Chomsky y su libro más reciente, “Cooperación o extinción”

Noam Chomsky: “Nos encontramos en un período de extinciones masivas”.


Para el lingüista, filósofo y politólogo estadounidense, la clave reside en la movilización popular y constante. “El activismo puede llegar a ser muy influyente”, sostiene.


La inminencia de la extinción es uno de los ejes centrales que aglutina al activismo del siglo XXI.

Los niveles de carbono en la atmósfera, más elevados que en cualquier punto anterior de la historia humana, aumentaron con celeridad hasta más de cuatrocientas partes por millón, muy por encima de las trescientas cincuenta partes por millón hasta las que se considera que el nivel es seguro. La destrucción de la vida en la Tierra no es un relato apocalíptico, producto de la desmesurada imaginación medio-ambientalista o de un grupúsculo perturbado de la comunidad científica. 

“Cada año, cerca de treinta millones y medio de personas se ven obligadas a desplazarse por causas de desastres naturales como inundaciones y tormentas; se trata de una de las consecuencias vaticinadas del calentamiento global y significa casi una persona por segundo, es decir muchísimas más de las que huyen por causa de la guerra y el terrorismo.

A medida que los glaciares se derritan y el nivel del mar aumente, algo que hará peligrar los suministros de agua de un vasto número de personas, estas cifras seguirán aumentando”, advierte Noam Chomsky, lingüista, filósofo y politólogo estadounidense, uno de los activistas más influyentes del mundo, en Cooperación o extinción (Ediciones B).


El libro –que se puede leer junto a En llamas de Naomi Klein—despliega una recopilación de textos que surgieron a partir del “Encuentro con Chomsky”, celebrado en Bastón a mediados de octubre de 2016, en el exterior de la histórica iglesia de Old South, donde se congregó una multitud de jóvenes que se extendió a lo largo de dos manzanas. La charla de aquella tarde tenía el título de “Internacionalismo o extinción”.

El cuerpo principal del libro lo constituye el discurso original del autor de Hegemonía o supervivencia, Estados fallidos y ¿Quién domina al mundo? Entre los materiales se incluye la transcripción de una conversación en el mismo encuentro con Wallace Shawn, un activista comprometido, más conocido como dramaturgo y actor; y las preguntas que formularon los que asistieron al encuentro con las respuestas de Chomsky.

Además de la emergencia climática, los otros dos temas fundamentales fueron la amenaza nuclear y el peligro que entraña el debilitamiento del sistema democrático en todo el mundo.


Chomsky, que nació en Filadelfia el 7 de diciembre de 1928, adquirió su primera conciencia política estimulado por las lecturas en las librerías de los anarquistas españoles exiliados en Nueva York.

Tenía once años cuando publicó su primer artículo sobre la caída de Barcelona y la expansión del fascismo en Europa. Su activismo político arrancó con la movilización contra la guerra de Vietnam. Si entonces llamó la atención, fue porque como profesor de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), él pertenecía a una universidad que investigó bombas inteligentes y técnicas de contrainsurgencia para la guerra de Vietnam.


Para Chomsky extinción e internacionalismo están asociados en “un funesto abrazo” desde una fecha precisa: 6 de agosto de 1945, cuando el presidente de Estados Unidos ordenó los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. A partir de aquel fatídico día la humanidad entró en una nueva era: la era atómica. “Lo que no se percibió entonces es que surgía una nueva época geológica que hoy conocemos con el nombre de Antropoceno, la cual viene definida por un nivel extremo de impacto humano sobre el entorno”, explica el lingüista estadounidense y agrega que la era atómica y el Antropoceno constituyen una amenaza dual para la perpetuación de la vida humana organizada. 

“Está ampliamente reconocido que nos encontramos en un sexto período de extinciones masivas; el quinto, hace sesenta y seis millones de años, se atribuye por lo general al impacto de un gigantesco asteroide contra la superficie de la Tierra, lo que supuso el final del 75 por ciento de las especies del planeta.

Este acontecimiento puso fin a la era de los dinosaurios y allanó el camino al apogeo de los pequeños mamíferos y, en última instancia, de los humanos, hace unos doscientos mil años”.


Hace tiempo que la capacidad de los seres humanos para destruirse unos a otros a escala masiva está fuera de duda. El Anthropocene Working Group confirma que las emisiones a la atmósfera de CO2 (dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero de origen humano) están aumentando a la tasa más elevada existente en sesenta y seis millones de años.

Aunque Chomsky no se detiene a analizar cada uno de los datos disponibles, pone el foco en algunos aspectos alarmantes. 

“El deshielo de los glaciares del Himalaya podría acabar con las reservas de agua de toda Asia Meridional, es decir, de varios millones de personas. Solo en Bangladesh se espera que en las próximas décadas emigren decenas de millones por la única razón del aumento del nivel del mar, debido a que se trata de una planicie litoral costera. Será una crisis de refugiados que hará insignificantes las cotas actuales, y se trata nada más que del comienzo”, aclara el lingüista estadounidense y recuerda que los Acuerdos de París, alcanzados en la COP 21, en 2015, supusieron un desarrollo a los esfuerzos internacionales por evitar la catástrofe.

Debería haber entrado en vigencia en octubre de 2016, pero la mayoría republicana en el congreso, conocida por su sistemático negacionismo, no estuvo dispuesta a aceptar ningún compromiso vinculante.


Entonces acabó saliendo un acuerdo voluntario que Chomsky califica como “mucho más flojo” por el cual se llegó a una resolución para reducir de forma gradual el uso de hidrofluorocarburos  (HFC), gases de efecto invernadero super contaminantes. El Partido Republicano es la organización “más peligrosa en toda la historia de la humanidad” para el lingüista estadounidense.

La envergadura de la ceguera es tan preocupante que Chomsky elige un fragmento para estimular el debate y a la vez sorprender: “No puedo imaginar límites a la osada depravación de los tiempos que corren, en tanto los agentes del mercado se erigen en guardia pretoriana del Gobierno, en su herramienta y en su tirano a la misma vez, sobornando con liberalidad e intimando con sus estrategias de opciones y exigencias”.

Esta cita la pronunció James Madison en 1791, varios años antes de convertirse en el cuarto presidente de Estados Unidos (1809-1817).


No se puede esperar que las soluciones lleguen de los sistemas de poder organizados, estatales o privados. Para Chomsky la clave reside en la movilización popular y un activismo constante.  “El activismo popular puede llegar a ser muy influyente, lo hemos visto una y otra vez; el compromiso de los activistas desde hace cuarenta años ha puesto los problemas medioambientales en la agenda política, quizá no lo suficiente pero, con todo, de forma crucial y significativa”, reconoce Chomsky en una parte de Cooperación o extinción.

Claro que del dicho al hecho hay un largo trecho. El propio autor revela cómo a pesar del cambio drástico en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial una gran parte de la población se mantuvo como antes: tradicional en lo cultural y premoderna en muchos sentidos. “Para el 40 por ciento de los ciudadanos estadounidenses, el trascendental problema de la supervivencia de la especie no es demasiado relevante, ya que Cristo va a regresar entre nosotros en un par de décadas, de manera que todo quedará resuelto. Insisto; hablamos de un 40 por ciento”, resalta  Chomsky para no perder de vista la importancia que tiene la religión en una porción significativa de la ciudadanía estadounidense.


Chomsky comenta un libro de Arlie Hobschild (Strangers in Their Own Land), una socióloga que se fue a vivir a un área pauperizada de Luisiana durante seis años para estudiar a los habitantes desde dentro.

Se trata de la zona profunda pro-Trump del país. “Los productos químicos y otros elementos contaminantes derivados de la industria petroquímica están causándoles graves daños, pero se oponen por completo a la Agencia de Protección Medioambiental (…)

Ven a la Agencia como un grupo de gente de ciudad con un doctorado, que va hasta allí y les dice cosas como que no pueden pescar, pero que a la industria petroquímica ni le chistan.

Así que, ¿qué utilidad tiene? No les gusta que les quiten el trabajo y les digan con su acento culto lo que pueden y no pueden hacer, mientras que ellos se ven asediados por toda la situación”, plantea Chomsky como ejemplo para que los activistas conozcan las profundas razones y reticencias que tendrán que vencer.

En el reto sin precedentes por la supervivencia de la civilización no hay tiempo que perder.


FUENTE: PAGINA 12 – Silvina Friera

Invasión en la ciudad de Buenos Aires…

Avistamientos, fetiches y mitos virales en torno al último heredero de los aires porteños.


El cielo no puede esperar: la invasión de caranchos


El freno obligado por la pandemia permitió notar sus graznidos. ¿De dónde salieron esas aves que copan terrazas y antenas?

Dicen que los trajeron para que se coman a las palomas, pero al carancho poco le importa el qué dirán. Solo quiere morfar (Fuente: Francisco Erize | COA Palermo)
Dicen que los trajeron para que se coman a las palomas, pero al carancho poco le importa el qué dirán. Solo quiere morfar (1). Imagen: Francisco Erize | COA Palermo


Carpinchos copando calles internas de barrios privados. Cardúmenes a la vista en Venecia. Pumas en el centro de Santiago de Chile. Peces por el Riachuelo.


Al comienzo de la pandemia se viralizaron muchas fotos de especies ocupando lugares que el humano había dejado de frecuentar por las restricciones y cuarentenas.


Cuando aún se depositaba alguna expectativa sobre la Humanidad –aquel “De ésta vamos a salir mejores”–, esas postales parecían abrir el portal a la esperanza, con la naturaleza proponiendo otro tipo de convivencia. Después comprendimos que, en realidad, el fenómeno se produjo simplemente porque nos ausentamos de espacios y dejamos de ser una amenaza.


En ese embrollo (2), Buenos Aires comenzó a tener su postal. Especialmente en sus cielos: se comenzaron a ver con más frecuencia esas aves desafiantes desde algún punto de apoyo en la altura, o haciéndose anchas al planear, con su metro de ala a ala.

A veces, hasta se las ve arreando palomas en el aire o descarnando algún bicho en una cumbre. En pandemia, los porteños descubrieron al carancho. El pajarraco que todos, al menos una vez en la vida, mencionamos: la frase sobre el “nido de carancho” viene de esa cuna pajosa que construyen para incubar los huevos donde encuentren lugar.


Animales porteños


En CABA (3), los animales se expresan básicamente de tres formas: como mascotas (de perros a hurones, un rubro en el que se podría incluir también los patos de los lagos de Palermo y Parque Centenario, como otra expresión de domesticación), en forma de alimento (el Mercado de Liniers, que en realidad queda en Mataderos, es el símbolo de esto) y como plaga.


En la última de esas categorías se lucen las ratas. Nativas o coladas en barcos, habitan la ciudad antes de que sea ciudad.

Pueden aparecer en albañales y hasta meterse en casas por algún huequito. Por eso son odiadas. Las ratas viven –y viven de la forma que viven– porque así se los exige su biología. Y sobreviven por su impresionante capacidad de reproducción: una pareja puede tener hasta 120 crías por año, mientras que cada una de ellas ya estará en condiciones de replicar el ciclo a partir de sus dos meses de vida.


Es tan expansiva y multitudinaria la presencia de ratas que vuelve imposible establecer con
precisión cuántas hay en Buenos Aires. Pero las estimaciones que hablan de hasta nueve por persona dan como resultado un número tremendo: casi 120 millones de roedores recorriendo la ciudad día y noche, aunque la mayoría de ellos entre las cloacas, en los subsuelos de la civilización.


Con los murciélagos ocurre algo similar. “Ratas con alas” pero ciegas, y con un ruidito 
estremecedor: el pitido que emite su sofisticado radar cuando golpea contra algo sólido es inconfundible y genera temor.

Curiosamente, hay una especie de murciélago protegida por ley en CABA: el tadarida brasiliensis  (o, como se le dice coloquialmente: moloso común), que cumple una función ecológica al alimentarse de insectos. Hace control de plagas, digamos.

El tema es que en Argentina hay al menos 60 especies de estos mamíferos voladores (de las más de 1600 conocidas), y es difícil establecer qué población habita la ciudad. Sabemos que hablamos de millones, pero no si se trata de decenas de millones, de centenas o qué.


En cuanto a las aves en la ciudad, algunas –las de colores o las que tienen mejores cantitos– están en jaulas, vivas pero confinadas a un departamento o balcón; otras, en cambio, son repelidas, detestadas.

A la paloma, Buenos Aires le rompió toda su poesía para convertirla en una variante thrash capaz de alimentarse con basura y beber de aguas servidas. Además, no hace muchos años, la ciudad tuvo una extraña temporada en la que amanecía literalmente cagada por estos bichos.

En CABA, la paloma dejó de ser un ave: pasó a ser un bicho. Y uno que se convirtió en plaga.


La ciudad nido


Más o menos por esos tiempos fue que hizo su primera aparición estelar el carancho, acompañado de un mito que algunos toman como verdad y otros niegan rotundamente: la introducción de ejemplares adicionales para moderar el desenfreno de las palomas.

Comiéndoselas, claro.


Varios aseguran que el carancho en realidad es un habitante porteño de larga data. Es parecido al chimango, pero un poco más grande, de cuello blanco y plumas negras, y sobre todo mejor adaptable a las grandes ciudades.

En el NO (4) ya hablamos de cómo los chimangos fueron colonizando geografías menos pobladas: escapando de las vecinas zonas rurales contaminadas con pesticidas, se arrimaron a localidades balnearias que generaban basura y desperdicio, otro plato del menú carroñero.


Pero el carancho porteño no se conforma con restos y bolsas de consorcio: persigue palomas, pezuña ratas, busca carne viva. Es más grande que el chimango, más fuerte, tiene garras y un pico que le dan más autoridad. Por largos ratos se posa en lugares altos –una terraza, la antena de luz, un cable en la altura, la cruz de una iglesia, el cartel de una esquina poco transitada–, y desde allí mira pacientemente. Busca la presa con su vista privilegiada, o convoca a su pareja con un graznido de largo alcance. Cuando retumba entre los ecos de algún pulmón de edificio, parece el sonido de un águila. Aunque el carancho es de la familia de los halcones.


La visible presencia de esta ave rapaz en Buenos Aires genera debates en distintos foros:  ¿las  estamos viendo porque se multiplicaron, o en realidad comenzamos a prestarles atención cuando tuvimos que bajar unos cambios? ¿Cuántos las descubrieron en este año de pandemia, mirando por la ventana de un departamento alto tras días de confinamiento?


Durante un tiempo hubo, efectivamente, menos barullo (5) ambiente y menos contaminación. Fue cuando las aceras estaban casi vacías y las calles con tránsito restringido, líneas de subte 
resumidas y colectivos solo para los primeros esenciales. ¿Cuánto duró eso? La ciudad prontamente retomó su quilombo (6) urbano, pero los caranchos siguen apareciendo como antes, quizás más, nunca retrocediendo.


Las hipótesis son varias. Lo que no se puede negar es el interés que comenzó a generar este  avistaje cuarentennial.

Esta expansión se refleja en @COAPalermo, la cuenta de Twitter del Club de Observadores de Aves de Palermo.

El logo, la imagen de perfil y también la gran foto de portada son, justamente, de caranchos. Es uno de los espacios en los que se intenta “reivindicar” a esta ave rapaz ante la mala vista: aquella que la ve como una amenaza.

Claro que no se trata de “un pajarito” sino de un aguilón, un primo de los halcones que, de repente, nos vuela cerca. A algunos les interesa. A otros, intimida.


Como sea, muchos usuarios comenzaron a enviar fotos y vídeos, consultas. Y, desde ahí mismo, el COA Palermo responde y hace pedagogía: le permite al común y corriente poder distinguir las aves de la ciudad, conocer algunas de sus conductas. Información que, además, ayuda a saber cómo convivir con estas especies.

Hasta dónde llegar. Y hasta dónde no. Cómo contemplarlas sin temerles. Y, de paso, descubrir más sobre una de las 300 especies de aves que sobrevuelan los cielos porteños.


(1) Morfar – comer

(2) Embrollo – Desordén

(3) CABA – Ciudad Autónoma de Buenos Aires

(4) NO – Noroeste del país.

(5) barullo – ruido o desorden grande

(6) quilombo – lío, barullo, desorden


Fuente: Página 12 Por Juan Ignacio Provéndola

El último glaciar de Alemania podría desaparecer en 10 años.

“Los días de nuestros glaciares están contados”, afirmó el ministro de Medio Ambiente de Baviera, en el sur de Alemania. La causa es el calentamiento global.

    

BdT Zugspitze Gletscher

Los glaciares de Alemania están desapareciendo a medida que aumentan las temperaturas globales, y el último podría derretirse en unos 10 años, según un informe del gobierno del estado de Baviera publicado el jueves.

“Los días de nuestros glaciares están contados, y se derriten antes de lo esperado”, dijo el ministro de Medio Ambiente de Baviera, Thorsten Glauber, en la presentación del segundo informe sobre glaciares de Baviera, en Múnich. En la última década, los glaciares bávaros han perdido dos terceras partes de su superficie, indicó. Esto equivale a 36 canchas de fútbol.

Especies amenazadas

Hasta ahora, los investigadores habían creído que los cinco glaciares restantes de Alemania, todos ubicados en los Alpes de Baviera, podrían sobrevivir hasta alrededor de 2050. El derretimiento del hielo permanente tiene un impacto significativo en los Alpes, por ejemplo, en el suministro de agua potable para la población.

Aspecto de un glaciar en la Zugspitze, en Baviera

Aspecto de un glaciar en la Zugspitze, en Baviera

Alrededor del 60 por ciento de las especies animales y vegetales de Alemania también viven en el área alpina, y muchas de ellas están amenazadas por el cambio climático, dijo Glauber. El aumento de las temperaturas también afecta el permafrost, que actúa como un pegamento para mantener unidas las montañas, lo que provoca un aumento de los desprendimientos de rocas y deslizamientos de tierra.

EL(dpa, Gobierno de Baviera)

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El deshielo de los glaciares se acelera desde el 2000, alerta un estudio

Los investigadores comprobaron que la reducción de los glaciares se ha precipitado en los últimos años, pasando de 227.000 millones de toneladas de hielo perdidas anualmente entre 2000 y 2004 a 298.000 entre 2015 y 2019.  

Alarma en Alaska por glaciar que se mueve 100 veces más rápido de lo normal

Un glaciar de Alaska ha registrado un movimiento entre 50 y 100 veces más rápido que su velocidad anterior, según investigadores.  

El deshielo de antaño aumentó el nivel del mar mucho más rápido que hoy

Científicos descubrieron que un aumento de 18 metros en el nivel del mar pudo provenir del deshielo en el hemisferio norte y no en la Antártida como se pensaba. Hoy estiman un aumento entre 1 y 2 metros a finales de siglo.  

Informe sobre los glaciares en Baviera (en alemán)

FUENTE: Fecha 29.04.2021 Temas Alemania, Calentamiento global, Baviera, Múnich, Ali Utlu, Capaz El deshielo de antaño aumentó el nivel del mar mucho más rápido que hoy

Científicos descubrieron que un aumento de 18 metros en el nivel del mar pudo provenir del deshielo en el hemisferio norte y no en la Antártida como se pensaba. Hoy estiman un aumento entre 1 y 2 metros a finales de siglo.

Grönland Eisberg schmilzt in Kulusuk

Deshielo de un iceberg en Kulusuk, Groenlandia

El derretimiento de la capa de hielo al final de la última era glacial pudo haber provocado un aumento del nivel del mar 10 veces superior al actual, según un estudio publicado este jueves (01.04.2021) por un equipo dirigido por científicos de la Universidad británica de Durham.

Basándose en los registros geológicos, los investigadores estiman que los océanos de todo el mundo subieron 3,6 metros por siglo durante un periodo de 500 años hace unos 14.600 años.

Los resultados alertan sobre la posibilidad de que el nivel del mar aumente rápidamente, lo que podría inundar las ciudades costeras y los deltas densamente poblados de todo el mundo.

El equipo descubrió que la subida del nivel del mar, de unos 18 metros, podría haberse originado principalmente por el deshielo de las capas de hielo del hemisferio norte y no de la Antártida, como se pensaba anteriormente.

Antarktis Thwaites Gletscher

Imagen satelital del Galaciar Thwaites en Antártica

Un hallazgo a favor del cambio climático

Los científicos afirman que su trabajo podría ofrecer “pistas vitales” sobre el futuro derretimiento de las capas de hielo y el aumento del nivel del mar debido al cambio climático.

“Descubrimos que la mayor parte del rápido aumento del nivel del mar se debe al deshielo de América del Norte y Escandinavia, con una contribución sorprendentemente pequeña de la Antártida”, dijo la coautora del estudio Pippa Whitehouse, del departamento de geografía de la Universidad de Durham.

“La siguiente gran pregunta es averiguar qué provocó el deshielo y qué impacto tuvo la afluencia masiva de agua de deshielo en las corrientes oceánicas del Atlántico Norte.

“Esto está muy presente hoy en día: cualquier alteración de la corriente del Golfo, por ejemplo, debida al deshielo de la capa de hielo de Groenlandia, tendrá consecuencias importantes para el clima del Reino Unido”.

Los modelos actuales utilizados por muchos científicos del clima estiman que el nivel global del mar podría aumentar entre 1 y 2 metros a finales de este siglo.

Asimismo, los investigadores de Durham utilizaron datos geológicos detallados sobre el nivel del mar y técnicas de modelización de última generación para revelar las fuentes de la dramática subida del nivel del mar durante cinco siglos.

Identificar el origen del agua de deshielo ayudará a mejorar la precisión de los modelos climáticos que se utilizan para reproducir el pasado y predecir los cambios en el futuro, añadió el equipo.

Señalaron que los hallazgos eran especialmente oportunos, ya que la capa de hielo de Groenlandia se está derritiendo rápidamente y contribuye a un aumento del nivel del mar y a cambios en la circulación oceánica mundial.

En 2019, Groenlandia expulsó más de medio billón de toneladas de hielo y agua de deshielo, lo que supuso el 40% del aumento total del nivel del mar ese año.

ee (efe/universidaddeDurham)

Incendios forestales: ¿por qué algunos árboles se queman y otros no?

CIENCIA Y ECOLOGÍA

Nunca detendremos los incendios forestales por completo. Les contamos por qué algunos árboles se queman, y otros sobreviven. Y cómo la vegetación que no se quema puede ayudar.

Eucalipus arcoiris.


Eucalipto arcoiris.
Desde Siberia a Sumatra, desde las islas griegas y portuguesas hasta el Amazonas: allí donde hay árboles, arbustos o pastos, todo es propenso a quemarse. Algunos incluso necesitan arder para volver a retoñar. Los eucaliptos, por ejemplo, se han adaptado al fuego durante millones de años. “Los eucaliptos se queman rápido, pero también saben cómo sobrevivir”, dice Bob Scholes, profesor de sistemas ecológicos en la Universidad de Witwatersrand en Sudáfrica.


En el este y sur de Australia, y en California, las llamas masivas e incontrolables queman, a menudo durante meses, eucaliptos y pinos, respectivamente. Pero también los bosques tropicales de Indonesia arden, así como en Europa, África y el Amazonas.


África es “la zona caliente número uno”.


Mapas satelitales muestran que en Sudáfrica, África central, Angola y la República Democrática del Congo tienen lugar el doble de incendios que en Australia y EE.UU. “Si se mide por el área quemada, en lugar de emisiones, África tiene la mayor área quemada del mundo”, dice Scholes. Pero casi todas esas áreas son sabanas, donde los incendios de relativamente baja intensidad sólo queman la capa de hierba, sin consumir las copas de los árboles.


Pero “nadie se preocupa demasiado [por la quema de pastizales]”, añade Owen Price, director del Centro de Gestión de Riesgos Ambientales de Incendios Forestales de la Universidad de Wollongong, en Australia. Pero Sudáfrica es “probablemente el punto caliente número uno”, dice.

Bosque de fynbos en África del Sur

Bosque de fynbos en África del Sur


Los árboles que se queman y sobreviven
Hay una diferencia entre los incendios de baja intensidad en los pastizales y los de alta intensidad en los bosques, donde hay mucha hierba seca. Ocasionalmente, los bosques necesitan un fuego para quemar ese material seco. Sólo cuando las llamas crecen y encienden las hojas verdes, los árboles están en peligro.


Los eucaliptos, nativos de Australia, arden rápidamente porque sus hojas son muy aceitosas. En el oeste de Estados Unidos, tienden a ser los pinos los que se queman. Ambos han evolucionado en sus respectivos ambientes de fuego y pueden sobrevivir. “Si el fuego es leve, algunos eucaliptos volverán a retoñar. Si es muy intenso, la copa del árbol muere, pero sus raíces siguen vivas, y pueden dar lugar a un nuevo tronco”, explica Price.


“Varias especies de plantas mantienen sus semillas dentro una especie de nuez durante años, y es sólo cuando hay un incendio que se abren y las dejan caer”, agrega Price. Los pinos de Jack en EE.UU., por ejemplo, encierran sus semillas en un cono duro sellado con una resina que se derrite y las libera cuando se produce un incendio.


Otros pinos han desarrollado una corteza gruesa para proteger la vida interior. “Otros pinos en Carolina del Norte disparan su crecimiento en dos o tres metros durante un sólo año con el fin de ganar altura y escapar del impacto del fuego”, agrega Price.

Incendio forestal en California.

Incendio forestal en California.

Los fynbos: una receta para el desastre
Los eucaliptos son nativos de Australia. Pero también los hay en América, y también pueden provenir de la Patagonia. En Portugal, empero, se los considera una “maldición”, dice Price, porque son “más inflamables que la vegetación nativa”.


El monocultivo y las plantaciones de eucaliptos también se encuentran en Sudáfrica. Pero tal vez la mayor amenaza para los incendios de alta intensidad en Sudáfrica son los llamados “fynbos”.
Hay una pequeña área alrededor de Ciudad del Cabo que es el hogar de casi 8.000 especies, muchas de ellas endémicas, como los fynbos, una especie de matorral cuya belleza atrae a cada vez más amantes de la naturaleza. El problema: los fynbos arden con frecuencia y a alta intensidad. “Una receta para el desastre”, advierte Scholes. “Algunos de los problemas que surgen se deben a que la gente ya no sabe cómo funciona la naturaleza”.


“Hacemos quemas preventivas de los fynbos o en las zonas forestales, donde la gente está invadiendo territorio”, dice Scholes y se queja de que “los citadinos no entienden que hay que hacer quemas controladas para evitar un desastre”. Tanto en América como en Australia los nativos saben que los paisajes se han formado gracias a la interacción hombre-fuego.

Los eucalipotus son originarios de Australia, pero también se los encuentra en América Latina. Aquí, tala de eucaliptus en India.

Los eucaliptos son originarios de Australia, pero también se los encuentra en América Latina. Aquí, tala de eucaliptus en India.


¿Soluciones? Árboles y plantas que no se queman
Pero los humanos siguen remodelando sus entornos, convirtiéndolos en zonas urbanas.

Afortunadamente, los fynbos, además de arder, ofrecen protección contra los incendios forestales. Los fynbos tienen, lo que Scholes llama, un “complemento” que apenas se quema y que puede ser usado en la horticultura para proteger las casas de la gente. “Por ejemplo, hay una gran familia de suculentas aizoáceas (aizoaceae), que son pequeñas flores con una hoja carnosa, y no se quemarían así se les ponga un soplete”, dice Scholes.


Teóricamente, unas pocas secoyas alrededor de la casa pueden ser buenas. Solo que hay que tener paciencia: su crecimiento dura cientos de años.
(jov/cp)
CIENCIA Y ECOLOGIA

La tierra se muere…

Desgrane los terrones de tierra como roca
ya endurecidas por la interminable sequía,
los apreté con ambas manos con fuerza
inhalando cada vez más para poder hacerlo.

Seis meses sin llover, ora cambio climático
ora contaminación a cielo abierto,
por los negociados de las mineras
con los gobiernos lacayos asociados,
que existen en todo lugar del mundo
convirtiendo todas las tierras en un páramo.

¿Culpa de los poderosos? Puede ser,
pero a no hacernos los distraídos,
al seguir creyendo que son los otros
no nosotros los cómplices y sus socios.

Vemos cómplices como el mundo
se transforma en basura tóxica,
sin reconocer que sus desechos
son depositados en las periferias,
invisibles a los ojos de los mortales
ya que nosotros con nuestra indiferencia,
lo aprobamos aún conociendo sus males.

Pensaba cultivar algunas hortalizas orgánicas,
para esa gente de piel cobriza y viendo hambre
en la mayoría de esos niños de mirada triste,
como si supieran que nada ni nadie haría
algo por ellos y sus familias postergadas.

Pero mi ilusión se transformó en nada
cuando un lugareño se me acercó trayendo
consigo una lata conteniendo agua turbia,
mezcla de aceite y restos de cianuro,
causante de distintos cánceres y abortos
prematuros en el antiguo pueblo fronterizo,
en nuestra provincia de San Luis donde el oro
se extrae contaminando los cursos de ríos,
aunque las denuncias siguen acumulándose
no cesará por esa justicia permeable al poder.

Pobres e ignorados pueblos aislados
olvidados por todos en este corrupto
lugar en el mundo, que como en tantos
prevalece el silencio el manto del miedo.

¿Otra fuente de conflicto mundial?

La perspectiva de escasez del recurso lo convirtió en un valor negociable

La disponibilidad futura de agua ya cotiza en Wall Street

Como el oro, el petróleo o la soja, el agua ya tiene precio para su entrega en una fecha futura. La referencia, por ahora, es el mercado spot de California. 

Cerca de 2000 millones de personas en el mundo viven en países con problemas de acceso al agua. Imagen: AFP

El mundo de las finanzas no deja de generar sorpresas y permite adelantar grandes cambios estructurales a nivel global. Esta semana comenzaron a operar en las bolsas de Wall Street los derivados de futuro de agua. Cotizarán junto a los de petróleo, oro y materias primas como la soja. El anuncio muestra una de las grandes preocupaciones de los próximos años: la escasez de recursos naturales.

En una nota reciente de Bloomberg se recordó que el anuncio acerca de la posible incorporación de los futuros de agua se había hecho en septiembre. En ese momento los incendios forestales devastaron la costa oeste de Estados Unidos justo cuando el Estado de California empezaba a salir de una sequía de ocho años.

Por ello en el mercado norteamericano terminaron de convencerse de lanzar esta nueva clase de coberturas. Se trata de futuros que permiten cubrirse o apostar sobre la disponibilidad y el precio futuro del agua. 

El lunes comenzó a operar el contrato a enero de 2021. Se negociaron a 496 dólares por acre-pie (cada acre-pie equivale a unos 123 millones de litros). La cobertura se hace por ahora en función del mercado spot de agua de California valuado en torno de los mil millones de dólares.

La demanda de estos futuros será principalmente de grandes consumidores de agua como los productores de almendras y las empresas eléctricas de la costa oeste de Estados Unidos. Se trata de sectores que tienen grandes dificultades para cubrir sus costos cuando ocurren fluctuaciones de precios por efecto de la falta de agua.

Los contratos comenzarán también a ser referencia para inversores globales que buscan tener un indicador de escasez de recursos naturales.

Crisis ambiental

En la jerga de los operadores bursátiles es común escuchar que los inversores se adelantan a los acontecimientos. En otras palabras: las acciones que suben ahora son en verdad un reflejo de mejoras económicas posteriores (y las cotizaciones que bajan ahora son un adelanto de las próximas crisis). La muletilla no siempre se observa en la práctica pero para el caso del agua la frase parece ser atinada.

Los fondos financieros perciben que una de las grandes dificultades para la economía global en los próximos años tendrá que ver con la falta de disponibilidad de agua potable en varias partes del planeta. 

Esto lleva a pensar no sólo en el incremento de los precios sino en la posible aparición de un mercado global de agua con transacciones similares a las que ocurren con otros commodities de la energía o los alimentos.

El director del fondo RBC Capital Deane Dray resumió en forma sencilla la situación. “Es probable que el cambio climático, las sequías, el crecimiento de la población y la contaminación hagan que los problemas de escasez de agua y los precios sean un tema candente en los próximos años. Definitivamente vamos a seguir de cerca el desarrollo de este nuevo contrato de futuros de agua”, planteó.

Datos duros 

En los informes de Naciones Unidas hace varios años se advierte que el cambio climático producto de la acción humana empieza a hacer cada vez menos predecible la disponibilidad de agua en distintas partes del mundo. Principalmente por el resultado de las sequías pero también de las inundaciones extremas.

Los inversores -con el antecedente de la pandemia de coronavirus- se han vuelto más proclives a escuchar estas advertencias. Los datos a nivel internacional no son alentadores respecto de la disponibilidad de recursos naturales. 

Cerca de dos mil millones de personas habitan en países con problemas de acceso al agua y dos tercios del mundo podrían enfrentarse a dificultades de escasez en los próximos cuatro años.

Fuente: Periódico Página 12 – Economía – Crisis Ambiental – Futuros de Agua – 09/12/2020

La importancia de la visión económica ecológica.

“Hay que cambiar la manera de medir lo que hacemos y quitarle importancia a lo que digan los economistas”: Joan Martínez Alier, economista ecológico.

Economistas hay unos cuantos. Pero los que no abundan son los economistas ecológicos. Joan Martínez Alier (Barcelona, 1939) es uno de ellos.

Expresidente y uno de los fundadores de la International Society for Ecological Economics, es uno de los más reputados expertos en ese campo. Ha consagrado toda su vida académica a estudiar la relación entre los desafíos medioambientales y la economía, contribuyendo activamente a la promoción del concepto de justicia medioambiental.

Catedrático emérito e investigador titular desde 2010 del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB), Martínez Alier ha visto recientemente reconocida su labor con el Premio Balzan, un galardón que se concede desde 1961, que cuenta con dotación económica de US$830.000 y que muchos consideran como la antesala para luego conseguir el reconocimiento de la Academia Sueca. La prueba es que varios de los galardonados con el Premio Balzan han obtenido luego el Nobel.

Martínez Alier se ha hecho con el Balzan por “la excepcional calidad de sus contribuciones a la fundación de la economía ecológica”, entre otros motivos. Hablamos con él.

Es una crítica de la ciencia económica habitual. Dos puntos principales: hay que ver la economía físicamente, contar los flujos de energía y de materiales (en calorías o julios, en toneladas) y no darle importancia al PIB, que mezcla lo que es producción con lo que es destrucción.

El PIB ha crecido pero se destruye biodiversidad. Se usa carbón, petróleo y gas que producen un exceso de dióxido de carbono y por tanto cambio climático. Los daños no se restan del PIB.

¿Por qué tradicionalmente la economía y ecología se han llevado tan mal?

Porque cuando la economía industrial crece, los ecosistemas se destruyen. Y nos hemos dado cuenta.

¿Usted se considera más un economista o un ecologista?

Me considero y soy un economista ecológico, uno de los fundadores de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica en 1990, autor ya en 1987 de un libro con el título “Economía Ecológica” (en inglés, castellano, japonés etc.) y cofundador de las revistas Ecological Economics y Ecología Política en 1990.

El actual modelo económico es evidente que está agudizando el problema del cambio climático y del deterioro del medio ambiente. ¿Cómo puede la economía ecológica ayudar en ese sentido?

Cambiando la manera de medir lo que hacemos y quitando importancia a lo que digan los economistas, que mandan demasiado en la política.

Desde 2012 usted lidera el proyecto Atlas de la Justicia Ambiental, un inventario que recoge los conflictos ambientales que en este momento existen en el mundo y que en estos momentos ascienden a 3.310. ¿Qué es lo que genera esos conflictos?

Precisamente el hecho de que la economía industrial no sea ni pueda ser circular, sino que es entrópica.

Cuando la economía industrial crece, dice el economista ecológico, los ecosistemas se destruyen.

Continuamente busca nuevas materias primas en las fronteras de la extracción, desde la Amazonía al Ártico. Ya sea petróleo, carbón, gas natural, mineral de hierro, cobre, soja, eucaliptos para pasta de papel, lo que sea…

Como usted sabe, si se quema carbón o petróleo no se puede quemar dos veces, no es reciclable. Eso es lo que indicamos con la expresión más fundamental de la economía ecológica: la economía industrial no es circular sino que es entrópica.

¿Y qué significa que la economía industrial sea entrópica y no circular?

Significa que cuando la economía industrial está en marcha, pierde inevitablemente energía y materiales y eso ocurre porque la energía que usamos desde hace 200 años -petróleo, carbón y gas natural- sólo se puede usar una vez.

Le pongo un ejemplo: si en su cocina calienta agua y la hace hervir, al cabo de un rato de apagar el fogón el agua se enfría, y para volver a calentarla debe encender de nuevo el fogón. Eso ocurre porque la energía se disipa. Y con los materiales sucede lo mismo.

El aluminio, por ejemplo, se obtiene a través de una roca llamada bauxita a la que se bombardea con mucha electricidad. El aluminio se utiliza entre otras cosas para las latas de conserva, de las que se reciclan sólo entre un 10-20%, y en otros materiales la cifra es muy inferior. Los materiales de construcción que se emplean para edificar apenas se reciclan.

“Los materiales de construcción que se emplean para edificar apenas se reciclan”, explica Martínez Alier.

La entropía es una palabra de origen griego que los físicos empezaron a utilizar alrededor de 1870 para probar que la energía no se recicla.

Además, hay que tener en cuenta que al quemar combustibles fósiles como el carbón, el gas o el petróleo, producimos dióxido de carbono. Y estamos poniendo tanto CO2 en la atmósfera que este se está acumulando y produce el llamado efecto invernadero.

La pelea entre los economistas ecológicos y los economistas se debe a que los economistas actúan como si no supieran nada de esto. Hablan por ejemplo de crecimiento económico, cuando disminuye la cantidad de petróleo y de gas, aumenta el efecto invernadero y se pierde biodiversidad.

¿Cuáles son los conflictos ambientales más acuciantes?

Yo creo que aquellos que se dan donde hay población más vulnerable, población indígena, gente pobre que carece de poder político para defenderse de las empresas extractoras.

Lo peor que he visto ha sido en la explotación de petróleo de Chevron-Texaco en Ecuador y en la de Shell en el Delta del Níger, en Nigeria. Pero hay cientos y cientos de casos parecidos.

¿Prevé que en los próximos años sigan creciendo los conflictos ambientales? ¿Cuáles serán los más relevantes?

Creo que van a ir aumentando. Las fronteras de la extracción y las de la contaminación siguen avanzando. Llegan a territorios donde hay gente, que protesta. Hace unos días, el 22 de octubre, mataron en Somkhele, en la región sudafricana de KwaZulu Natal, a una abuela ecologista, Fikile Ntshangase.

Sobre los conflictos ambientales más acuciantes Martínez Alier destaca los vinculados a la explotación de petróleo de Chevron-Texaco en Ecuador y la de Shell en el Delta del Níger, en Nigeria.

Hay cientos de víctimas ecologistas cada año, no creo que el número vaya a bajar. Pero si hacemos más visibles estos conflictos, tal vez ayudamos a que en algunos países disminuya la represión contra los ecologistas.

En los últimos 120 años la población humana se multiplicó por cinco, mientras que todos los productos empleados al año por la economía global en el proceso de producción (desde biomasa a combustibles fósiles, pasando por materiales de construcción y metales) se multiplicaron casi por 13. ¿Qué significa eso y qué consecuencias tiene?

Es evidente que la economía no se “desmaterializa” sino todo lo contrario. Es buena señal que el crecimiento de la población se frene por voluntad propia -la población humana llegará a un máximo de unos 9.500 millones de personas hacia 2060, luego bajará un poco, me parece a mí-.

Pero el consumo va subiendo mucho más que la población, por lo menos hasta este año de pandemia del 2020.

Cada vez se recicla más, hay más economía verde, más economía circular, más energías alternativas. ¿Significa que vamos por el buen camino?

Es que no hay más que eso, palabras. Hay más energía del viento y fotovoltaica, sin duda, pero a nivel mundial se añade a las fuentes anteriores, carbón, petróleo, gas.

El carbón aumentó siete veces en el siglo XX y ha continuado aumentando hasta el 2020. El petróleo y el gas, mucho más. A nivel mundial.

La epidemia de gripe española de los años 1918 y 1919 dio paso a los locos años 20. ¿Se espera un consumo desaforado y alocado una vez que el coronavirus sea doblegado? Y si fuera así, ¿qué consecuencias tendría desde el punto de vista de la economía ecológica?

El confinamiento ha demostrado que podemos vivir consumiendo menos.

Creo que la pandemia ha puesto sobre la mesa política la Renta Básica Universal. Porque si la economía no crece (y yo creo que no debe ya crecer más en los países ricos porque es un falso crecimiento), entonces aumenta el desempleo.

La gente no tiene el ingreso de los salarios. Por tanto hay que darles unos ingresos que no sean de los salarios. Eso lo ha de garantizar el Estado o los gobiernos regionales, una Renta Básica Universal.

El confinamiento ha revelado que podemos vivir consumiendo muchísimo menos y ha traído también mejoras ecológicas, al reducirse la producción y el impacto del hombre en la naturaleza. ¿Deberíamos seguir en esa línea o es necesario el consumo para sostener el actual modelo económico?

Hace falta aumentar un “consumo” social de atención sanitaria, de vivienda pública. El consumo de vivienda pública debería crecer, sin hipotecar a la gente y sin criminales desahucios, ¿no le parece?

El consumo de viajes en avión debe decrecer. La agroecología debe crecer a costa de los monocultivos que usan agrotóxicos.

Usted sostiene que esta pandemia ha puesto de manifiesto que el PIB es un índice de medida con muchas carencias. ¿Qué carencias tiene en su opinión?

El PIB se olvida de contar el trabajo gratuito de cuidado de las personas, el cariño gratuito o las obligaciones familiares y sociales gratuitas, no lo suma porque no se paga en el mercado, ni los tomates o habichuelas que produzca en mi huerto, si lo tengo, para el consumo de la familia y amigos, eso no lo suma.

El PIB no suma actividades que se realizan fuera del mercado y no resta los daños ambientales. Las empresas casi nunca pagan sus pasivos ambientales, es obvio.

Y si el PIB no es un buen indicador, ¿qué índice se debería de utilizar para valorar la riqueza que genera un país?

Esta es fácil: deberíamos usar diversos indicadores físicos y sociales. No un solo índice. Y no usar la expresión “riqueza generada”, porque poner más CO2 en la atmósfera y destruir biodiversidad no es precisamente generar riqueza vital.

Fuente:

  • Irene Hernández Velasco
  • BBC News Mundo

3 diciembre 2020

Los árboles de la Ciudad de Buenos Aires modificaron su brotación por el cambio climático.

Algunas de las principales especies forestales comienzan a brotar hasta un mes antes que seis décadas atrás debido al aumento de la temperatura.

En las últimas décadas, el cambio climático y el crecimiento de la superficie edificada en la Ciudad de Buenos Aires provocó un aumento en la temperatura de las áreas urbanas y, según un estudio reciente, este fenómeno también habría motivado cambios en el comportamiento de distintas especies que componen el arbolado urbano. 

Investigadores de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) evaluaron cómo algunos de estos árboles modificaron ciertos parámetros de su ciclo biológico, como la brotación, lo cual podría beneficiar o dañar la vida de las plantas, según la especie. A nivel global, el cambio climático implica un aumento en la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, con un incremento en la temperatura media del planeta. Pero en la ciudades hay otros factores particulares que también inciden sobre el clima. 

“El aumento de la población, de la superficie edificada y del consumo de energía generan cambios en el microclima urbano, con un incremento de la temperatura mínima que también afecta a las plantas”, explicó Danilo Carnelos, docente de la cátedra de Climatología y Fenología Agrícolas de la FAUBA, y principal autor del artículo publicado en la revista científica Agronomía y Ambiente. 

“Este trabajo sirve para alertar que al modificar los espacios verdes en la ciudad, también se están provocando cambios en el ciclo y en la brotación de estas especies. En algunos árboles puede traducirse en beneficios y en otros casos puede deteriorarlos”, agregó. 

El estudio llevado a cabo por Carnelos involucró el relevamiento de 12 especies forestales de diferentes características que crecen en el predio de la FAUBA de la Ciudad de Buenos Aires, sobre las cuales se disponían de datos fenológicos históricos tomados por Servicio Meteorológico Nacional (SMN) entre 1947 y 1956. 

La mayoría de estas especies son exóticas, pero a la vez son muy comunes en el arbolado urbano de CABA, como el jacarandá, el palo borracho, los plátanos, liquidámbar, el acer, la acacia, el lapacho rosado y los tilos. Se estudiaron los cambios en jacarandá, palo borracho, plátanos, liquidambar, acer, acacia, lapacho rosado y tilos. 

“En 2014 arrancamos con las observaciones fenológicas junto a Guillermo Murphy, profesor de la cátedra de Climatología y Fenología Agrícolas de la FAUBA, estudiando las respuestas de las plantas a los cambios del ambiente, con el objetivo de evaluar si habían ocurrido modificaciones en la brotación y en la floración de diferentes especies forestales”, explicó Carnelos y agregó: “Quisimos ver si se habían modificado las secuencias fenológicas, las fechas medias de brotación y de floración”, respecto de los datos presentes en los boletines que emitía semestralmente el SMN décadas atrás. Las investigaciones continuaron hasta 2018. 

Los ejemplares fueron relevados día por medio desde agosto hasta diciembre durante los cuatro años, por Carnelos y un grupo de estudiantes de la FAUBA. Según los resultados publicados, en la mayor parte de las especies se observó un adelanto de la fecha media de brotación. 

Si bien seguirán ubicándose dentro de la variabilidad de las fechas contempladas por el período histórico que se tomó como referencia (1947-1956), lo llamativo es que en casi todos los casos se halló un adelanto entre 20 días y un mes, aproximadamente. Sólo algunas especies, como el tilo y el plátano, se adelantaron en menor medida, entre 1 y 7 días. 

El docente advirtió que en otras zonas de la ciudad de Buenos Aires se podría repetir este fenómeno con más intensidad: “Si bien el predio de la FAUBA está dentro de CABA, allí se genera un microclima.

En general, en la ciudad es más marcada la diferencia. Cuando iniciaba la floración en los jacarandá que están dentro de la Facultad, en otros barrios de la ciudad los ejemplares de esta especie ya habían pasado la plenitud de floración. O sea que si dentro de la Facultad se alargó el período de crecimiento, en el arbolado urbano de la ciudad seguramente haya diferencias”. 

Además destacó que al menos hasta ahora las investigaciones se limitaron al predio de la UBA porque los datos históricos del Servicio Meteorológico fueron tomados en ese mismo lugar y en el Jardín Botánico Carlos Thays. 

“Hace falta repetir el relevamiento más años para darle robustez a los datos”, afirmó. Actualmente se está avanzando en una segunda parte del trabajo, que consiste en el estudio de la floración de las especies forestales, a cargo de Gonzalo Fernández Zapiola, estudiante de la carrera de Ciencias Ambientales y ayudante de la Cátedra. Cambia el clima, cambian las plantas 

El investigador también vinculó los resultados de su estudio con los cambios en el clima observados por otros trabajos de la Cátedra de Climatología, como los realizados por los docentes e investigadores Murphy y María Elena Fernández Long. 

“Desde 1950 hasta 2018, sobre todo en los meses de brotación (agosto-noviembre), hubo un incremento promedio de la temperatura mínima de 0,03 grados por año. Otros trabajos registraron una reducción de 5,7 horas por año en las horas de frío entre 1911 y 1998. 

Entonces hay menos disponibilidad de frío para las especies que lo requieren. Por otro lado, al aumentar la temperatura mínima también se alargó el período de crecimiento. 

Otro estudio indica que se acortó el período con heladas, que se refleja sobre todo al iniciar más temprano y finalizar más tarde la estación de crecimiento”, detalló. “Si aumenta la ventana de crecimiento, muchas especies van a crecer más. 

Pero muchas especies exóticas, originarias del Hemisferio Norte, tienen requerimientos de frío o no toleran altas temperaturas, lo cual implica que un ginkgo, por ejemplo, podría ser afectado por exceso de temperatura, o que no tenga una buena fase de floración por falta de requerimientos”, dijo y añadió: “Aunque el razonamiento no debería ser tan lineal porque cada especie tiene diferentes requErimientos bioclimáticos y quizás la ausencia de un estímulo puede suplirse con la mayor disponibilidad de otro”. Estos aspectos podrían ser incorporados a investigaciones futuras.

Fuente www.perfil.com 

Imagen gentileza de http://www.perfil.com