Una poderosa novela sobre la memoria familiar: Justo antes del final.

Una poderosa novela sobre la memoria familiar y la construcción de los recuerdos en torno a la figura de la madre.Esta novela es la cronología indómita de la vida de una madre. Del frío y la locura a la historia universal. El mejor Monge en un crudo y bellísimo viaje al centro nuclear de una mujer».

Ésta es la historia de una mujer que se enfrentó a su tiempo y a su mundo, pero es también la historia de ese tiempo y de ese mundo: la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del siglo en el que estamos.En Justo antes del finalla vida de la protagonista, una vida marcada por la invisibilidad, la enfermedad, la locura y las violencias, pero también por la resiliencia, la voluntad, los afectos y el cuidado de sí y de los otros , entra en tensión con algunos de los grandes acontecimientos de la vida pública: la llegada de la píldora anticonceptiva, la invención de la cámara instantánea, el desarrollo de tratamientos para las enfermedades mentales, la carrera espacial y la carrera por la prótesis auditiva perfecta, el descubrimiento de la antimateria, el diagnóstico del espectro Asperger, las investigaciones para alargar la vida, el protocolo de Kioto…

Justo antes del final pone en el centro a la figura materna, una mujer que es retratada en tanto hija, hermana, novia, esposa, amiga, terapeuta, paciente y, por supuesto, madre. Retrato íntimo y, a su vez, crónica de un mundo que es el de la madre, y también, el propio , la nueva novela de Monge tiene una estructura original que sigue ordenadamente la secuencia de los años desde el nacimiento de la protagonista hasta su duelo, y en la que el relato se divide entre lo que ella evoca desde la enfermedad y lo que añaden las voces de la familia, y aquello que el narrador lee o recuerda de la época, tirando de un heterogéneo conjunto de hilos escogidos con una lógica que se evidencia poco a poco.

En este relato, que es una lúcida memoria personal y colectiva, la familia se presenta como el espacio de la locura –un fantasma que recorre una saga donde la enfermedad se manifiesta de las formas más diversas–, la violencia física y mental, una masculinidad mal entendida, y el miedo compartido al caos. Pero la familia también se revela como el terreno para los afectos, la intimidad, el cuidar y ser cuidado, y la construcción del recuerdo a través de un entramado de voces.

Narrar la biografía materna es para Monge la manera, por un lado, de recuperar retazos de una larga conversación entre madre e hijo, entrecortada por las dolencias del cuerpo enfermo; y por el otro, de transitar el duelo. Narrar al otro, a su vez, es un modo de narrarse a uno mismo.De vuelta al territorio autobiográfico, Emiliano Monge ha conseguido algo que parecía imposible: una novela que es un retrato a la vez que un mural. El retrato de una madre y el mural del mundo en que vivimos.

«No le dirás, en cambio, lo que te llevó a hablar de ese tema, de la certeza de haber sido lastimado o haber sufrido algún tipo de abuso cuando eras chico, como tampoco le habrás dicho nunca que, al igual que tu abuelo y que tu tío, cada vez que ves unas tijeras, tu mente siente el impulso de castrarte. Y que, cuando eso pasa, haces lo que ella hizo hace rato: cierras los ojos, buscas desterrar aquello a ese otro universo.»

Imagen: Portada del libro “Justo antes del Final” de Emiliano Monge

FUENTE RESPONSABLE: El Placer de la Lectura. Por Aora Moreno Durán. 3 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Crítica

 

Cómo no vamos a odiar Nueva York.

De un salto, Federico García Lorca abandonó el puente del transatlántico Olimpic para poner los dos pies en el puerto de Nueva York

Tras un ajetreado viaje desde Southampton, el poeta elevaba la vista hacia la incipiente masa de rascacielos neoyorquinos. Desconocemos si en ese momento se topó por primera vez con las famosas cuatro columnas de cieno que ilustran uno de sus poemas más ingeniosos, pero sí sabemos que a partir de entonces Lorca se vería engullido por una ciudad que acabó por asquearlo, que le repugnó hasta límites que nunca llegó a imaginar. 

Paradójicamente, ese choque trajo consigo una fecunda creatividad, y tras ella uno de los poemarios más extraordinarios de la literatura universal: Poeta en Nueva York

Se percibe ese desasosiego lorquiano en aquellos versos: la deshumanizada industria americana, la muerte y el miedo asociados al ultraliberalismo del crac, el hambre y la precariedad unidos al lujo y el fasto en la ciudad de los contrastes. 

Al llegar a Cuba, meses más tarde, Lorca sintió que huía de un agujero infecto.

Cabe pensar en lo distinta que es aquella percepción lorquiana de la fascinación ridícula que la ciudad norteamericana genera en la Europa decadente que hoy nos cobija. 

Sólo hay que ver cómo se pasean por allí políticos de todo signo, haciéndonos creer que los problemas en materia de igualdad de género o los bloqueos económicos del país dependen de cuatro reuniones con funcionarios estadounidenses de tercera división. Nada de eso. La única misión que persiguen es mostrarle al españolito cosmopaleto que nuestra Españita tiene repercusión en ese mundo futurista y anhelado, que la Arcadia del siglo XXI les hace un hueco a nuestros alcaldes y ministros: fíjate qué influyentes son esos a los que votamos, que se pasean por una película de Woody Allen

Faltan las calabazas de Annie Hall para dejar anestesiado por completo al votante.

En fin, vivimos en el mundo de la imagen, de la apariencia. Tanto da si nuestro futuro no pinta un carajo allí donde deben importar las cosas, lo necesario es proyectar esa imagen de consideración global en el extranjero sobre el paisano que dentro de unos cuantos meses introducirá el sobrecito en la urna. 

El asesor político de turno tiene muy localizado a ese hombre de Cuenca o de Segovia que le hace más caso a la columna que una vez al año escribe sobre España un redactor semianalfabeto del Washington Post que a lo que realmente ocurre al otro lado de la calle. 

Tiene muy localizado al modernito woke de Malasaña o de Gràcia a los que les bastará una palabra del New Yorker para sanar sus turbias conciencias.

Mi consejo en este punto es que no se dejen engañar por los tambores neoyorquinos, como no se dejó engañar Lorca, y hagan caso a lo que hizo caso el poeta: a la tierra, a la cotidianeidad de nuestro mundo. Los problemas están aquí, en el barrio, en el campo, en el pueblo, a dos metros de su casa. Dejémosles Nueva York a los poetas.

Imagen de portada: Time Square en New York.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Carlos Mayoral. 7 de julio 2022

Sociedad y Cultura/EE.UU./New York/Capitalismo/Medios de comunicación/ Política/»La obsolencia de la cuna de la Democracia»/Crítica

Proyecto Itinera (LXXIV): Bajo el cielo protector.

Pawl Bowles publicó El cielo protector en 1949, novela llevada al cine en 1990 por Bernardo Bertolucci e interpretada por dos soberbios actores, Debra Winger y John Malkovich. 

El escritor norteamericano propone la historia de un viaje al desierto del Sáhara a través del que los protagonistas buscan solventar sus problemas conyugales. La experiencia desencadena una trepidante trama en la que la pareja es conducida al límite de su racionalidad en un entorno natural hostil agravado por su interacción con una cultura que les resulta totalmente extraña. 

En el fondo de la obra, como comentaba la crítica literaria de Tennessee Williams en The New York Times, Bowles plantea una alegoría de la aventura espiritual del hombre.

«Las estrellas del cielo / son tus guardias. / Algo como un trozo de cielo / caía sobre ti. / Querías alcanzarlo, / era más fuerte que tú. / Querías moverlo, / no podías levantarlo. / Lo echabas / a mis pies / y yo lo trataba / como a ti mismo» (1). (Poema de Gilgamesh)

Rimat-Ninsún, la prudente, madre de Gilgamesh, interpreta en estos términos el sueño de su hijo, uno de los primeros héroes de la literatura universal. El joven se acababa de despertar sobresaltado ante una visión onírica en la que un pedazo del cielo estrellado había caído sobre él mientras dormía, como si el abismo que se cierne sobre nosotros se hubiera desplomado. Su sabia progenitora le tranquiliza: el cielo es señal del vigor de un amigo que le protegerá (2).

«Quien vio el Abismo / fundamento de la tierra / quien conoció los mares / fue quien todo lo supo; / quien, a la vez / investigó lo oculto: / dotado de sabiduría, / comprendió todo, / descubrió el misterio, / abrió (el conducto) de las profundidades ignoradas / y trajo la historia / de tiempos del diluvio» (3).

El cielo como protección en sendas referencias literarias, separadas por «océanos de tiempo», recurriendo a la preciosa metáfora de Drácula de Bram Stoker. La bóveda celeste lo envuelve todo, nos arropa desde su inmensidad, pero al mismo tiempo nos produce una inquietante soledad

Como evoca Pedro Olalla en Palabras del Egeo: «la imagen del ser humano contemplando el cielo es la que mejor acierta a retratarlo como un ser portador de un extraño vacío; como un ser incompleto, perplejo, inadaptado, inquieto, interrogante; consciente de su incapacidad de concebir el todo; frágil; apremiado por la urgencia de ubicarse en el mundo, y necesitado de creer en un dios al que no puede comprender» (4).

En efecto, es posible que el cielo despertara la conciencia de lo divino. El firmamento es una ventana hacia el infinito. Inaccesible, inaprensible, ajena y remota. Pura trascendencia y otredad. El hombre asiste atónito al espectáculo que le brindan las alturas, cuyo devenir escapa por completo a su capacidad de acción y comprensión (5)

Es la colisión entre lo efímero y lo eterno la que está en la raíz del pensamiento mítico. Si el mundo y el hombre existen es porque seres sobrenaturales desplegaron una actividad creadora en los “comienzos” (6). Esta visión nos conduce al ámbito de la religiosidad, un fenómeno que ha sido estudiado desde una perspectiva teológica, histórica, simbólica, incluso política, pero que también puede abordarse como creación literaria. Este es el evocador planteamiento de Hacer hablar al cielo: La religión como teo poesía, obra de Peter Sloterdijk editada recientemente por Siruela.

El filósofo alemán se remonta a tiempos homéricos, cuando los dioses tomaron la palabra a través del verso, y la poesía colocó al alcance de la mano las conversaciones de los inmortales, un fenómeno que fue recogido años más tarde por la cultura teatral griega. Los dramas que se representaban en los escenarios de la Hélade permitían al público liberarse de sus tensiones por medio de su participación en las experiencias representadas por los actores.

Cuando la trama alcanzaba un punto de no retorno, irrumpía un actor divino. Los ingenieros teatrales desarrollaron entonces un recurso técnico para que la divinidad irrumpiera en la escena de forma sorprendente: apo mechanes theos (en latín deus ex machina). 

Una grúa que giraba por encima del escenario permitía al actor que interpretaba al dios protagonizar una epifanía artística que acercaba al público el mensaje divino. Aquella máquina era conocida como theologeion (18-20). Los dioses toman la palabra, se manifiestan. Dejaban ver, oír y, en ocasiones, leer a su clientela tanto como era conveniente para guiarlos, vincularlos e instruirlos. Lo divino se hace evidente en el mundo humano (p. 26). De estas epifanías surgieron, con el tiempo, los imperativos cultuales (p. 24). Se traspasaba la frontera del deus in machina judío, tan esquivo al trato con el hombre (p. 31).

En un momento de la Antigüedad se produce una objeción a todo este entramado. La filosofía platónica propone el alejamiento de lo divino del mito, de la épica y del teatro (p. 40). Lo religioso queda reducido a una dimensión mental, a la que solo puede accederse mediante la contemplación. La huella del filósofo griego en un joven de época romana, Aurelius Agustinus, nacido en Tagaste (antigua Hipona) y conocido como San Agustín por los cristianos, funda el concepto de la vera religiosa (p. 44). 

A partir de su influencia, el cristianismo va tiñéndose cada vez más de intelectualidad griega (p. 48). Los cristianos harán un uso asombroso del esquema del theologeion, al equiparar directamente la llegada de Jesús con la «palabra de Dios». El mensaje de la nueva religión, según Sloterdijk, va mucho más allá que la poesía teatral griega de los dioses parlantes. Dios adquiere una plena apariencia humana. No estamos ante un actor que recita la prosa de un papel escénico, sino, en palabras del autor, ante un «performer que consigue decir su texto ex tempore (p. 32-33).

La epifanía de Jesús trasciende lo que se habría esperado de un dios celeste, pues su resurrección encarna el esquema vital de las divinidades telúricas, que encarnaban la regeneración del mundo vegetativo (p. 36-37). En este sentido, el esperado Mesías es una encarnación de aquellos dioses que morían y resucitaban, cuya semblanza nos transmitió con gran lucidez el célebre Frazer (7)

Los embajadores del mensaje divino ya no son aquellos actores que hacían hablar a los dioses sino que se muestran como eminentes teólogos que se presentan como anunciadores de la palabra verdadera (p. 60). El pulso de la religión evoluciona así hasta la revelación (p. 104-113), fuente del dogma, entendida como forma específica de discurso magisterial, surgida de una voluntad de reducción de lo que hay que decir a lo indispensable, que se diferencia de otras tesis, llamadas herejías, y cuyos representantes son perseguidos y excluidos del credo (p. 130).

Las páginas de este libro nos ofrecen un amplio repaso por la historia de las religiones desde la perspectiva del discurso. Desde el politeísmo a los tres credos del Libro. 

A lo largo de la obra el hecho divino se disecciona en cuanto texto poético, como composición literaria a través de la que Dios o los dioses se manifiestan a la Humanidad y los poetas reproducen de forma indirecta los actos y pensamientos de la divinidad. La religión se revela como producto literario que trata de captar adeptos en el copado mercado de los cultos (p. 306-309). En nombre de aquel primigenio cielo protector, cuya contemplación nos causaba asombro e incertidumbre, se acabó hilvanando un discurso literario que terminó por encadenar nuestra libertad a las cadenas de la doctrina fijada por los intérpretes del mensaje. Una visión crítica del dogmatismo que culmina en una exhortación a la libertad religiosa (p. 322-329).

Sloterdijk sitúa al lector ante un torbellino de reflexiones que, con toda seguridad, no le dejarán indiferente. A veces es lúcido, otras provocativo. 

El filósofo nos desborda con su inabarcable erudición, que adereza con agudos análisis del hecho religioso. No es un libro de fácil lectura. Requiere ser digerido con calma. El autor nos exige en cada página. Pero merece la pena sumergirnos de su mano en las maravillosas profundidades de nuestra tradición religiosa. Detrás del carácter evocador de su título, Hacer hablar al cielo es un libro fundamental en el panorama del estudio de las religiones.

Notas

(1) Anónimo. Gilgamesh o la angustia por la muerte, 37, 235-239. Traducción de Jorge Silva Castillo para Kairós.

(2) Íbidem, 37, 240-245.

(3) Íbidem, 1, 1-7.

(4) Olalla, P., (2022): Palabras del Egeo, Barcelona, Acantilado, p. 278.

(5) Armstrong, K. (2020): Breve historia del mito, Madrid, Siruela, p. 20.

(6) Elíade, M. (2000): Aspectos del mito, Barcelona, Paidós Orientalia, p. 21.

(7) Frazer, J. G. (2011): La rama dorada, Madrid, Fondo de Cultura Económica, p. 230-245 y 255-266.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Mario Agudo Villanueva. 7 de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Crítica/El exilio/Paul Bowles.

 

Un libro entre la modestia y el egotismo.

Este libro es inhumano, pues carece del humano defecto de la vanidad. Es el fiel retrato de un cerebro desnudo, una declaración de intenciones, que se resumen en decir la verdad, su verdad; o acaso aquellas nuestras, que callamos.

Algunas de las cosas que dice dejan cierto regusto a malignidad, sin embargo.

¿No será que muchos opinamos lo mismo, pero no nos atrevemos a decirlo? También suelta relampagazos brillantes que dejan al lector casi sin sentido, perplejo o envuelto en un estallido de risa que no se molesta en esconder, porque el placer experimentado es supremo.

Sus notas: ideas desordenadas, sueltas, apuntes de un pensador que va por la calle y al escuchar una conversación que le atrae, ya sea por inteligente o por ser de una estolidez pasmosa, saca su cuaderno y las anota o comenta con mordaz ironía.

Nada en este libro puede tomarse al pie de la letra, ya que no es un libro de ficciones ni de confesiones ni de exposiciones de conocimientos: son simples notas como sentencias, cosas que tuvo ganas de decir y que dice como si estuviera hablando consigo mismo. 

El libro es, por un lado, de apabullante modestia; por otro, un ejercicio de egotismo.

Con la misma naturalidad aparecen referencias musicales, ¡cómo no!, y el lector, si no conoce a los artistas nombrados, teclea emocionado en el buscador nombres o títulos, se emboba escuchando, saboreando; si los conoce, no perderá la oportunidad de volver a ellos, revivirlos, pero ya desde la orilla de este libro.

García es, en realidad, un investigador de la vanguardia histórica (del Ultraísmo, por ejemplo) con unos cuarenta libros en su haber: todos ellos serios, prolijos. Sin embargo, aquí se suelta, es una persona, y no un adusto investigador. Pero mira todo y lo analiza: apenas hay cosa que se le escape, porque su naturaleza es usar la inteligencia para alimentar su inteligencia.

En varios renglones se asiste a la ejecución del lector o, cuando menos, de su pensamiento. Digo esto porque, verdaderamente, quien se adentre en los lagos pantanosos de este libro morirá. Será otro, a partir de entonces, el que ocupe su cuerpo

Otro, con muchas sentencias aprendidas de memoria. Escojo una al azar: “No comprendo por qué algunos invierten empeño y dinero en no conocer los países exóticos que visitan por pocos días, cuando podrían desconocerlos más económica y cómodamente desde su casa. Imagino que lo hacen para sentirse superiores a los «simpáticos y serviciales» autóctonos que los atienden, y destruir de paso el medio ambiente (no importa lo que digan, sino lo que hacen)”. “Sprachlos”, se dice en alemán, cuando uno se queda sin palabras.

García no es egoísta: comparte los títulos leídos, devorados quizás: “Mi tradición filosófica: algunos presocráticos (Heráclito, los atomistas), Aristóteles (no Platón), el estoicismo, ningún «padre de la Iglesia» y ningún santo, Descartes, un poco de Spinoza, mucho de Voltaire y más de Kant, Marx, Nietzsche, una pizca de Russell, mucho de Sartre y algo de Habermas. Con esa base, desafío a cualquiera a ser como yo”. ¡Iluso! El mundo está lleno de criaturas que han leído esos libros y no han aprendido a pensar, aunque quizás hayan tenido recursos, buenas intenciones, incluso talento… 

Y ya que hablamos de eso: “Talento puede tener cualquiera; lo difícil es saber usarlo”… Sprachlos!

Autor: Carlos García. Título: Apuntes 2020-2021. Editorial: Albert editor. Venta: Librería Iberoamericana.

Imagen de portada: Apuntes de Carlos García.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Davina Pazos. 28 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Crítica

‘Escribir en la nieve’: los genios rusos en miniatura.

Santiago Velázquez arma un artefacto sólido, equilibrado en intensidad y prolijo en curiosidades, sobre la literatura rusa contemporánea.

Las palabras ‘retrato’ y ‘relato’ no solo se parecen en la forma, sino que además pueden ser complementarias por su significado. El caso de Escribir en la nieve, de Santiago Velázquez (Madrid, 1977), ilustra con meridiana claridad esta correspondencia, por cuanto las vidas que aquí se narran son historias tan poderosas que, por sí mismas, bien podrían pasar por argumentos de grandes novelas.

Si deseas profundizar sobre esta entrada; cliquea por favor adonde se encuentre escrito en azul. Muchas gracias.

Escribir en la nieve. Veinte breves biografías de genios de la literatura rusa. Santiago Velázquez. Caligrama, 2022. 368 páginas. 18,95 €

El subtítulo, Veinte breves biografías de genios de la literatura rusa, anuncia dos importantes consignas: los autores escogidos tienen sobrada trascendencia, pero el retrato de cada uno de ellos no será extenso. ¿Cómo, entonces, ha logrado Velázquez armar un artefacto tan sólido, equilibrado en intensidad y prolijo en curiosidades?

El escritor y periodista ensambla el rigor y la elocuencia en los acercamientos a figuras como Fiódor Dostoievski, Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva o León Tolstói. Presentadas cronológicamente a lo largo de los siglos XIX y XX, desde Aleksandr Pushkin hasta Aleksandr Solzhenitsyn, estas semblanzas no solo nos dan una idea de los grandes temas de la literatura, sino que, con las pinceladas justas del autor, nos ofrecen un paisaje más que amplio de la cultura rusa. Contrario a los estereotipos que relacionan la personalidad con el lugar de origen, Juan Bonilla destaca en el prólogo su dimensión universal.

Este libro reúne a poetas, narradores y dramaturgos rusos, ahora que el contexto bélico marca la cancelación de su cultura

Además de profundizar en sus apasionantes periplos vitales, cuajados de anécdotas que toman forma de cuento como la renuncia al Nobel de Borís Pasternak o la pugna de Vladimir Nabokov para publicar Lolita, Velázquez no se olvida de las obras que los llevaron a ser hoy retratados. Poetas, narradores y dramaturgos (Chéjov, claro) se reúnen para Escribir en la nieve, ahora que el contexto bélico ha impulsado la cancelación de múltiples manifestaciones artísticas rusas. Este libro reivindica la independencia de la literatura, que sobrevive siempre y se resiste a ser silenciada.

Imagen de portada: Anna Ajmátova, Antón Chéjov y Fiódor Dostoievski.

FUENTE RESPONSABLE: El Español. El Cultural. Por Miguel Cano. 25 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Crítica Literaria/Escritores/Rusia

Novelas policiales, entre la adivinanza y la literatura.

Leer a Dostoievski o a Flaubert no es leer a Conan Doyle, aunque los tres sean maestros eximios en el género que cultivan.

Confieso que me inquieté mucho cuando oí que Javier Cercas iba a escribir una novela policial. ¿Quién le mandaba a uno de los mejores escritores de nuestra lengua, después de haber escrito esas obras maestras que son, entre otros libros suyos, Soldados de Salamina, Anatomía de un instante y El impostor, escribir una de esas novelitas que tienen más de adivinanza y cálculo que de literatura?

Pero después de haber leído los tres volúmenes de su última novela, y, sobre todo, el último, El castillo de Barba Azul, no tengo nada que objetar: el “autor” del crimen figura allí igual que en las novelas de Faulkner, como un simple pretexto, aunque la acción se desarrolle de una manera independiente al acertijo policial, o, mejor dicho, éste está allí, luciéndose desde el principio de la historia, sin veladuras ni desvíos para quien quiera verlo. Y es, desde luego, una extraordinaria novedad que en una “novela policial” sean los propios policías los que cometan un delito para poner orden en una realidad que está corrompida muy a fondo, y que no tiene cómo volver a la legalidad sino alterándola y violentándola.

Las últimas cien o ciento cincuenta páginas de El castillo de Barba Azul son verdaderamente extraordinarias. Desde que se sabe que Carrasco tiene un plan minucioso para derrotar al millonario que ha montado un prostíbulo de señoritas que él y sus amigos han corrompido y destrozado, los lectores se olvidan de Cosette y sólo se interesan en el plan, ideado por Carrasco, para hundir al poderoso y corrupto empresario. Y está tan bien llevada la historia que no hay que perder un instante en la conspiración hasta que esta termina. Y todavía se levanta una vez más la historia, a estas alturas de la novela, cuando Cosette sale de su lecho de enferma e informa a su padre y a sus amigos policías que ha decidido testimoniar ante el juez sobre las violencias que le infligieron, y que, luego, ha decidido ser gendarme, uno honrado y de grandes alcances, como fue su padre –que comenzó siendo policía y ha terminado de bibliotecario– y como son ellos todos: unos ciudadanos ejemplares. Se trata de una novela –una serie novelesca– que tiene algo de bálsamo, que nos consuela de las miserias que vemos a nuestro alrededor a cada instante.

Estuve pensando en los grandes escritores, luego de leer esta novela “policial” de Javier Cercas, y descubrí que casi todos ellos, empezando por Dickens y siguiendo por Heminway y casi todos los que más me importan entre los modernos, aprovechan el género policial, aunque nadie se atrevería a colocarlos entre los autores típicos de este género, que, sin duda, nunca ha dejado de tener sus lectores y seguidores. Pero, y sigo en esto a uno de los grandes críticos de nuestra época, me refiero al norteamericano Edmund Wilson, nadie imaginaría a un William Faulkner entre los cultores del género “policial”, aunque en casi todas sus novelas el gran escritor sureño aprovecha, y de qué manera, lo más típico de las historias policiales.

¿En qué consiste este género? En que haya un asesinato y en descubrir –antes de que lo haga el autor– al gestor del crimen. Los niveles de sofisticación a que han llegado los autores de este género son muy elevados, desde luego, y no es extraño que recurran a los inventos más destructivos, elaborados y recientes, en sus invenciones, o que éstas hayan determinado, todo puede suceder, que la industria del crimen haya aprovechado las novelas policiales para refinarse e imitar aquellas complicadas formas de producir la muerte de los enemigos. Podría ocurrir en México, donde en la realidad, más que en los libros, el arte de matar ha llegado a extremos indescriptibles. Sin embargo, hay un momento, que no es fácil de precisar, en que la novela policial deja de ser literatura y se convierte en otra cosa: en mera adivinanza.

¿Cuándo ocurre esto? Cuando identificar a el o a los asesinos es más importante que todo lo demás, es decir, a lo bien o mal escrita que está la novela, a la singularidad o la perfecta o imperfecta humanidad de los detectives o descubridores, la ciudad o el país donde ocurre, y, principalmente, el lenguaje en que la novela está escrita del que, por supuesto, depende todo en la literatura.

Los lectores de literatura saben perfectamente cuándo las novelas policiales dejan de ser “buena literatura” y el texto de la historia se convierte en otra cosa: en una adivinanza en el mejor de los casos, o, en el más sofisticado de ellos, en una historia aparte, en la que el crimen, o los crímenes, dejan de ser importantes y se convierten en un mero pretexto para ir creando la intriga policial. Esta intriga es la que, en última instancia, marca la diferencia entre una novelita policial y una obra literaria. Demás está decir que no hay equivalencia entre una y otra, porque la literatura puede cambiar la vida de las personas, y una novelita policial sólo es capaz de entretener un rato a los lectores, o incluso pervertirlos, al extremo de que aquellas novelitas les obturen la asimilación de la verdadera literatura.

¿Hay una frontera rígidamente establecida entre la verdadera y la falsa literatura? Sí la hay, pero no para todos es la misma, y así como se puede establecer un mínimo común para los lectores de buena y auténtica literatura, sería posible, sin duda, determinar con un cierto grado de precisión entre los genuinos lectores de novelas policiales y los que, como el que esto escribe, nunca se han sentido colmados con esas historias, aunque éstas, de hecho, sean capaces de exaltar la curiosidad o la necesidad de “querer saber” más de lo que se sabe, hasta detectar el nombre o la sociedad de los verdaderos asesinos.

Desde luego que hay diferencias entre uno y otro libro. Tanto que me atrevería a establecer un punto de desencuentro, y afirmar que, así como los escritores pueden aprovechar para referir sus historias, ingredientes típicos de la novela policial, éstos, como hace Javier Cercas en su última novela, pueden perfectamente servirse de ingredientes o formas parciales de historias policiales, siempre que en sus escritos haya, además, otras cosas. Esa es tal vez la diferencia mayor: los escritores de novelas policiales no pueden alterar la disyuntiva esencial del género, el descubrimiento del o de los asesinos, sin que sus historias dejen de formar parte de ese género –la novela policial– y pasen a formar parte, para bien o para mal –generalmente es este último el más frecuente de los casos– de la literatura a secas. Y vaya las decepciones que suelen producir en los lectores estos casos, infrecuentes, en que una historia “policial” resulta mucho más que eso.

¿Qué une o distancia a estos géneros? Un verdadero mundo. En una novela “policial”, lo fundamental es descubrir al asesino y esto depende de la habilidad que la práctica corriente ha desarrollado en el lector, y las elucubraciones y complejidades de que se valen los autores para estimular la curiosidad de sus lectores, en tanto que en la literatura nunca será lo más importante identificar a un asesino, sino cambiar la vida de las gentes que leen, revelándoles la mayor complejidad del mundo real que ellos creían imaginar, o despertar ciertos apetitos o ansias en los lectores, que, a partir de esa novela, descubren un mundo nuevo, o una nueva manera de iniciarse en este mundo, enterados de sus complejidades o estructuras secretas, de las que sienten que en el futuro dependerán sus vidas. Leer a Dostoievski o a Flaubert no es leer a Conan Doyle, aunque los tres sean maestros eximios en el género que cultivan. Pero es el género el que establece las distancias, no los autores, que pueden ser los más grandes en esa especialidad. © Ediciones EL PAÍS, SL.

Imagen de portada:Sobre las novelas policiales. Alfredo Sábat

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Cultura. Argentina. Por Mario Vargas Llosa. Junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Crítica/Editorial

El cadáver exquisito de Agatha Christie.

El estreno de ‘Muerte en el Nilo’, la serie ‘The Afterparty’ y la novela ‘La apelación’ confirman el tirón que sigue teniendo la segunda autora más vendida del mundo solo por detrás de Shakespeare

Muchos la invocan como la reina del crimen, la escritora que sentó las bases del whodunit (el relato de un asesinato y las pesquisas que conducen a resolver quién lo cometió). 

Es el caso de The Afterparty (Apple TV+), serie en clave de comedia en la que cada episodio adopta un género diferente para contar las horas previas a un crimen según la versión de cada uno de los sospechosos. Tras una reunión de antiguos compañeros de instituto (¿quién no ha soñado con vengarse años después de aquel odioso vecino de pupitre?), el único de ellos que ha conseguido estatus de estrella del pop invita a los demás a un fiestón en su obscenamente lujosa mansión. 

La noche acaba con este doble de Justin Bieber despeñado por un barranco y la policía revisando los testimonios contradictorios de ocho de los presentes, a cual más delirante.

Phil Lord y Christopher Miller, responsables de La LEGO Película e Infiltrados en clase, son los responsables de esta parodia que nunca acaba de despegar salvo en momentos concretos -el episodio musical-, quizá porque se esfuerza demasiado en resultar graciosa sin conseguirlo la mayor parte de las veces. 

Un crimen, sin duda.

Quienes no están para bromas son los personajes de La apelación, primera novela de Janice Hallet, que estos días llega a las librerías españolas de la mano de Ático de los Libros tras convertirse en un bestseller en tierras británicas. La vuelta de tuerca que propone Hallet en la investigación de un asesinato cometido en el idílico pueblecito inglés de Lockwood -a Agatha Christie le gusta esto- es invitar al lector a ejercer de detective a través de los correos electrónicos, SMS y WhatsApps que se envían los principales sospechosos, miembros de una compañía de teatro amateur implicados en la recaudación de fondos para el tratamiento de una niña enferma.

La autora mezcla la novela epistolar con un whodunit de manual no exento de mala leche, con las pistas diseminadas como las migas de Pulgarcito. 

Los documentos no ofrecen el relato íntegro de lo que ocurrió, hay lagunas y omisiones más elocuentes que páginas y páginas de cháchara aparentemente intrascendente, y en la resolución del misterio esos silencios son indicios cruciales para desenmarañar la trama.

Y así llegamos a una adaptación directa de Christie, Muerte en el Nilo, que llega a los cines el 18 de febrero después de dos años de retrasos y cancelaciones, incluida la de uno de sus protagonistas, Armie Hammer, por sus supuestas tendencias caníbales -a Hannibal Lecter le gusta esto-. Con Kenneth Brannagh asumiendo la dirección y el papel de Hércules Poirot, como ya hizo en Asesinato en el Orient Express, la película lo apuesta todo a su reparto (Gal Gadot, Annette Benning, Letitia Wright, Sophie Okonedo…) y naufraga con todas las de la ley. Tan es así que convierte la versión de 1978, con Peter Ustinov, David Niven, Bette Davis y compañía, en una obra maestra. Las comparaciones son odiosas, pero también reveladoras.

Imagen de portada: Gentileza de El Mundo. España.

FUENTE RESPONSABLE: El Mundo. Cultura. Por Ismael Marinero @ismarmed Febrero 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Muerte en el Nilo/Agatha Christie/Critica

«El corazón del daño» de María Negroni.

Sobre cómo habitar la lengua materna

Momentos de una vida, en especial del mundo de la infancia, y una figura gravitante en el futuro de la escritora: la madre. Estos son los hitos de la formidable escritura condensada en El corazón del daño, de la poeta y ensayista María Negroni. Una narración invadida de poesía y habitada por la lengua materna. 

Tal vez lo más maravilloso que sucede al entrar a un libro sea el estado de ignorancia original, ese momento en el que no sabemos cuál de todos sus hilos van a comenzar a trenzar nuestra lectura. 

Qué palabras, qué imágenes tendrán la pregnancia suficiente como para convertirse en esas posibilidades que están a punto de ocurrirnos. La ignorancia propicia el acontecimiento de la lectura, permite el asombro, la acumulación, el alimento. Luego la salida del libro suele ser lenta y con repliegues. 

En ese silencio comienzan a decantar las claves de lectura que nos construimos, la agitación de habitar lo nuevo y desparramarlo sobre lo vivido.

Por eso las claves de lectura tienen una conformación tan extraña -y a veces tan antojadizas- como las propias imágenes de un texto. Pero en su capricho van revelando coincidencias, cruces irreales, armando repreguntas, proponiendo nuevas clasificaciones imposibles. La clave emerge como dispositivo sólido aunque es siempre deudora de las imágenes que decantaron de la lectura a fuerza de pura resonancia. 

Porque hay que saberlo: mientras leemos la voluntad es una falacia y la lectura es espectro: tanto si la pensamos como una distribución de imágenes gráficas de los sonidos como en ser una entidad fantasmática sobre la que en principio no tenemos dominio ni poder de comprobación. 

Del diálogo enloquecido entre imágenes y clave comienza a crecer el hilo de Ariadna que guiará la lectura hacia otros laberintos. 

No sería necesario aclararlo, pero ahí va por las dudas: esto no sucede con cualquier libro, y por eso se agradece tanto la porosidad, la textura, la sintaxis generosa y desobediente, el ritmo que expande la raíz y el rumbo del sentido cuando de pronto un libro se transforma en una experiencia. 

El corazón del daño, el último libro de María Negroni publicado por Literatura Random House es eso, una experiencia a decantar.

En este caso, la clave de lectura resuena en una entrada casi enciclopédica que gira alrededor de la idea de “Islas” y está en esa especie de inventario de amuletos que es su Pequeño mundo ilustrado. 

En algún párrafo dice así: “Las islas son también lugares raramente felices. Tristes, pero felices, como toda infancia, o mejor sería decir: como toda infancia recobrada. El mundo se vuelve allí superficie en blanco. 

Por eso, todos los náufragos sucumben a la compulsión lingüística: se desviven por nombrar. En su aislamiento, construyen fábulas de castigo o salvación: lo mismo da, con tal de cancelar la temporalidad y abrir espacios donde otra genealogía -cierta fantasía de autocreación- pueda tener lugar. La apuesta es a que todo suceda por primera vez, sin antecedentes, sin las jerarquías del poder o la historia.” Negroni construye una idea de isla y la llama camafeo, mundo perdido, diorama viviente que en su pequeñez maximiza, al mismo tiempo, las posibilidades de la visión trascendental. 

En El corazón del daño, Negroni vuelve a ser coleccionista de miniaturas pero esta vez las despliega sobre la imposible cartografía materna. 

La madre como fondo y forma, como piedra refractaria de analogías inconcebibles donde las miniaturas pueden ocupar todo el espacio existente. 

En El corazón del daño entran todos los hitos de una vida pero también sus fugas en forma de recortes, párrafos, poemas o versos. Es lo que se escribió antes, durante y después de la muerte de la madre. Entran cartas, poemas, fotos y rencores, entra el amor y el odio eterno, el genio y la figura, lo que la madre es en la hija y lo que ésta ha construido de ella usando sus mismas palabras. En el corazón del daño está la madre y en ella el centro de la pregunta: «¿Cómo transmitir a los otros el infinito aleph que mi memoria apenas abarca?» 

Negroni hace de la madre un aleph literario y personal, una isla en sí misma alrededor de la cual no se puede ser ni más ni menos que un náufrago en busca de ese lenguaje que vuelva a nombrarlo todo.

Y para eso hay que volver a la infancia suspendida en las palabras. María Negroni las recobra, las mastica y las escupe. Arma y desarma la palabra madre de mil maneras posibles, atravesando ciudades, amores y militancias de las que ha formado parte. Va y viene sobre las definiciones -las hay también de otros- sobre lo que es escribir, qué tipo de artefacto es un libro, una biblioteca, si la vida está en la obra o la obra es la vida. 

El corazón del daño es entrar a una dimensión personal, casi secreta, de una clase magistral de teoría literaria, gramática o lingüística donde la doctora titular de la cátedra se convierte en poesía atravesada por las preguntas de la materia. 

Maria Negroni se adentra tanto en las claves de otros como en las propias y no se queda con ninguna, sino que las sigue replicando, sigue tirando del hilo que generan y luego los abandona porque no quiere salir del laberinto. 

Todo lo contrario. Hay un intento de expandirlo a costa del poema y por eso el silencio aparece en medio de tantos sonidos. Leer a Negroni es quedarse sin aliento y hasta sin palabras. No es posible rearmar en línea recta lo que se ha leído. 

Quedan imágenes y sonidos como al evacuarnos de un sueño: “La pérdida es una varita mágica. Las cosas se borran, se anulan, se suprimen y a continuación se reinventan, se fetichizan, se escriben. 

Después se hacía de noche y la noche se lo tragaba todo: los puentes sobre el río, los rascacielos, los seres sin fe, la música del corazón y el corazón del tiempo”. 

La vida fuera de Buenos Aires, lejos del cuerpo de la madre, son los años en Nueva York. Rodeada de ríos, en medio de otras islas y fundaciones, Negroni nombra el espacio que Jim Jarmusch retrató. 

El libro fue Ciudad Gótica que ahora vuelve para injertarse en El corazón del daño. Detrás de cada oleada que acerca y aleja, detrás de cada libro está la fuerza gravitatoria de la figura materna. Por la deformación del espacio tiempo en el que el cuerpo de la narradora se encuentra inmerso, la fuerza de gravedad irrumpe en las frases pronunciadas por la madre: Guay que se te ocurra. Ahuecar. Vos sabrás. No sos quién. ¿Qué más se puede esperar del hijo de un almacenero?. A veces son solo palabras: Trifulca, lumbrera, poligrillo, bataclana. 

¿Cómo acallar a la madre? ¿Cómo dejarla hablar sin agotarse? ¿Llenando de palabras la propia vida? ¿Haciendo de la lengua materna un laberinto para perdernos en él? Desde la pérdida y en el perderse, Negroni volvió a escribir una isla donde poder seguir naufragando. 

Por eso en el corazón del daño también le da voz a María Zambrano: “Escribir es defender el silencio en que se está”. 

Imagen de portada: Gentileza de Radar Libros

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Luciana De Mello

Literatura/Poesía/Ensayo/Critica

 

 

             

Ida Vitale, un regalo de tiempo y recuerdos.

Los versos del nuevo poemario de la uruguaya, ‘Tiempo sin claves’, están dedicados a retener lo que inexorablemente se ha ido o está a punto de irse.

Si deseas conocer mas sobre este tema, cliquea por favor donde se encuentra escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Autora de una obra espléndida, que cuenta con numerosos reconocimientos internacionales, desde el Premio Reina Sofía al Cervantes, en su poema “Accidentes nocturnos” —ya publicado en su Poesía reunida (2017)— la uruguaya Ida Vitale (Montevideo, 1923), dice: “Juega a acertar las sílabas precisas / que suenen como notas, como gloria”. Es esta la declaración de una poética en la que la palabra adquiriría musicalidad. 

Unos versos antes se lee en el mismo poema que “Solo abrirte a la música te salva”. Y en otro que el sonido de Mozart “da paso a más vida”. Unas palabras así servirán, se concluye, para suplir “los destrozos de los días”.

Quien se haya acercado a esta poesía sabe que sí, que su decir es sonoro y está fuertemente caracterizado por un modo de mirar el mundo y nombrarlo que es profundamente moral —como lo es su propia peripecia vital—, ligado a la vida, a su celebración pese a “lo obtuso del mundo y sus conjuras”, de las que la poeta sufrió, entre otras, el exilio que duró décadas.

Del mal del mundo la salvación la trae el amor —léase con atención el pequeño cancionero amoroso “De Enrique”—, el cántico de la vida, la música —“Solo abrirte a la música te salva”—, la poesía… Y ello a pesar de que, a la altura de la vida en que se escribe —no deja de consignarse: “Después de los ochenta” se lee en uno de los poemas—, la nostalgia de tantas cosas idas se impone. El verso “Tanto ya se ha perdido y reemplazado” parecería que desdice lo apuntado, pero la continuación, “como se perderá. La cueva espera” desvanece esa ilusión. 

O no, porque se pueden citar pasajes en sentido contrario, como “Ahora la ruta está casi vacía […] Pero te tuve a ti, mi alma distinta, / volviendo plata la más negra tinta”. La pena de la ausencia es redimida por el recuerdo, tanto que se llega a escribir: “Ahora es ayer” y en ese mismo poema se habla de “recuerdos analgésicos”.

Los versos de ‘Tiempo sin claves’ están dedicados a retener lo que inexorablemente se ha ido o está a punto de irse.

Cántico de la vida, como lo es todo el conjunto de la obra de Vitale: en estos poemas las pequeñas cosas —solo aparentemente pequeñas—, atraen la mirada de la poeta y resultan ser redentoras. Así, al ver volar a unas golondrinas, estas no solo “nos libran / del precipicio sin tino / de la calle y su ruido”, sino que sus giros acaban siendo mucho más poderosos, “en nuestra memoria anulan / extrañezas/ fealdades”.

Esas golondrinas se unen a varias otras aves, “con su cantar sabroso”, como escribió fray Luis de León, para proclamar la vida. No solo ellas, es la naturaleza en conjunto la que no es mero paisaje o espectáculo, sino que, como si fuese un libro, da lección de emociones y saberes. A quien sabe mirar le hablan: “Los árboles y el viento te argumentan / juntos diciéndote lo irrefutable”, “Si cae un aguacero, va a decirte / cosas finas, que punzan y te dejan / el alma, ay, como un alfiletero”, o “Mira las piedras y las hojas, umbrales de la paz”.

Tiempo sin claves está escrito para perpetuar lo vivido, incluso lo más querido, “lo aun precioso será olvido, / ya lo sabemos, la memoria y yo”, sí, “hay olvido. / E intenta proteger de destrucciones, / con gratitud, aquello que no es suyo”. A esa protección van dedicados estos poemas, a retener lo que inexorablemente se ha ido o está a punto de irse: sentimientos, emociones, cosas que, como dice Vitale , no han encontrado las palabras que las detengan.

Pero esta espléndida colección de poemas lo desmiente, pues son justamente palabras que atrapan aun lo inasible y lo ofrecen envueltas en música. Si de las mencionadas golondrinas se dice que son “pasado eterno”, lo mismo cabe afirmar de estos versos. Casi centenaria, Ida Vitale ofrece en este Tiempo sin claves un regalo más de alta poesía.


PRECIPICIO Y AIRE

Ninguno labra en Madrid

por San Isidro Labrador,

salvo, excepción clara,

las golondrinas que labran

en círculos por el aire,

sobre la terraza de esta

habitación donde estamos.

Ellas, girando, nos libran

del precipicio sin tino

de la calle y de su ruido.

Mientras chillan en la altura

quizás buscando sus nidos,

en nuestra memoria anulan

extrañezas, fealdades,

y vuelan por las edades

que hasta aquí levantaron.

Ellas son pasado eterno,

el cierto y el inventado.

Imagen de portada: Gentileza de FIL / Paula Islas

FUENTE RESPONSABLE: El Cultural. Por Tua Blesa. Noviembre 2021

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