«Mujeres letales» reúne una gran cantidad de cuentos de terror escritos por mujeres entre 1830 y 1908.

Escritoras populares, eclipsadas por el paso del tiempo o la prevalencia de colegas masculinos: la antología Mujeres letales de Edhasa rescata una gran cantidad de autoras del género de terror aun dentro de una diversidad temática y estilística que supera cualquier rigidez conceptual. Reúne textos que van de 1830 a 1908 y hace convivir a ineludibles como Mary Shelley, Elizabeth Gaskell y Vernon Lee, con autoras no identificadas con el rubro como Louisa May Alcott y Edith Warthon, y también incluye sorpresas como Helena Blavatsky y Mary Elizabeth Braddon.

En los últimos años las antologías de cuentos góticos y de fantasmas escritos por mujeres durante el siglo XIX son legión. Las selecciones, como todo recorte, pueden ser flojas, desparejas, excelentes o repetitivas: el último caso suele ser el más común. Por eso Mujeres letales: Obras maestras de las reinas del terror (Edhasa) es notable, más allá del título chillón: se trata de una muestra de lo mejor y también lo menos antologado, salvo excepciones, de un conjunto de escritoras que fueron muy populares y que, en la mayoría de los casos, eclipsó el tiempo y la prevalencia de escritores varones. 

Una de las pistas del valioso criterio de selección es el editor Graeme Davis, un especialista en juegos de rol y videogames que tiene un ojo notable como antologador de terror y ficción oscura: ya hizo para la editorial Simon & Schuster una selección impecable llamada Colonial Horrors, con un seleccionado de los pioneros del género en Estados Unidos. Como este, es un libro largo, exhaustivo, investigado: Mujeres letales tiene 680 páginas, los cuentos van de 1830 a 1908 y tiene breves y contundentes biografías de cada autora.

Las invitadas de siempre, por supuesto, no faltan. Sin embargo Mary Shelley, Elizabeth Gaskell y Vernon Lee, por ejemplo, aparecen con relatos poco conocidos y, en ocasiones, muy extraños. “La transformación”, de Shelley, transcurre en Italia, como muchos otros del libro –y de la época: era el país mediterráneo favorito de quienes podían viajar- pero el tema fáustico es bastante oscuro. 

Un joven genovés, enamorado de la hija del mejor amigo de su padre tiene una vida tan disoluta que impide la relación. Desesperado, se encuentra por casualidad con una suerte de demonio que le ofrece un cambio de cuerpo. Suena convencional pero no lo es y menos cuando se publicó, en 1830: tiene algo morboso y desesperante porque, como es de esperar, el ser maligno no cede su nuevo cuerpo tan fácilmente a pesar del pacto. 

Gaskell, famosa biografía de Charlotte Brontë y colaboradora de Dickens aparece con un relato poco conocido, “La casa solariega Morton”, que es un cuento gótico, pero sobre todo un cuento de mujeres que repasa muchas de las condiciones de vida de la época: desde la joven heredera que cae en desgracia y termina viviendo en la miseria, hasta las solteronas excéntricas y vivaces o la esposa maltratada por orgullosa y finalmente encerrada en una institución psiquiátrica por su marido. 

El punto de vista es de dos hermanas, los detalles de la vida cotidiana femenina están presentes, casi no hay terror sobrenatural: los miedos son a quedarse sin la propiedad o ser condenadas por un hombre cruel que ejerce de dueño. Vernon Lee –feminista, lesbiana, amiga de Mario Praz y otra apasionada de Italia– aparece con “La puerta oculta”, cuento frenético sobre una sugestión, escrito con un estilo vivaz y paranoico perfecto para el tema.

Quizá el único relato de inclusión obligatoria en la antología sea “El empapelado amarillo” de Charlotte Perkins Gilman, sobre una mujer que transita una depresión posparto que desencadena un brote; resulta muy difícil dejarlo fuera porque su contenido es cada vez más vigente y el texto, en primera persona y de primera mano –Perkins Gilman sufrió depresión después de parir- da cada vez más miedo: “Es la misma mujer, yo lo sé”, dice la narradora mientras mira por la ventana de su cuarto, “pues siempre está arrastrándose, y la mayoría de las mujeres no se arrastra a la luz del día”.

HELENA BLAVATSKY

Igual de buenos son dos relatos muy distintos, en estilo y en intención: el primero, “La duquesa orante” de Edith Wharton se traslada una vez más a Italia para contar a una mujer dominada por un marido que parece despreciarla y gozar con su sufrimiento, aunque cada castigo es sutil y ambiguo: ella a la defensiva, él atacando con la espada envuelta en terciopelo. 

El otro es “Un alma insatisfecha” de Annie Trumbull Slosson, estadounidense y más conocida como entomóloga (hay tres especies de insectos que llevan su nombre): se trata de un cuento sosegado sobre una mujer inquieta que, cuando muere, vuelve de la tumba en vida, una zombie totalmente normal físicamente aunque angustiada de a ratos, recibida por su comunidad con una normalidad inquietante, una muerta entre sus vecinos que podría seguir así, sin explicaciones, sin subir el tono, sin lugares comunes del terror.

Además de contener cuentos notables, el libro sirve como guía de autoras, muchas de ellas casi desconocidas y, en otros casos, es útil para conocer el lado b de escritoras famosas como Louisa May Alcott. 

La autora de Mujercitas aparece con “Perdidos en la pirámide o la maldición de la momia”, un título que explica la trama pero no su final desolador, bastante más oscuro de lo esperable en los, por lo general, entretenidos relatos sobre Egipto tan del gusto victoriano. De Elizabeth Stuart Phelps, feminista norteamericana y una de las primeras mujeres en dar conferencias en Boston –además de autora de cincuenta y siete libros– se incluye “El fantasma de Kentucky”, un excelente cuento de fantasmas pero también un relato del mar, de barcos y marineros, algo a lo que no se atrevían tantas mujeres: ella maneja el lenguaje y la jerga de manera excelente y, ¿por qué no?, después de todo los hombres que escriben sobre justas medievales obviamente jamás viajaron en el tiempo. 

Y hay tantas por descubrir: Mary Elizabeth Braddon, por ejemplo, autora de “En la abadía de Crighton”, hermoso relato de costumbres de la clase media alta inglesa con fantasmas y maldición casi en segundo plano; ella escribió mas de 80 novelas “sensacionalistas”, de las que el editor Davis señala que «ponían el foco en las angustias sociales victorianas, pérdida de identidad y posición, deshonra social y fraude, a veces a con argumentos escabrosos”. Helena Blavatsky, célebre por haber creado su propio sistema de creencias ocultas, la Teosofía, es menos conocida como escritora: su relato “La cueva de los ecos” es de los más crueles y extraños de la selección e incluye chamanes rusos y un niño viejo inolvidable. Otro gran relato de superstición que tiene a una mujer como víctima –y una notable observación de la miseria- es “El destino de Madame Cabanel”, de la casi desconocida Eliza Lynn Linton, la primera periodista asalariada de Inglaterra, autora de veinte novelas e investigadora de la brujería. 

También merece atención la obra de Lady Dilke, el seudónimo de Emilia Francis Strong, presidenta de sindicatos de mujeres y periodista especializada en arte: en la nota biográfica se mencionan sus dos colecciones de relatos sobrenaturales y si son tan buenos como “El santuario de la muerte”, un oscuro cuento de hadas sobre una adolescente que quiere morir, el rescate debería ser inminente.

Domésticos, líricos, escritos en dialecto local –como el de Harriet Beecher-Stowe-, sobre aparecidos y violencias y femicidios y locura y casas embrujadas y revenants y objetos encantados, a veces tan “femeninos” como una taza o un retrato o un empapelado amarillo: todos los cuentos de Mujeres letales son fascinantes y revelan la increíble producción de estas mujeres profesionales, periodistas, escritoras y académicas, muchas de ellas feministas. El olvido alcanza a muchos autores pero lo que estas antologías rescatan, sobre todo, es la presencia de estas mujeres en los ambientes literarios de su tiempo, no como actrices secundarias sino como voces poderosas y prolíficas, como nombres inevitables que no dejaban de trabajar y publicar.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 Por Mariana Enriquez

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Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez, un amor signado por la fatalidad.

Esta historia comienza en el año 1843 cuando Camila O’Gorman, una joven hermosa y culta de una familia distinguida y católica, conoce a Ladislao Gutiérrez, sobrino del general Celedonio Gutiérrez, gobernador de la provincia, quien es párroco en la iglesia de Nuestra Señora del Socorro ubicada en Suipacha y Juncal, en la ciudad de Buenos Aires.

Enamorados, no se pensaban uno sin el otro, querían vivir juntos, casarse ante Dios y ante los hombres, tener hijos, y el 12 de diciembre de 1847, con algunas ropas y un poco de dinero, abandonaron hogar e iglesia.

La noche de a caballo

los vio partir.

Los rodeaba un mundo peleado,

un mundo sin amor.

El tiempo del degüello,

de la suprema autoridad,

del que siempre tiene razón (1)

Ambos sabían que no iba a ser fácil llegar a Río de Janeiro, la meta que se habían fijado. En febrero de 1848 obtuvieron sus pasaportes. Camila pasó a llamarse Valentina Desan y su esposo, Máximo Brandier, jujeño y comerciante.

Con estas identidades falsas, sin mirar hacia atrás, se instalaron en la pequeña ciudad de Goya, provincia de Corrientes, donde la “señora Brandier” abrió una escuela para niños mientras tomaban los recaudos para dar el ansiado salto hacia el vecino país.

A todo esto, ante la ausencia de su hija, el padre de Camila se dirigió al Gobernador, don Juan Manuel de Rosas, para transmitirle la preocupación de la familia:

“Me tomo la libertad de dirigirme a V. E. por medio de esta, para elevar a su Superior conocimiento el acto más atroz y nunca oído en el país, y convencido de la rectitud de V. E. hallar un consuelo en participarle la desolación en la que está sumida toda mi familia. (…) Así señor, suplico a V. E. dé orden para que se libren requisitorias a todos los rumbos para precaver que está infeliz se vea reducida a la desesperación y conociéndose pérdida, se precipite en la infamia.”

La huida se hizo pública. El obispo Medrano manifiesta que tal hecho constituía un procedimiento enorme y escandaloso… contra el que fulminan las penas más severas la moral divina y las leyes humanas”, Rosas moviliza la policía, hace fijar carteles con la filiación de los prófugos y envía sus datos a los gobiernos federales, pidiéndoles la captura y remisión de Camila y de Gutiérrez, sin importarle las críticas que recibe de los exiliados argentinos.

Ajenos a la persecución de que eran objeto, Camila y Ladislao despertaban uno junto al otro, el mundo había cambiado para ellos, eran libres y habían vencido. Así vivieron, llenos de vida e ilusionados hasta el mes de junio, cuando fueron invitados a un cumpleaños y tuvieron la desgracia de encontrarse con un conocido, el cura irlandés Miguel Gannon, quien de inmediato los denunció ante las autoridades.

Una vez capturados y traídos a Buenos Aires, el Restaurador ordenó que llamaran a un cura para que suministre a los condenados los auxilios de la religión, y fueran fusilados, ¡cómo se lee!, sin dar lugar a apelación ni defensa, desechando la opinión de jurisconsultos contrarios a la ejecución, y el pedido de su hija Manuelita que alegaba el embarazo de su amiga de la infancia. Un embarazo que muestran el cine y la literatura, aunque no existen documentos ni testigos que lo avalen.

Camila, después de declarar que no estaba arrepentida y que tenía la conciencia tranquila, recibió el siguiente mensaje de Ladislao: “Camila: acabo de enterarme que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir juntos en la tierra, nos uniremos en el Cielo ante Dios. Te abraza, tu Gutiérrez”.

Como a numerosos lectores, me hubiera gustado leer un final feliz, pero no. La sentencia se cumplió el día 18 de agosto de 1848, en Santos Lugares, una localidad de la provincia de Buenos Aires.

Domingo Faustino Sarmiento escribió entonces: “…Buenos Aires tiene encallecido el corazón de experimentar horror, Y no es fácil conmover con muertes, degüellos, desapariciones de individuos. Todo es vulgar; pero aquel fusilamiento (…) era tan exquisitamente horrible, imprevisto, repentino y aterrante, que valía por una matanza por las calles llevando al mercado las cabezas. Si la ciudad entera hubiese recibido un solo instante la noticia, se la habría visto estremecer como si una cadena galvánica hubiese comunicado a todos una descarga eléctrica…». 

Muchos trataron de quitar responsabilidad a Rosas; sin embargo, el mismo Rosas, desde su exilio en la ciudad de Southampton, Inglaterra, la aceptaba, como puede apreciarse en la carta que le envía a Federico Terrero el 6 de marzo de 1870: «Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O’Gorman, ni nadie me habló en su favor. Por el contrario, todas las personas del clero me hablaron o escribieron sobre el atrevido crimen y la urgente necesidad de un castigo ejemplar para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo, y, siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución… Mientras presidí el Gobierno de Buenos Aires y fui encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, con la suma del Poder por la Ley, goberné según mi conciencia: soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores y de mis aciertos». 

Esta historia de amor, cuyo trágico destino nos retrotrae a una época de intolerancia, fue llevada al cine: “Camila O´Gorman”, dirigida por Mario Gallo e interpretada por Blanca Podestá y Salvador Rosich (1910); “Camila”, dirigida por María Luisa Bemberg e interpretada por Susú Pecoraro e Imanol Arias (1984), nominada al Oscar a la mejor película extranjera y premio a la mejor actriz en los festivales internacionales de Karlovy Vary (1984) y del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana (1985); y a un musical, “Camila, nuestra historia de amor”, escrita y dirigida por Fabián Núñez e interpretada por Natalie Pérez y Peter Lanzani (2015).

(1) Hugo Ditaranto. Los procesos. LA BESANA. Buenos Aires. 1981, p. 47.

Imagen de portada: Gentileza de CEDOC y Facebook.

FUENTE RESPONSABLE: Editorial Perfil por Ángel Cabaña. Profesor y Licenciado en Historia.

Amor/Sociedad/Crimen/Repercusiones/Buenos Aires/Argentina Siglo XIX.