Para tod@s ustedes; amig@s virtuales amantes de las letras…

Tres obras imperdibles para conocer a María Teresa Andruetto.

Se trata de una de las escritoras cordobesas más reconocidas a nivel internacional tanto por sus novelas como por sus cuentos.   

María Teresa Andruetto es oriunda de Oliva y vive en Cabana, Unquillo, y es mundialmente conocida por ser la única persona de habla hispana en ganar el premio Hans Christian Andersen de literatura infantil y juvenil. También fue finalista del Premio Rómulo Gallegos por su novela «Lengua Madre».  

Se trata de una de las escritoras cordobesas más reconocidas a nivel internacional tanto por sus novelas como por sus cuentos.

Los Manchados

Una joven que busca incansablemente a su padre en el norte argentino y un grupo de mujeres mayores que hilvanan recuerdos de ese hombre que durante los años de la dictadura pasó por ese pueblo buscando también sus raíces.

Un libro que explora los matices regionales de la lengua y el proceso de construcción de la identidad.

La primera voz de esta historia coral es Emerita, esposa de Pepe, quien relata con tranquilidad pueblerina todos y cada uno de los detalles del encuentro con Nicolás, quien se alojó en su humilde pensión una noche en busca de cama y comida.

La obra mezcla también literatura y la polí­tica con elementos que hacen alusión a hitos históricos de la época de represión: «El Chacho Peñaloza, los asesinos de Operación Masacre, el padre Angelelli, entre otros.

Lengua madre

Un conjunto de relatos epistolares que cuentan la conmovedora historia de tres generaciones de mujeres. A través de pequeños fragmentos desordenados, Andruetto revela sus conflictos, sus temores y obsesiones, con lo mejor y lo peor de cada una. ¿Qué es lo provocador de este libro? Que es profundamente humano. 

A través de las historias de su madre y de su abuela, Julieta descubre quién es ella misma. 

Los textos son presentados sin un orden particular, lo que convierte al lector en parte de la obra: es uno quien debe ponerse a descifrar qué ocurrió cuando. No por nada la autora describe esta obra, precisamente, como una partitura: debe ser interpretada. 

«La lengua madre -refiere- es un fluir de sentimientos nobles. No es un lenguaje documentado, lo tengo dentro mío porque viajé mucho a la zona del noroeste argentino. Esas hablas están dentro mío», expresó la escritora sobre la obra.

No a mucha gente le gusta esta tranquilidad

Se trata de su segundo libro de cuentos, que reúne un puñado de historias ordinarias en aparente quietud, como quien remueve las capas amontonadas del paso del tiempo, para indagar sobre sus márgenes a partir de un lenguaje que retoma ese sosiego y por momentos se vuelve perturbador. 

Un viejo despatarrado que quiere encontrarse con su «muñeca muerta», la mujer cuya partida hace un tiempo casi remoto lo dejó sumergido en las sombras; dos hermanos en la llanura con un microcosmos al que solo ellos dos tienen acceso, o el ritmo de una trama personal que hace y deshace sin previo aviso pero de alguna forma extiende su tiempo en este mundo marcan el tono de algunos de estos relatos.

Imagen de portada: Gentile de Entre líneas

FUENTE RESPONSABLE. Entre Líneas

Cultura/Literatura/Cuentos/Nuestros escritores/María Teresa Andruetto.

 

«Mujeres letales» reúne una gran cantidad de cuentos de terror escritos por mujeres entre 1830 y 1908.

Escritoras populares, eclipsadas por el paso del tiempo o la prevalencia de colegas masculinos: la antología Mujeres letales de Edhasa rescata una gran cantidad de autoras del género de terror aun dentro de una diversidad temática y estilística que supera cualquier rigidez conceptual. Reúne textos que van de 1830 a 1908 y hace convivir a ineludibles como Mary Shelley, Elizabeth Gaskell y Vernon Lee, con autoras no identificadas con el rubro como Louisa May Alcott y Edith Warthon, y también incluye sorpresas como Helena Blavatsky y Mary Elizabeth Braddon.

En los últimos años las antologías de cuentos góticos y de fantasmas escritos por mujeres durante el siglo XIX son legión. Las selecciones, como todo recorte, pueden ser flojas, desparejas, excelentes o repetitivas: el último caso suele ser el más común. Por eso Mujeres letales: Obras maestras de las reinas del terror (Edhasa) es notable, más allá del título chillón: se trata de una muestra de lo mejor y también lo menos antologado, salvo excepciones, de un conjunto de escritoras que fueron muy populares y que, en la mayoría de los casos, eclipsó el tiempo y la prevalencia de escritores varones. 

Una de las pistas del valioso criterio de selección es el editor Graeme Davis, un especialista en juegos de rol y videogames que tiene un ojo notable como antologador de terror y ficción oscura: ya hizo para la editorial Simon & Schuster una selección impecable llamada Colonial Horrors, con un seleccionado de los pioneros del género en Estados Unidos. Como este, es un libro largo, exhaustivo, investigado: Mujeres letales tiene 680 páginas, los cuentos van de 1830 a 1908 y tiene breves y contundentes biografías de cada autora.

Las invitadas de siempre, por supuesto, no faltan. Sin embargo Mary Shelley, Elizabeth Gaskell y Vernon Lee, por ejemplo, aparecen con relatos poco conocidos y, en ocasiones, muy extraños. “La transformación”, de Shelley, transcurre en Italia, como muchos otros del libro –y de la época: era el país mediterráneo favorito de quienes podían viajar- pero el tema fáustico es bastante oscuro. 

Un joven genovés, enamorado de la hija del mejor amigo de su padre tiene una vida tan disoluta que impide la relación. Desesperado, se encuentra por casualidad con una suerte de demonio que le ofrece un cambio de cuerpo. Suena convencional pero no lo es y menos cuando se publicó, en 1830: tiene algo morboso y desesperante porque, como es de esperar, el ser maligno no cede su nuevo cuerpo tan fácilmente a pesar del pacto. 

Gaskell, famosa biografía de Charlotte Brontë y colaboradora de Dickens aparece con un relato poco conocido, “La casa solariega Morton”, que es un cuento gótico, pero sobre todo un cuento de mujeres que repasa muchas de las condiciones de vida de la época: desde la joven heredera que cae en desgracia y termina viviendo en la miseria, hasta las solteronas excéntricas y vivaces o la esposa maltratada por orgullosa y finalmente encerrada en una institución psiquiátrica por su marido. 

El punto de vista es de dos hermanas, los detalles de la vida cotidiana femenina están presentes, casi no hay terror sobrenatural: los miedos son a quedarse sin la propiedad o ser condenadas por un hombre cruel que ejerce de dueño. Vernon Lee –feminista, lesbiana, amiga de Mario Praz y otra apasionada de Italia– aparece con “La puerta oculta”, cuento frenético sobre una sugestión, escrito con un estilo vivaz y paranoico perfecto para el tema.

Quizá el único relato de inclusión obligatoria en la antología sea “El empapelado amarillo” de Charlotte Perkins Gilman, sobre una mujer que transita una depresión posparto que desencadena un brote; resulta muy difícil dejarlo fuera porque su contenido es cada vez más vigente y el texto, en primera persona y de primera mano –Perkins Gilman sufrió depresión después de parir- da cada vez más miedo: “Es la misma mujer, yo lo sé”, dice la narradora mientras mira por la ventana de su cuarto, “pues siempre está arrastrándose, y la mayoría de las mujeres no se arrastra a la luz del día”.

HELENA BLAVATSKY

Igual de buenos son dos relatos muy distintos, en estilo y en intención: el primero, “La duquesa orante” de Edith Wharton se traslada una vez más a Italia para contar a una mujer dominada por un marido que parece despreciarla y gozar con su sufrimiento, aunque cada castigo es sutil y ambiguo: ella a la defensiva, él atacando con la espada envuelta en terciopelo. 

El otro es “Un alma insatisfecha” de Annie Trumbull Slosson, estadounidense y más conocida como entomóloga (hay tres especies de insectos que llevan su nombre): se trata de un cuento sosegado sobre una mujer inquieta que, cuando muere, vuelve de la tumba en vida, una zombie totalmente normal físicamente aunque angustiada de a ratos, recibida por su comunidad con una normalidad inquietante, una muerta entre sus vecinos que podría seguir así, sin explicaciones, sin subir el tono, sin lugares comunes del terror.

Además de contener cuentos notables, el libro sirve como guía de autoras, muchas de ellas casi desconocidas y, en otros casos, es útil para conocer el lado b de escritoras famosas como Louisa May Alcott. 

La autora de Mujercitas aparece con “Perdidos en la pirámide o la maldición de la momia”, un título que explica la trama pero no su final desolador, bastante más oscuro de lo esperable en los, por lo general, entretenidos relatos sobre Egipto tan del gusto victoriano. De Elizabeth Stuart Phelps, feminista norteamericana y una de las primeras mujeres en dar conferencias en Boston –además de autora de cincuenta y siete libros– se incluye “El fantasma de Kentucky”, un excelente cuento de fantasmas pero también un relato del mar, de barcos y marineros, algo a lo que no se atrevían tantas mujeres: ella maneja el lenguaje y la jerga de manera excelente y, ¿por qué no?, después de todo los hombres que escriben sobre justas medievales obviamente jamás viajaron en el tiempo. 

Y hay tantas por descubrir: Mary Elizabeth Braddon, por ejemplo, autora de “En la abadía de Crighton”, hermoso relato de costumbres de la clase media alta inglesa con fantasmas y maldición casi en segundo plano; ella escribió mas de 80 novelas “sensacionalistas”, de las que el editor Davis señala que «ponían el foco en las angustias sociales victorianas, pérdida de identidad y posición, deshonra social y fraude, a veces a con argumentos escabrosos”. Helena Blavatsky, célebre por haber creado su propio sistema de creencias ocultas, la Teosofía, es menos conocida como escritora: su relato “La cueva de los ecos” es de los más crueles y extraños de la selección e incluye chamanes rusos y un niño viejo inolvidable. Otro gran relato de superstición que tiene a una mujer como víctima –y una notable observación de la miseria- es “El destino de Madame Cabanel”, de la casi desconocida Eliza Lynn Linton, la primera periodista asalariada de Inglaterra, autora de veinte novelas e investigadora de la brujería. 

También merece atención la obra de Lady Dilke, el seudónimo de Emilia Francis Strong, presidenta de sindicatos de mujeres y periodista especializada en arte: en la nota biográfica se mencionan sus dos colecciones de relatos sobrenaturales y si son tan buenos como “El santuario de la muerte”, un oscuro cuento de hadas sobre una adolescente que quiere morir, el rescate debería ser inminente.

Domésticos, líricos, escritos en dialecto local –como el de Harriet Beecher-Stowe-, sobre aparecidos y violencias y femicidios y locura y casas embrujadas y revenants y objetos encantados, a veces tan “femeninos” como una taza o un retrato o un empapelado amarillo: todos los cuentos de Mujeres letales son fascinantes y revelan la increíble producción de estas mujeres profesionales, periodistas, escritoras y académicas, muchas de ellas feministas. El olvido alcanza a muchos autores pero lo que estas antologías rescatan, sobre todo, es la presencia de estas mujeres en los ambientes literarios de su tiempo, no como actrices secundarias sino como voces poderosas y prolíficas, como nombres inevitables que no dejaban de trabajar y publicar.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 Por Mariana Enriquez

Literatura/Terror/Suspenso/Mujeres/Cultura/Cuentos

Malvinas, Deleuze y otros temas: la literatura para infancias se anima cada vez más a lo complejo.

Los autores Federico Lorenz, Matías Moscardi y Pablo Bernasconi reflexionaron sobre la producción editorial para niños en Argentina y cómo sus libros abordan temas sobre el lenguaje filosófico, la ficción, y el desafío de «conectar con el asombro».

Lejos del paradigma que limita temáticas a las edades, cada vez más la producción editorial orientada a infancias confía en la apropiación libre de sus lectores y alienta la creación de libros que abordan temas complejos, que trabajan sobre la experiencia de lo real o la verdad, generan preguntas sin cerrar las respuestas y se apartan de los prejuicios, como las novedades de Federico Lorenz sobre Malvinas, Matías Moscardi sobre Deleuze y Pablo Bernasconi, que acerca ideas como motores para mover el mundo.

La infancia no siempre ha sido como la entendemos ahora, porque la forma de definir a niños, niñas y adolescentes está en perpetua transformación. Y así como la idea de tiempo se problematiza, también los libros: mientras en el siglo pasado la literatura infantil pregonaba su potencial didáctico, las relecturas críticas convergieron en obras sin tabúes, imaginativas, como espacios creativos y de libertad. El entrañable autor italiano Gianni Rodari destacaba «el valor de liberación que puede tener la palabra». Y aclaraba: «no para que todos sean artistas sino para que nadie sea esclavo».

El poeta y ensayista Matías Moscardi es el autor detrás de «¡El gran Deleuze! Para pequeñas máquinas infantes» (Beatriz Viterbo), un libro «donde el concepto filosófico hace alianza con el juego». No fue pensado para un lector determinado sino que crea su propio lector, que está convocado en el título: las máquinas infantiles. Una máquina infante no tiene edad ni sexo determinado: se define por sus conexiones, sus multiplicidades, sus rizomas, sus devenires», dice a Télam.

El autor trae a cuento la posición crítica de César Aira, para quien la literatura infantil está sobredeterminada por la industria editorial. Esto lleva a una separación tácita entre los dominios de la infancia y la vida adulta. Aira está ´en contra ́ de la literatura infantil porque, para él, ´no inventa a su lector, operación definitoria de la genuina literatura, sino que lo da por inventar y concluido, con rasgos determinados por la sospechosa raza de los psicopedagogos´ (…) Y concluye: ´la literatura está brotando siempre de su fuente primigenia, la infancia, y toda separación es nefasta´».

El poeta y ensayista Matías Moscardi es el autor detrás de «¡El gran Deleuze! Para pequeñas máquinas infantes».

Argentina es un gran semillero editorial de literatura infantil y juvenil con muchos sellos especializados en ficción, no ficción, ilustración. En los últimos años, cada vez más editoriales apuesta por desterrar el miedo y la pedagogía y producen textos sobre temas difíciles con un abordaje no necesariamente ficcional, que van desde la muerte, el tiempo o la nada, como indagan algunos libros de Iamiqué, editorial fundada en el año 2000 para mostrar que la ciencia no muerde.

¿Hay temas complejos? ¿Más difíciles que otros en los libros destinados a infancias y juventudes? «Claro que hay temas complejos, incluso muy complejos. Algunos son complejos de abordar y otros son complejos de explicar», asegura Carla Baredes, cofundadora de Iamiqué junto a Ileana Lotersztain. «En nuestro caso, seguramente por las mismas razones por las que elegimos ser científicas y divulgadoras, la complejidad suele operar como un desafío».

Su catálogo se compone de distintos autores porque en cada proyecto lo que prima es lo académico o la experiencia porque «no es lo mismo que escriba sobre pubertad alguien que trabaja con púberes que alguien que no lo hizo nunca. No es lo mismo que escriba sobre nada alguien que hace filosofía con niños que alguien que no», advierte Baredes. Cuando encuentran al ideal, le dicen lo siguiente: «Nuestros libros no sirven para preparar una clase ni para responder cuestionarios…para eso están los libros escolares o internet. Hacemos libros para que sean leídos con placer, por elección, en patas, tirados en un sillón».

«Hacemos libros para que sean leídos con placer, por elección, en patas, tirados en un sillón»

CARLA BAREDES

Federico Lorenz, docente, investigador y especialista en Malvinas y Atlántico Sur, acaba de publicar «Postales desde Malvinas» (Norma), un diario de viaje escrito desde la mirada de un niño escrito y en clave muy poética y curiosa sobre las islas, desde la geografía, su historia, sus disputas y sus habitantes. A diferencia de otros textos donde el autor ha trabajado esta temática, el desafío de este libro fue «resistir, a veces, al adulto que quería volver a su edad y su experiencia de vida mientras el viajero-niño escribía».

«No fue un desafío en cuanto a dificultades con el registro de escritura, sino más bien de autocontrol en el sentido de que es un tema que me apasiona, un lugar bellísimo, y a la vez atravesado por una cantidad de sensibilidades e historias, que, precisamente, no son las de los más chicos. El desafío fue volver a ubicarse en las formas del asombro que este tiene en la infancia; pensar qué cosas me llamaban la atención cuando visitaba un museo, un nuevo lugar, o escuchaba a un adulto», confía Lorenz.

Federico Lorenz, docente, investigador y especialista en Malvinas.

Foto: gentileza editorial Norma/Sebastian Freire.

Es que si de temas complejos se trata, Malvinas cabecea: «Tengo una mirada bastante escéptica sobre la forma en la que los adultos tramitamos muchas cosas, y si hay algo que me vuelve optimista es el contacto con los más chicos. Mostrarles Malvinas en todos sus dobleces es la manera de dejar abierta una puerta y no reducirse a transmitir mandatos. Quería que sintieran mi amor por un lugar, pero no que lo amaran vicariamente, y sin ningún tipo de dogma asociado; quería que conocieran una forma de acercarse al mundo, sin que sea la única, ni siquiera la mejor, sino la mía. Y eso es una forma de honrar el tema del libro, también, que son unas islas atravesadas por mil historias, la guerra sólo una de ellas aunque tan presente».

En su opinión, «los más chicos, con sus preguntas, con sus planteos, son el mejor antídoto contra los binarismos. Y creo que eso se logra si uno se expone, si el lector u oyente detecta honestidad intelectual, compromiso con lo que uno está contando. En ese sentido, para mí escribir nunca es un artificio, es una manera de vivir, de decir, ´este soy yo, aquí estoy´».

«Los más chicos, con sus preguntas, con sus planteos, son el mejor antídoto contra los binarismos»

FEDERICO LORENZ

El ilustrador y autor Pablo Bernasconi sacó este mes el libro álbum «Para mover el mundo» (Fondo de Cultura Económica), donde construye puentes entre conceptos complejos de traducir e imágenes, mientras a la par va siguiendo un acrónimo que le «sirve como guía a partir de una premisa de Arquímedes: ´Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo´. El cruce de sentidos es casi mecánico (como lo es la palanca) y eso se vuelve internamente muy potente», piensa.

Bernasconi cuenta que para este trabajo volvió a poner en práctica su «confianza sobre el vehículo metafórico como transmisor gentil de ideas. En este libro, que es prácticamente de imágenes, este punto está especialmente enfocado a situar en la imagen el peso semántico, y en la metáfora la percepción personal. Entonces, los niveles de comprensión se expanden y apoyan ante la arquitectura conceptual que supone un desafío así».

¿Cómo es volver dinámico un lenguaje que a priori se presenta difícil, como la filosofía? En el caso de Moscardi la pregunta engloba un prejuicio porque supone «la idea de que los conceptos que maneja la filosofía serían aprehensibles solo y exclusivamente en términos intelectuales. El prejuicio es que comprendemos la filosofía a través del intelecto. En el caso de Deleuze, el problema está planteado de un modo muy distinto porque él siempre se preocupó por mantener cierta dimensión práctica, vital, de la filosofía. Los conceptos deleuzianos piden a gritos ser experimentados. Son propositivos».

 Pablo Bernasconi sacó este mes el libro álbum "Para mover el mundo".

Pablo Bernasconi sacó este mes el libro álbum «Para mover el mundo».

En este punto, y como ocurre en el libro, «hasta la pregunta más tonta es una gran pregunta filosófica, porque si la tomamos en serio y la asumimos hasta sus últimas consecuencias, cualquier pregunta puede sacarle brillo a la filosofía en todo su esplendor. Diría incluso que la filosofía es eso: asumir cualquier pregunta hasta sus últimas consecuencias»

En el cruce de la literatura y la filosofía como hace Moscardi, en ese pacto que establece Lorenz con la mirada del niño sobre Malvinas o en el ejercicio visual y metafórico que ejecuta Bernasconi con conceptos abstractos para construir significados legibles ¿el acercamiento literario, visual, con la no ficción asume una complejidad mayor al trabajar con algo parecido a «la verdad»?

Para Lorenz, «Postales desde Malvinas» pone en suspenso la idea de verdad: no podemos amar lo que no conocemos, no podemos discutir sobre lo que no sabemos, y las formas de transmisión del tema han tenido muchísimo de eso. Darle densidad a un tema es trabajar para la verdad, en el sentido de que los lectores pueden construir su visión personal sobre un tema. Yo soy muy respetuoso de mis lectores, a los que siempre pienso como pienso a mis estudiantes, jamás subestimar la posibilidad de que ellos arribaran a conclusiones más acertadas que las mías».

«Entonces -continúa- la idea de ‘verdad’ es secundaria frente a la de experiencia, lo que pasa a ser verdadera es la apropiación de un tema, de una historia, o mejor, de muchas historias. No es un libro mandato, sino un libro invitación, eso es lo que siempre me propongo al escribir o enseñar: invitar a que todos se sientan capaces de construir su mirada sobre las cosas. Aquí lo verdadero es un profesor conmovido por su historia, atravesada indirectamente por la guerra, que lo llevó a descubrir que sabía poco y nada de un lugar sobre el que creemos saber todo. Desandar ese camino es algo que probablemente los más pequeños estén en mejores condiciones de hacer que nosotros».

Además de «Para mover el mundo», Bernasconi tiene otros libros de esos que se asumen difíciles en sus temáticas, como «Mentiras y moretones» donde trabaja con los golpes y los dolores y problemáticas recurrentes de la vida moderna como el inconformismo o la ansiedad. Para él, «cada libro que se plantea desde un lugar de no ficción tiene un complemento testimonial. Pero eso no significa que deba atenerse a la descripción detallada de una experiencia propia para volverlo materia literaria», aclara.

«Tanto en ‘Mentiras y Moretones’, en donde cada cuento está basado en situaciones que me tocaron vivir durante dos años bastante duros, como en ´Para mover el mundo´, donde la concepción radical de pensamientos y convicciones que tengo sobre cierto funcionamiento ideal de nuestra sociedad, el secreto está en expandir y potenciar éste sentido a través de la metáfora, de las analogías, de las paradojas, que nos permiten perspectivas mucho más tangenciales y a la vez directas y memorables», resume Bernasconi.

Imagen de portada: Gentileza de Agencia Télam

FUENTE RESPONSABLE. Agencia Télam por Milena Heinrich

Literatura Infantil/Cuentos/Islas Malvinas/Filosofía

Cómo se formó «La isla del tesoro».

Los ensayos de Robert Louis Stevenson

Además de autor de novelas de aventuras inolvidables, de ser uno de los cuentistas más prolíficos y vitales en lengua inglesa, Robert Louis Stevenson fue también un ensayista punzante, repartido entre la capacidad de observación, la ternura y la ironía. Memoria para el olvido, que acaba de publicar el Fondo de Cultura Económica, reúne los artículos que le dedicara a temas tan diversos como los juegos de niños, la novela, los sueños, las historias de cementerios o las debilidades y grandezas de la poesía de Walt Whitman. 

Aquí se publica el ensayo en el que Stevenson reconstruye cómo fue que se gestó La isla del tesoro, su primera y más célebre novela, inicialmente concebida como un libro para chicos pero que con el paso del tiempo se convirtió en un clásico de todas las épocas y edades de la vida.  

Dista mucho de ser mi primer libro, pues no sólo soy novelista. Pero soy plenamente consciente de que quien me paga, el Gran Público, contempla todo lo demás que he escrito con indiferencia, cuando no con aversión, y cuando me requieren, requieren al personaje familiar e indeleble que hay en mí, y cuando me piden que hable de mi primer libro, no cabe duda de que se refieren a mi primera novela.

De todas maneras, antes o después, y de una forma u otra, tenía que escribir una novela. Parece ocioso preguntar por qué. Los hombres nacen con diversas manías: desde la más tierna infancia, la mía fue jugar con una serie de acontecimientos imaginarios y, en cuanto supe escribir, me hice buen amigo de los papeleros. Debí gasta folios y folios para redactar Rathillet, 

La rebelión de Pentland, El perdón del rey (también conocido como Park Whitehead), Edward Davert, A Country Dance (Una danza campestre), y A Vendetta in the West (Una vendetta en el oeste), y me consuela recordar que todos estos folios son ahora cenizas y yace de nuevo bajo tierra. Solo he dado el nombre de unos cuantos de mis desafortunados esfuerzos, únicamente de aquello que alcanzaron un grosor considerable antes de que desistiera, y que, pese a ello, cubren un extenso panorama de años. 

Acometo la escritura de Rathillet antes de los quince años. The Vendetta a los veintinueve, y la sucesión de derrotas siguió inalterada hasta que cumplí los treinta y uno. En esa época ya había escrito libritos y pequeños ensayos y cuentos, y me habían dado unas palmaditas en la espalda y me los habían pagado, aunque no tan bien como para vivir de ellos. Tenía una reputación considerable, era un hombre de éxito, pasaba los días trabajando con denuedo, con una futilidad que a veces me hacía ruborizarme por estar malgastando mis energías en ese asunto, pero sin poder ganarme la vida.

Delante de mí, sin embargo, seguía brillando un ideal inalcanzado; aunque lo había intentado con todas mis fuerzas no menos de diez o doce veces, todavía no había escrito una novela. Todas –todas mis hijas- habían avanzado un poco y luego se habían detenido como el reloj de un colegial. Se me podía comparar con un jugador de criquet con muchos años de experiencia que nunca había corrido una carrera. 

Cualquiera puede escribir un cuento –uno malo, me refiero-, si tiene dedicación, y papel, y tiempo suficiente, pero no todo el mundo puede aspirar a escribir siquiera una mala novela

Es la extensión lo que resulta letal. 

El novelista de éxito puede tomar su novela y dejarla, dedicarle días en blanco, y escribir sólo cosas que no tarda en borrar. No es el caso del principiante. La naturaleza humana tiene ciertos derechos; el instinto –el instinto de supervivencia- impide que alguien (que no esté animado y apoyado por la conciencia de una victoria anterior) soporte durante más de algunas semanas las desdichas de un esfuerzo literario frustrado. Tiene que haber algo que alimente la esperanza. 

El principiante tiene que estar en vena, encontrarse en una buena racha, tiene que estar en uno de esos momentos en que las palabras acuden y las frases alcanzan solas un equilibrio, sólo para empezar. Y, una vez empezado, ¡qué espantoso resulta esperar a que el libro esté terminado! 

Durante mucho tiempo la vena tiene que seguir igual, la racha continuará abierta, durante mucho tiempo tiene que continuar el mismo estilo: ¡durante mucho tiempo tus marionetas tienen que resultar siempre vivas, siempre consistentes, siempre vigorosas! Recuerdo que en aquella época contemplaba las novelas de tres volúmenes con una especie de veneración, como un logro –no podía ser literario- propio, por lo menos de la resistencia física y moral y del coraje de Ayax.

LA PELÍCULA DE BYRON HASKINS, 1950

En el año señalado fui a vivir con mi padre y mi madre a Kinnaird, al norte de Pitlochry. Allá caminé por los páramos rojos y por la orilla del arroyo dorado; el aire tosco y puro de nuestras montañas me infundió ánimos, si no me inspiró, y mi mujer y yo planeamos escribir juntos un libro sobre cuentos de lógica, para el que ella escribió The Shadow in the Bed (La sombra en la cama) y yo hice 

El fantasma de Janet y un primer borrador de Los hombres dichosos. Yo amo mi clima nativo, pero él no me ama a mí, y el final de este delicioso periodo consistió en un resfriado, una roncha por la picadura de un escarabajo y una migración por Strathairdle y Glenshee a Castleton de Braemar. Allí hacía mucho viento y llovía con la misma intensidad; mi clima nativo era más cruel que la ingratitud humana, y tuve que resignarme a pasar gran parte del tiempo entre las cuatro paredes de una casa lúgubremente conocida como La Casa de la Difunta Señorita McGregor. 

Y ahora asómbrense ante el dedo del destino. En La Casa de la Difunta Señorita McGregor había un colegial que había vuelto a casa por vacaciones y que estaba muy necesitado de “algo difícil con lo que entretener la mente”. 

No le gustaba la literatura; era el arte de Rafael el que recibía sus efímeros apoyos, y con la ayuda de una pluma de tinta y una caja de acuarelas no tardó en convertir una de las habitaciones en un museo de pintura. Mi deber más inmediato para con el museo era hacer de guía, pero a veces me zafaba ligeramente de mis obligaciones y me unía al artista (por llamarlo de algún modo) frente al caballete, pasando la tarde con él en una generosa emulación, haciendo dibujos de colores. 

En una de esas ocasiones dibujé el mapa de una isla, coloreándolo de forma laboriosa y (yo creía) bella; su forma cautivó mi imaginación más allá de las palabras; tenía puertos que me gustaban como si fueran sonetos, y con la inconsciencia de lo predestinado, llamé a mi obra “La isla del tesoro”

Me dicen que hay personas a las que los mapas las dejan frías, y me cuesta creerlo. Los nombres, las formas de los bosques, el trazado de los caminos y los ríos, los pasos prehistóricos del hombre aún nítidamente discernibles en las colinas y los valles, los molinos y las ruinas, las lagunas y las barcas, quizá el Monolito o el Círculo de los Druidas en el brezal; ¡hay un caudal inagotable de cosas interesantes para cualquiera que tenga ojos en la cara o un ápice de imaginación con la que pensar! 

Cualquier niño podría recordar haber apoyado la cabeza en la hierba, para contemplar el bosque infinitesimal y ver cómo se poblaba de ejércitos de hadas. Del mismo modo, más o menos, mientras miraba detenidamente mi mapa de “La isla del tesoro”, el futuro carácter del libro empezó a hacerse visible entre bosques imaginarios, y los rostros marrones y las armas brillantes me espiaban desde lugares inesperados, mientras pasaban de un sitio a otro, luchando y buscando el tesoro, en esos pocos centímetros cuadrados de proyección bidimensional. 

Antes de darme cuenta tenía unas hojas delante de mí y estaba escribiendo una lista de capítulos. ¡Cuántas veces lo he hecho y la cosa no ha pasado de ahí! Pero parece que había elementos de éxito en esta empresa. Iba a ser una historia para chicos, no hacía falta psicología o un estilo refinado, y tenía un chico a mano como referencia. Las mujeres quedaban excluidas. Yo no sabía llevar un bergantín (lo que tendría que haber sido la Hispaniola) pero pensé que podría arreglármelas para manejarlo como una goleta sin vergüenza pública. Y luego tuve una idea para John Silver que me auguraba un caudal de entretenimiento: escogí a un admirado amigo mío (que, muy probablemente, el lector conoce y admira tanto como yo), lo despojó de sus mejores cualidades y de lo más elevado de su carácter, y dejé sólo su fuerza, su valentía, su rapidez y su magnífica simpatía, e intenté expresarlas en los términos de la cultura de un rudo marinero. 

Esa cirugía física es, según creo, una forma habitual de “construir un personaje”; puede que sea, de hecho, la única forma. Podemos representar al personaje pintoresco con el que intercambiamos cien palabras ayer junto al camino, pero ¿lo conocemos? A un amigo nuestro, con su variedad y flexibilidad infinitas, lo conocemos, pero ¿podemos representarlo? Al primero tenemos que insertar cualidades secundarias e imaginarias, probablemente todas erróneas; del segundo, machete en mano, tenemos que podar y apartar la arborescencia inútil de su naturaleza, pero al menos podemos estar bastante seguros del tronco y las pocas ramas que quedan.

Una fría mañana de septiembre, al amor de una lumbre y mientras la lluvia tamborileaba en la ventana, empecé El cocinero del mar, pues ese era el título original. 

He empezado (y terminado) varios libros más, pero no recuerdo haberme sentado a escribir ninguno de ellos con mayor satisfacción

No resulta sorprendente, como dice el refrán, porque las aguas robadas resultan dulces. Ahora entro en un capítulo doloroso. No cabe duda de que el loro perteneció antes a Robinson Crusoe. No cabe duda de que el esqueleto procede de Poe. No me importa, son menudencias y detalles, y nadie puede aspirar a tener el monopolio de los esqueletos o a apropiarse de los pájaros parlantes. La empalizada, según me dicen, es de Masterman Ready, la novela del capitán Marryat. 

Es posible, no me importa ni lo más mínimo. Esos fructíferos escritores cumplieron la frase del poeta: al irse, dejaron a su paso huellas en las arenas del tiempo, huellas que quizá otro… ¡y yo era el otro! Es mi deuda con Washington Irving lo que pesa sobre mi conciencia, y con toda justicia, ya que creo que el plagio pocas veces ha llegado tan lejos. Hace algunos años cogí por casualidad los Cuentos de un viajero, para una antología de narraciones en prosa, y leí el libro en un santiamén y me sorprendió. Billy Bones, su baúl, el grupo del salón, todo el espíritu y gran parte de los detalles materiales de mis primeros capítulos, todo estaba allí, todo pertenecía a Washington Irving.

Pero cuando me senté a escribir al lado del fuego, en lo que parecía la primavera de una inspiración algo pedestre, yo no lo sabía; tampoco lo supe en los días sucesivos cuando, después de comer, leía el trabajo de esa mañana a mi familia en voz alta. 

A mí me parecía tan original como el pecado, me parecía tan mío como mi ojo derecho. Contaba con un chico, y me encontré con que tenía dos entre el público. En mi padre prendió enseguida toda la fantasía y el espíritu infantil de su naturaleza original. Sus propias historias, con las que se durmió cada noche de su vida, siempre versaban sobre barcos, posadas de caminos, ladrones, viejos marineros y viajantes de comercio antes de la era del vapor.

Nunca terminó una de esas novelas ¡al afortunado no le hizo falta! Pero en La isla del tesoro encontró algo afín a su propia imaginación. Era su estilo pintoresco, y no sólo escuchaba con deleite el capítulo diario, sino que se ponía en acción para colaborar. 

Cuando llegó el momento de que el baúl de Billy Bones fuese saqueado, se pasó la mayor parte del día preparando, en el dorso de un sobre legal, un inventario de su contenido, que seguí al pie de la letra, y el nombre de “el viejo barco de Flynt” –el Walrus- lo puse a petición suya. 

Y quién aparece ahora, ex machina, sino el doctor Japp, como el príncipe disfrazado que se dispone a echar el telón tras la paz y la felicidad del último acto, pues él llevaba en el bolsillo no un cuerno o un talismán, sino un editor: de hecho, mi viejo amigo, el señor Henderson le había encargado descubrir nuevos escritores para Young Folks. 

Incluso la falta de piedad de una familia unida flaquea ante la medida extrema de castigar a nuestro invitado con los miembros mutilados de El cocinero del mar; al mismo tiempo, no estábamos dispuestos bajo ningún concepto a abandonar nuestras lecturas, con lo que el cuento se comenzó otra vez desde el principio, recontado solemnemente en honor del doctor Japp. Desde ese momento he tenido en muy alta estima sus facultades críticas, porque cuando se marchó, se llevó el manuscrito en su maletín.

EL MAPA DE LA ISLA DEL TESORO

Así pues, lo tenía todo para animarme: comprensión, ayuda, y ahora un compromiso en firme. Además, había elegido un estilo muy fácil. Puede parecer que un hombre de letras adulto y con experiencia es capaz de escribir un número de páginas al día de La isla del tesoro y mantener el ritmo. Pero desafortunadamente ése no fue mi caso. 

Quince días le dediqué, y escribí quince capítulos, y después, en los primeros párrafos del décimosexto, perdí fuelle de forma ignominiosa. Mi boca estaba vacía, no me quedaba ni una sola palabra de La isla del tesoro en el pecho

¡Y las galeradas del comienzo ya me estaban esperando en el Hand and Spear! Las corregí mientras vivía prácticamente solo, paseando por el brezal de Weybridge en mañanas otoñales cubiertas de rocío, muy satisfecho con lo que había hecho, y más consternado de lo que puedo describir con palabras por lo que me quedaba por hacer. 

Tenía treinta y un años, era cabeza de familia, me aquejaba una mala salud, nunca me había podido mantener, nunca hasta entonces había ganado doscientas libras al año, mi padre acababa de comprar y liquidar un libro que se consideraba un fracaso: ¿iba a ser éste el siguiente y último fiasco? 

Me hallaba muy próximo a la desesperación, pero cerré firmemente la boca y, durante el viaje a Davos, donde iba a pasar el invierno, decidí pensar en otras cosas y sumergirme en las novelas de M. de Boisgobey. Después de llegar a mi destino me senté una mañana con el relato incompleto, y hete aquí que empezó a aflorar como una conversación trivial y, en una segunda oleada de jubilosa aplicación, y de nuevo al ritmo de un capítulo al día, acabé La isla del tesoro. 

Tuvo que ser transcrita casi punto por punto: mi mujer estaba enferma; de los fieles, sólo quedaba el colegial, y John Addington Symonds (al que le había mencionado tímidamente en qué andaba ocupado) me miraba con recelo. En esa época estaba empeñado en que yo escribiera siguiendo los Personajes de Teofrasto: tan equivocados pueden estar los juicios de los hombres más sabios. 

Pero Symonds (desde luego) no era precisamente el confidente al que acudir en busca de comprensión en el caso de una historia para chicos. Tenía una mente abierta, era “un hombre pleno”, si ha habido alguno, pero el nombre mismo de mi empresa sólo le hacía pensar en una capitulación de la sinceridad y en solecismos de estilo. ¡Bueno! No andaba muy descaminado.

La isla del tesoro –fue el señor Henderson quien eliminó el primer título, El cocinero del mar- apareció, como estaba previsto, en la revista de cuentos, donde figuró en las innobles páginas centrales, sin ilustraciones, y no despertó la menor atención. No me importó. A mí me gustaba la historia, en gran medida por el mismo motivo que a mi padre le gustó al principio: era mi estilo pintoresco. También estaba muy orgulloso de John Silver y, al día de hoy, admiro mucho a ese tranquilo y formidable aventurero. 

Lo que era infinitamente más estimulante, había cumplido una meta, y había escrito “Fin” en mi manuscrito, algo que no había hecho desde La rebelión de Pentland, cuando era un muchacho de dieciséis años que todavía no iba a la universidad. 

En verdad eso sucedió a causa de un conjunto de accidentes afortunados, si el doctor Japp no hubiese venido de visita, si la historia no me hubiese salido con una singular facilidad, habría sido arrinconada como sus predecesoras, y habría conocido un tortuoso y no lamentado camino al fuego. Es posible que los puristas apunten que habría sido mejor así. No comparto su opinión. La historia parece haber proporcionado mucho placer, y procuró (o fue el medio de procurar) fuego y comida y vino a la familia que lo merecía y por la que yo sentía interés. No hace falta decir que me refiero a la mía.

Pero las aventuras de La isla del tesoro aún no han terminado. La escribí inspirándome en el mapa. El mapa era la parte principal de la trama. Por ejemplo, llamé a un islote “La isla del esqueleto”, sin saber a qué me refería, buscando únicamente algo que me resultase pintoresco de inmediato, y fue para justificar ese nombre por lo que entré a hurtadillas en la galería del señor Poe y robé el puntero de Flint. 

Fue asimismo por haber hecho dos puertos por lo que mandé a Hispaniola de acá para allá con Israel Hands. Llegó el día en que decidieron reeditar, y mandé mi manuscrito, y el mapa con él, a los señores Cassell. Las galeradas llegaron, las corregí, pero no tuve noticias del mapa. 

Escribí para preguntar, y cuando me dijeron que no lo habían recibido, me quedé aterrado. Una cosa es trazar un mapa al azar, poner la escala en una esquina inconscientemente y escribir una historia siguiendo esas indicaciones, y otra muy distinta tener que estudiar un libro entero, hacer un inventario de todas las alusiones contenidas en él y, con un compás, afanarse en trazar un mapa que concuerde con los datos. 

Lo hice, volví a dibujar el mapa en la oficina de mi padre, y lo adorné con ballenas respirando y barcos navegando; y mi padre contribuyó con una habilidad que tenía para hacer caligrafías diferentes, y falsificó minuciosamente la firma del capitán Flint, y las indicaciones de navegación de Billy Bones. Pero, no sé por qué, para mí, nunca fue La isla del tesoro.

Imagen de Portada: Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 – Por Robert Louis Stevenson

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He dicho que el mapa era casi toda la trama. Casi podría decir que lo era por completo. Unos cuantos recuerdos de Poe, Defoe y Washington Irving, un ejemplar de Los bucaneros de Johnson, el nombre del Cofre del Hombre Muerto de At Last (Por fin) de Kingsley, algunas remembranzas de ir en canoa por alta mar, y el propio mapa, con su infinita y elocuente capacidad de sugestión, fueron todos mis materiales. Aunque tal vez no sea muy frecuente que un mapa tenga tal preeminencia en una historia, siempre es importante. El autor debe conocer el paisaje, ya sea real o imaginario, como la palma de su mano; las distancias, los puntos cardinales, el lugar por el que sale el sol, el curso de la luna, nada de ello debería ponerse en duda. ¡Y cuántos problemas plantea la luna! Me equivoqué con respecto a la luna en El príncipe Otto y, en cuanto me lo señalaron, adopté una precaución que recomiendo a otros. Ahora nunca escribo sin un almanaque. Con un almanaque y el mapa del país, y el plano de todas las cosas, ya trazado sobre el papel, ya memorizado de inmediato en la cabeza, una persona puede aspirar a no cometer algunos de los posibles errores garrafales. Con el mapa delante de él no dejará que el sol se ponga por el este, como en El anticuario de Walter Scott. Con el almanaque en la mano, no dejará que dos jinetes que viajan por un asunto urgentísimo empleen seis días, desde las tres de la madrugada del lunes hasta las últimas horas del sábado por la noche, en un viaje de unas noventa o cien millas y que, durante la misma semana, y con los mismos jamelgos, recorran cincuenta millas en un día, como se lee con todo detalle en la inimitable Rob Roy. Y no está nada mal, aunque no es en absoluto necesario, evitar esos “batacazos”. Pero mantengo la opinión –la superstición, si quieren- de que quien es fiel al mapa y lo consulta y se inspira en él, día tras día y hora tras hora, obtiene un firme apoyo y no la simple inmunidad negativa frente a los accidentes. La historia tiene ahí su raíz, crece en ese suelo, tiene su propia columna vertebral detrás de las palabras. Es mejor que el paisaje sea real y que el escritor haya caminado por toda su extensión y conozca todos los mojones. Pero incluso para los lugares imaginarios hará bien en confeccionar un mapa al empezar; cuando lo examine aparecerán relaciones que no se le habían ocurrido, descubrirá atajos y huellas obvias, aunque insospechadas para sus mensajeros, e incluso cuando el mapa no sea toda la trama, como lo fue en La isla del tesoro, acabará siendo una mina de sugerencias.  

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Pagina 12 – Archivo – Por  Robert Louis Stevenson   

La diferencia entre querer y amar explicada por El principito.

Una maravillosa recreación literaria basada en El principito de Saint-Exupéry nos brinda una poderosa enseñanza sobre lo diferente que puede ser amar y querer a alguien. 

“—Te amo —le dijo El principito.

—Yo también te quiero —respondió la rosa.

—Pero no es lo mismo —respondió él, y luego continuó— Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía. Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes.

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Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados.

Sí quiero a alguien, tengo expectativas, espero algo. Si la otra persona no me da lo que espero, sufro. El problema es que hay una mayor probabilidad de que la otra persona tenga otras motivaciones, pues todos somos muy diferentes. Cada ser humano es un universo. 

Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga motivaciones muy distintas. Amar es permitir que seas feliz, aún cuando tu camino sea diferente al mío. Es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse, es darse por completo desde el corazón. Por esto, el amor nunca será causa de sufrimiento.

el principito lecciones de vida 5

Amar es darte un lugar en mi corazón para que te quedes como padre, madre, hermano, hijo, amigo y saber que en el tuyo hay un lugar para mí.

Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.

– Ya entendí, dijo la rosa.

– No lo entiendas, vívelo, dijo El principito.

–– Antoine de Saint-Exupéry

FUENTE: CULTURA INQUIETA [Esta es una traducción libre de la maravillosa novela de Saint-Exupéry]. – Por Silvia Garcia

Llegó agosto: ¡Lean poesía!

Desde Buenos Aires, República Argentina.

En este mes, desde Pez Banana recomiendan libros de ficción que se cruzan con arte y ajedrez. Además de dos novedades de poesía. ¡Sí, de poesía! 

Estas son las sinopsis de los libros con los que nos estuvimos entreteniendo últimamente:

       

La otra hija de Santiago La Rosa

Flor: Empecé esta novela, La otra hija, de Santiago La Rosa, y me pasó lo mismo que cuando miro un cuadro de Mildred Burton. 

Es por eso que aprovecho esta asociación libre para hablar de estos dos libros que leí en paralelo y que empezaron a amalgamarse poco a poco. Aclaro que el libro de Mildred no es el catálogo de la muestra (2020, Museo Moderno) sino un libro-libro maravilloso, una edición bilingüe de lujo que además tiene algunas reproducciones de sus pinturas. Mariana Enriquez empieza a entrelazar las obras de Burton con datos biográficos y ficción y logra un texto glorioso y espeluznante. Lo lees y ya no podés separar los cuadros de las historias que Enríquez les teje alrededor. Envuelve los cuadros en un clima donde todo se potencia. Un festín de terror, una dupla macabra absolutamente genial. El texto curatorial de Kramer acompaña sin quedarse atrás, además de ser poético e iluminador.

En La otra hija el silencio del pasado muta al presente con violencia sin control. Porque los fantasmas no piden permiso, te tienen como un monigote haciendo síntomas (cuando no locuras). En la novela, un joven se pone a indagar la historia de su padre al enterarse de que va a tener un bebé. Todo relativamente estándar hasta que pequeños detalles imperceptibles te empiezan a alarmar y muestran que su pasado está repleto de agujeros negros. Horrores sepultados con esmero que el personaje necesita desmenuzar para poder seguir. La idea (correcta o desgraciada) de suponer que entender a nuestros padres salvará a nuestros hijos.

Así transcurre esta historia en la que lo fatídico siempre está. Lo mismo que pasa en la obra de Burton. Lo siniestro está ahí, camuflado, no sabemos dónde, pero al acecho. Y cuando descubrís lo monstruoso, no podes dejar de mirarlo. Hay mucho de literario en Burton y mucho de visual en La Rosa.

Mildred Burton. Fauna del país, Mariana Enríquez y Marcos Kramer (Museo de Arte Moderno de Buenos Aires)

Santiago: Guau, ya podés dar una clase en la carrera de Letras, Flor.

Flor: No seas malo, Santiago. En ambos libros el realismo tiene una mínima deformidad, una tiniebla que no es central pero que se asoma. En los cuadros de Burton, de golpe, una oreja tiene espinas; en la novela el protagonista puede sacarse y maltratar a su hijita y que la historia siga. Podés ver la oscuridad, o no porque casi todo lo oscuro está oculto o disimulado.

Santiago: ¿La exhibición de Burton sigue?

Flor: No, fue el año pasado. Ahora hay una espectacular de Alfredo Greco. No tiene nada que ver con lo que estamos hablando pero andá igual y ya que estás comprá el libro de Burton, Enriquez y Kramer. Y la novela de La Rosa no se puede dejar pasar, hay que leerla. 

Santiago: Mi tocayo además es el director de Chai.

Flor: Exacto, junto con Soledad Urquía. Un gran editor y descubrí que es un gran autor también.

Demoras en la General Paz, de Rafael Otegui (Caleta Olivia)

Santiago: Rafa es de esos autores que, como lo indica el título de su libro, se demoran y se ocultan. Aunque este es su tercer libro de poesía, se puede decir que es el primero, porque se ocupó de ocultar los otros dos.

Flor: ¡Yo no sabía que ya había publicado!

Santiago: Hay una gracia en ser un poeta secreto. Por ese motivo, Demoras… es un libro que muchos estábamos esperando. Yo ya lo había leído inédito, pero el otro día me fui cuatro días al bosque y lo leí almorzando frente a un pinar. No podría decir por qué, pero lloré mientras lo leía. Incluso fue medio papelón porque apareció un conocido y yo estaba con los ojos indisolublemente llenos de lágrimas.

Flor: ¡Me muero de risa con las cosas que te pasan! Muy Larry David.

Santiago: Leyéndolo terminé de confirmar la impresión de que Rafa es un poeta en serio. Me es difícil encontrar las palabras para describir sus poemas. En un sentido, no son nada nuevo: poemas confesionales, melancólicos, sobre la juventud, el paso del tiempo y los amores contrariados. Ante todo, es el tipo de poesía que puede cautivar a un no lector de poesía.

Flor: ¡Yo por ejemplo! Voy a probar y te cuento.

Santiago: Dale. Cuando leo algo así me reconcilio con el género. Como todos, a veces tengo la sensación de que la gente aprieta enter y ya cree que escribe poesía. De hecho, para que mis alumnos pierdan el miedo al género les cito una frase de Esteban Schmidt: poesía es prosa con enter. Pero bueno, obviamente no es así.

Rafa es un maestro de la metáfora, y la metáfora es todo en literatura. “Juntas dos cosas que nunca antes habían estado unidas y el mundo cambia”, dice Julian Barnes. ¡Lean poesía! ¡Lean el libro de Rafa! Y, si me permitís, salteo tu turno porque me parece que leer Demoras en la General Paz y a renglón seguido el nuevo libro de poesía de Fabián Casas es una gran experiencia.

Envíame tus poemas y te enviaré los míos, de Fabián Casas (Caleta Olivia)

Flor: Amo.

Santiago: Un libro de poesía nuevo de Fabián Casas siempre es una buena noticia. Fabián ante todo es una especie de gran personaje de Buenos Aires. Como en su momento pasaba con Borges o después con Fogwill, todo el petit monde cultural porteño tiene su anécdota con Fabián Casas. Pero sobre todo es un poeta enorme. A mí me gustan también sus ensayos, pero su poesía es realmente grande. 

En su libro anterior, Últimos poemas en Prozac (Emecé), Casas se autodestruye como poeta, y en estos poemas que dice que fueron escritos en dos grupos de Whatsapp mientras su padre se moría sigue en ese camino de la autodemolición. Juega todo el tiempo al límite del chiste (“Vanguardia: Tan fumado / que no puede armar un porro / mi hermano Juan / es mal armé”), escribe casi con desgano, o sobrando. Si Edgardo Cozarinsky escribió el Museo del chisme, Casas podría escribir el Museo del chiste. Pero esa es su manera de llegar a lo sublime. Curiosamente, Casas es un poeta bastante hermético, lleno de referencias eruditas o de poemas de los que parece haber cortado el noventa por ciento para no delatar a qué se refieren. Pero es el poeta más grande de nuestra generación, y estos libros medio punks que está haciendo confirman que como poeta está vivo.

Flor: ¿Es verdad que después de más de 25 años va a salir el tercer número de la mítica revista 18 Whiskys, donde estaba Casas?

Santiago: ¿Sabés que yo creo que la revista no existió? Nunca la vi. Pero sí, me dijeron que ya están revisando las pruebas de imprenta del tercer número. Y viene con una bomba: una traducción de The Waste Land de Eliot hecha por Casas, La tierra okupa.

Flor: Guau.

Una partida de ajedrez, Stefan Zweig (Godot)

Flor: Estamos ante una novela convencional. Es una historia sin rodeos pero llena de sutilezas. 

No me detengo en contarla, leanla porque la van a disfrutar mucho. Solo digo que narra una banda de seres extraños en un barco rumbo a Buenos Aires se baten al ajedrez, juego que desconozco por completo.

Santiago: Para la otra mitad de Pez Banana, el ajedrez es todo. Es lo primero que hago al despertarme y lo último que hago antes de acostarme. En los últimos cuatro años jugué trece mil partidas de ajedrez online (sic).

Flor: Yo no sé cómo se mueve un peón. Pero a pesar de no entender un pito, terminé muy atrapada. Calculo que a vos te va a volver loco. 

Daniel Guebel sospecha que Zweig le afanó a Nabokov (al maestro Luzhine de su novela La defensa), lo que es incomprobable. Menos intelectual y más en clave pandémica yo digo que en Gambito de dama hay conceptos que se tomaron prestados o que al menos coinciden. Me refiero a los jugadores que arman en su cabeza ataque y defensa, que juegan contra sí mismos, que son las blancas y las negras. El que padece y el verdugo en un mismo ser. Jugador y contrincante. Esas fuerzas que chocan, pensando un ataque y al rato, del otro lado del tablero, defendiendo ese ataque y redoblando la apuesta. La compulsión, la obsesión que lleva a la demencia. Cómo no volverse loco si lo que te hace zafar te hunde. Y eso que Zweig era amigo personal de Freud. 

FUENTE: Por Florencia Ure – Santiago Llach

elDiarioAr y Pez Banana 

Steven Millhauser, creador de mundos paralelos

Con traducción de Carlos Gardini Interzona acaba de publicar «El lanzador de cuchillos», un libro de relatos del narrador estadounidense del que ya había editado otros dos libros, August «Eschenburg» y «Museo Barnum».

Nacido en Nueva York en 1943, Steven Millhauser sigue los pasos de Salinger, Thomas Pynchon y, en nuestro medio, de  César Aira, no porque sus respectivas escrituras tengan algo en común, sino porque los tres son reacios a las entrevistas. Millhauser las da con cuentagotas siguiendo quizá la creencia de que lo que un escritor tiene para decir está dicho en su obra por lo que, fuera de ella no logrará  agregar  nada más que resulte interesante.

Por otra parte, su mundo literario anacrónico –dicho esto como elogio y no como crítica en una sociedad en que la novedad está sobrevalorada-  quizá le exija al autor mantenerse a cierta distancia del ritmo vertiginoso que hoy tiene la realidad. Circos, magos, autómatas, maestros en el arte de dar vida mecánica pueblan su obra que parece detenida en el tiempo de los prodigios.

En 1997 ganó el Premio Pulitzer por su novela Martín Dressler y se ha dedicado a construir una obra que parece funcionar a contrapelo de la mayor parte de las narrativas actuales.

El lanzador de cuchillos (que había sido publicado en castellano en 2001), como el resto de su obra es el producto de una imaginación febril que alude a mundos que no se referencian en la realidad cotidiana. Sin embargo, catalogarlo dentro del género fantástico sería un error, si se define lo fantástico como lo extraordinario que irrumpe en lo ordinario. 

En su escritura no hay tal cosa y El lanzador de cuchillos no es la excepción. Nada ni nadie viene desde afuera a quebrar el orden cotidiano, sino que el orden de sus relatos es sencillamente otro.

En su cuento, “Alfombras mágicas”, para citar solo un ejemplo, la cotidianidad no se quiebra por la compra de una alfombra voladora. Sencillamente, en ese mundo las alfombras vuelan y los niños, incluido el personaje del cuento, vuelan con ellas. La magia se da por sobreentendida.

En todo caso lo que se pone en juego es la experiencia de volar más allá de la altura permitida, transgredir los límites de la prudencia desoyendo los consejos maternales. Invirtiendo el orden de lo extraordinario, es regresar a tierra lo que resulta fantástico más que elevarse hasta llegar a las nubes montado en una alfombra.

En este sentido puede decirse que el relato “Habla Kaspar Hauser” es un ejemplo programático del proyecto literario de Millhauser, en la medida en que Kaspar habla ante los caballeros y damas de Nuremberg de otro mundo, aquel en que vivió recluido y que existió como un mundo paralelo al del resto de los ciudadanos. 

Kaspar pertenece al mundo de lo inexplicable igual que su misterioso asesino, pero ese mundo debe desaparecer para evitar el contraste entre uno y otro como es natural en los relatos de Millhauser “Mi deseo más profundo –dice Kaspar- es no ser una excepción. Mi deseo más profundo es no ser una curiosidad, un objeto de intriga. Es ser anónimo. Convertirme en vosotros, hundirme en vosotros, fundirme con vosotros hasta que no podáis distinguirme de vosotros, ser anodino, no ser nada, experimentar el éxtasis de la mediocridad. (…) 

A veces siento que me borró lentamente para que surja otra persona, la persona que anhelo, que no se parecerá a mí. Entonces, pienso en mi asesino, cuyo aliento siento por la noche a mis espaldas. Pues cuando ese cuchillo se clave hondamente en mi pecho, al fin dejaré de saber en qué consiste ser Kaspar, pues me despediré de él para siempre.”

En este caso, el mundo extraordinario -por lo infrecuente- de Kaspar será absorbido por el mundo ordinario, porque en los relatos del autor es siempre un solo mundo el que se presenta, en su abrumadora mayoría un mundo fantástico que no necesita explicarse a sí mismo. Lo excepcional, como en el caso de Kaspar está llamado a desaparecer o a convertirse en posibilidad  única.

En una de las pocas entrevistas que concedió figura una por mail otorgada a la revista Ñ. Decía en ella a propósito de su obra: “Que yo vea el mundo como extraño o familiar no es el punto. 

El punto, creo yo, es el deseo de revelar algo que queda enterrado debajo de las formas convencionales de la percepción y que solamente se puede captar por un abrupto desvío en una dirección contraria. 

El tipo de escritura que me gusta a mí no convierte al mundo en algo extraño, sino que restaura al mudo la extrañeza que siempre estuvo allí.” Quizá esta sea la razón de que en sus relatos la magia resulte algo natural, que se da por sentado. Si algo restaura de manera definitiva en su obra, es el asombro perdido, el que debe haber sentido el primer hombre que vio el fuego.  

Existir, parece decir el autor, es en sí mismo un hecho extraordinario que terminamos por naturalizar como si fuera algo común y corriente. Allí donde no se ve más que algo convencional, habita lo extraño. El último de los cuentos del libro, “Bajo los sótanos de la ciudad” es un buen ejemplo. En las profundidades de una ciudad como cualquier otra hay un mundo subterráneo, una serie de pasajes y escaleras que, según dice una teoría explicitada en el relato, solo existen si se cree en ellos, lo que habla del enorme poder creativo de la imaginación que es el poder que tiene el ciudadano común aunque suele no ejercerlo, reservándose para el arte. 

Es que Millhauser  va construyendo a través de sus relatos una teoría de la creación artística, como se puede observar de manera privilegiada  en El nuevo teatro de autómatas, cuento en el que muestra de una  manera muy clara la relación que el creador sostiene con su propia obra, la forma en que respeta la tradición y la rompe para crear algo nuevo, las duras etapas del aprendizaje y las búsquedas muchas veces sembradas de frustraciones, la irrupción de un lenguaje propio que se alimenta del de sus predecesores pero que, al mismo tiempo, se aleja de ellos por un camino propio.

El autor es un maestro de la descripción, cosa que algunos lectores festejan y otros, le reprochan. Lo cierto es que esa minuciosidad de orfebre tiene por objetivo imponer al lector de una manera convincente el escenario en que se desarrolla lo extraordinario obligándolo a aceptar sin resistencia un mundo nuevo.

Millhauser parece escribir en una lengua color sepia que menciona con frecuencia objetos y costumbres vetustas. Es difícil, por ejemplo, leer el cuento que le da nombre al libro, “El lanzador de cuchillos”, sin sentir que nos encontramos en una ciudad del siglo XIX en la que Internet no es siquiera un sueño y en la que la llegada de  un lanzador de cuchillos puede suscitar una atención extraordinaria y esa vieja práctica de circo puede alcanzar niveles inquietantes y perturbadores de perfección.

Un libro para leer y recomendar a todos aquellos que admitan ser llevados a universos, a “pequeños reinos” que se rigen por leyes muy diferentes de aquellas a las que nos hemos acostumbrado.

FUENTE: Tiempo Argentino – Por: Mónica López Ocón