la familia del difunto eran, en el menor de los casos, engañados con vagas excusas sobre la defunción del ser querido. Al resto, ni siquiera se les informaba.

“La habitación negra”, una cámara de tortura

Sauytbay no podía hacer más que mirar con piedad a los reclusos inconscientes, mientras eran arrastrados de las muñecas por los pasillos de la prisión. Se los llevaba a una infame habitación de tortura.

Durante su rutina como “maestra”, Sauytbay notaba como varios de sus “alumnos” gemían y se rascaban hasta sangrar. No sabía decir si estaban realmente enfermos o se habían vuelto locos. Incluso llegaba a desmayarse, desplomándose sobre sus sillas.

Cuando esto sucedía, los guardias llamaban a sus colegas, quienes entraban apresuradamente, agarraban a la persona inconsciente por ambos brazos y se la llevaban como un pedazo de carne, arrastrándola mientras sus pies rozaban el suelo.

Aquellos “desgraciados” tenían la mala dicha de ser llevados a la infame “habitación negra”. Allí, los prisioneros eran atados por las muñecas y los tobillos, amarrados a sillas que tenían clavos que sobresalían de los asientos y torturados por horas.

Extracción de uñas en manos y pies.


Uno de las tantas ilustraciones de la médica en las que intenta graficar las cruentas escenas de tortura que ocurrieron delante de sus ojos. Encadenados e indefensos, los presos eran puestos a prueba.


Continua ampliando la horrida descripción del lugar, incluyendo mesas repletas de todo tipo de herramientas y dispositivos de tortura. Entre ellos, garrotes policiales, varillas de hierro e incluso armas e implementos que parecían sacadas de la Edad Media.

Sin embargo, nada podía compararse con aquel instrumento utilizado en manos y pies, para extraer uñas. El grotesco piso estaba rodeada de ellas, complementándose a la perfección con la sangre de los reclusos. Hubiese esperado que fuese todo pero no.

A un lado de la habitación, como trofeos, una hilera de sillas diseñadas con diferentes propósitos. La madre de 44 años estaba segura de que no saldría con vida de allí y menos después de haber visto lo que vio. Hoy difunde su cruda historia desde Suecia.

Fuente: Editorial Perfil
JFG

Abortado secuestro

Esto no es nada más; que la transcripción textual de lo vivido por el Sr. Jorge Fontevecchia en marzo de 1983, contado por Pablo Burgos , Reader Revenue Manager de Grupo Perfil.

El jueves 24 de marzo de 1983, a las 19:20, el otoño prometía frío y la Argentina era una porquería. Hacía justo siete años que la peor dictadura había tomado el poder mientras la sociedad miraba para otro lado, los medios guardaban silencio y los políticos no sabían qué hacer. La Argentina era una porquería de muerte y complicidad, pero el tiempo de la dictadura llegaba a su fin. Sólo que no estaba dispuesta a irse sin demostrar que todavía podía hacer daño, mucho daño.

Doce autos Ford Falcon estacionaron ruidosamente frente al número 1113 de la calle Sarmiento, a metros del Obelisco. Treinta hombres, entre civiles y uniformados, descendieron y acordonaron la zona. Algunos entraron corriendo hasta el segundo piso del edificio, en donde la revista La Semana tenía su redacción. El policía que se presentó en la recepción decía llamarse Luis Alberto Habib, ser comisario y tener una premisa: encontrar a Jorge Fontevecchia. Le dijeron que estaba por llegar y era cierto. A los pocos minutos, un joven de 27 años, barbado, apareció al abrirse las puertas del ascensor.

Comisario: ¿Jorge Fontevecchia?

Fontevecchia: Sí, espéreme un segundo que ya lo hago pasar.

Pero el editor no giró hacia su oficina sino a la de Andrés Soto, el entonces director periodístico de la editorial. Fontevecchia sabía que las cosas no estaban bien. La noche anterior, la planta de impresión de la revista había sido allanada por fuerzas de seguridad para secuestrar la edición 328. El editor había hecho lo que el dirigente radical Raúl Alfonsín le había aconsejado no hacer: llevar a tapa un informe sobre Alfredo Astiz, el «Ángel de la Muerte», el oficial que se había rendido sin combatir en la Guerra de Malvinas, pero que antes se había hecho célebre por infiltrarse con eficiencia entre las Madres de Plaza de Mayo. Era la primera vez que su rostro y su historia negra aparecían en un medio masivo.

El allanamiento llegó tarde, porque la mayoría de los ejemplares ya se estaban distribuyendo por los kioscos. Jorge Fontevecchia se había pasado el día con sus abogados evaluando los pasos a seguir. Y ahora que un comisario lo esperaba en la recepción, sabía que las cosas estaban definitivamente mal y que debía pensar rápido. También sabía que no quería que lo detuvieran otra vez.

Hacía cuatro años, cuando tenía 23, había sido capturado y encerrado como desaparecido en el centro de detención El Olimpo por orden del general Guillermo Suárez Mason. En su celda, él (que era un ateo al que la socialista Alicia Moreau de Justo había convencido de llamarse agnóstico) le prometió a Dios que si le salvaba la vida abandonaría el periodismo para siempre. No cumplió y quizás el comisario Habib aguardaba en la puerta como mensajero del castigo divino. Entonces decidió escapar. Llamó a Luis Moretti, el abogado de la editorial, quien coincidió en que lo mejor era salir rápido de ese lugar. La cuestión era cómo atravesar el cerco policial sin ser descubierto.

Alguien le dijo que la periodista Mercedes Marques acababa de llegar a la redacción disfrazada de gitana. Volvía de una de las delirantes producciones callejeras de la revista Perfil, en las cuales caracterizaba a distintos personajes para provocar la reacción de la gente. Fontevecchia marcó el número de su interno: «Negrita, venite rápido a la oficina de Andrés y traete tus disfraces». Mercedes llegó corriendo para ofrecerle el de gitana que llevaba puesto y algún otro, pero todos eran de mujer. Había un problema: las mujeres no usan barba y él no tenía tiempo para rasurarse. La secretaria de la recepción irrumpió de pronto para avisar que el comisario amenazaba con entrar por la fuerza. «La única posibilidad es salir por la puerta de servicio que lleva al garaje, pero no puedo irme con mi auto…», pensó Fontevecchia en voz alta. Quien le respondió fue Horacio Panero, el veterano director de Distribución: «Vamos en el mío, te metés en el baúl y recemos para que no nos paren. Si no, vamos a ser dos los que caigamos en cana». Treinta segundos después de que el fundador de La Semana abandonara la oficina de Andrés Soto rumbo al subsuelo, el comisario Habib descubría que la de Fontevecchia estaba vacía. «¡Nadie sale del edificio, carajo!», le gritó a sus policías y a los propios periodistas.

Una parte de los agentes empezó a buscarlo por toda la redacción mientras Habib y otros bajaron corriendo las escaleras hacia la planta baja. Pronto, uno de los policías que se quedó revisando las oficinas pegó el grito: «Está acá, el pibe está acá». El «pibe» parecía un cronista más caminando entre los escritorios. «Me va a tener que acompañar», ordenó el agente.

El joven no se resistió, pero anduvo todo lo lento que pudo hasta una oficina contigua donde se disponía a interrogarlo un oficial superior:

—Siéntese —le ordenó.

—Me siento, pero díganme qué necesita —respondió el periodista.

—Se queda calladito hasta que yo le diga que hable.—…

—Tengo una orden para detenerlo…

—¿Para detenerme? ¿Y yo qué hice?

—Usted es el editor de la revista.

—Sí, pero creo que se confunde.

—Usted es el editor de La Semana.

—Soy el editor, pero de Revista 10.

—Es lo mismo. Usted es Jorge Fontevecchia.

—No, no es lo mismo. Yo no soy Fontevecchia.

—¡Cómo mierda no es Fontevecchia!

—No, le aseguro que no soy, pero no se preocupe, no es el primero que nos confunde. Una vez estábamos en Berlín con los pasaportes cambiados, él con el mío y yo con el de él, y pudimos cruzar el Muro sin que las aduanas se dieran cuenta, justamente por nuestro parecido…

—¡Cállese la boca! Y usted cabo, traiga al comisario Habib para que lo identifique… ¡Y corra, la puta que lo parió!

Habib apenas podía hablar de tanto subir y bajar escaleras. Cuando llegó y vio a Edgardo Martolio, que además de periodista era amigo personal de Fontevecchia, empezó a sospechar que todo había sido una pérdida de tiempo aprovechada para que el hombre que perseguían pudiera escapar. Pero se limitó a decir: «No, éste no es».

El oficial que parecía estar a cargo ordenó: «Sigan buscando, nadie sale del edificio hasta que lo encuentren.» Pero ya era tarde. La ineficiencia policial jugó a favor de Fontevecchia. Escondido en el baúl de un auto que manejaba su jefe de Distribución, atravesó un cordón policial que sólo se dedicó a mirar en su interior por las ventanillas. En una época en la que los celulares todavía no existían, Horacio Panero no llegó a avisarle a su esposa que ese día volvería antes de lo previsto de su trabajo. Menos, que iría acompañado por el hijo de Alberto Fontevecchia, el hombre al que lo unía una amistad de casi medio siglo y con el que había empezado a trabajar en el taller gráfico de la mítica linotipia Fobera, origen antropológico de todo lo que algún día significaría el nombre Perfil.

Apenas llegaron encendieron el televisor. Para su sorpresa, los noticieros de la noche informaban, en blanco y negro, que Jorge Fontevecchia había sido detenido. No era cierto, pero debían apurarse a pensar para que el anuncio no se hiciera realidad. El editor entendía que no resistiría mucho viviendo clandestinamente en su país y nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad de entregarse. La idea de pedir asilo en una embajada surgió como la única alternativa que quedaba. El problema era saber cuál embajada se animaría a recibirlo. Después de una cobertura crítica de los combates en Malvinas del año anterior, algunos miembros del gobierno militar denunciaban a Fontevecchia por ser espía inglés. No era posible convencerlos de que estaban equivocados, ni aunque supieran que antes de «trabajar para el imperio británico» había sido detenido por la misma dictadura acusado por «subversivo y marxista».

Tampoco importaba que recientemente Londres le hubiera negado la visa para entrar al país como cronista. Por eso, esa noche en el hogar de los Panero, el periodista pidió dos cosas. A sus amigos, que le consiguieran asilo en una embajada, si era latinoamericana y si había estado a favor de la Argentina en la guerra, mejor. A la esposa de Panero le pidió que le prestara su ropa. Se le vinieron a la mente el ofrecimiento de Mercedes Marques de ese disfraz de gitana para escaparse de la redacción, y la película que en esa época arrasaba en las taquillas de los cines: Tootsie, el film de Sydney Pollack en el que Dustin Hoffman interpreta a un actor que debe disfrazarse de mujer para conseguir trabajo. Se afeitó, se cambió de ropa y se miró al espejo.

Después de horas de tensión, por fin había algo que lo hacía sonreír: su propio reflejo. Disfrazado con pollera, botas, anteojos gigantes como los que usaba Isabel Perón y con una peluca barata, enrulada y castaña, decidió salir a la calle. Sabía que debía irse de ese lugar antes de que la policía descubriera cómo y con quién había logrado huir. Empezó a dar vueltas en un auto. Hizo tiempo refugiándose en la casa de su psicoanalista, Jorge García Badaracco, el discípulo de Jacques Lacan, que también había atendido a Jacobo Timerman. Después volvió al auto y recorrió la zona de las embajadas para comprobar que todas estaban con guardias reforzadas. Hasta que estacionó enfrente del bar Lepanto, sobre la avenida Del Libertador. Allí debía esperar la llegada salvadora de algún amigo. Quien fue en su ayuda era, y sigue siendo, el médico más conocido de la Argentina: Alberto Cormillot. Entonces, vestido de mujer, volvió a salir a la calle. El destino era el departamento de una amiga de Cormillot. Hasta allí fueron.

De entrada, la mujer les advirtió algo: su marido iba a regresar de viaje ese viernes por la noche y no quería que se encontrara con ellos a su regreso. Sólo podía darles protección por unas horas. Ya era la madrugada del viernes 25 de marzo. Los diarios de ese día lo llamaban «prófugo» y anunciaban su pedido de captura. Los programas radiales trataban el caso, breve pero inevitablemente.

En menos de doce horas, Jorge Fontevecchia se había convertido en el hombre más buscado de la Argentina.

Cormillot tenía poco tiempo para dar con una embajada que asilara a su amigo. Ya era un doctor famoso por sus recomendaciones para bajar de peso, pero sus contactos con el mundo diplomático eran nulos. A la primera embajada que se le ocurrió ir fue a la de México, y pensó que hasta ahí había llegado cuando vio que la bandera que flameaba en su frente era la de otro país, Chile, gobernado por el dictador Augusto Pinochet. Aturdido y asustado, decidió ir a otra embajada cuya ubicación conocía bien, la de los Estados Unidos. No le importó que ese país no cumpliera para nada con el requisito de haber estado del lado de la Argentina en el conflicto atlántico. Tampoco pensó que podía ser peligroso. Apenas llegó se acercó hasta un empleado. No anduvo con vueltas:

—Vengo a averiguar para conseguir asilo para un amigo, un periodista.

—¿Ve aquellos guardias que están allá? Bueno, vaya que ellos le van a indicar. Hacia allí iba, cuando de pronto escuchó la voz del mismo empleado que lo paró en seco:

—Señor, señor, venga… Es el doctor Cormillot, ¿no es cierto? Mire, usted le salvó la vida a mi esposa en ALCO y le debo algo. Mejor váyase de acá porque los están esperando.

—ALCO es la Asociación de Lucha Contra la Obesidad que Cormillot había fundado en 1967. Pero adónde ir. Se dio cuenta de que si no pensaba con claridad podía terminar preso, o algo peor. Quizá por eso se le ocurrió el nombre de Diego Guinsberg, su abogado. Lo llamó para pedirle ayuda y al rato tuvo una respuesta alentadora: la embajada de Venezuela aceptaba recibirlos.

—Eso, si pueden entrar sin que los detengan —le aclaró Guinsberg.

¿Cómo ingresar entonces a la embajada sabiendo que las Fuerzas Armadas habían ordenado reforzar los controles de acceso a cada una de ellas? Apenas amanecía. El dietólogo más famoso de la Argentina manejó su auto hasta la casa de su amiga. Fontevecchia lo esperaba disfrazado, pero ya no de mujer sino de alguien que pretendía ser un cadete, con camisa celeste clara, jeans y mocasines, y unas carpetas debajo del brazo. El plan era lograr entrar a la embajada, pedir asilo y salir del país lo antes posible. En el trayecto casi no se dirigieron la palabra. Cormillot estaba convencido de que los reconocerían fácilmente y serían detenidos. Por eso empezó a barajar la posibilidad de tener que irrumpir con su auto adentro de la sede diplomática. Sí, sería lo mejor: romper el portón de ingreso con la trompa del vehículo y una vez pasada la línea fronteriza ya estarían en suelo venezolano y serían intocables. Eso, por lo menos, había visto en las películas y no fallaba. Pero en el 1461 de la avenida Santa Fe no había ningún portón, apenas la puerta de un edificio por la que ni un «Fitito» habría entrado. Los aguardaba algo más: dos policías de uniforme y dos de civil que controlaban las caras de los que pasaban.

Esperaron unos instantes estacionados frente a la entrada sin saber qué hacer. Hasta que llegó un patrullero que se paró justo unos metros delante de ellos. Parecía el final. Los uniformados que custodiaban la puerta de la embajada comenzaron a acercarse, mientras los dos de civil miraban de lejos. Venían hacia el cordón de la vereda, pero no hasta donde estaba el auto de Cormillot sino hacia el patrullero. Los policías se inclinaron a hablar con sus colegas que permanecían sentados en el vehículo. El médico y el periodista se preguntaron si hablarían de ellos o si era apenas un control de rutina. En eso estaban cuando vieron salir de un negocio pegado al edificio de la embajada a una bella mujer que los distrajo unos segundos. También vieron que los policías de civil se acercaban a ella, como si la conocieran, con una repentina sonrisa que intentaba ser seductora.

—¡Ahora! —dijeron a la vez y salieron del auto.

Diez metros los separaban del lugar que les podría salvar la vida. Apuraron el paso, pero no al punto de levantar sospechas entre los policías. De reojo, se fijaron que los agentes siguieran ocupados, unos con el patrullero y los otros con la vecina. Cuando estaban a punto de llegar, a dos o tres metros, los sobresaltó el ruido de la puerta del edificio que se abría. Saltaron adentro. Del otro lado los esperaban los brazos extendidos del embajador Jorge Dager:

—Bienvenido, Jorge, ésta es su casa.

Cormillot saludó y se fue como había llegado, temblando. Con el pudor íntimo del deber cumplido, se prometió que jamás iba a revelar lo que pasó ese día. En la redacción de La Semana todavía quedaba una guardia policial. Recién de madrugada se había podido retirar todo el personal después de horas de detención en su lugar de trabajo.

Hasta allí había llegado el coronel Alejandro Arias Duval para comandar, sin suerte, la búsqueda del prófugo. El decreto 682 del Poder Ejecutivo había ordenado el secuestro de la edición 328 de la revista, por lo que esa mañana los móviles policiales recorrían los kioscos incautando los ejemplares que aún no se habían vendido.

El decreto establecía: «Del análisis de la revista surge el propósito de desprestigiar la imagen de las Fuerzas Armadas acusándolas de actitudes violatorias de los derechos humanos (…) que recoge la propaganda de las organizaciones subversivas». Otro decreto, el 685, completaba el panorama: «Se ha dispuesto que su director pase a disposición del Poder Ejecutivo Nacional». El Ministerio del Interior argumentaba: «Se cuenta con informes originados en Inglaterra acerca de que está diagramada desde allí una campaña de desestabilización del gobierno argentino», de la que Fontevecchia formaría parte, aunque no se explicaba cómo había pasado de trabajar en las organizaciones subversivas (la acusación por lo que había sido detenido en 1979) a ser agente del Foreign Office. El presidente de facto, Reynaldo Bignone, decía: «Admitimos y aceptamos la crítica», pero añadía que en el caso de Fontevecchia «ya hemos demostrado la tolerancia necesaria», por lo que no veía otra alternativa que su detención.

Es cierto que ningún periodista le preguntó en ese momento a qué se refería con «tolerancia». Ni le recordó la desaparición del año 1979, ni los seis secuestros de sus ediciones, ni las bombas y amenazas sufridas por la editorial durante esos años, ni la clausura de La Semana en 1982 (la revista reaparecería cuarenta y un días después y desde entonces y hasta la asunción de Raúl Alfonsín, incluyó en su logotipo la frase: «Clausurada por el gobierno militar. Reabierta por la Justicia»).

Fin

Tu osadía un día se fue…

Eras luz y sombra al mismo tiempo
eras pasión pero así también rechazo,
como cuando te lo propusiste vivías
en tu desenfrenado desafío a los límites,
esos mismos que aprendiste en la calle
en donde una niña sin cuidado y rumbo
realizó su propio aprendizaje del mundo,
un mundo mezquino que ignora al otro.

No tenías a nadie más que a ti y vaya
si aprendiste a crecer en la violencia,
que permitió subsistir en la jungla
dentro del submundo que ella ofrecía.

Te convertiste tan joven en fuerte líder
a la que por tu frialdad y osadía te seguían,
por temor ya que contradecirte era persignarse
y rezarle a San La Muerte para no perecer
colgados en esos míseros barrios de Sinaloa.

Gozabas ante tu propia crueldad ejercida
contra quien quisiera invadir tu zona y presurosa
enviabas por simples sobres de correo
aberrantes mutilaciones dando aviso
de lo que podrías ser capaz de hacer ante
quien te discutiera parte de tu territorio.

Pero siempre hay un pero, un mínimo error
así fue que te presentaron a un desconocido,
y tú tan varonil en tus actos, emergiste mujer
porque te dijiste a ti misma que ese sería tu hombre.

Y así fue, el mansamente se entregó a ti, confiaste
como a cada uno de tus caprichos y tu mente
se enmaraño con la conexión de ese submundo
que tan bien ya conocías desde cuando eras barro.

Tenias solo veintitrés años y una noche
alguien alzó la vista mirando hacia el puente,
creyó ver tu cuerpo desgarrado y mutilado,
nadie dudo que ese hombre que te atrajo
te traiciono como una principiante sin dudarlo.

Si te encuentras en algún lugar, maldecirás
seguramente el día cuando decidiste enamorarte.

Imagen: Gentileza culturacolectiva.com Pinterest

¿Existe la xenofobia en la Argentina?

Sí.

Siempre existió; hacia los de tierra adentro (las provincias argentinas alejadas de la Ciudad de Buenos Aires) como con los migrantes fronterizos tales como los paraguayos, bolivianos, peruanos y aun otros como los chinos o coreanos. A cada uno; el “ingenio popular” le puso un pseudónimo en el mismo orden, “paragua”, “bolita”, “peruca”, “ponja” para todos los asiáticos.

Por algo; el sentido de federalismo está tan pisoteado, que por eso a “los porteños pedantes y engreídos” no los quiere nadie.

Ahora es el turno de los inmigrantes de Senegal que han arribado al país, quienes padecen en extremo la xenofobia y la persecución, que muchísimas veces vulnera los Derechos Supranacionales establecidos por la ONU. 

Un sinnúmero de atropellos se cometen casi a diario contra los migrantes senegaleses que viven en Argentina. La policía es agente de golpizas, extorsiones, robo de mercadería y armado de causas. Pero no es la única fuente de violencia. Existe en estas tierras todo un imaginario al servicio de justificar el racismo estructural. La revista “Soy”, presenta un recorrido en primera persona por una realidad de segregación que delata una de las más funestas caras del “ser nacional”. Y también deja entrever semillas de la resistencia.

Cincuenta mil niños mendigando por las calles constituyen una de las puntas de la paradoja de Senegal cuya economía sorprendentemente viene creciendo un 6% cada año.

La pregunta es en qué sector de la población se refleja este crecimiento que no cambia el fijo 30% afectado por la malnutrición, sobreviviente bajo la línea de pobreza.

Religiosos del lado pacífico del Islam, los nacidos en esta tierra no saben qué es un golpe de Estado, lo cual implica una singularidad en la historia de un continente arrasado como el africano.

Podría decirse, sin embargo, que el hostigamiento colonial recibido ha sido un golpe casi continuo. Puerta privilegiada para el comercio de esclavos, Francia se apropió finalmente de este punto estratégico y avanzó tierra adentro después de enfrentarse a Inglaterra, Portugal y Holanda, y ganárselo.

  1. Recién en 1960, mientras de este lado del mundo el hippismo encarnaba una idea generacional de la revolución, Senegal tenía la esperanza de sacarse de encima la bota colonialista y creía conquistar esa independencia que décadas más tarde desembocará en una explosión migratoria. Seiscientos mil habitantes desterritorializados y ahogados en las puertas del confort europeo, o salvados del agua y desviados hacia el tercer mundo latinoamericano para ser una vez más avasallados en las casas, en los hoteles y en las calles. Más de medio millón de personas criminalizadas y racializadas por la policía, por un amplio sector de la prensa (por ejemplo, el que se empeña en asociarlos con las mafias y abonar al relato delictivo) y, por supuesto, por las mayorías blancas o identificadas con los argumentos anti migratorios.

La República Argentina que en 1813 sancionó la igualdad constitucional entre los ciudadanxs que habitan su suelo, no ha sabido representar para estos trabajadores sin derecho al trabajo, una honrosa excepción.

La comunidad senegalesa se mantiene estable con un número que oscila entre los 3000 y 3500 distribuidas en muchas ciudades del país. En octubre la organización Tupac Amaru de Salta, por ejemplo, grabó un video en el que dos migrantes pedían acceso a la documentación y posibilidad de vivir y trabajar sin padecer lo que padecen de norte a sur del país.

Distintas organizaciones como el BTM (Bloque de Trabajadores Migrantes), el MTE (Movimiento de Trabajadores Excluidos), la UTEP (Unión de Trabajadores de la Economía Popular) o ACNUR (la agencia con que la ONU colabora con los refugiados), les ofrecen todo tipo de asistencia: legal, material, educativa, etc.

Pero suavizar esta aspereza cotidiana por la que se coleccionan imágenes terribles -como las patadas recibidas por una vendedora de parte del cliente al que no le gustó el producto ofrecido, o el consabido insulto “negro de mierda” corriendo como agua, o los tan frecuentes allanamientos a sus domicilios y el subsiguiente robo de la mercadería de los vendedores de manos policiales- requiere además una contención afectiva de parte la propia comunidad.

“Están organizados para defenderse de la discriminación. Pero también lo que hacen mucho es, por ejemplo, si a uno le roban la mercadería, todos ponen un poquito para ayudarlo.

Últimamente he estado viendo que varios y varias senegaleses se han puesto a hacer microemprendimiento de venta de comida, ferias online de productos, de ropa, siempre están laburando porque vienen a eso no a otra cosa, como cualquier migrante va a otro país con la idea de colaborar con la creación de un país un poco más rico, porque los países se enriquecen con la migración”, cuenta Federico Muiña, autor de las fotografía que acompañan esta nota.

A partir de una consigna de un taller coordinado por Juan Pablo Barrientos, en el que se le propuso cubrir el evento de una asamblea de senegaleses, Muiña empezó con un proyecto colectivo que terminó siendo personal: “La idea de la experiencia fotográfica es hacer en un futuro un medio de comunicación abocado a eso y colaborar a que la situación se visibilice y cambie”.

Orgullosamente azul

“Soy de Senegal. Vivo en Flores. Vine a la Argentina en 2018.

Yo estaba en Brasil y llegué en micro. Sufrí muchas situaciones de violencia y discriminación de la policía, como allanamientos, cosas feas. El año pasado allanaron mi casa. Ellos dijeron que tenían una orden, vinieron con un papel. Soy vendedor ambulante en Once. Esta orden es de agosto de 2019 y dice que se investiga un delito que, la verdad, no sé…

Pero ahora sé más que antes que no sabía leer español”, dice el joven y hermoso Papa Diaw. Habla de un modo suave y amable y también difícil de entender y entre los mensajes que envía incluye las fotos del acta que empieza así “Tengo el agrado de dirigirme a usted”. Agrado, término amigo de la degradación, no puede ser una formalidad más vacía para una misiva que informa cuál será la excusa para perseguirlo esta vez: “al efecto de proceder al secuestro de las prendas con marcas apócrifas que pudieran hallarse (…). A tal fin, queda facultado en cumplimiento de esta orden para hacer uso de la fuerza pública en caso de que sea estrictamente necesario y proceder a la apertura de cajas, puertas, armarios, escritorios y/u otro mueble de la finca que se encuentren cerrados y en los que se presuma la existencia de elementos relacionados con el delito investigado”. Es decir, todo. Todo de todo.

Si en el buscador de YouTube se pone la palabra “senegaleses” la primera entrada que aparece es un video en el que Alba, el referente de la comunidad de vendedores ambulantes de Once, habla bajo los árboles de la Plaza Miserere para un amplio grupo que lo termina aplaudiendo y repitiendo con él “Basta. Basta. Basta”.

Encendido en su reclamo, el vocero reclama la justicia adeudada: “Hoy estamos reunidos acá porque hace rato teníamos que hacerlo. Cada vez que pasa algo, la policía -que respeto mucho por representar las leyes de este país- hace circular lo que les conviene. Varias veces nos dicen ‘anda alquilar locales’ o ‘¿por qué no pagan impuestos?’.

Pero muchos de nosotros tenemos o hemos tenido locales y a cada rato entraba la policía, como también lo hacían en las galerías, y nos sacaban las cosas. Hace un par de meses se llevaron la mitad de la mercadería y nos pidieron que pagáramos una cantidad enorme de dinero. Dos días después volvieron y nos sacaron todo. ¿Cómo se llama eso?

Robar. En las casas donde vivimos no estamos tranquilos, a las cuatro de la mañana rompe la puerta la policía. Llegamos a tener a 32 personas esposadas hasta las 5 de la mañana desde las 4 de la tarde. Es verdad que molestamos, pero molestamos trabajando.

Somos gente humilde. No necesitamos venir hasta acá para hacer el trabajo sucio; nos la rebuscamos con nuestro sudor. Lo único que queremos es que nos traten como seres humanos. No estaríamos vendiendo sino es por necesidad. Si perdemos perdemos, pero no nos persigan en la calle, en la casa, en los locales. Basta. Todos los chicos son monotributistas y pagan sus impuestos. Mucha gente los insulta. No nos alquilan las casas; vivimos como ratas.

La pareja de mi compañero senegalés, que es blanca, busco casa para mí, un apartamento para alquilar, y le dijeron que había. Cuando tuve que llevarles la plata y vieron que soy azul –orgullosamente azul- me negaron la vivienda”.

Delitos de identidad

Cecilia Félix, activista integrante del Bloque de Trabajadores Migrantes, se incorporó a la organización como profesora de español en un primer momento hasta que más tarde terminó involucrada más profundamente, accionando desde la Comisión de Acompañamiento a partir de enterarse de las crecientes detenciones sufridas por sus alumnxs senegaleses.

Cecilia explica las tres causas con las que la policía justifica la indisimulable persecución: “Los motivos que en general encuentra la policía para justificar detenciones arbitrarias son, por un lado, ‘infracción a la Ley de marca’, que es un delito federal, pero en la mayoría de los casos, el poder judicial desestima las causas penales que arma la policía contra los vendedores.

Otro motivo es la resistencia a la autoridad. Este es un delito que recae en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires. Esta resistencia generalmente se da cuando les quieren robar la bolsa y los chicos salen corriendo. Este año se agregó un tercer motivo que fue violar la cuarentena, por no haber contado con permiso para circular”.

Pero la venta ambulante, ¿constituye realmente un delito?

En la ciudad de Buenos Aires no. Es una contravención cómo puede ser estacionar mal el auto y ni siquiera es contravención si se realiza para la subsistencia.

A partir de agosto del año pasado nosotros empezamos a tener más conocimiento de su situación en la calle, de los robos, de los golpes que les daban.

Esto implicó ver de qué modo intervenir, establecer un protocolo, armar una red de contactos para saber qué era lo que estaba pasando con esa persona durante las horas de la detención y también ver cómo encauzar algún tipo de denuncia o informe sobre violencia institucional, que se ejerce siempre contra los colectivos más vulnerables.

¿Qué factores facilitan la instrumentación de esta violencia sobre la comunidad senegalesa?

La vulnerabilidad en la comunidad senegalesa está dada en primer lugar por la falta de conocimiento del idioma, en segundo lugar por la falta de una representación consular y también la falta de un intérprete al momento de la detención, tanto en las comisarías como en los juicios como cuando Espacio público les labra un acta.

No entienden lo que firman, ¿verdad?

No. Los chicos están firmando cosas de las que no tienen conocimientos.

Les dicen “firma acá, no pasa nada” y “acá” lo que tenes es una causa. Es importante para mí resaltar que el año pasado, la ONU hizo una visita en Argentina y emitió un informe sobre la persecución que sufre la comunidad senegalesa en La Plata, Ciudad de Buenos Aires, Quilmes.

Y también resaltar que es una limpieza racializada. Hay un imaginario que se va creando en torno a esta migración: son más fuertes, son muy grandes, entonces tenemos que usar una violencia desmedida porque de otro modo no podemos contenerlos. Un imaginario al servicio de justificar la fuerza que se emplea, una fuerza desmedida no sólo físicamente sino también simbólicamente.

¿Y se la aplica solamente sobre los vendedores ambulantes?

No es solo a las personas que están trabajando en la calle, sino también a esos compañeros que están con sus bolsas o con su mercancía guardada. Hay casos de chicos que han sido golpeados al salir de sus casas, terminaron detenidos y con lesiones. O cuando les roban la mercadería, les piden el DNI para devolvérsela y si no se los dan, se la quedan. Se manejan con muchísima impunidad sin dejar ningún tipo de acta de lo que están secuestrando. Están a la deriva.

Las lenguas de la resistencia

En wólof las palabras “Damay jaangë” quieren decir “aprendiendo español”.

Así se llama el programa del BTM (transmitido desde la pandemia vía Facebook) con que se les enseña a hablar este idioma a los migrantes senegaleses para que puedan adquirir la herramienta a todas luces imprescindible (aunque, en una escala menor, el racismo lingüístico encuentre algo ahí, haciendo del acento un motivo más de burla).

Cuenta la mexicana Nélida Murguía, una de las caras de este programa en Argentina: “La senegalesa es una comunidad que habla muchas lenguas. Wólof es en la que mayormente se comunican, muchos también hablan francés, que es la que les enseñan en la escuela. Además leen el árabe, porque pertenecen al Islam, a una cofradía, qué es obviamente del Islam pacífico. También algunos por haber pasado por Brasil u otros países, hablan otras lenguas. Van aprendiendo español desde que llegan. Desde el Bloque damos un curso que empezó en 2018 en un ex centro clandestino de detención y tortura que está en Flores, Automotores Orletti.

Hay otras organizaciones, además, que imparten cursos de español, como las de la UTEP o el MTE, que en Constitución da también un curso desde 2018. En La Plata también hay y en Mendoza hay varias organizaciones sociales que han impartido un curso desde la Asociación de residentes senegaleses”.

¿Cuándo empezó la comunidad senegalesa a migrar a la Argentina?

Más o menos en los 90. Antes había una embajada de Argentina en Senegal por lo que era más fácil hacer los trámites.

En el 2001, con el cierre de muchas embajadas a causa de la crisis, dejó de haber esta representación diplomática entre ambos países y entonces ahí se fue complicando la cuestión de la entrada. Porque a los senegaleses se les pide una visa para poder entrar, entonces son compañeros que tienen que hacerlo de forma irregular y eso les acarrea bastantes problemas. Si bien la mayoría no lo es, en el sentido de que una vez en el país tramitan una precaria de refugio, después les cuesta mucho acceder a un DNI. 

¿Durante los últimos años no se intentó regularizar la situación?

En el 2013 hubo un decreto que permitió que muchos se regularizaran, pero varios llegaron después o no lograron presentar a término las cosas; ahora supuestamente se está trabajando por un nuevo decreto. Esto obviamente ha sido muy difícil ahora en la pandemia, por ejemplo, para que puedan acceder al IFE, que ha sido prácticamente imposible. Son muy pocos lxs que ya teniendo DNI pudieron acceder a este apoyo.

Para sobrevivir a la crisis pandémica, El Bloque también acompañó a la comunidad con los emprendimientos online.

La página gastronómica de IG, El emporio migrante, ofrece todo tipo de delicias típicas; en FB La tiendita migrante (Japoo Door Warr), kits de barbijos, alcohol en gel y una remera que reza: Ninguna persona es ilegal. Y otra vez en IG, “Ferias De Casa”, impulsada por los estudiantes de la UTEP, oferta sus imitaciones adorables de las primeras marcas. “Desde el bloque estuvimos apoyando muchas familias –cuenta Nélida-, el 40% son senegalesas. Lo hicimos a través de donaciones junto con compañeros que se encargaban de poner sus casas, hacer paquetes de comidas y con ese fondo se pudo poner a funcionar este emprendimiento de la tiendita online”.  

Fuente: Periódico Pagina 12 – Revista “Soy”- Vida cotidiana- 04-12-2020

Un psiquiatra por aquí…por favor.

Coronavirus: Kim ordenó ejecutar a dos personas


– El líder de Corea del Norte Kim Jong-un ordenó la ejecución de al menos dos personas, prohibió pescar en el mar y aisló la capital, Pyongyang, como parte de los frenéticos esfuerzos para proteger al país de la pandemia del coronavirus y de sus consecuencias económicas, dijo la agencia de espionaje surcoreana a legisladores el viernes.


El gobierno de Kim ordenó además a los diplomáticos en el extranjero que eviten cualquier acto que pueda provocar a Estados Unidos porque está preocupado esperando el nuevo enfoque de su presidente electo, Joe Biden, hacia el país, dijeron diputados surcoreanos a reporteros tras una reunión privada con el Servicio Nacional de Inteligencia.


Uno de los legisladores, Ha Tae-keung, citó al SNI al señalar que Kim está mostrando una “ira excesiva” y tomando “medidas irracionales” por la pandemia y su impacto económico.


El SNI dijo a los diputados que el Norte ejecutó a un cambista de alto perfil en  Pyongyang el mes pasado responsabilizándolo de la caída del tipo de cambio, agregó Ha.

La agencia contó además que las autoridades norcoreanas ejecutaron también a un funcionario clave en agosto por violar las leyes gubernamentales que restringen la entrada de importaciones desde el extranjero, añadió. Ninguna de las dos personas fueron identificadas por su nombre.


Corea del Norte ha prohibido también pescar y la producción de sal marina para evitar que el agua de mar se infecte con el virus, señaló el SNI a los diputados.


La nación decretó recientemente un confinamiento sobre Pyongyang y la provincia de Jagang, en el norte, por el virus. A principios de mes, impuso cuarentenas en otras zonas donde las autoridades encontraron bienes no autorizados y divisas extranjeras, apuntó Ha de acuerdo con la información que le fue revelada por el SNI.


Corea del Norte realizó además al menos un intento fallido de hackear a al menos una farmacéutica surcoreana que trataba de desarrollar una vacuna contra el coronavirus, añadió el SNI.


La agencia tiene un historial mixto en cuanto a la confirmación de hechos ocurridos en Corea del Norte, uno de los países más herméticos del mundo. El SIN dijo que no podía confirmar de inmediato las afirmaciones de los legisladores.


Pyongyang mantiene que no ha detectado ni un solo caso de coronavirus en su territorio, una afirmación disputada por expertos extranjeros, aunque dice que está haciendo todos los esfuerzos posibles por evitar la propagación del Covid-19. Un brote importante podría tener grandísimas consecuencias porque el sistema de salud del país sigue paralizado y hay una escasez crónica de suministros médicos.


Agencia AP – Imagen Agencia AP
Fuente: Periódico La Nación – Coronavirus – 27/11/202

¡Basta de violencia!

Hoy, como cada día en este maldito infierno
en cualquier e infinitamente lejano lugar del mundo,
ella acurrucada nuevamente sufre, llora y ruega
para que detengan esa mano rabiosa y cobarde,
que le cae una y otra vez por el solo morbo
que al cobarde satisface sin distinción de estrato,
pero a todas ellas que son víctimas nadie escucha
cuando desaparecen son tema de primera plana,
o utilizadas para aquellos que parlotean políticas
que nunca terminan de convertirse en leyes ejemplares
tan similares al “ojo por ojo” o “diente por diente”.

Y nosotros los hombres somos los culpables
aunque no sea nuestra mano la que golpee o asesine,
no nos movilizamos para defender el útero
del que algún día estuvimos unidos por aquel cordón
que nos trajo a la vida de esa mujer llama madre,
solo por ello deberíamos no hacernos los distraídos
!Y LEVANTARNOS Y PONERNOS A SU LADO
SIENDO LA AVANZADA CONTRA LA VIOLENCIA,
EXIGIENDO A LOS GOBIERNOS MANO DURA!

Apología de la violencia

Me‌ ‌crucé‌ ‌con‌ ‌ella,‌ ‌era‌ ‌ya‌ ‌medianoche‌ ‌
su‌ ‌rostro‌ ‌mostraba‌ ‌profunda‌ ‌pesadumbre,‌ ‌
me‌ ‌miró‌ ‌observe‌ ‌lágrimas‌ ‌iluminadas‌ ‌
por‌ ‌las‌ ‌luces‌ ‌mortecinas‌ ‌de‌ ‌los‌ ‌focos‌ ‌en‌ ‌las‌ ‌aceras.‌ ‌

Tratando‌ ‌de‌ ‌no‌ ‌asustarla‌ ‌solo‌ ‌la‌ ‌salude,‌ ‌
comprendió‌ ‌que‌ ‌solo‌ ‌deseaba‌ ‌ayudarle,‌ ‌
se‌ ‌detuvo‌ ‌bruscamente‌ ‌y‌ ‌me‌ ‌acerque‌ ‌
la‌ ‌invite‌ ‌a‌ ‌conversar‌ ‌fuera‌ ‌de‌ ‌ese‌ ‌bosque‌ ‌
de‌ ‌cemento‌ ‌transformado‌ ‌en‌ ‌tierra‌ ‌de‌ ‌nadie.‌ ‌

No‌ ‌sé,‌ ‌quizás‌ ‌vio‌ ‌en‌ ‌mi‌ ‌actitud‌ ‌que‌ ‌alguien‌ ‌
podía‌ ‌sacarla‌ ‌de‌ ‌esa‌ ‌desazón‌ ‌que‌ ‌era‌ ‌evidente,‌ ‌
entramos‌ ‌al‌ ‌único‌ ‌viejo‌ ‌bar‌ ‌abierto‌ ‌todo‌ ‌el‌ ‌día‌ ‌
nos‌ ‌sentamos‌ ‌al‌ ‌fondo,‌ ‌éramos‌ ‌los‌ ‌únicos‌ ‌
dentro‌ ‌de‌ ‌un‌ ‌salón‌ ‌largo‌ ‌y‌ ‌angosto‌ ‌casi‌ ‌sin‌ ‌luces.‌ ‌

Bajo‌ ‌la‌ ‌vista‌ ‌y‌ ‌la‌ ‌deje‌ ‌llorar‌ ‌convulsivamente,‌ ‌ ‌
es‌ ‌lo‌ ‌que‌ ‌siempre‌ ‌he‌ ‌pensado‌ ‌que‌ ‌para‌ ‌contener‌ ‌
necesariamente‌ ‌uno‌ ‌debe‌ ‌tratar‌ ‌de‌ ‌absorber‌ ‌
la‌ ‌tristeza‌ ‌o‌ ‌el‌ ‌dolor‌ ‌del‌ ‌otro,‌ ‌eso‌ ‌llamado‌ ‌empatía.‌ ‌ ‌

La‌ ‌escuche‌ ‌en‌ ‌silencio‌ ‌por‌ ‌espacio‌ ‌de‌ ‌una‌ ‌hora,‌ ‌
luego‌ ‌de‌ ‌un‌ ‌par‌ ‌de‌ ‌rondas‌ ‌de‌ ‌té‌ ‌bien‌ ‌caliente‌ ‌
comenzó‌ ‌a‌ ‌decirme‌ ‌de‌ ‌los‌ ‌maltratos‌ ‌que‌ ‌recibía‌ ‌
que‌ ‌estaba‌ ‌harta‌ ‌de‌ ‌sentirse‌ ‌como‌ ‌una‌ ‌esclava‌ ‌
de‌ ‌un‌ ‌marido‌ ‌agresivo‌ ‌que‌ ‌volcaba‌ ‌en‌ ‌ella‌ ‌
cada‌ ‌vez‌ ‌que‌ ‌podía‌ ‌y‌ ‌sin‌ ‌razón,‌ ‌toda‌ ‌su‌ ‌ira.‌ ‌

En‌ ‌mis‌ ‌largos‌ ‌años‌ ‌de‌ ‌oficial‌ ‌de‌ ‌policía,‌ ‌
he‌ ‌intervenido‌ ‌en‌ ‌decenas‌ ‌de‌ ‌estos‌ ‌problemas.‌ ‌

Pero‌ ‌esta‌ ‌medianoche‌ ‌no‌ ‌estaba‌ ‌de‌ ‌servicio,‌ ‌
le‌ ‌dije‌ ‌si‌ ‌vivía‌ ‌lejos‌ ‌si‌ ‌en‌ ‌su‌ ‌casa‌ ‌estaba‌ ‌su‌ ‌marido,‌ ‌
me‌ ‌respondió‌ ‌que‌ ‌sí,‌ ‌le‌ ‌pedí‌ ‌su‌ ‌dirección‌ ‌y‌ ‌sus‌ ‌llaves‌ ‌
le‌ ‌recomendé‌ ‌que‌ ‌me‌ ‌esperara,‌ ‌volvería‌ ‌en‌ ‌breve.‌ ‌ ‌

Llegue‌ ‌al‌ ‌vetusto‌ ‌edificio‌ ‌de‌ ‌departamentos,‌ ‌
oscuro‌ ‌con‌ ‌sus‌ ‌paredes‌ ‌grafiteadas‌ ‌sin‌ ‌piedad,‌ ‌
me‌ ‌acerque‌ ‌a‌ ‌la‌ ‌puerta‌ ‌del‌ ‌departamento‌ ‌
escuche‌ ‌música‌ ‌caribeña‌ ‌con‌ ‌alto‌ ‌volumen,‌ ‌

Golpee‌ ‌y‌ ‌alguien‌ ‌desde‌ ‌adentro‌ ‌grito‌ ‌ ‌
-Quien‌ ‌carajo‌ ‌golpea‌ ‌la‌ ‌puerta‌ ‌a‌ ‌esta‌ ‌hora!-‌ ‌
-Le‌ ‌respondí‌ ‌¡Policía,‌ ‌abra‌ ‌la‌ ‌puerta!‌ ‌ ‌
-¿Que?…¿como?..‌ ‌balbuceo‌ ‌y‌ ‌abrió‌ ‌con‌ ‌un‌ ‌olor‌ ‌
a‌ ‌alcohol‌ ‌que‌ ‌se‌ ‌podía‌ ‌olfatear‌ ‌a‌ ‌diez‌ ‌cuadras‌ ‌

¿‌Tu‌ ‌eres‌ ‌Juan‌ ‌María,‌ ‌el‌ ‌marido‌ ‌de‌ ‌Amanda?‌ ‌
-Sí‌ ‌me‌ ‌contestó,‌ ‌poniendo‌ ‌cara‌ ‌de‌ ‌inocente-‌ ‌
Lo‌ ‌agarre‌ ‌de‌ ‌la‌ ‌camisa‌ ‌y‌ ‌lo‌ ‌puse‌ ‌contra‌ ‌la‌ ‌pared‌ ‌
al‌ ‌mismo‌ ‌tiempo‌ ‌un‌ ‌rodillazo‌ ‌en‌ ‌los‌ ‌testículos,‌ ‌
le‌ ‌recomendó‌ ‌que‌ ‌no‌ ‌intentara‌ ‌defensa‌ ‌alguna.‌ ‌ ‌

-Mira‌ ‌le‌ ‌dije;‌ ‌soy‌ ‌un‌ ‌primo‌ ‌de‌ ‌Amanda‌ ‌a‌ ‌quien‌ ‌
no‌ ‌veía‌ ‌hace‌ ‌tiempo,‌ ‌casi‌ ‌desde‌ ‌que‌ ‌éramos‌ ‌niños‌ ‌ ‌
y‌ ‌sabes‌ ‌estoy‌ ‌al‌ ‌tanto‌ ‌de‌ ‌tus‌ ‌golpes,‌ ‌escupitajos‌ ‌
todo‌ ‌aquello‌ ‌que‌ ‌un‌ ‌verdadero‌ ‌hombre‌ ‌no‌ ‌debería‌ ‌hacer-‌ ‌
-¿Me‌ ‌entiendes,‌ ‌no?‌-‌

Retorciéndose‌ ‌y‌ ‌aun‌ ‌doblado‌ ‌por‌ ‌el‌ ‌dolor,‌ ‌asintió‌ ‌
moviendo‌ ‌la‌ ‌cabeza‌ ‌una‌ ‌y‌ ‌otra‌ ‌vez,‌ ‌afirmándolo.‌ ‌

Cerré‌ ‌la‌ ‌amable‌ ‌charla‌ ‌dando‌ ‌casi‌ ‌una‌ ‌orden,‌ ‌
-Sabes‌ ‌Amanda‌ ‌te‌ ‌dejara,‌ ‌no‌ ‌la‌ ‌mereces‌ ‌
si‌ ‌se‌ ‌te‌ ‌ocurre‌ ‌alguna‌ ‌estupidez‌ ‌del‌ ‌precinto‌ ‌
volveré‌ ‌muy‌ ‌rápido‌ ‌no‌ ‌solo‌ ‌a‌ ‌darte‌ ‌un‌ ‌rodillazo,‌ ‌ ‌
sino‌ ‌a‌ ‌partirte‌ ‌tu‌ ‌cabeza‌ ‌y‌ ‌llevarte‌ ‌a‌ ‌una‌ ‌bonita‌ ‌celda,‌ ‌
iniciando‌ ‌el‌ ‌camino‌ ‌de‌ ‌la‌ ‌instrucción‌ ‌y‌ ‌no‌ ‌es‌ ‌amenaza‌ ‌
pero‌ ‌si‌ ‌me‌ ‌entero‌ ‌que‌ ‌tienes‌ ‌antecedentes‌ ‌tu‌ ‌vida‌ ‌
será‌ ‌ese‌ ‌infierno‌ ‌tan‌ ‌temido‌ ‌que‌ ‌todos‌ ‌dicen.-‌ ‌

-Asintió‌ ‌con‌ ‌la‌ ‌cabeza,‌ ‌luego‌ ‌que‌ ‌le‌ ‌metiera‌ ‌
un‌ ‌golpe‌ ‌en‌ ‌la‌ ‌nariz,‌ ‌porque‌ ‌me‌ ‌había‌ ‌ ‌
hecho‌ ‌perder‌ ‌mi‌ ‌franco.-‌ ‌y‌ ‌considere‌ ‌justo‌ ‌el‌ ‌pago,‌ ‌

Volví‌ ‌al‌ ‌bar,‌ ‌Amanda‌ ‌estaba‌ ‌en‌ ‌la‌ ‌misma‌ ‌mesa‌ ‌
se‌ ‌veía‌ ‌impaciente‌ ‌algo‌ ‌normal‌ ‌para‌ ‌una‌ ‌mujer,‌ ‌
cansada‌ ‌de‌ ‌ser‌ ‌un‌ ‌objeto,‌ ‌a‌ ‌la‌ ‌vez‌ ‌una‌ ‌muñeca‌ ‌rota.‌ ‌

-¿Tienes‌ ‌donde‌ ‌ir‌ ‌Amanda?-‌ ‌ ‌
-Si‌ ‌me‌ ‌dijo‌ ‌-con‌ ‌mis‌ ‌padres…-‌ ‌
-Bueno,‌ ‌ve‌ ‌con‌ ‌ellos‌ ‌e‌ ‌inicia‌ ‌tu‌ ‌divorcio-‌ ‌
-Tu‌ ‌hombre‌ ‌está‌ ‌avisado‌ ‌y‌ ‌creo‌ ‌que‌ ‌no‌ ‌te‌ ‌molestara-‌ ‌
-Igual‌ ‌toma‌ ‌mi‌ ‌tarjeta‌ ‌y‌ ‌me‌ ‌llamas‌ ‌si‌ ‌es‌ ‌necesario.-‌ ‌

Salimos‌ ‌juntos‌ ‌del‌ ‌bar‌ ‌nos‌ ‌despedimos,‌ ‌me‌ ‌agradeció‌ ‌
camine‌ ‌en‌ ‌el‌ ‌medio‌ ‌de‌ ‌la‌ ‌bruma‌ ‌de‌ ‌la‌ ‌madrugada,‌ ‌
ya‌ ‌me‌ ‌sentía‌ ‌tanto‌ ‌o‌ ‌igual‌ ‌como‌ ‌aquel‌ ‌“último‌ ‌boy‌ ‌scout”‌ ‌.‌