Banksy en La Rural: la salida es por la tienda de merchandising.

Un recorrido por la muestra del ícono mundial de la contracultura en el centro de exposiciones de Palermo. Contradicciones e imperdibles de una exhibición «no autorizada».

Palermo. Las paredes hablan. «Somos la especie en peligro de extinguirlo todo». Cuánta razón. Estoico, el deshilachado afiche del movimiento de liberación animal, Voicot, resiste de cara a la oligarca Rural. 

A unos pasitos, en lo alto del cielo nublado, otro cartel. Señalética firmada por el Gobierno de la Ciudad de la furia larretista. El Gran Hermano PRO advierte: «Espacio monitoreado por cámaras de seguridad». 

Sobre la fachada del centro de exposiciones, otros dos avisos. Blancos, radiantes, prolijos, seductores. Por supuesto, vendedores. Se lee, con acento british: «Banksy: Genius or Vandal?». Subrayado, en criollo: «Exposición no autorizada». ¡Albricias, la contracultura llegó a La Rural! La paradoja de acercarse a la estrella distante del arte callejero antisistema en un paseo ordenado por pulcros salones, audioguía y anteojitos de realidad virtual. Falta calle. Tan obvio en un espacio apropiado por los dueños del campo.

Igual parece que la expo funciona. Los 70 originales de Banksy, propiedad de generosos coleccionistas –todas galerías que venden obras del artista británico en sus webs–, vienen de una larga gira con escalas en Madrid, Nueva York, Milán, Lisboa, Moscú, Las Vegas, Tokio, Bruselas, Hong Kong y mucho más allá. 

Millones de visitantes, suculentas recaudaciones, show business. Sin dudas, el mercado del arte (de ese arte, al menos) goza de buena salud tras la miserable pandemia.

Mientras tanto, el cotizado Banksy patalea en internet contra las exhibiciones no consensuadas. «Trátalos en consecuencia», cierra su queja de bandoneón virtual. El artista acompaña la diatriba con una imagen. Un grafiti en la fachada de una expo. Una sola palabra tatuada: «Fake».

Antes de ingresar al predio, Bernardo, treintañero profesor de Historia llegado desde Montserrat, dice que ni fu ni fa con la polémica: «Si quiero puteríos, veo un programa de chimentos. 

Yo soy hincha de Banksy, porque nos canta la posta de cómo nos caga el sistema, de cómo nos explota el capitalismo, y lo hace arte. Eso sí, hablando de capitalismo, saladito el precio para el sueldo docente». La entrada en Buenos Aires cuesta 3000 pesos. La salida vemos.

Mapa global de las intervenciones de Banksy.

 

Policías «smile» del británico.

Murales vivos en La Rural.

Pibe capucha

Los grafitis son una forma de guerrilla. Una manera de pelearle el territorio y el poder a un enemigo siempre más grande y mejor equipado. Banksy amplió el campo de batalla del arte urbano desde las calles de su Bristol natal a la aldea global.

Corrían los ’90 en el Reino Unido: Tony Blair, «Cool Britannia», Tercera Vía. 

Mucho maquillaje, menos Estado de Bienestar, más límites para las libertades civiles. Un continuado remozado de los ochenta de la Thatcher. También, épocas de raves, trip hop, stencil y resistencia contracultural herederas del punk en las islas piratas. Esta ensalada alimentó al cachorro Banksy.

El puntapié inicial de la expo es un viaje a los tiempos germinales del artista anónimo. Cómo dar la cara. Pintar paredes es un delito. «Si el grafiti cambiara algo, sería ilegal». Fotos y más fotos de época –firmadas por Steve Lazarides, su amigo y primer agente– que muestran a un flaco siempre encapuchado. Sobre la identidad real de Banksy se han tejido mil y una leyendas. Que es el provocador Damein Hirst, el decorador Robert Bank, el músico Robert Del Naja. Frío, frío, frío. «En el fondo, todos somos Banksy», dijo el cantante de Massive Attack.

Cerca del espacio que recrea el estudio–galpón del artista pululan Lucas y Celia, una expareja de jubilados bien empilchados: «Nos conocimos hace 61 años, la vida nos separó, hace poco nos reencontramos y acá estamos festejando, rodeados de arte». 

El caballero dice saber mares sobre muralismo: «No digo que Banksy sea Diego Rivera, pero tiene su sello personal. Es contestatario, antisistema y también amoroso. Me gusta mucho la obra del joven lanzando ramos de flores en vez de una bomba molotov. Los años me enseñaron que hay que amar y protestar más». 

La obra, una serigrafía en papel, puede apreciarse en la exhibición. Se titula «Love is in the air», pero las masas la rebautizaron «El lanzador de flores». Banksy la pintó por primera vez en una pared de la frontera salvaje que asfixia a Palestina, donde también instaló un hotel con vista a los muros. El año pasado fue subastada por la casa de remates Sotheby’s. Casi 13 millones de verdosos dólares. Clink caja.

Humor y crítica antisistema en la muestra. Foto: Edgardo Gómez

Visitantes en la muestra sobre el artista de Bristol. Foto: Edgardo Gómez

«Napalm», un hit de Banksy. Foto: Edgardo Gómez

La llanura de los chistes

Serigrafías, grafitis, stencils, instalaciones, videos. Los originales del británico se esparcen en varias salas hermanadas por ejes temáticos. El capitalismo salvaje, el rey consumo, el drama de la migración, las guerras imperialistas.

 «Creo que son una protesta sutil, elegante, y a la vez muy potente. Banksy muestra lo sometidos e idiotizados que estamos», reflexiona Agustina, estudiante chilena, justo frente al cuadro que muestra a unos pibes haciendo flamear una bolsa de supermercado como bandera. No muy lejos, un stencil grita: «No podemos hacer nada para cambiar el mundo hasta que el capitalismo se derrumbe. Mientras tanto vayamos de compras para consolarnos».

Un océano de imágenes cargadas de filosa crítica, pero también de mucho humor. Lenin en patines con el logo de Nike, la reina Victoria disfrutando un cunnilingus, Steve Jobs como refugiado sirio, angelicales policías antidisturbios con caritas de «smile» o tomando generosas líneas de cocaína.

También los billetes falsos con la cara de Lady Di que el británico arrojó a una multitud en 2004, durante los festejos del carnaval de Notting Hill. Papel moneda respaldado por el «Banksy of England».

Inés es una jubilada que vino de visita con toda la parentela. Esta tarde tiene su bautismo de fuego con el street art: «Todo muy lindo, me gusta el cruce que hace entre el arte y la política. Es parecido a mi artista favorito, Nik, que es un genio». Un chiste sin remate posible. 

A Iñaki lo dejó en llamas «Napalm», el dibujo inspirado en las fotografías de Nick Ut que muestra a la niña Kim Phuc tomada de la mano de Ronald Mc Donald y el ratón Mickey: «Qué mierda es la guerra, ¿no? Yo sí creo que el arte puede ayudar a que no existan más. Pero eso seguro no depende de nosotros». 

Otro stencil de Banksy reza: «Los crímenes más grandes del mundo no son cometidos por gente que rompe las reglas, sino por los que las siguen. Es la gente que cumple órdenes las que lanzan bombas y masacran pueblos».

El color de la muestra en Palermo. Foto: Edgardo Gómez

Grafitis y resistencia.. Foto: Edgardo Gómez

La tienda de merchandising y el fin del capitalismo. Foto: Edgardo Gómez

Globos de ensayo

«Desempleado del mes». Eso dice el pin «irónico» que lucen los trabajadores de la muestra en sus pechos. Pibes y pibas del ejército de reserva del mercado laboral que se hacen unas monedas con mucha intermitencia. 

Una laburante comenta al pasar: «Por ahí veo un cuadro y me siento representada. Eso de que el sistema nos explota, trabajar para nada, para consumir. Era más fácil trabajar en la muestra de Van Gogh, puras flores».

Pegadito al aburrido tour virtual se encuentra la cereza del postre: una sala entera dedicada a la afamada «Niña con globo», la Gioconda de Banksy. Foto obligada para subir a Instagram. Banksy la creó como mural en 2002 bajo el puente de Waterloo. Una copia original en papel fue subastada en 2018 por más de un millón de libras. Lo curiosos fue que la obra resultó semidestruida por una trituradora pocos segundos después de ser adquirida. La serigrafía deshilachada fue vendida nuevamente en 2021 por casi 19 millones de libras. Terminó rebautizada: «El amor está en la papelera».

Sin indirectas, la salida de la muestra es por la tienda de merchandising. «Destroy capitalism», se lee en una remera que cuelga sobre las cabezas de los empleados. 

Hay afiches, calcos, tazas, posters, pines, lápices con el sello Banksy. ¡Lleve, nomás! Pago al contado. Atención al consumidor, a la consumidora: no hay precios cuidados. «

Imagen de portada: Por Edgardo Goméz.

FUENTE RESPONSABLE: Tiempo Argentino. Por Nicolás G. Recoaro. 24 de septiembre 2022.

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Cómo no vamos a odiar Nueva York.

De un salto, Federico García Lorca abandonó el puente del transatlántico Olimpic para poner los dos pies en el puerto de Nueva York

Tras un ajetreado viaje desde Southampton, el poeta elevaba la vista hacia la incipiente masa de rascacielos neoyorquinos. Desconocemos si en ese momento se topó por primera vez con las famosas cuatro columnas de cieno que ilustran uno de sus poemas más ingeniosos, pero sí sabemos que a partir de entonces Lorca se vería engullido por una ciudad que acabó por asquearlo, que le repugnó hasta límites que nunca llegó a imaginar. 

Paradójicamente, ese choque trajo consigo una fecunda creatividad, y tras ella uno de los poemarios más extraordinarios de la literatura universal: Poeta en Nueva York

Se percibe ese desasosiego lorquiano en aquellos versos: la deshumanizada industria americana, la muerte y el miedo asociados al ultraliberalismo del crac, el hambre y la precariedad unidos al lujo y el fasto en la ciudad de los contrastes. 

Al llegar a Cuba, meses más tarde, Lorca sintió que huía de un agujero infecto.

Cabe pensar en lo distinta que es aquella percepción lorquiana de la fascinación ridícula que la ciudad norteamericana genera en la Europa decadente que hoy nos cobija. 

Sólo hay que ver cómo se pasean por allí políticos de todo signo, haciéndonos creer que los problemas en materia de igualdad de género o los bloqueos económicos del país dependen de cuatro reuniones con funcionarios estadounidenses de tercera división. Nada de eso. La única misión que persiguen es mostrarle al españolito cosmopaleto que nuestra Españita tiene repercusión en ese mundo futurista y anhelado, que la Arcadia del siglo XXI les hace un hueco a nuestros alcaldes y ministros: fíjate qué influyentes son esos a los que votamos, que se pasean por una película de Woody Allen

Faltan las calabazas de Annie Hall para dejar anestesiado por completo al votante.

En fin, vivimos en el mundo de la imagen, de la apariencia. Tanto da si nuestro futuro no pinta un carajo allí donde deben importar las cosas, lo necesario es proyectar esa imagen de consideración global en el extranjero sobre el paisano que dentro de unos cuantos meses introducirá el sobrecito en la urna. 

El asesor político de turno tiene muy localizado a ese hombre de Cuenca o de Segovia que le hace más caso a la columna que una vez al año escribe sobre España un redactor semianalfabeto del Washington Post que a lo que realmente ocurre al otro lado de la calle. 

Tiene muy localizado al modernito woke de Malasaña o de Gràcia a los que les bastará una palabra del New Yorker para sanar sus turbias conciencias.

Mi consejo en este punto es que no se dejen engañar por los tambores neoyorquinos, como no se dejó engañar Lorca, y hagan caso a lo que hizo caso el poeta: a la tierra, a la cotidianeidad de nuestro mundo. Los problemas están aquí, en el barrio, en el campo, en el pueblo, a dos metros de su casa. Dejémosles Nueva York a los poetas.

Imagen de portada: Time Square en New York.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Carlos Mayoral. 7 de julio 2022

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Es el algoritmo, estúpido…

Hoy se escucha hablar todo el tiempo de una palabra que antes era solamente campo de la matemática: el algoritmo. En muchas charlas de café un apasionado interlocutor nos explica que el algoritmo sabe todo de nosotros. Parecen querer decirnos: “es el algoritmo, estúpido”. Ya no podemos decir que no sabemos de qué se trata aunque no entendamos nada.

Y nos hacen una prueba, nos dicen que saquemos el celular y pidamos un auto en alguna aplicación, todos la misma, todos al mismo lugar, y veamos si el precio es el mismo. No es así, el algoritmo pone precios diferentes. El algoritmo se ha sofisticado, no depende solamente de la oferta, de la cantidad de autos disponibles en la zona sino que se ha especializado en la demanda: saben de ese lugar, cuánto dinero tenemos en nuestro bolsillo, cuánta desesperación en llegar. ¿Cómo logran saber cuestiones que quizás nosotros no tenemos tan claras? ¿Cuál es el costo de una sociedad sin intimidad?

El algoritmo está acostumbrado a manejar millones de datos, información diversa que interpreta y analiza pero más allá de sus cualidades de “Big Data”, la ventaja que realmente tiene es que lo queremos mucho, dependemos mucho de él, le confiamos todos nuestros secretos y cada vez más hacemos pasar por ahí nuestra vida. El algoritmo sabe de nosotros. Se graba en una “caja negra” todas nuestras búsquedas, todas las páginas en internet, los lugares donde estamos, y estaremos el fin de semana y en las vacaciones. Y nos hace ofrecimientos, tiene deferencia por nuestro nivel económico, por nuestras preferencias, por nuestros secretos pero se aprovecha de ellos para que no le digamos que no, siempre hay otros mirando en este momento nuestra oferta y nos amenaza con perder las oportunidades.

El algoritmo conoce al que pide el servicio como al que lo ofrece. Lo único que podemos hacer los seres humanos es, como a los padres que todo lo saben, hacerle trampa. Los trabajadores de autos en Washington en la entrada del aeropuerto apagan el celular al mismo tiempo para que se eleven los precios antes que llegue el horario de llegada de los aviones.

El algoritmo está en nuestro querido celular, muchos pensamos que el celular nos pertenece pero no hay nada menos personal. Allí se esconde un tipo de sociedad, que es del conocimiento, de un sistema de poder sostenido en una ¿ideología algorítmica neutral? Cada vez más el celular necesita pegotearse en tu carne, te pide un patrón, la huella del dedo, realiza tu reconocimiento facial y necesita sí o sí que ligues tu cuenta de gmail, a tu ubicación autenticada y a una tarjeta de crédito. Y con esto ya está, perdiste mucho más que la intimidad, saben no solamente lo que compraste sino lo que comprarás durante este mes. Van complejizando variables, identifican lo que buscás y lo diferencian de lo que deseás y en esa diferencia crean la ilusión de que la búsqueda de lo que deseás está en manos de tu emprendimiento, de tu voluntad.

Algunos se asustan y piden volver al tiempo pre algoritmo pero hoy pareciera tan posible extirparlo como vivir sin pulmones. Aunque su derrotero pareciera inalterable, es necesario abrir debates acerca de sus evidentes consecuencias. Una de las preguntas es si las tecnologías del algoritmo y del tiempo “real” podrán ser utilizadas para el bien común.

Una de las primeras limitaciones es conocida: estas tecnologías están controladas por dos grandes “megasuper corporaciones” que dominan las plataformas y determinan los senderos y sobre todo censuran los caminos alternativos. Mientras que el acceso al conocimiento esté limitado a pocas corporaciones, resultará complicado abrir el juego a nuevos participantes. Esas corporaciones tienen ideología y marcan a fuego la perspectiva de la humanidad sostenida en un horizonte totalitario y homogeneizador. Crean un tipo de subjetividad, una sociedad de supuestos emprendedores que nos hace sentir que de cada uno y cada una depende el éxito y el fracaso. Por convergencias y reiteraciones, sectorizando esos diferentes deseos, el algoritmo podría realizar la correlación entre la compra de un determinado champú con las decisiones que tomaremos en las próximas elecciones.

Hasta comienzos del siglo XXI, a las corporaciones les importaba tu cerebro, cómo mantenerlo con vida dándole lo menos posible, les interesaba qué porcentaje de la torta se podían quedar sin crear una revuelta tal que creara un cambio en las reglas de juego, hoy con las redes en tiempo real, las corporaciones se animan a más porque pueden crear la idea de que la política es una idea pasada de moda y que todos los políticos son la misma cosa, ya sea de derecha o de izquierda y que finalmente, lo único que puede salvarte sos vos mismo, en el supremo esfuerzo de hacer lo que mejor puedas.

Una sociedad individualista que te muestra miles de ejemplos de personas que se han vuelto millonarias por el simple manejo del “simplemente hazlo”, ese hashtag de una conocida empresa de zapatillas que te dispara el cerebro a la estratosfera diciéndote que si no conseguís más, será porque no lo has deseado con la tenacidad del que logra lo que se propone. Ya no se trata de la lucha por una sociedad que te facilite un acceso a mayores niveles de igualdad y distribución de la riqueza sino de las limitaciones de la psicología de tu deseo.

Nos convertimos entonces en una sociedad de frustrados que miran con envidiosa penuria a algunos que logran lo que nosotros no. No hay que quedarse, hay que seguir. Los ejemplos sobran, en el medio de la metrópoli, la sociedad norteamericana toma antidepresivos como galletitas en el desayuno antes de salir a su vida laboral. Hoy se trata de mantenerse activo.

El algoritmo quiere conocer tus movimientos en el fondo de tu bolsillo y anticipar tus próximos movimientos. La del bolsillo es una metáfora anacrónica, porque nadie que tiene dinero lo lleva en el bolsillo, miran tus cuentas bancarias, tus movimientos por la ciudad, tus repeticiones de compras en el súper, tus miradas a páginas deseando algo, tus llamadas a otros a través de redes sociales y sobre todo miran el uso de tus aplicaciones. Te acercan el taxi que necesitas para llegar, la comida para la noche, la serie que seguramente estás esperando, la frase que tenés que decir para la ocasión, la aplicación que necesitás para no olvidarte las claves para entrar a las diferentes cuentas.

Pero todo esto tiene un costo. El “pequeño” costo que no dicen ni aún con letritas pequeñas en el fondo del “acepto término y condiciones”. Ese costo es daño colateral, además de la ideología que transmiten en su masividad y las anticipaciones de nuestras próximas jugadas, el daño es la construcción de subjetividades cada vez menos cuestionadoras de lo que la sociedad hace de nosotros.

Imagen de portada: Gentileza de Página12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Argentina. Por Martín Smud*psicoanalista y escritor. Mayo 2022.

Sociedad/Capitalismo/Tecnología

 

 

 

 

El nuevo pronóstico de Bill Gates acerca del futuro y el metaverso.

Como se sabe, Microsoft trabajando en la creación de un metaverso donde los usuarios podrán asistir a reuniones laborales mediante avatares personalizados, sin necesidad de presencia física. Gates habló al respecto en su blog.

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Bill Gates volvió a dar orientaciones de lo que vendrá, a partir de una nueva publicación de su blog. El cofundador de Microsoft reflexionó sobre el futuro del teletrabajo y sobre cómo podría cambiar su formato con el desarrollo del metaverso. 

«Con la pandemia del coronavirus, la presencia en el lugar de trabajo y el proceso en sí mismo «han revolucionado», al punto de que cada vez son más las empresas que, aunque antes nunca ofrecieron esa flexibilidad a sus empleados, optan ahora por trabajar a distancia», evalúa Rt

«Estos cambios no harán más que intensificarse en los próximos años», consideró Gates, agregando que el teletrabajo irá atrayendo a más y más trabajadores al metaverso. 

«Dentro de los próximos dos o tres años, predigo que la mayoría de las reuniones virtuales pasarán de las cuadrículas de imágenes de cámaras 2D […] al metaverso, un espacio 3D con avatares digitales»  

El multimillonario reconoció, no obstante, que el trabajo a distancia hace que se pierda la interacción espontánea entre colegas.

«En el salón de tu casa no vas a tener exactamente una conversación no planificada con un colega sobre tu última reunión», explicó. A pesar de esto dijo que el metaverso permitirá replicar en casa esa experiencia, utilizando el avatar en 3D para reunirse con las personas en un espacio virtual que reproduciría la sensación de estar con ellas en un mismo lugar.

Como se sabe, la compañía Microsoft, cuya junta directiva abandonó Gates en 2020, ya trabaja «en la creación de un metaverso orientado al terreno laboral, donde los usuarios podrán asistir a reuniones de trabajo por medio de avatares personalizados, sin necesidad de hacerlo físicamente. A principios de noviembre, la compañía anunció un plan para introducir herramientas de realidad virtual y realidad aumentada en su servicio Teams de videoconferencias y trabajo en equipo», cierra la agencia. 

Mark Zuckerberg, por cierto, también trabaja fuerte en el metaverso, para Facebook. 

Imagen de portada: Gentileza de GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: Mdz mundo online. Diciembre 2021

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La condición que comparten Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates y Warren Buffett, y que los ayudó a hacerse ricos.

Cuatro de los hombres más ricos del mundo comparten una condición, no menor, que los ayudó a ser ricos y que rompe un poco el mito de los multimillonarios surgidos de la nada.

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Cuatro de los hombres más ricos del mundo comparten una condición, no menor, que los ayudó a ser ricos y que rompe un poco el mito de los multimillonarios surgidos de la nada. Hablamos de Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates y Warren Buffett.

“Mucho se ha escrito sobre los secretos del éxito de los multimillonarios. Trabajan duro, trabajan muchas horas, toman riesgos, se levantan antes del amanecer. 

Sin embargo, por muy bueno que sea ese consejo, hay mucha gente que trabaja duro y durante mucho tiempo pero que apenas sobreviven”, afirmó la publicación de INC antes de dar a conocer el punto en común que resultó una de las claves del éxito de estos empresarios.

Elon Musk

Ninguno de ellos hizo realmente su fortuna sin algo de ayuda de sus familias. Elon Musk, el empresario estadounidense fundador de Tesla y SpaceX, posee el título de la persona más rica del mundo. Pero ya era alguien potencialmente adinerado: su padre era dueño de una rentable mina de esmeraldas y un rico promotor inmobiliario en Sudáfrica.

Jeff Bezos

Su principal competidor por el título de la mayor fortuna, Jeff Bezos, recibió una ayuda de u$s300.000 de parte de sus padres para que pudiera comenzar su negocio y transformarse en el hacedor de Amazon.

Bill Gates

Bill Gates de hecho ya era rico antes de fundar Microsoft. Sus padres tenían una módica fortuna y conexiones con IBM, la compañía a la que destronó su hijo.

Gentileza: El Economista. Por su parte, el padre de Warren Buffett había sido un inversor de gran éxito y cuatro veces congresista.

Es decir, los cuatro ya tenían un patrimonio que los apalancó, o vínculos empresariales y políticos que allanaron el camino al éxito. Por supuesto, hay un gran mérito en tomar esa «herencia» y ponerla en funcionamiento.

“Estos tipos obviamente jugaron bien sus cartas, pero al principio se les repartió una mano muy fuerte y tuvieron suerte cuando jugaron nuevas cartas, probablemente porque la baraja con la que estaban jugando ya estaba apilada a su favor”, remarcó la publicación de INC tras la reseña.

“Mira, el espíritu empresarial es genial, pero no es una solución para la pobreza. El espíritu empresarial es un camino a seguir para aquellos de nosotros lo suficientemente afortunados de tener una formación que puede proporcionar el apoyo para desarrollar las habilidades y el capital necesarios para iniciar un negocio”, planteó. Y cuestionó: “¿Hay algunas personas muy pobres que han tenido éxito e incluso son ricas? Claro, pero esos ejemplos son por definición excepcionales”.

En ese contexto, se concluye con una reflexión al respecto: “Si eres un emprendedor exitoso, siéntete orgulloso de tus logros, pero no conviertas tu éxito en un club con el que golpear a los menos afortunados. No es un buen look; te hace parecer pequeño y mezquino. Y detente con el mito del ‘hecho a ti mismo´. Es una tontería y lo sabes”.

La lista de los 10 hombres más ricos del mundo

  1. Elon Musk: u$s 362.000 millones
  2. Jeff Bezos: u$s 192.000 millones
  3. Bernard Arnault: u$s 167.000 millones
  4. Bill Gates: u$s 137.000 millones
  5. Larry Page: u$s 129.000 millones
  6. Sergey Brin: u$s 125.000 millones
  7. Mark Zuckerberg: u$s 122.000 millones
  8. Steve Ballmer: u$s 119.000 millones
  9. Larry Ellison: u$s 116.000 millones
  10. Warren Buffet: u$s 105.000 millones

Imagen de portada: Gentileza de Ámbito

FUENTE RESPONSABLE: Ámbito – Negocios. Noviembre 2021

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