Ida Tarbell, la mujer que enfrentó a Rockefeller y le puso freno al titán del petróleo. Final.

La masacre

Tenía un plan.

Se acercó a todos y cada uno de sus competidores y les recordó que había demasiadas refinerías y muchas estaban perdiendo dinero; les señaló que, a pesar de todo, Standard Oil tenía el poder y la influencia para lograr tarifas de transporte más favorables y les subrayó que era una compañía estable y pujante.

Tras mostrarles los libros con las ganancias y reservas de la compañía, dejándolos impresionados, les hacía una oferta tentadora: que le vendieran su refinería a cambio de acciones en Standard Oil, asegurándose que así sus familias “nunca sabrían lo que es la necesidad”.

La decisión era de ellos: podían aceptarla o intentar competir con su conglomerado y arriesgarse a la ruina.

Acción de Standard Oil de 1875.

Acción de Standard Oil de 1875.

La mayoría -22 de sus 26 competidores en Cleveland- optó por vender, y efectivamente les fue muy bien económicamente.

Pero otros, como Frank Tarbell, se aferraron a su independencia. Su socio, “arruinado por la compleja situación” se suicidó, y la casa de la familia Tarbell tuvo que ser hipotecada para enfrentar las deudas de la empresa.

Rockefeller haría después lo mismo en Pittsburgh, Filadelfia, Baltimore, Nueva York y otros centros de refinación.

A principios de la década de 1880, las guerras del petróleo habían pasado y la mayoría de los independientes habían quebrado o vendido a Rockefeller.

Ida Tarbell quedó devastada por el “odio, la sospecha y el miedo que envolvió a la comunidad” tras el episodio.

“Entre la alarma, la amargura y la confusión, deduje de las palabras de mi padre una convicción que aún mantengo: que lo que había sucedido estaba mal”.

Ida Tarbell

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Lo ocurrido dejó una marca indeleble en Tarbell.

“Nació en mí un odio al privilegio, privilegio de cualquier tipo”, escribió más tarde. “Todo fue muy confuso, sin duda, pero aún estaba bien, a los 15 años, tener un plan definido basado en lo visto y oído, listo para una futura plataforma de justicia social y económica si alguna vez se me despertaba la necesidad de una”.

Y tres décadas más tarde, así fue.

“Yo no era una escritora”

En 1900, Tarbell estaba trabajando en la revista McClure’s.

Para entonces ya era una periodista ampliamente admirada gracias a series tremendamente exitosas como “La vida de Napoleón Bonaparte”, tan bien recibida que condujo a la inmensamente popular serie de 20 capítulos sobre la vida de Abraham Lincoln, la cual duplicó la circulación de la revista.

No obstante, nunca se consideró una escritora talentosa. “Yo no era escritora, y yo lo sabía”, declaró.

Lo que tenía era un compromiso inquebrantable con los temas que abordaba, a los que les dedicaba largos períodos de minuciosas investigaciones, antes de empuñar la pluma.

Un método que ponía en evidencia su formación científica.

Tenía una maestría en Biología pero, aunque le fascinaba la ciencia, descubrió que su pasión era la escritura, que la había llevado a París en 1891, desde donde se mantenía vendiendo artículos a publicaciones estadounidenses, mientras asistía a conferencias en la Sorbona, visitaba exposiciones de los impresionistas y gozaba de una activa vida social.

Y uno de sus escritos sobre la capital francesa llamó la atención de Samuel McClure, el cofundador y editor de la revista que llevaba su nombre, con la que quería crear un nuevo tipo de periodismo que capturara la imaginación y la conciencia de las clases medias, y no la soltara.

S.S. McClure, ilustración del The Booklovers Magazine, Vol 1 (1903)

S.S. McClure, ilustración del The Booklovers Magazine, Vol 1 (1903)

Su objetivo era mostrar cómo la concentración del poder económico en Estados Unidos había abrumado y corrompido por completo la política y la ley.

La sociedad estadounidense había sido sacudida por un escándalo tras otro -sobornos a políticos, arrestos a policías y violencia contra personas inocentes, venta de comida adulterada- junto con historias terribles sobre el efecto de las crecientes desigualdades entre ricos y pobres.

Pero nadie sabía qué hacer al respecto.

Las clases medias que creían en la reforma estaban desconcertadas y confundidas. Sabían que todos los escándalos eran de alguna forma producto de los enormes cambios en la sociedad. Pero también sabían que las nuevas tecnologías y las industrias gigantes traían beneficios asombrosos y transformativos.

Nadie parecía ser capaz de comprender las verdaderas dimensiones de lo que estaba sucediendo y McClure quería usar su revista para cambiar la forma en que la gente veía el mundo, y mejorarlo.

Era una ambición extraordinaria. Y la alcanzó con la producción de artículos como los que aparecieron en una famosa edición de su revista en enero de 1903 que conmocionó a Estados Unidos.

En ese número McClure publicó tres historias muy dramáticas.

Página central de la revista Puck, 21 de febrero de 1906, "Los cruzados" de C. Hassman. La ilustración de un gran grupo de políticos y periodistas en una cruzada contra el soborno y la corrupción, incluida Ida Tarbell.

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Página central de la revista Puck, 21 de febrero de 1906, “Los cruzados” de C. Hassman. La ilustración de un gran grupo de políticos y periodistas en una cruzada contra el soborno y la corrupción, incluida Ida Tarbell.

Los tres periodistas que las escribieron se convirtieron en superestrellas y recibieron el apodo de “muckrakers” o rastrilladores de estiércol, que empezó siendo un insulto del presidente Teodoro Roosvelt, quien en un discurso en 1906 los criticó comparándolos con jardineros que limpian los excrementos sin mirar lo bueno de la sociedad, pero terminó siendo una medalla de honor.

Uno de esos periodistas era Ida Tarbell.

En la mira

Durante dos años, investigó a fondo cada detalle de la forma en la que Rockefeller había creado su gigantesco imperio petrolero.

Cuando descubrió que algunos documentos habían sido destruidos o, curiosamente, sacados de los archivos públicos, continuó sus pesquisas, convencida de que “aparecerían” en alguna parte copias de los informes faltantes o de las investigaciones sobre las actividades de Rockefeller. Y así fue.

Apoyada en los documentos que desenterró, entrevistas con empleados y abogados, así como conversaciones con el ejecutivo más poderoso de Standard Oil, Henry H. Rogers, en la casa del autor Mark Twain, Tarbell escribió una serie que empezó siendo de tres entregas y se extendió a 19, bajo el título de “La historia de la compañía Standard Oil”.

El personal y los colaboradores de McClure's Magazine se reúnen en un banco del parque. (De izquierda a derecha): el editor S.S. McClure, la novelista Willa Cather y los periodistas Ida Tarbell y Will Irwin.

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Colegas de McClure’s Magazine reunidos en un parque. (De izquierda a derecha): el editor S.S. McClure, la novelista Willa Cather y los periodistas Ida Tarbell y Will Irwin.

A pesar de lo insípido del título, la narrativa era apasionante, y los lectores devoraron sus descripciones de cómo los agentes de Rockefeller atacaban una región como Pensilvania y utilizaban todo tipo de tácticas despiadadas e ilegales para apoderarse de las pequeñas empresas y destruir a los emprendedores que las dirigían.

Tarbell demostró que no sólo controlaba los ferrocarriles que transportaban el petróleo, sino que además utilizaba el soborno, el fraude, la infracción criminal y la intimidación para destruir a cualquiera o cualquier cosa que le impidiera crear su gigantesco monopolio.

A tono personal

A pesar de que se trataba de una fuerte denuncia, durante toda la serie Tarbell reconoció la brillantez de Rockefeller y la impecabilidad de la estructura empresarial que había creado, y se mantuvo fiel a su método.

Pero en las dos últimas entregas, en las que se centró en el hombre que había estado investigando durante casi 5 años, la autora de artículos profundamente arraigados en los hechos plasmó en la página fuertes opiniones sin filtro.

Recordando, por ejemplo, la única vez que lo vio en persona, escribió que lo primero que pensó fue que era “el hombre más viejo del mundo, una momia viviente”.

En ese momento, Rockefeller tenía 66 años, pero sufría de una condición conocida como alopecia generalizada, que lo había dejado sin cabello, pestañas y cejas.

Rockefeller

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Sus ojos le parecieron “pequeños, atentos y firmes, y son tan inexpresivos como una pared. Lo ven todo y no revelan nada”.

Más allá de su apariencia física, lo acusó de estar “loco por el dinero” y lo tachó de “hipócrita”.

Y concluyó: “Nuestra vida nacional es en todos los aspectos claramente más pobre, más fea, más mala, para el tipo de influencia que él ejerce”.

Fue ese retrato hecho por “esa mujer venenosa” lo que hirió profundamente a Rockefeller. Se negó, sin embargo, a discutir el tema públicamente, por ello le ordenó a sus asesores que no dijeran “ni una palabra sobre esa mujer descarriada”.

Pero ya no se necesitaban más palabras. Ella había escrito suficientes.

En pedazos

Sus revelaciones fueron una sensación a nivel nacional.

“Te has convertido en la mujer más famosa de Estados Unidos… me estás asustando”, le dijo McClure.

El reportaje tuvo el impacto necesario como para ser en gran parte responsable por una decisión que tomó la Corte Suprema en 1911 que encontró que Standard Oil violaba la Ley Sherman Antimonopolio.

La enorme firma, determinó el más alto tribunal de EE.UU., era un monopolio ilegal y ordenó que se dividiera.

Caricatura política que muestra un tanque de Standard Oil como un pulpo con tentáculos envueltos alrededor de las industrias del acero, el cobre y el transporte marítimo, así como una casa estatal, el Capitolio de EE.UU. y la Casa Blanca.

Caricatura política que muestra un tanque de Standard Oil como un pulpo con tentáculos envueltos alrededor de las industrias del acero, el cobre y el transporte marítimo, así como una casa estatal, el Capitolio de EE.UU. y la Casa Blanca.

El trabajo de Tarbell contribuyó además a la creación en 1914 de la Comisión Federal de Comercio (FTC), encargada de hacer que se respetaran la libre competencia y los derechos de los consumidores.

Un gran triunfo… Sin embargo, como dijimos en el título, Tarbell frenó, pero eso no quiere decir que detuvo al titán del petróleo.

Él…

Rockefeller mantuvo grandes participaciones en las 34 “mini Standards” que se crearon tras la intervención del Tribunal Supremo de Justicia de EE.UU. -entre ellas Exxon Mobil y Chevron-.

Y la ruptura resultó ser enormemente rentable.

El generoso filántropo -“Si no es el primero, ciertamente es nuestro segundo filántropo”, señaló la misma Tarbell-, que creaba fundaciones para apoyar la educación y la ciencia, vivió tres décadas más sin saber qué era la necesidad, como le había prometido a quienes compraba.

Para algunos fue y sigue siendo un heroico empresario de los que hicieron grande a EE.UU.; para otros, uno de los ladrones del sueño americano.

Ella

La experiencia con el revelatorio trabajo sobre Standard Oil llevó a que Tarbell se especializara en temas de gran repercusión social y política, como los aranceles y las prácticas laborales, sobre los que no sólo escribió sino que dio conferencias a lo largo y ancho del país.

Ida Tarbell

FUENTE DE LA IMAGEN –  GETTY IMAGES – Feminista “por ejemplo pero no por ideología”.

En 1906, dejó McClure’s pero siguió escribiendo para American Magazine, una revista de la que fue copropietaria y coeditora.

Pero así como su némesis, Tarbell fue, para sus congéneres, una heroína y una villana.

Era lo que algunos han descrito como una feminista “por ejemplo pero no por ideología”.

A pesar de haberse convertido en una de las mujeres más influyentes de EE.UU., creía que los roles femeninos tradicionales habían sido minados por quienes defendían los derechos de las mujeres y que las contribuciones de su género debían circunscribirse a la esfera privada.

Publicaciones como “The Business of Being a Woman” (1912) y “The Ways of Women” (1915) crearon tensiones con el movimiento sufragista de la época, del cual su madre era miembro. Más tarde, sin embargo, cambió de opinión y apoyó el derecho al voto para la mujer.

Durante 30 años presidió de The Pen and Brush, Inc., una corporación creada en 1912 para ofrecer oportunidades a artistas y escritoras en un momento en que las mujeres estaban excluidas de la membresía en clubes de artes exclusivos para hombres.

También participó en la fundación de la Authors’ League (Liga de Autores), la organización profesional de escritores que hoy se llama Authors Guild.

Murió de neumonía en 1944, a la edad de 86 años.

“La historia de la Standard Oil Company” sigue siendo un clásico del periodismo de investigación; Tarbell sigue siendo un ejemplo clásico del credo que se originó en la época de los muckrakers: los periodistas deben “consolar al afligido y afligir al poderoso”.

FUENTE:BBC News Extra

Pandemia – Trabajo remoto

Lo que los jefes realmente piensan sobre el trabajo en remoto.

Hacerle una pregunta rápida a un colega en el escritorio de al lado, tener reuniones espontáneas para discutir temas y saber que todos tienen una conexión de wifi estable.

Estas son solo algunas de las razones por las que James Rogers, de 26 años, prefiere manejar a su equipo desde la oficina y no desde la mesa de la cocina de su casa.

“Para nosotros, como empresa, la oficina va primero. Creo que podemos ser mejores cuando trabajamos en la oficina a tiempo completo”, defiende Rogers, que lidera las relaciones públicas digitales en la sucursal de Londres de una agencia británico-estadounidense de contenido global.

Desde abril, la empresa comenzó a dar a los empleados la opción de regresar a la oficina de manera parcial.

“Nuestro objetivo es que el mayor número de miembros del equipo regrese a la oficina con la mayor frecuencia posible en los próximos meses”, explica.

Los expertos en recursos humanos aseguran que la actitud de Rogers muestra una tendencia.

A pesar de que numerosas encuestas globales indican que el trabajo en remoto fue una experiencia positiva para una parte importante de empleados y que muchos (aunque no todos) quieren seguir así, muchos jefes no están de acuerdo.

Grupo de personas en una oficina.

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En EE.UU., el 72% de los gerentes que supervisan a empleados en remoto prefieren que todos los trabajadores estén en la oficina, según un estudio reciente de la Society for Human Resource Management (Sociedad para la Gestión de Recursos Humanos), al que tuvo acceso BBC Work Life.

Una encuesta de junio del órgano colegial de los gestores de Reino Unido, Chartered Management Institute (CMI), mostró que aproximadamente la mitad de gerentes esperaba que el personal estuviera en la oficina al menos dos o tres días a la semana.

En Suecia, la compañía de datos Winning Temp, con clientes en 25 países, dice que está notando signos de presión para volver a la oficina, particularmente en mercados donde hay altos niveles de vacunación.

“Veo que muchas empresas están forzando (el regreso)”, dice el fundador y director ejecutivo Pierre Lindmark. “Empiezan a decir, ‘OK, te pusiste la segunda vacuna, tienes que estar en la oficina'”.

Todo esto está alimentando debates sobre por qué los jefes están rechazando la metodología del empleo remoto más rápido de lo que muchos expertos predijeron, qué significa esto para el futuro del trabajo a distancia y cómo afectará a los empleados que se aferran a sus rutinas de trabajo durante la pandemia.

Una necesidad de control

Aunque el trabajo desde casa durante el covid-19 demostró que los empleados pudieron ser productivos, los expertos en recursos humanos señalan que muchos jefes experimentaron una pérdida de control en comparación con los tiempos previos a la pandemia. Y ahora quieren recuperarlo.

Dos mujeres se comunican por videollamada.

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“Si estás con la gente, sientes que puedes tener el control”, opina Lindmark. “No juzgas a las personas simplemente por observarlas en cámara, estás juzgandolos viendo la productividad, lo que está pasando (en la oficina)”.

Ahora que en muchos países las cuarentenas terminaron y las tasas de vacunación son altas, Lindmark señala que los jefes están tomando una decisión más “emocional” para que todos vuelvan a la oficina.

Pero advierte que esto sucede sin que ellos observen de cerca el desempeño individual o el de toda la empresa durante el tiempo remoto, o sin tener una estrategia sobre cómo esto afectará a los empleados.

“Manejar un equipo remoto es más difícil. Exige nuevas habilidades. Mucha gente se metió en esto sin estar preparada”, añade Maya Middlemiss, autora y especialista en el trabajo en remoto, con sede en Valencia, España.

“Por lo tanto, no es sorprendente que estemos teniendo una reacción violenta y las personas que no se adaptan bien a ese manejo de grupo prefieran tener a todos de regreso (al sitio de trabajo)”, opina.

James Rogers

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA JAMES ROGERS

“Para nosotros, como empresa, la oficina va primero. Creo que podemos ser mejores cuando trabajamos en la oficina a tiempo completo”, opina James Rogers.

Otros, como el bloguero de negocios y medios de comunicación Ed Zitron, creen que muchos jefes, sobre todo en cargos intermedios, están ansiosos por recuperar un sentido de estatus.

Según él, algunos ya no tienen la oportunidad de parecer importantes como cuando iban “de una reunión a otra” y monitorean lo que sus equipos estaban haciendo.

“Si bien esto puede pasar también en Zoom y Slack, se vuelve significativamente más evidente quién realmente hizo el trabajo, porque se puede evaluar digitalmente de dónde proviene”, escribió en un boletín de junio.

Como era de esperar, los propios jefes no comparten esa perspectiva.

Aquellos que defienden el trabajo en la oficina, como James Rodgers, reconocen que tener “más visibilidad” es una parte central de su mantra pro-oficina.

“No es para que puedas micro gestionarlos o ‘vigilarlos’, sino para que puedas entender dónde podrían necesitar más apoyo”, argumenta.

“Es más fácil entender si un miembro del equipo podría estar teniendo problemas con una tarea cuando está sentado frente a ti. No tienes esa visibilidad cuando están sentados a 30 o 40 kilómetros de ti en su propia casa”, agrega.

Aparte de la visibilidad, estos mismos jefes también destacan que las mejores posibilidades sociales y creativas de los empleados están en la oficina.

Por ejemplo, las charlas para romper el hielo en la cocina, la presentación en persona de nuevos empleados, tomar algo después del trabajo para afianzar equipos y que surjan ideas espontáneas.

“Hicimos nuestro mejor esfuerzo durante las cuarentenas para intentar ser lo más creativos y (tener intercambios) fluidos en la medida de lo posible, pero es bastante difícil cuando tienes que programar una llamada para cada cosa”, advierte Daniel Bailey, de 34 años, que es director ejecutivo de una empresa de investigación de calzado con sede en Londres.

“Trabajar de forma remota tiene grandes beneficios, (pero) no creo que sea mejor que estar juntos en un lugar para el proceso creativo”, opina.

Una mujer conectada a una computadora.

  • FUENTE DE LA IMAGEN –  GETTY IMAGES
  • Kerri Sibson, directora de la compañía de desarrollo detrás del nuevo Design District londinense (la nueva “meca” del diseño de Londres), dice que algunos jefes están priorizando el regreso a la oficina para que su personal pueda organizar y asistir a eventos presenciales nuevamente, o relacionarse con otros profesionales de la industria de la misma área.

“Las nuevas empresas necesitan encontrar oportunidades de crecimiento que a menudo provienen de estos encuentros fortuitos”, explica.

¿Igualdad?

Los jefes que defienden el trabajo presencial en la oficina suelen insistir en que las empresas pueden y deben trabajar para garantizar que “haya igualdad de experiencias y oportunidades para el equipo, tanto si están en la oficina como si no”.

Pero una reciente encuesta de la Society for Human Resource Management (SHRM, Sociedad para la Gestión de Recursos Humanos) reveló que alrededor de dos tercios de los gerentes con personal en remoto creen que ese tipo de trabajo a tiempo completo es perjudicial para los objetivos profesionales de los empleados.

Pierre Lindmark

FUENTE DE LA IMAGEN –  CORTESÍA PIERRE LINDMARK

“Veo que muchas empresas están forzando (el regreso)”, dice el fundador y director ejecutivo Pierre Lindmark.

Mientras que una cantidad similar considera que los empleados remotos son más fáciles de reemplazar que los trabajadores que acuden al lugar de trabajo.

“El refrán ‘ojos que no ven, corazón que no siente’ explica perfectamente por qué existe este sentimiento entre los gerentes y muestra cuán profundamente arraigada está la idea del trabajo cara a cara en nuestra cultura”, argumenta Johnny C. Taylor, presidente y director general de la organización.

Otra investigación sugiere que algunos gerentes tienen dificultades para confiar en los empleados que trabajan desde casa.

Los resultados de una encuesta a 200 ejecutivos de EE.UU. en agosto pasado mostraron que ellos no tenían plena fe en que un tercio de su personal utilizará correctamente las tecnologías de colaboración necesarias para que el trabajo en remoto resulte exitoso.

Anteriormente, otra investigación de Harvard Business Review sobre la pandemia reveló que un 41% de los gerentes se mostraba escéptico de que los trabajadores en remoto siguieran motivados a largo plazo.

Middlemiss advierte que existe un “riesgo real” de que este tipo de actitudes hacia los empleados que optan por el teletrabajo amplifiquen los prejuicios preexistentes, como los relacionados con la raza, la clase, la discapacidad y el género.

Una mujer conversa con un hombre

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Incluso antes del covid-19, las mujeres eran más propensas a solicitar trabajo flexible debido a responsabilidades de cuidado, señala, y por lo tanto es probable que se vean afectadas de manera desproporcionada si las empresas priorizan la retención y promoción del personal de oficina.

Retener el talento

Expertos en empleo predicen que, a pesar de la resistencia al trabajo en remoto, es posible que los jefes tengan que tomarlo como una opción permanente ya que las empresas buscan retener y contratar trabajadores.

“La pandemia demostró que los empleados pueden trabajar con éxito desde casa y quieren mantener esta flexibilidad”, afirma Taylor.

“Los beneficios como el teletrabajo y los horarios flexibles son fundamentales para atraer y retener talentos de primer nivel y los empleadores lo saben”, añade.

“Si puedes trabajar de forma remota para alguien, en realidad puedes teletrabajar para cualquier otra persona, incluidos posibles empleadores que no estén en tu área”, agrega Middlemiss.

“Por lo tanto, si sabes que así es como quieres vivir y trabajar, es importante que sepas que podría haber muchas más oportunidades frente a ti”, destaca.

Existe una evidencia abrumadora de un aumento en el cambio de trabajo a medida que los trabajadores emergen de la pandemia con una perspectiva más clara sobre lo que quieren de sus rutinas laborales y domésticas en el futuro.

En EE.UU., una nueva encuesta de PwC muestra que casi dos tercios de los trabajadores están buscando un nuevo puesto, mientras que las cifras del portal de empleo líder en Reino Unido, Totaljobs, sugieren que más de las tres cuartas partes de los británicos están en búsqueda activa.

Los jefes que defienden el trabajo a distancia dicen que su enfoque está teniendo un impacto positivo en la contratación.

“Hemos tenido desarrolladores que quieren trabajar para nosotros desde Francia, Reino Unido, Bélgica. Y eso se debe a que contamos con esta flexibilidad”, explica Olga Beck-Friis, cofundadora de una plataforma digital de asesoramiento legal con sede en Estocolmo.

“Actualmente no tenemos planes de adoptar una política de regreso a la oficina de tiempo completo”, dice.

Olga Beck-Friis

FUENTE DE LA IMAGEN – POCKETLAW

Olga Beck-Friis, cofundadora de una plataforma de asesoramiento legal digital con sede en Estocolmo, dice que planea mantener el trabajo remoto en su empresa.

Mientras tanto, Lindmark de Winning Temp cree que algunos de los gerentes que eligen regresar al trabajo presencial de manera completa pueden terminar reevaluando sus decisiones.

Según él, el cambio desde el trabajo a distancia podría tener un impacto en los niveles de productividad y rentabilidad.

“Si las personas han trabajado en casa durante mucho tiempo y realmente lo disfrutan, al volver a la oficina sienten que están controladas… están perdiendo autonomía”, asegura.

En cambio, sugiere que los jefes observen más de cerca la producción individual y del equipo y cómo se sienten para ayudar a crear modelos híbridos.

“Un programa de trabajo flexible… tiene que funcionar mutuamente para los empleados, los empleadores y las organizaciones”, coincide Taylor de la Society for Human Resource Management. “No existe una solución única para todos. Y esa es la clave”, analiza.

Desde Londres, el gerente a favor de que la gente vuelva a la oficina, Rogers, sigue confiando en que otras empresas adoptarán su forma de pensar.

“Creo que habrá una gran cantidad de empresas que subestiman el poder de tener a los empleados juntos en un espacio y que cambiarán su postura inicial sobre el trabajo en remoto en el futuro”, opina.

“Nosotros descubrimos que la mayoría de nuestro personal estaba emocionado de estar todos juntos en la oficina”, concluye.

Imagen de la portada: Gentileza de BBC New Mundo

FUENTE: BBC New Mundo – Por Maddy Savage – Sociedad/Empleo remoto/Vida-trabajo/Visualización/Equipo de trabajo/Controversias.

“El precio de la paz”

Publican una biografía de John Maynard Keynes

El debate económico sobre el keynesianismo está más vigente que nunca.

Pero la figura de John Maynard Keynes va mucho más allá inclusive de la teoría económica que lo hizo famoso. 

El libro El precio de la paz, recientemente publicado por el sello Paidós, es una biografía intelectual que descubre la vida y la época del economista y filósofo británico, a la vez que da cuenta de la urgencia de sus ideas revolucionarias para la política actual. 

Keynes fue un intelectual influyente en la sociedad y en la época en que le tocó actuar. 

El libro muestra cómo el autor de Teoría general del empleo, el interés y el dinero dedicó su vida a la defensa del arte y las ideas como motores del cambio. 

El autor del libro, el veterano periodista Zachary D. Carter, aborda la figura de Keynes en sus múltiples facetas de filósofo moral, teórico político y estadista, mientras recorre los apasionados debates que en diferentes momentos de la historia produjeron sus ideas. 

FUENTE: Página 12 – MUNDO – 

 

Ida Tarbell, la mujer que enfrentó a Rockefeller y le puso freno al titán del petróleo. Parte I

“Ni una palabra”, le dijo John D. Rockefeller Sr. a sus subordinados. “Ni una palabra sobre esa mujer descarriada”.

La orden la dio en los primeros años del siglo XX, cuando ya era un hombre inconcebiblemente rico, quizás el más rico que haya existido jamás -aunque eso es difícil de establecer-, e indudablemente uno de los héroes de un país cuya leyenda sostenía que hasta aquellos de orígenes modestos tenían el triunfo al alcance de sus manos.

Hijo de un padre semipresente, estafador y bígamo y una madre baptista devota, desde muy joven Rockefeller tuvo una férrea determinación de ganar dinero.

Era también uno de los “barones ladrones”, una etiqueta que surgió de una furiosa editorial del diario The New York Times de 1859 criticando a Cornelius Vanderbilt por los métodos de los que se valió para controlar la lucrativa ruta marítima a California a través de América Central.

Si deseas ampliar tus conocimientos: por favor cliquea en los párrafos escritos en “negrita”. Muchas gracias.

Lo que para el diario era condenable, para un puñado de la siguiente generación de empresarios, como Rockefeller, Andrew Carnegie (acero) y William Randolph Hearst (prensa), era más bien un ejemplo de lo que se podía hacer si se ignoraban las viejas reglas y se creaban unas propias, como explica el historiador Adam I.P. Smith en el artículo “The rise of the Robber Barons” de BBC History.

Tras la abolición de la esclavitud después de la Guerra Civil estadounidense, los llamados barones ladrones se beneficiaron de una de las revoluciones más profundas en la experiencia humana: la transición de una sociedad en la que la mayoría de la gente trabajaba por cuenta propia o en alguna forma de trabajo no libre, a una en la que la mayoría trabajaba por un salario.

Algo que todos tenían en común era que ganaban dinero con la implacable lógica de las economías de escala. Al expulsar a la competencia, controlar las cadenas de suministro y distribución y mantener los salarios lo más bajos posible, los barones ladrones redujeron los costos sin piedad.

Caricatura política contra los barones ladrones Cyrus Field, Jay Gould, Cornelius Vanderbilt y Russell Sage, 1883. Los trabajadores luchan para sostener las industrias de la madera, el papel y el lino con trabajos de bajo salario.

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Caricatura política contra 4 barones ladrones, 1883. Los trabajadores luchan para sostener las industrias de la madera, el papel y el lino con trabajos de bajo salario.

Eran los explotadores, no los inventores: tomaban operaciones a pequeña escala y las ampliaban y luego las volvían a agrandar.

El tamaño lo era todo, algo de lo que se dio cuenta Rockefeller: una gran refinería de petróleo era mucho más eficiente que 20 pequeñas.

Esa molesta sustancia

El negocio que hizo fabulosamente rico a Rockefeller era relativamente nuevo.

Por mucho tiempo, el petróleo había sido una sustancia molesta y maloliente con la que se topaban quienes perforaban los suelos en busca de agua salada para producir sal.

Hasta deshacerse de ella era difícil pues se encendía con facilidad, algo que sabían muy bien los primeros exploradores del noroeste de Pensilvania quienes hallaron manantiales y arroyos cubiertos de ese aceite espeso que ardía ferozmente.

El único uso que tenía era como medicina: los indígenas creían que tenía propiedades curativas y algunos de los que llegaron a sus tierras empezaron a embotellarlo; a mediados del siglo XIX se vendía como la panacea para todo tipo de dolencias.

Y se vendía bien… muy bien.

"Petrolina: el gran ungüento curativo de la naturaleza, vendido por boticarios".

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“Petrolina: el gran ungüento curativo de la naturaleza, vendido por boticarios”. 

Otros remedios de petróleo no se untaban… se tomaban.

No obstante, hubo quienes intuyeron que su potencial era mayor. Se sabía que a veces se utilizaba como lubricante y que podía reemplazar el aceite de ballena en las lámparas, pero su uso extendido se veía impedido por las impurezas, que lo hacían peligroso.

De poder superar ese obstáculo, las ventas se multiplicarán exponencialmente… pero para satisfacerlas había que hallar fuentes abundantes de petróleo.

Así que mientras los laboratorios encontraban formas de refinarlo, en 1958, un hombre llamado Edwin Drake fue contratado por la recién formada compañía Seneca Oil para buscar la cada vez más preciada sustancia.

En un bosque de Pensilvania, a las afueras de un pequeño pueblo llamado Titusville, Drake instaló una turbina de vapor y comenzó a perforar un agujero.

Tras un año de intentarlo, finalmente encontró lo que llegaría a llamarse oro negro, y desató un frenesí, transformando una zona que hasta entonces había sido pasada por alto por las grandes olas de migraciones por ser demasiado accidentada y hostil.

Golpe a la prosperidad

Cuando Rockefeller diseñó su estrategia para tomar por asalto la industria del petróleo, “esa mujer” tenía 15 años.

Drake Well, Pensilvania. Edwin Laurentine 'Coronel' Drake (1819-1880) el primero en perforar en busca de petróleo, con sombrero de copa en el centro de la imagen.

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Drake Well, Pensilvania. Edwin Laurentine ‘Coronel’ Drake (1819-1880) el primero en perforar en busca de petróleo, con sombrero de copa en el centro de la imagen.

Se llamaba Ida Minerva Tarbell y había nacido en la misma región que el flamante negocio.

Su padre, Frank, había pasado años construyendo tanques de almacenamiento de petróleo, pero comenzó a prosperar cuando se cambió a la producción y refinación de petróleo.

La familia empezó a disfrutar de “lujos de los que nunca habíamos oído hablar”, escribió más tarde, y Titusville, así como las áreas circundantes en Oil Creek Valley “se habían convertido en una industria organizada” a la que se le auguraba “un futuro espléndido”.

Pero, de repente, “esta ciudad alegre y próspera recibió un golpe”, que llegó en la forma de una corporación cuyo nombre prometía bondades -La compañía del mejoramiento del Sur (South Improvement Company)-, pero que provocó sinsabores que se llevaron apelativos menos favorables, como “la guerra del petróleo” y la Masacre de Cleveland.

Sucedió en 1872, cuando Rockefeller ya era empresario exitoso, aunque poco conocido, de Cleveland, que se había convertido en el centro de refinación de petróleo de Estados Unidos. Standard Oil, su corporación, controlaba el 10% de la capacidad de refinación del país.

Rockefeller a los 35 años.

FUENTE DE LA IMAGEN –  GETTY IMAGES – Rockefeller a los 35 años.

Desde que había brotado petróleo del pozo de Drake, tantos se habían metido en el negocio que la industria del crudo adolece de desorden e ineficacia.

Pero él creía tener el remedio.

La guerra

La Compañía de Mejoramiento del Sur había sido creada por las grandes ferroviarias que transportaban el petróleo y que estaban ansiosas por ponerle fin a la guerra de tarifas que se había desatado por su feroz competencia.

Como el otro objetivo era limitar la producción de petróleo refinado, pues el país tenía ya una capacidad de refinación dos veces y media más grande que el mercado, incluyeron compañías petroleras.

La idea era que cada empresa de ferrocarriles recibiera envíos regulares de petróleo en una proporción garantizada.

Las casas de comercio de Nueva York también comprarían el petróleo a tarifas fijas, lo que les daría estabilidad y ganancias consistentes en las ventas de la Costa Este y en el extranjero.

Las refinerías participantes recibirían reembolsos en sus envíos de petróleo a cambio de un volumen garantizado (lo que implicaba que las otras tendrían que pagar más por el transporte).

Todos (los que formaban parte del pacto) se beneficiarían…

Mapa del noroeste de Pensilvania, que muestra la región petrolera con los ferrocarriles en 1859, cuando se 'descubrió' petróleo, y las líneas construidas entre 1860 y 1872.

Mapa del noroeste de Pensilvania, que muestra la región petrolera con los ferrocarriles en 1859, cuando se ‘descubrió’ petróleo, y las líneas construidas entre 1860 y 1872.

La furia se desató. Hubo disturbios en los campos petrolíferos, miles de personas enardecidas se tomaron la Ópera de Titusville, saboteadores asaltaron envíos de Standard Oil y destruyeron vías de ferrocarril, los tachados de traidores fueron asaltados por las turbas y golpeados, Rockefeller fue amenazado.

A los pocos meses de fundada, el estado de Pensilvania revocó el estatuto de la Compañía de Mejoramiento del Sur.

Pero Rockefeller no estaba derrotado.

Imagen de portada: Gentileza de BBC News Extra

FUENTE:BBC News Extra

El gas usado para “desinfectar” a mexicanos en EE.UU que sirvió como ejemplo a la Alemania nazi. FINAL.

“¿Sabe qué es la vergüenza?”

Cuando inicia el programa Bracero en 1942 ya estaba extendido el uso de diferentes químicos como el kerosén en centros de inspección fronterizos.

Aunque el gobierno de EE.UU. alabó a los mexicanos que se enlistan como “soldados de la producción” y de la tierra en ese tiempo, con los años surgieron cientos de testimonios de trabajadores que señalaron sus experiencias como vergonzosas y humillantes.

La historiadora Mireya Loza recuerda en conversación con BBC Mundo que la imagen del trabajador rociado con DDT en la cara era la que más afectaba a los antiguos participantes del programa con los que habló.

“Muchos decían que sentían los efectos del DDT en los ojos, que tenían reacciones alérgicas en la piel y entendieron que no era un tratamiento humano”, dice la profesora de la Universidad de Georgetown.

Un grupo de trabajadores del programa Bracero alzan los brazos y están alineados contra la pared mientras son inspeccionados en una habitación del Centro de Procesamiento en Monterrey, México.

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Los trabajadores eran inspeccionados a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, en un centro de procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

La académica inició su investigación entrevistando a decenas de braceros para un proyecto llamado Bracero History Archive (Archivo Histórico de los Braceros), impulsado por el Museo Nacional de Historia estadounidense Smithsonian.

“Muchos de estos trabajadores dijeron haber sentido algo feo porque era la primera vez que eran desnudados públicamente y frente a varias personas. Para ellos era un shock tremendo estar ahí y que los doctores les hicieran abrir las pompis, la boca; todo revisaban”, describe.

Los trabajadores eran generalmente inspeccionados en sedes administradas por Estados Unidos dentro de México y en ciudades fronterizas como Hidalgo, en Texas.

Además de las fumigaciones, los vacunaban contra la viruela, les hacían exámenes de sangre y de rayos X y les revisaban las manos en busca de callos que demostraran que tenían experiencia en el campo.

Un bracero es vacunado mientras otros esperan en la fila en el Centro de Procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

FUENTE DE LA IMAGEN –  CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Los trabajadores también eran vacunados contra la viruela.

Un funcionario de gobierno revisa las manos de un aspirante al programa Bracero.

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Era común que las manos de los trabajadores fueran revisadas en busca de callos como prueba de que ya trabajaban la tierra.

José Silva, un campesino oriundo de Michoacán que empezó a trabajar desde los 6 años, describió en 2005 con cierto enfado la experiencia que vivió mientras fue bracero durante una entrevista disponible en el Archivo Bracero:

“Por una parte sí fue un buen programa (…) No tuve problema, me ayudé económicamente. 

Lo que no me gustaba era que nos fumigaron. Sentí vergüenza. ¿Sabe qué es la vergüenza? Todos formados así, sin ropa, y salíamos así caminando y allá en la puerta estaba el hombre con el fumigador. Muy mal. No éramos animales, éramos cristianos, ¿por qué nos fumigaban?”.

Víctor Martínez Alemán, originario de Tlaquiltenango, en Morelos, se enlistó en el programa en 1956 y trabajó en California:

“Nos pasaron, encuerados, delante de todas las muchachas, ya no más nos tocábamos acá pero encuerados para pasar donde nos iban a fumigar, bien fumigados así y todo… 

A nosotros nos daba vergüenza porque teníamos que pasar como con 20 mujeres (…) Eran todas secretarías. Y con manos atrás, nada de taparse, nada… Nos quería hasta pegar (…) Nunca había pasado esas penas pero como yo lo que quería era llegar a Estados Unidos para hacer algo…”.

“Injusticias y abusos”

A través del Archivo Bracero, el gobierno de EE.UU., mediante el Museo Nacional de Historia y diferentes instituciones académicas, reconocen que los trabajadores fueron sometidos a una serie de “injusticias y abusos”.

“Muchos se enfrentaron a alojamiento deficiente, discriminación e incumplimiento de contratos, incluso fueron estafados al recibir sus salarios”, indica el sitio web.

Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Pese a estas investigaciones, ningún presidente o autoridad de alto cargo a nivel nacional en EE.UU. ha ofrecido disculpas públicas ni reparaciones por los efectos negativos que desencadenó el programa, indica la historiadora Mireya Loza.

Tampoco existe una investigación exhaustiva sobre el impacto de pesticidas, incluido el DDT, en la salud de millones de braceros que fueron fumigados.

Aunque el programa culminó hace casi seis décadas, aún queda una generación que vive para contarlo.

Carlos Marentes, activista por los derechos de los campesinos en El Paso, recogió también cientos de testimonios y denuncias de abusos laborales, y las fumigaciones sobresalía entre los recuerdos más amargos de los trabajadores.

“Naturalmente existía un miedo de que trajeran enfermedades contagiosas, pero eso conlleva a una estigmatización”, dice a BBC Mundo.

Para Marentes, el programa Bracero fue un ejemplo claro de “la contradicción en la política de inmigración” de Estados Unidos.

“Por una parte sabemos que los necesitamos (a los inmigrantes), para que hagan todo lo que no podemos o no queremos hacer, pero por otra parte nos han metido en la cabeza que hay que tenerles miedo”, sentencia.

CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU.

Foto de portada

La escena que capturó esta foto de 1956 ha sido descrita como “un momento atroz”.

FUENTE:

  • Patricia Sulbarán Lovera

Esta vez…ni sopa.

Vienen las elecciones
¿de segundo término
o tercero? 
da igual,
como de costumbre
el ya habitual
corte de energía,
que en época
preelectoral 
donde cada cual
hace su propio
lobby de presión,
flaco favor
le hace
al gobierno de turno.

Como siempre
el mal llamado
capitalismo,
debería decirse
a si mismo
adalid por
combatir
la democracia
de los países
en desarrollo,
es como
la parábola
del tornillo,
que tantas
veces escribí,
si lo giro
a la derecha
cierra,
a la izquierda
abre.

Soy apolítico,
pero es así,
la polarización
es el juego
que mejor
jugamos
los argentinos,
por el corazón
y no por un
programa
de gobierno.

Y seguiremos
andando
a los saltos,
con la mitad
de nuestra gente
sumergida
en la pobreza,
con los ricos
como en el mundo
haciéndose
más ricos.
Monopolios,
oligopolios,
cartelización de
competidores,
carcinomas
que hacen
metástasis
en esta
sociedad abúlica
y difícil
de comprender,
que solita
se pone
las esposas
y marcha presa,
dilapidando
el futuro
de los más jóvenes.

Cuanta vigencia
tiene aquella
“No llores por mi
Argentina”,
porque nada
puedo hacer
por ti,
ya que de día
te vacían,
y de noche
como algo
milagroso
resurges
de las cenizas.

Somos los
mejores de nada,
nuestro ego
sigue creyendo
ingenuamente
que el campo
es lo que nos salva,
cuando la educación.
la ciencia
y la tecnología,
solo con
mucha paciencia
y tiempo,
nos llevaría
por lo menos,
a no contar
como
estadística,
que uno
de cada tres niños,
come una sola
vez al día.

Llora por mi
Argentina,
que yo lo
haré por ti
.

Imagen: Gentileza Pinterest

Constanza Michelson: “Vivir es hacer un duelo compartido”.

En su libro Capitalismo del yo, recientemente editado aquí, el psicoanálisis entra en debate con los problemas del mundo contemporáneo: el amor, los feminismos, las masculinidades, la política, el duelo.

Constanza Michelson es egresada psicóloga de la Universidad Diego Portales (Chile) y Magíster en Psicoanálisis.

Su trabajo tiene diferentes aristas, desde problemáticas relacionadas con clínica de las adicciones a elaboraciones en torno al malestar cultural. Publicó diferentes libros, entre ellos 50 sombras de Freud: laberintos del amor y del sexo (2015) y Neurótic@s. Bestiario de locuras y deseos contemporáneos (2017).

Es una de las voces del psicoanálisis chileno que mejor transita entre el campo académico y la divulgación, con una particular flexibilidad y lenguaje, para recuperar la dimensión de la polémica y el debate como forma de plantear preguntas.

Escribe con regularidad en diferentes medios de su país y es corresponsal en otros países hispanohablantes.

Su último libro Capitalismo del yo. Ciudades sin deseo (Paidós, 2021) surgió a partir de una crónica de los acontecimientos políticos que sacudieron al país trasandino y que todavía interrogan a toda la región.

Su reflexión en torno a la dignidad de la vida, los peligros de la masificación y las nuevas formas de los totalitarismos abre diversas preguntas para pensar en torno al giro neoliberal del capitalismo, la conversación del psicoanálisis con los feminismos, el lugar de las “nuevas masculinidades” en tiempos de deconstrucción del patriarcado, la banalización de lo políticamente correcto y los duelos como experiencias colectivas. 

–¿Cómo caracterizaría al yo capitalista? ¿Cuál es su relación con la subjetividad neoliberal?

–Un buen ejemplo del lugar desesperado del yo en nuestro tiempo es el que señala Eva Illouz en relación al amor: en las sociedades patriarcales tradicionales el amor no era un asunto para nada constitutivo de la subjetividad femenina y masculina.

Nada de terapias, ni mensajes desesperados a la tres AM. La tradición definía, entre otras cosas, tu lugar en el mundo. Hoy cada quien debe realizar esa tarea y el amor es una vía privilegiada, y no poco ansiógena, de búsqueda de reconocimiento para definir quiénes somos.

Creo que la ansiedad no es una patología sino una forma de vida, el yo es ansioso, pues intenta definir, cerrar, decretar “las cosas como son”. El yo tiene algo fascista y es que cuando la subjetividad es débil, compensamos con identidades fuertes que obligan a comprometerse con una idea de sí mismo, antes que con el mundo.

Por su parte el capitalismo, que no es solo un sistema económico, sino una manera de pensar, logra transformar cualquier cosa en mercancía.

Luego, el yo puede operar bajo las reglas de la mercancía, se posee, se usa y se tira: el cuerpo, las emociones, la identidad, el amor.

–Un aspecto valiente de su libro es que se anima a debatir con los feminismos, en tiempos en que estos representan un discurso socialmente legitimado y el psicoanálisis es una práctica a la que nadie quiere perderse la chance de criticar, ¿qué balance haría de los (des)encuentros entre ambas perspectivas?

–Al psicoanálisis se lo ha criticado siempre, quizá porque es una teoría de la noche, es decir de lo que hay de misterio y de contradictorio en nuestras palabras más orgullosas. Eso incomoda a los viejos poderes de siempre, tanto como a los nuevos poderes de siempre.

El feminismo, como cualquier reivindicación política, en su faceta militante, habla en el lenguaje del día, a partir del saber y la certeza. Y en parte está bien que así sea. Puesto que se trata del registro del activismo, ahí no se puede dudar, debes avanzar. Otra cosa es el registro del pensamiento, que es el de la duda, y el registro de la política, que implica la negociación.

El feminismo transita en todos esos registros, y cada quien se situará en el registro de actividad que le sea más interesante. El problema es cuando la forma militante se toma la agenda del pensamiento o la política, luego caemos en lógica de guerra o de pensamiento en masa; cosa que hoy es común más allá del feminismo.

Por eso pienso que se puede ser feminista y psicoanalista, no feminista psicoanalista; porque son dos prácticas diferentes, incluso que pueden estar en tensión. Como alguna vez te escuché decir: me interesa el psicoanálisis con perspectiva de psicoanálisis.

–En un capítulo discute diferentes ideas sobre la masculinidad, ¿existen “nuevas masculinidades”? ¿Cuáles son los síntomas de los varones hoy?

–Crítico la idea de deconstrucción cuando pasa por la licuadora del lenguaje del capitalismo del yo.

Cuando se trata de un nuevo traje moral que se pone y desde ahí se puede juzgar a los demás. Otra cosa es que los movimientos en lo social nos empujen a hacernos preguntas interesantes respecto de cuestiones normalizadas. Eso sin duda ha ocurrido. El problema que veo es que “deconstruirse” se vuelva una identidad en sí misma, y pierda justamente su potencia de deconstrucción que viene a desordenar lo existente, luego cae en ser algo más en la lógica de la segregación.

Lo curioso es que sobre la deconstrucción admitimos la parte que dice todo es construido, por lo tanto no fijo, pero no la otra parte, que implica que, por lo mismo, no somos dueños de esas construcciones, que eso que somos, no es algo decidido a voluntad por el yo. Pensarse es un modo de deconstruirse cuando es posible sostener una espera, una relación al tiempo sin ansiedad, para que entonces aparezca una nueva idea, un movimiento.

Cosa muy distinta son los nuevos príncipes feministas, cuyo proceso a veces puede ser oportunismo (estar siempre del lado vencedor) o bien, pasaron por un real proceso de reeducación, pero que como toda educación, sabemos que es un asunto acotado.

–La primera edición de su libro, en Chile, se tituló “Hasta qué vivir valga la pena” y está muy permeado por los acontecimientos chilenos del último tiempo; en diferentes capítulos recuerda la afirmación de Lacan “El inconsciente es la política”, como contrapunto al célebre “Todo lo personal es político”, ¿por qué le parece que esta afirmación se entendió tan mal, como ventilación desvergonzada de la vida privada, en lugar de politización de lo íntimo contra la victimización? ¿Por qué es necesario complementarla con la frase de Lacan?

–La potencia de lo personal es político, es precisamente la idea de que hay algo de lo personal que es impersonal, es decir, de aquello que me ocurre, lo político tiene su parte; entonces se rompe la idea de lo personal como posesión privada.

Otra cosa es que la consigna, otra vez, pasada por la licuadora de la vida capitalista, la vuelva un clientelismo donde mis asuntos personales deben ser compensados. Luego la banalidad se convierte en mal. El cliente siempre tiene la razón dicen, bueno, porque el cliente no tiene inconsciente entonces. Lo inconsciente no está dentro de las personas, sino que es aquello transindividual que nos hace sujetos a otros.

Existir implica un conflicto con la alteridad, incluso la que nos habita; por eso “buscarse a sí mismo” no puede ser sino una pregunta, un rodeo por el mundo del que estamos hechos, nunca un solipsismo tal como algunas ideas sobre el amor propio pretenden.

El amor y el sí mismo no son cosas propias. Quizá de lo que estamos despojados es de desposeer, es decir, de relacionarnos con lo impropio. Si lo inconsciente es la política, es precisamente porque lo personal es político: estamos hechos de mundo.

Creo que eso es lo que estalló en Chile, la vida como propiedad privada; “Hasta que valga la pena vivir” apareció espontáneamente en la revuelta, y creo que dejó en evidencia que mientras hablábamos de robots y del aumento de la esperanza de vida, el deseo de vivir no era nada de obvio en ausencia de vida política.

–Otro gran tema de su libro es la experiencia de duelo. En diagonal, diría que es un libro sobre la pérdida y el deseo, sobre cómo aprender a perder, sin perdernos en el camino, es decir, sin perder la capacidad de desear, ¿por qué en el mundo actual desear sin garantías es tan difícil? ¿Por qué vivimos con miedo a perder y, por eso, más nos inhibimos y limitamos nuestras experiencias?

–La conciencia de muerte es la pérdida irreductible en lo humano y la base de la melancolía que compartimos.

Vivir, de algún modo es hacer un duelo compartido, y que puede ser creativo y motor de deseo, pero también puede fracasar, supongo que eso es una depresión, que no solo es una palabra horrible, sino que además separa de esta condición compartida. De acuerdo con Esquirol, pienso que de nuestra condición humana podemos hacer la experiencia del océano o del desierto. El océano es la inmersión, perderse en la masa, en la palabra totalitaria, en un goce de indiferencia. El desierto en cambio, no es la inmersión, sino la muerte, por lo tanto, es fragilidad, ruego y amparo. Es bello que palabras como rogar e interrogar compartan la misma raíz.

FUENTE: PÁGINA 12 – CULTURA – Por Luciano Lutereau